El Derecho en la obra de Kafka
Autor: Lorenzo Silva
I. Introducci�n. Sobre las interpretaciones de Kafka. Justificaci�n de una interpretaci�n jur�dica.�
En un breve y penetrante estudio sobre Kafka publicado en el d�cimo aniversario de su muerte, Walter Benjamin recurre para ilustrar la obra y el car�cter kafkianos a una an�cdota sumamente esclarecedora que resulta pertinente condensar aqu�. Se cuenta de Potemkin que a menudo sufr�a de intensas depresiones, que le hac�an abandonar todos los asuntos de Estado y recluirse en sus aposentos. Durante una de estas depresiones, que se prolong� inusualmente, se acumularon un gran n�mero de documentos cuya tramitaci�n no pod�a proseguir a falta de la firma de Potemkin, paraliz�ndose expedientes sobre los que la zarina reclamaba decisiones. Sabedores de que a la emperatriz Catalina le era grandemente desagradable que se hablase siquiera de la enfermedad del canciller, los altos funcionarios no daban con una soluci�n. En esta circunstancia, el insignificante copista Shuvalkin, viendo el desaliento de los ayudantes de Potemkin, se ofreci� a arreglar el problema. Tom� el grueso fajo de documentos y se dirigi� a la estancia del canciller. Su puerta no estaba cerrada. Le encontr� sentado en la cama, envuelto en una bata ra�da y mordisque�ndose las u�as. Sin decirle una sola palabra, le dio una pluma y le alarg� el primer papel. Potemkin, como en un sue�o, mir� a Shuvalkin y firm�. Otro tanto hizo con el segundo documento que el copista le present�, y con el tercero, y as� sucesivamente hasta firmarlos todos. Shuvalkin, ufano, regres� junto a los altos funcionarios y les entreg� el mont�n de papeles. Los consejeros se precipitaron sobre ellos, incr�dulos ante el milagro. Pronto advirtieron que desde la primera hoja hasta la �ltima en todas se le�a al pie: Shuvalkin, Shuvalkin, Shuvalkin...
Como se�ala Benjamin, bien puede relacionarse al "sol�cito Shuvalkin, que toma todo a la ligera y se queda con las manos vac�as" con el K. de Kafka (ya sea Josef K., el protagonista de El proceso, o K. a secas, el agrimensor de El castillo). A Potemkin, ese hombre "descuidado y so�oliento" que "lleva una existencia crepuscular en un lugar apartado al que est� prohibida la entrada", f�cilmente se le identifica como un antecedente de esos jueces del tribunal o esos funcionarios del castillo, que viven en un estado de descomposici�n y sin embargo en cualquier momento pueden mostrarse, incluso a trav�s de alg�n min�sculo ap�ndice o delegado, due�os de un poder ciego y brutal. Sustituyendo en el esquema expuesto algunos de sus elementos por el correlativo que a primera vista se le ocurre a quien intente interpretar la obra de Kafka desde una perspectiva jur�dica, Shuvalkin y K. pueden identificarse con el sujeto, con el individuo abstractamente considerado; Potemkin, y los decadentes jueces o funcionarios, con el poder o el Estado y su expresi�n normativa, el Derecho. En los relatos de Kafka, a menudo de un modo expl�cito que hace innecesaria la adulteraci�n hermen�utica para poder afirmarlo, la ley viene, si no simbolizada, s� representada por sus adocenados ejecutores, sin que sea posible ver m�s all�. De ah� que se haga, en este lugar tan prematuro, un paralelismo que en otra circunstancia pudiera parecer demasiado osado o, incluso, una tergiversaci�n gratuita.
En las p�ginas que siguen tratar� de fundamentarse, con apoyo en una selecci�n de textos kafkianos, que es posible establecer siquiera sea como propuesta la correlaci�n apuntada. Pero antes de comenzar esta tarea es preciso realizar algunas meditaciones previas acerca de la obra de Kafka en conjunto y acerca, m�s concretamente, de sus posibilidades interpretativas. Como es de sobra sabido, los escritos del autor de Praga han servido de base a numerosas y ambiciosas lecturas de muy variada �ndole. Sobre las minuciosas e implacables met�foras de Kafka se han erigido interpretaciones psicol�gicas, sociopol�ticas (no es extra�o leer que el K. de Kafka es anuncio o reflejo del hombre contempor�neo, "v�ctima del engranaje del poder totalitario") y hasta teol�gicas.
