Desafío total
(Total Recall)
1990
En el año 2084, un hombre normal y corriente se ve atormentado por una serie de pesadillas acerca de Marte. Tras visitar una agencia de viajes mentales, el secreto escondido en su memoria salta a la luz: él era, en realidad, un agente de inteligencia en el planeta rojo que se rebeló contra su tiránico jefe y, en castigo, fue enviado de vuelta a la Tierra con todos sus recuerdos borrados.
Según el cuento Podemos recordarlo todo para usted de Philip K. Dick –responsable también del texto original que desembocó en Blade Runner (1982)-, Desafío total (1990) fue durante diez años un proyecto maldito. Sin éxito, numerosos guionistas y directores –entre los cuales cabría destacar los nombres de David Cronenberg y John Carpenter-, trabajaron en un libreto que Ronald Shusset y Dan O'Bannon tenían ya listo, cuando triunfaron como redactores del Alien, el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott. Finalmente, la aparición de Arnold Schwarzenegger, quien se hizo cargo incluso de la elección del realizador, desembocó en uno de los rodajes más caros hasta el aquel momento, estimado en unos sesenta millones de dólares. Paul Verhoeven, que con RoboCop (1987) venía de firmar otro pequeño clásico del género, se las arregló para que esa historia de un sujeto ordinario que descubre que su vida no es más que un montaje implantado en su mente alcanzara las cotas de acción y espectacularidad propias de cualquier film protagonizado por el más famoso actor austríaco de Hollywood. Lucen, desde luego, unos efectos especiales merecedores del Oscar, con el genial Rob Bottin a cargo del diseño y construcción de los deformes mutantes que pululan por la colonia marciana, en especial de su líder Kuato, un ser cefalópodo que surge del pecho de su portador. Nominada también en los apartados de sonido y efectos sonoros, Desafío total (1990) representó un gran éxito de taquilla y actuó, también, como un pequeño trampolín más en la carrera de Sharon Stone, quien después se convertiría en la sex symbol del momento gracias al Instinto básico (1992) del propio Verhoeven. Las constantes de sexo y violencia, ya presentes en la primera parte de la carrera del cineasta holandés –véanse Delicias turcas (1973) o El cuarto hombre (1983)-, alcanzaron así altas cotas de publicidad y controversia, acabaron de delimitar un universo propio lleno de ironía y vitriolo, a menudo víctima de la crítica más furibunda. Años más tarde, con Las brigadas del espacio (1997) y sus escenas de despedazamiento, el director se superaría a si mismo.