Alfred Hitchcock

 

 

Maestro inigualado del suspense cinematográfico, Alfred Joseph Hitchcock figura entre los directores más  influyentes de la historia de la cinematografía. Empezó su carrera diseñando títulos de películas mudas y, tras formarse como guionista, montador y director de arte, dirigió una película incompleta titulada No. 13 (1922). Tres años más tarde, El jardín de la alegría (1925) registró su auténtico debut con un drama en la tradición del cine expresionista alemán, cuyos temas y estrategias visuales estarían presentes en todas sus películas. El virtuosismo técnico, el humor negro, la asociación entre sexo y violencia y el tema del inocente injustamente acusado y envuelto en la intriga se perfilarían también como constantes a través de un primer ciclo de cintas realizadas en Inglaterra, entre las que figuran El enemigo de las rubias (1926), La muchacha de Londres (1929), Asesinato (1930) y la aclamada El hombre que sabía demasiado (1934). Al igual que esta última cinta, Los 39 escalones (1935) y Alarma en el expreso (1938) rinden testimonio de la madurez alcanzada por Hitchcock en los treinta como narrador de historias apasionantes, que hacen del espectador un testigo permanente de la maldad y los peligros que acechan a sus protagonistas. Tras trasladarse a Hollywood e inagurar su trayectoria estadounidense con Rebeca (1940), el director continuó desarrollando el género del suspense e investigando el trasfondo truculento de la psicología humana y las relaciones personales en éxitos antológicos como Sospecha (1941), La sombra de una duda (1943), Recuerda (1945) y Encadenados (1946), y refrendó su virtuosismo técnico en Náufragos (1944) y La soga (1948), presentada como el intento de registrar en una toma ininterrumpida el crimen perfecto. Extraños en un tren (1951), inauguró tres años más tarde una década gloriosa en la que triunfaría con sofisticados thrillers como Crimen perfecto (1954) y Atrapa a un ladrón (1955) y llevaría hasta su última vuelta de tuerca la alegoría cinematográfica del observador observado, en La ventana indiscreta (1954), y el juego de la identidad perdida en De entre los muertos (1958). La insuperada historia de perseguidores y perseguidos Con la muerte en los talones (1959) figura también entre las obras maestras que inmortalizaron en los cincuenta las intrigas sutiles, las tomas inteligentes, los guiños al público y los crímenes magistrales que constituyen la marca distintiva del director. Tras el gran éxito taquillero de Psicosis (1960), considerado su thriller más gráfico y transgresor, Hitchcock reelaboró los temas centrales de su producción en Los pájaros (1963), Marnie, la ladrona (1964) y Topaz (1969). El trepidante thriller Frenesí (1972) y la comedia negra La trama (1976), en la que realizó el último de sus legendarios cameos, cerraron en los setenta una de las carreras más prolíficas y paradigmáticas de la cinematografía mundial.

 

 

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