No se dir� aqu� que tales interpretaciones implican necesariamente un forzamiento de la obra de Kafka, m�xime cuando de lo que aqu� se trata es de esbozar una aproximaci�n desde una �ptica que podr�a reputarse a�n m�s parcial o de m�s precario cimiento. Lo que s� debiera quedar aclarado es que el presente an�lisis no pretende constituirse en una lectura que, hecha con mayor o menor destreza, se alimente de lo primordial en Kafka. Porque sin duda alguna, y pese a sus s�lidas potencialidades en otros aspectos, la obra kafkiana es fundamentalmente una magna construcci�n metaf�sica. Como dice Albert Camus, en una muy citada frase: "Nos encontramos en las fronteras del pensamiento humano. En su obra todo es esencial en el verdadero sentido de la palabra. En todo caso, plantea el problema del absurdo en su totalidad..."
De optarse por una de las interpretaciones al uso, habr�a que dar quiz� preferencia a la psicol�gica, pero sin perder de vista este hondo sentido de lo total y absoluto. Seg�n la opini�n m�s atendible, Kafka no hizo sino escribir sobre s� mismo, sobre su compleja y atormentada peripecia individual, poblada de fantasmas oscuros que cuentan m�s como tales en su universo narrativo que los signos que eligi� para expresarlos; unos signos que s� tom�, probablemente, del mundo que le circundaba, de su siempre despegada y a la vez intimidada experiencia de ese mundo, y a los que de vez en cuando se ha confundido con aquello de lo que eran mero veh�culo. Una prueba de este punto de partida estrictamente interior se halla en la ostensible estructura on�rica de muchas de sus narraciones, en las que se vierte a menudo sin apenas traducci�n el complejo inconsciente de Kafka. As�, ha sido posible que Fromm interpretara El proceso como un sue�o o que, entre nosotros, Castilla del Pino haya hecho lo mismo, por ejemplo, con El buitre. Pero el mero psicoan�lisis, con ser m�s veraz y respetuoso que las simplificaciones superficiales que dan la espalda al febril ejercicio de introspecci�n que los relatos de Kafka suponen, tampoco agota su significado.
Por no ser acusados del pecado opuesto, la extrapolaci�n, tambi�n con frecuencia cometido con el escritor checo, puede sustentarse la aspiraci�n metaf�sica kafkiana aqu� defendida con un fragmento del propio autor tomado de una breve f�bula. En ella se nos retrata a un fil�sofo empe�ado en estudiar el trompo que hace bailar un ni�o, al que acosa para arrebat�rselo. El motivo de tan afanosa inclinaci�n nos es explicado no sin cierto humor: "Cre�a, en efecto, que el conocimiento de cualquier minucia, como por ejemplo un trompo que giraba sobre s� mismo, bastaba para alcanzar el conocimiento de lo general". En cierto modo, Kafka se consagr� a estudiarse y describirse como si del "trompo que gira sobre s� mismo" se tratase. Afirmar que entrara en sus prop�sitos inducir de ese estudio y esa descripci�n conclusiones (o sencillamente interrogantes) tan universales como los que alcanz� no parece del todo ajeno a su temperamento, pero, al margen de sus intenciones, si se aprecia con cierta amplitud de visi�n su obra, fragmentaria y a pesar de ello inflexible, no es dif�cil descubrir que logr� elaborar una alegor�a integral acerca del hombre y el cosmos, que en modo alguno se ha de ignorar aqu� por el simple hecho de perseguir otras finalidades.
Sin embargo, en estas p�ginas va a abordarse la obra de Kafka con una orientaci�n particular, y si bien no puede ya pensarse que se soslaya su valor prioritario o metaf�sico, parece preciso justificar por qu� y con que fundamento se intenta aquilatar este posible valor llam�moslo secundario, el de los escritos kafkianos como reflexi�n sobre el fen�meno jur�dico.
