Drácula, de Bram Stoker

(Bram Stoker's Dracula)

1992

 

 

Jonathan Harker visita la mansión transilvana del Conde Drácula, aristócrata que aquí se nos presenta envejecido pero con la pasión de siempre por el más rojo y vital líquido de la naturaleza humana. Para colmo, reconoce el conde a su amada, perdida durante siglos y causa de la maldición que le atormenta, en el retrato de la prometida de Harker, por lo que enseguida partirá hacia Londres en su busca.

Mucha y razonable expectación despertó la noticia de que Francis Ford Coppola, el creador de la mítica trilogía de El Padrino, de Apocalypse Now (1979), y de La ley de la calle (1983), iba a adaptar al cine la novela de Bram Stoker, ciñéndose además, por vez primera, al texto de éste y no a la consiguiente adaptación teatral. Los resultados, catalogados de artificiosos y dignos de spot comercial, decepcionaron no obstante a más de uno, dieron lugar a una viva polémica. En cualquier caso, y pese a ciertos excesos –véase el tono champanoise de la velada en el teatro-, este Drácula, de Bram Stoker (1992) contó con varios elementos de interés, ya en su utilización de trucajes cinematográficos propios de otras épocas, ya en un cásting en el que el perfeccionista Gary Oldman intentaba estar a la altura de sus predecesores Bela Lugosi y Christopher Lee sin por ello dejar de crear una nueva identidad para el personaje, ser romántico cuya violencia responde a una falta de perspectivas francamente alarmante. Y si parecía algo ausente Anthony Hopkins en la piel de Van Helsing, en definitiva es de rigor aceptar que, más allá de las previas e hinchadas esperanzas, el film cumplió con la misión de cuadrar el círculo sobre su mítico protagonista.

 

 

  

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