Amparo Rivelles

Amparo Rivelles, hija de los actores Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara y hermana por vía materna del también intérprete Carlos Larrañaga, se inicia en el mundo del espectáculo a los trece años de edad, en la compañía escénica de su madre. Su debut en la pantalla tiene lugar con la película Mari Juana (1940) de Armando Vidal, inaugurando una serie de éxitos que la convierten en una de las figuras femeninas capitales de la cinematografía española de los años cuarenta, sobre todo, y de los cincuenta. Alma de Dios (1941), Eloísa está debajo de un almendro (1943), Eugenia de Montijo (1944), El clavo (1944), Espronceda (1945), Fuenteovejuna (1947), Angustia (1947) y La calle sin sol (1948) son sólo algunos de los títulos que protagoniza, en general encarnando muchachas dulces y de buen corazón. Un aparte merece La fe (1947) de Rafael Gil, que le brinda el galardón a la mejor actriz protagonista del Círculo de Escritores Cinematográficos. Tras encabezar en la década del cinuenta los repartos de De mujer a mujer (1950) de Luis Lucia y La herida luminosa (1956) de Tulio Demicheli, entre otras cintas memorables a las que debe añadirse Míster Arkadin (1955) de Orson Welles, se traslada a México en 1957, en principio por una temporada, que a la postre se prolonga durante veinte años. En el país azteca interpreta numerosas series de televisión, obras de teatro y veinte películas, siempre obteniendo un gran éxito. Al regresar a España a principios de los setenta, llega con estatura de mito. Se dedica a partir de entonces, profusamente, a la actividad escénica, además de elevar aún más su popularidad con la miniserie televisiva Los gozos y las sombras y de trabajar en pocos pero selectos largometrajes, como Soldados de plomo (1983), el debut como director de cine de José Sacristán, o Hay que deshacer la casa (1986) de José Luis García Sánchez, que le vale el Goya a la mejor actriz protagonista.