Síndrome del diente fisurado:
Consiste en la fractura incompleta
de un diente cuya pulpa conserva la
vitalidad. Afecta a esmalte y
dentina, y en algunos casos, a la
pulpa dental.
Una fractura incompleta fina del
diente puede dar lugar a dolor
pulpar.
Cuando algunas partes de la corona
se separan por las fuerzas de la
oclusión, la dentina queda expuesta
de forma momentánea y como resultado
del movimiento hidrostático del
líquido dentro de los túbulos, el
paciente experimenta dolor. Según el
nivel de la fisura, el paciente
puede tener síntomas de
hipersensibilidad, de pulpitis
irreversible, o la pulpa puede
experimentar necrosis.
Clínica:
Dolor a la masticación, con patrones
variables de dolor referido y
sensibilidad a los cambios térmicos.
El síntoma más común es el dolor
agudo que ocurre al liberar la
presión al dejar de morder.
Diagnóstico: Es un
diagnóstico difícil ya que no se ve
una causa evidente de patología. Nos
ayudará hace morder al paciente una
cuña; el dolor al soltar la presión
constituye una indicación fuerte de
la presencia de un diente fisurado.
Se puede complementar con la ayuda
de una luz de fibras ópticas que
transilumine la línea de fractura, o
con el empleo de colorantes (azul de
metileno) que tiñan la fisura.
Raramente se detectan las fisuras
radiográficamente. Si la fisura se
extiende a nivel radicular se puede
observar un defecto periodontal, en
forma de una bolsa estrecha y
profunda adyacente a la fractura.
Tendremos un sondaje periodontal
aumentado en un solo punto.
Seguramente la pulpa ya se habrá
necrosado.
Tratamiento:
El tratamiento urgente consiste en
la eliminación inmediata de los
contactos oclusales del diente. El
tratamiento definitivo intenta
conservar su vitalidad con un
recubrimiento cuspídeo completo para
evitar la extensión de la fisura
hacia la pulpa y la raíz. Si no
tratamos el diente, la patología
puede avanzar hacia una pulpitis
irreversible o una necrosis; así
como dar lugar a una fractura
vertical radicular. En principio el
síndrome del diente fisurado cursa
con una patología pulpar reversible,
por lo que el tratamiento de
conductos está contraindicado. De
hecho, cuando el proceso evoluciona
a una patología pulpar irreversible
(formalmente ya no sería un síndrome
de diente fisurado), el tratamiento
obliga ya a un tratamiento de
conductos, y el pronóstico empeora
notablemente, al perder la capacidad
reparadora de la pulpa dental. Si el
tratamiento de conductos se realiza
sin ser necesario, lo cual es
relativamente común por la
dificultad diagnóstica de la
entidad, el pronóstico es igual de
malo que en los casos en que existe
patología pulpar irreversible. Si se
hace tratamiento de conductos, el
diente se acabará, con mucha
probabilidad, rompiendo, en el lapso
de meses a un par de años, y cabe
por ello plantearse la idoneidad de
proceder con el mismo.
Figura 1. No debe
confundirse el síndrome del
diente fisurado, que cursa con
pulpitis reversible, con la fase
siguiente, en la que ya existe
muerte pulpar. Cuando existe una
muerte pulpar en un diente con
una fisura, el pronóstico
endodóncico pasa a ser muy malo,
por lo que realizar el
tratamiento de conductos sólo se
justifica como tratamiento
temporal.
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