PIEDRA QUE GERMINA

 

Despu�s que me miraste,

que gracia y hermosura en m� dejaste

                    SAN JUAN DE LA CRUZ

Como raudo rayo fecundado

el Amor desciende.

 

Con sus garras abre

surcos en la tierra.

 

Y crece el musgo,

el limo blanco, el �rbol

venerado por la tribu.

 

Y la ternura crece

sobre el alba.

 

Y el coraz�n del d�a surge

como denso susurro

de la roca.

Y el oc�ano inicia

impetuosa danza consagrada.

aqu� el fulgor renace.

 

Si pusieras tus ojos en mis ojos.

Si pusieras tus labios en mis labios.

Si tu boca afuera abeja enardecida

O aguja voraz hurgando en la sangre.

Si te posaras, sedienta, entre mis piernas,

te amar�a densa, torva, tiernamente,

como quien por primera vez asoma al mundo,

como quien por primera vez

desgarra una violeta.

 

Todas las cosas arden si te miro.

Todas las piedras germinan si te amo.

 

Como gorjeo intempestivo vienes

y tu presencia bebo cual arroyo

donde los �ngeles se inclinan.

 

Como una lenta danza que seduce,

como roc�o f�rtil en la arena,

como la castidad del santo que crepita

ante la suave perfecci�n de la figura inmaculada

vienes.

 

Qu� arduo trabajo el tuyo, Amada: ser hermosa.

 

El graznido del cuervo me estremece,

el vuelo del pegaso me seduce,

el gorjeo de tu voz me satisface.

 

Sin ti, abeja tierna, el Universo carece de sentido.

 

Como un patriarca fiero me conduzco,

como un profeta sabio te profano.

 

Amada Reina del Valle de Jovel,

La del Rostro Dulc�simo y Terrible,

S� que vienes de donde crecen los manzanos

Y que en tus ojos anidan las colmenas.

 

Ay cu�nta miel derram�ndose en el iris

Y cu�nta perfecci�n en tu figura.

 

Que el oro de mis besos te sostenga.

Que la roca de mi canto te consagre).

 

 

A TI NO TE DERRIBAR� la muerte.

A ti jam�s te tocar� el olor maldito de la tumba

aunque las leyes de la flor, la insobornable

rueda del verano se deslice, y perturben

y acosen tu belleza.

 

Gacela, grulla o corza

como una madre tierna te cobijo,

pero tiemblo si un golpe l�gubre

de realidad te toca.

 

Conjuro la presencia de lo eterno.

 

Brillante l�grima de sol:

yo despert� a la serpiente,

yo vi temblar al unicornio,

yo desat� al drag�n enfurecido.

 

Fr�gil, perturbado,

para cantar escucho el ritmo lento del silencio,

para amar me sumerjo en el vac�o.

 

�Qui�n dice que el terror calcina?

 

Desde la esfera m�s alta entrego

mi voz en el oc�ano.

 

Y palpito

y me erizo

y me consagro

ciego.

 

Turbo la turbia tarde.

 

El coraz�n alberga rosas, mu�ones agrios,

amargas fauces que devoran.

Tambi�n es pu�o enronquecido.

 

Pero me doy a ti cual caracol sediento.

 

Delirio, purificada brasa que palpita,

�ante la Luz qu� hacen los ciegos?

 

Me inclino, hierba endeble, si me miras.

Mi coraz�n naufraga en ola s�bita.

 

Fulgor sonoro al mediod�a eres,

arena humedecida la ternura.

�scar Wong

M�xico-Tenochtitlan, enero 5 de 1998.

(Del libro Razones de la voz, CNCA, Colec. Pr�ctica Mortal, M�x., 2002, 73 pp.)


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