Alien, el octavo pasajero

(Alien)

1979

 

 

La nave espacial Nostromo se desvía de su trayectoria para atender una llamada de emergencia. Al desembarcar en un planeta aparentemente deshabitado, uno de sus tripulantes es atacado por una especie de planta-embrión. Llevado de vuelta a la Nostromo, parece recuperarse, pero morirá en escalofriantes circunstancias al "dar a luz" a una criatura extreterrestre. A partir de entonces, se desencadena la lucha por la supervivencia.

Todo un clásico del género, lo que la ha llevado a ser imitada hasta la saciedad, Alien, el octavo pasajero (1979) hizo aullar de terror a las plateas de medio mundo gracias, en gran parte, al excelente trabajo de su director a la hora de diseñar una atmósfera insana, de pasadizos húmedos, oscuros y goteantes por los que debían huir los personajes en busca de la salvación. Los intestinos de la nave Nostromo son desde entonces sinónimo de pesadilla y claustrofobia, lo que no desmerece en absoluto la imaginación de H.R. Giger a la hora de crear un monstruo que sentó cátedra con su esqueleto negro y sulfúricos salivazos, con su estomacal aparición y proverbial mala leche. Según un argumento de Dan O'Bannon y Ronald Shussett, el proyecto de Alien, el octavo pasajero (1979) resultó largo y de complicada puesta en marcha, no fue hasta que Walter Hill renunció a dirigirla y la co-produjo –si bien cuenta la leyenda que parte del guión le pertenece-,  que el celuloide pudo correr. Y el elegido para mover la cámara fue un realizador británico de pasado en el mundo de la publicidad y cuyo bagaje cinematográfico se limitaba a  Los duelistas (1977), con la que, no obstante, había conseguido el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Cannes de 1978. Scott facturó la primera obra de terror gótico en el espacio y acabó de ascender a los pedestales de la ciencia-ficción con otro clásico ante cuya mención todo adepto al género tiende a quitarse el sombrero: Blade Runner (1982). Sigourney Weaver dio vida con notable convicción a la tripulante Ripley  para convertirse en la principal revelación de un cuidado apartado de intérpretes, se ganó así el derecho a participar en las tres secuelas a que dio lugar la película: Aliens (El regreso) (1986) de James Cameron, Alien 3 (1992) de David Fincher y Alien: Resurrección (1997) de Jean-Pierre Jeunet.

 

 

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