2001: una odisea del espacio
(2001: A Space Odyssey)
1968
En los albores de la humanidad, dos tribus de homínidos se enfrentan por el control de un territorio hasta que un misterioso monolito de piedra negra pulida aparece ante ellos. Algunos miles de años más tarde, una réplica del monolito ha aparecido en la Luna. Al descubrirse que recibe algún tipo de señales desde Júpiter, una nave tripulada es enviada al planeta gigante para investigar.
Quizá una de las películas más importantes de la historia del cine, y no exclusivamente del género de la ciencia-ficción, 2001: una odisea del espacio (1968) debe tal carácter a la conjunción de dos mentes geniales: las de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick. El primero, a partir de su relato El centinela y de aspectos aparecidos en novelas como El fin de la infancia, fue responsable de un argumento que hermanaba la evolución humana a la visita de una inteligencia superior. El segundo hizo suya la propuesta y se dispuso a convertirla en la película definitiva sobre la cuestión extraterrestre, tarea cuasi imposible de la que, aún así, estuvo a punto de salir victorioso. De una conceptualidad no recomendable para cualquier tipo de audiencia, el film cuenta con uno de los encadenados más logrados del séptimo arte, aquel en que un arma de piedra lanzada al aire se transforma en una estación espacial en órbita danzante alrededor de la tierra; miles de años transcurren en un segundo al son del vals de Johann Strauss: quien inventase la elipsis cinematográfica sin duda se refería a eso... Pero son muchos los aciertos de 2001: una odisea del espacio (1968), comenzando por la desnudez de su diseño artístico, pasando por la austeridad de unas interpretaciones bastante parcas en diálogo, culminando en la hipnótica –y larguísima- secuencia final, aquella que tan pocos comprenden pero que aún hoy día mantiene a los espectadores pegados a la butaca. Un año antes de que el hombre llegara a la Luna, Kubrick mandó sus naves mucho más allá de las estrellas, hacia el origen mismo de la humanidad; anticipó, de paso, los miedos que el desarrollo de la inteligencia artificial desataría entre los hombres y convirtió a HAL 9000, el ordenador de la nave Discovery, en el primer psicópata espacial del género. El trabajo de efectos especiales, especialmente en lo que a maquetas y a su movimiento se refería, fue recompensado con un Oscar de la academia de Hollywood, actuó como motivo de inspiración para todas las producciones que a partir de entonces osaran surcar el espacio. En 1984, Peter Hyams dirigió una secuela, 2010, Odisea Dos (1984), con resultados no tan espectaculares.