En primer lugar, y aunque es un dato relativamente conocido, no estar� de m�s recordar que Kafka se doctor� en Derecho, desempe�ando sucesivos trabajos en los que de modo m�s o menos directo hubo de utilizar sus conocimientos de jurista. Es decir, no s�lo por formaci�n acad�mica, sino tambi�n en el ejercicio profesional, el Derecho fue una realidad con la que tuvo un contacto que no puede calificarse de ocasional o epis�dico. En cuanto a su actitud ante lo jur�dico, el int�rprete que con tal perspectiva se acerca a su obra se topa en seguida y sin dificultad con numerosas invitaciones si no al desistimiento, s�, cuando menos, a la reticencia. En la Carta al padre, extensa misiva, cuidadosamente redactada, que su progenitor nunca llegar�a a leer, Kafka describe lo que estudiar Derecho le acarre�: "Esto supon�a que, durante los pocos meses que preced�an a los ex�menes, con un notable desgaste nervioso, mi esp�ritu se alimentaba literalmente del serr�n que, por a�adidura, hab�an masticado mil bocas antes que yo". En una carta a Milena, la escritora checa (y traductora a este idioma de algunas de sus obras) con la que mantendr�a una turbulenta relaci�n, escribe: "...yo ten�a m�s o menos veinte a�os y me paseaba incesantemente en mi habitaci�n, arriba, iba y ven�a, estudiando nerviosamente todas esas cosas, para m� sin sentido, que exig�a el programa de primer a�o. Era en verano, hac�a mucho calor, un tiempo realmente insoportable, me deten�a a cada rato junto a la ventana, con el repugnante Derecho romano entre los dientes..." A rengl�n seguido Kafka relata su primera experiencia sexual, en buena medida procurada como huida del agobio de un estudio insufrible. El suceso recuerda la lujuria que Josef K. en El proceso o K. en El castillo eligen a veces como v�lvula de escape, un tanto aleatoria y compulsiva, al complot que pesa sobre ellos. Hay otra concisa y contundente alusi�n al Derecho en los diarios. En la anotaci�n del 25 de octubre de 1921 se lee: "S�lo lo insensato tuvo acceso en m�: el Derecho, la oficina, otras actividades posteriores..." Los ejemplos podr�an multiplicarse.
Pese a esta visi�n peyorativa y hasta despectiva, que podr�a sugerir que Kafka no ve�a en el Derecho m�s que un mal aceptado como ocupaci�n en aras de la mera manutenci�n econ�mica, sus escritos revelan que, ya fuera de manera consciente o impremeditada, estuvo lejos de eludir la cuesti�n. Ya preliminarmente el que muchos de sus s�mbolos tengan una coincidencia externa con aquello que estudi� y sobre lo que trabaj� (Kafka escribe sobre una condena, un proceso, una colonia penitenciaria, a menudo se refiere a la ley, etc.) nos invita frecuentemente a asociar con lo jur�dico sus historias. Tanto m�s teniendo en cuenta esa caracter�stica de la literatura kafkiana que Camus enuncia con simplicidad y precisi�n: "Constituye el destino, y quiz� tambi�n la gloria de esta obra el que admita cualquier posibilidad y no satisfaga ninguna." Qu� posibilidad m�s admisible que aquella suscitada inmediatamente por la fisonom�a del medio en que se desenvuelven sus novelas mayores. Pero en la frase de Camus se contiene tambi�n una advertencia sobre lo escurridiza que resulta la obra de Kafka a la hora de ponerla al servicio de una concreta posibilidad. Y antes hemos insistido en lo inexacto de limitarse a una posibilidad y olvidar que Kafka maneja simult�nea y globalmente todas las posibilidades. Preservando siempre este principio, corresponde dar una fundamentaci�n m�s firme que la de la sola apariencia de un mundo de tribunales y funcionarios, o la de lo propicio del texto kafkiano a una variada gama de glosas, para una lectura desde el Derecho de su obra.
