Dune

(Dune)

1984

 

 

En el año 10,991, Paul Atreides viaja con sus padres al planeta Dune, un cuerpo desértico sembrado de una poderosa especia y de gigantescos gusanos dispuestos a hacer la vida imposible a quien intente recogerla. Allí, el joven entrará en contacto con la raza de los Fremen, crecerá como guerrero para convertirse en la encarnación de la profecía, en el verdugo de la dinastía Harkonnen.

Con unos setenta millones de dólares de presupuesto –cerca del doble de lo inicialmente previsto-, Dune (1984) fue la mastodóntica adaptación cinematográfica de la serie de novelas de Frank Herbert, cuya primera y homónima parte se había publicado en 1965. Tres años de trabajo empleó en ella David Lynch, que procedía de un cine más austero y venía de conmover a propios y extraños con El hombre elefante (1980). Y si fue precisamente el calor humano que desprendía la puesta en escena de la historia de John Merrick lo que convenció a Raffaela De Laurentiis para confiar en Lynch, finalmente el choque entre narración y efectos especiales, la búsqueda de una ciencia-ficción en la que primara el desarrollo de los personajes por encima de lo puramente visual definió una cinta atípica, sin concesiones, que fracasó estruendosamente en taquilla. Se rodeó Lynch del excelente director de fotografía Freddie Francis –responsable del impactante blanco y negro de su anterior film-, y de un grupo de técnicos entre los que destacaba Carlo Rambaldi el de E.T., autor de los efectos especiales. Así mismo, condensó en uno solo varios de los títulos de Herbert, comprimió en apenas dos horas de metraje cientos de páginas de introducción a los mundos y caracteres de la saga, pero aún así no logró satisfacer a nadie, ni al neófito ni al fanático seguidor de la rivalidad Atreides-Harkonen. Tras un rodaje en México plagado de dificultades y una no menos sencilla post-producción, Dune (1984) se estrenó con más pena que gloria, consiguiendo una única nominación a los Oscar de ese año, cifra escandalosamente pequeña para tan caro y ambicioso proyecto. Sea como fuere, la presencia de Kyle Maclachlan, actor fetiche del realizador, de secundarios como el cantante Sting o Kenneth McMillan –inolvidables su pustulento maquillaje y disparatados paseos voladores-, amén de la imaginativa factura técnica con que Lynch recreó las fétidas atmósferas imperiales dieron lugar, con el tiempo, a un film de culto, reivindicado por más de uno, y a un reestreno con parte del celuloide que en su día se perdiera en la sala de montaje.

    

 

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