Bigas Luna

Es
uno de los realizadores españoles más desenfadados, padre de obras dramáticas
y cómicas generosas en emociones, erotismo, violencia y hasta folclore,
narradas con solvencia y desbordantes de un hedonismo que se regodea en lo
chabacano. Un germen de este repertorio a veces crítico y siempre grotesco -en
un sentido estrictamente estético- se encontró ya en Tatuaje
(1976), el primer largometraje de José Juan Bigas Luna. Haría eclosión, no
obstante, con los dos siguientes, Bilbao (1978) y Caniche
(1979), que cerrarían la etapa inicial del polémico autor, una trilogía
escenificada en la cara oscura de Barcelona durante la transición democrática.
A partir de los años ochenta, más precisamente, a partir de la cinta Renacer
(1981), Bigas Luna estrenaría una política de coproducciones internacionales -ésta
fue con Estados Unidos- que con el tiempo se decantaría acusadamente hacia
estrechas relaciones con Italia y, en menor medida, con Francia. Este sistema le
permitiría contar tanto con capital como con figuras independientes del mercado
español, suministrándole la libertad necesaria para materializar sus
desafiantes propuestas. Los títulos futuros, sin embargo, se demostrarían
menos agresivos. Por ejemplo, el taquillero Las edades de Lulú
(1990), que no perdería el aura de maldito, pero la moderaría, para poder
contentar a la mayor cantidad posible de público en los nuevos países atentos
a Bigas Luna. Los films Jamón, jamón (1992), Huevos de oro
(1993) y La teta y la luna (1994), un trío de raigambre
profundamente hispánica, se verían, así, favorecidos por una importante
audiencia a ambos lados de los Pirineos, además de poner de moda al actor
Javier Bardem, los dos primeros, y, el inicial, de brindarle notoriedad a Penélope
Cruz. De Bambola (1996) en adelante, empero, el provocativo
director y guionista catalán no conocería éxitos como los últimos
mencionados.