De entre todas las producciones intelectuales del siglo XX, sea cual sea su especie, la de Kafka es una de las m�s despiadadamente rigurosas y anal�ticas. El raciocinio es manejado hasta las �ltimas consecuencias, concienzudamente, llevando los razonamientos, en medio de un ambiente inseguro y hostil, hasta m�s all� de lo predecible; con una frialdad asombrosa en quien estaba transcribiendo con toda fidelidad su propia e incomprensible tragedia. Esta cualidad, cuya consecuci�n por Kafka desde una situaci�n tan adversa a ello da testimonio de su m�rito, explica la versatilidad de sus creaciones para funcionar como sistemas coherentes y acabados (aunque est�n prima facie incompletos) en terrenos muy diferentes, tanto como lo son las varias interpretaciones que ha recibido. Y no s�lo el desarrollo del texto como significante, como pura cadena l�gica, nos muestra su disciplina. Los mundos que Kafka retrata, m�s all� de la escenograf�a de tribunales y negociados, se nos aparecen como manifestaciones de prolijos �rdenes normativos, que sus protagonistas se afanan (normalmente en vano) por desentra�ar y comprender. Tanto en su misma mec�nica de escritor como en su cosmolog�a literaria, salvando lo que la pulcritud de ambas deba a su car�cter a un tiempo fr�gil e insensible, se percibe una huella que no se antoja descabellado atribuir a su formaci�n jur�dica. Posiblemente Kafka detestaba el Derecho, como ciencia y sobre todo como actividad, pero haber dedicado una fracci�n de su tiempo y de su intelecto a su estudio le marc� de un modo que no pudo disimular. Es pretencioso decir que el Derecho o su conocimiento conformaron el universo kafkiano, que ya ven�a prefigurado desde muy rec�nditas ra�ces en la personalidad del escritor, pero no lo es tanto sostener que aport� matices que habr�an sido distintos de haber sido de otra naturaleza su instrucci�n superior.
El Derecho no es desde luego lo m�s importante en la obra de Kafka. Incluso puede que sea de lo menos importante, un accidente. Pero no puede afirmarse tranquilamente que lo que escribi� sobre el Derecho o como consecuencia de �l fuera una an�cdota desde�able. Esa meticulosidad enfermiza de Kafka impide que nada de lo que se ocup�, aunque tantos de sus relatos quedaran inconclusos, pueda considerarse improvisado, fortuito o in�til. Adem�s del omnipresente influjo de lo normativo en su obra, en los diversos niveles antes apuntados, existen numerosos pasajes cuya tem�tica es una clara referencia al Derecho. No s�lo a �ste, quiz� no principalmente a �1, as� como tal vez tampoco sea el jur�dico el m�s f�rtil an�lisis que se puede realizar de sus escritos. Pero su contenido al respecto dista de ser pobre. La extensi�n de estas p�ginas impone emplear un m�todo selectivo y fragmentario. No se har� una interpretaci�n global de la obra de Kafka desde el punto de vista de su pensamiento jur�dico; s�lo al final, y m�s como hip�tesis o proposici�n, se ofrecer� alg�n esbozo en t�rminos gen�ricos. Se opta por el comentario parcial, pero tampoco se tratar� de abarcar una colecci�n exhaustiva de textos kafkianos con posibilidad de ex�gesis desde la perspectiva del Derecho (a modo de ejemplo, se omiten piezas como La condena o En la colonia penitenciaria). Se consignar�n cuatro relatos seleccionados por su envergadura o por lo inequ�voco de su preocupaci�n jur�dica. En la primera categor�a se incluyen El castillo y una reuni�n de pasajes cruciales de El proceso. En la segunda, dos narraciones cortas, Ante la ley y Sobre la cuesti�n de las leyes. Previamente, se realizar� un resumen biogr�fico poniendo el acento en aquellos aspectos que resultan m�s vinculados con la materia objeto de estudio.
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II. Apunte biogr�fico.
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Acercarse a la biograf�a de Kafka, a menudo resumida en su humillaci�n ante el padre, sus compromisos matrimoniales fallidos o su gris vida de empleado (lo que al menos es veraz), pero tambi�n en su sionismo que le llevara a proyectar un viaje a Palestina (lo que roza la falacia, aun partiendo de un hecho verdadero), requiere ciertas cautelas que el mismo autor nos sugiere en su diario, fuente primera y fiable (en la medida en que un diario lo es) para conocer a un ser humano sobre el que se ha escrito abundantemente: "Ha sido como si, lo mismo que a cualquier otra persona, me hubiesen dado el centro del c�rculo; como si hubiese tenido que recorrer, igual que cualquier otra persona, el radio decisivo y describir luego el hermoso circulo. En lugar de hacerlo as�, he estado constantemente iniciando un radio, pero siempre lo he interrumpido en seguida. (Ejemplos: piano, viol�n, idiomas, german�stica, antisionismo, sionismo, carpinteria, horticultura, literatura, intentos de matrimonio, casa propia.) El centro del c�rculo imaginario est� lleno de radios que empiezan y no acaban..." La vida de Kafka es fruto de su inseguridad personal, de un car�cter que mezclaba las empresas casi heroicas (de tales hay que calificar en ocasiones sus descensos al infierno, en lo humano y lo literario) con una tendencia al escepticismo y a la defecci�n. Ello le impidi� arraigarse en parte alguna; siempre acab� por romper sus compromisos de matrimonio y toda su vida so�� con escapar, de un entorno que simbolizaba Praga, su ciudad natal (que finalmente abandon� como lugar de residencia poco antes de morir). Sus planes de ir a Palestina, o incluso, en su juventud, de venir a Espa�a con su t�o materno Alfred L�wy, a la saz�n director general de los ferrocarriles espa�oles, se inscribieron en ese ansia de huida; la literatura, que acaso constituy� su credo m�s robusto y duradero (aunque no sin deserciones), logr� tal permanencia por ser una forma, la m�s n�tida, de esa fuga en la que puso su fe. La constante paradoja kafkiana le llev� a practicar la escritura con un sentido del deber que, adem�s de hacerle indagar con ella precisamente aquello que m�s le atormentaba, no cedi� ante los sacrificios (escrib�a de noche, robando gran parte del tiempo del sue�o, agudizando su delicado estado nervioso).
Kafka naci� en 1883 en el seno de una familia jud�a germanoparlante de Praga. Su padre, hombre en�rgico, hecho a s� mismo, abri� con su brusquedad y su avasallante fortaleza una herida en el car�cter de su hijo de la que �ste no se repondr�a y sobre la que en gran medida versar�an sus met�foras. En ellas abunda la descripci�n de un poder arbitrario, de una fuerza desconsiderada ante la que sus protagonistas se encuentran ineludiblemente sometidos, y que no es dif�cil relacionar con la autoridad del padre, en cuya casa, con intenso sentimiento de inferioridad y menosprecio, Kafka vivi� hasta bastante despu�s de alcanzar la edad adulta. El futuro escritor estudi� en el instituto alem�n de Praga, al que su padre le envi� con el c�lculo de que de �l se nutr�an las filas de los funcionarios del Estado. Seg�n cuenta su bi�grafo Klaus Wagenbach, Kafka recibi� all� una educacion muy centrada en los estudios cl�sicos pero con un m�todo estrictamente memor�stico, que no habr�a de dejar gran huella en �l. Tampoco recibi� una escrupulosa formaci�n religiosa. Sin embargo, el dato de lo hebreo dista de ser en �l irrelevante. Alg�n autor ha se�alado en Kafka la faceta del jud�o errante; el propio escritor reflexion� a menudo sobre la idea de una tierra prometida (de la que, en un revelador fragmento de sus diarios, confiesa haber partido en direcci�n al desierto, viaje inverso al de Mois�s, para a continuaci�n concluir que Cana�n no hay m�s que una y que el �nico remedio es un regreso para �l ya inviable). Y sobre todo, como noci�n fundamental en la obra kafkiana, ha de destacarse la del pecado original, de capital importancia a los efectos aqu� perseguidos.
Terminados los estudios secundarios, en los que ya hab�a descubierto cu�les ser�an los t�rminos b�sicos de su relaci�n con el mundo ("Yo s�lo sent�a la injusticia que me hac�an... No admit�an lo que eran mis inclinaciones personales, as� que resulta que nunca pude sacar de mis inclinaciones el verdadero provecho que, en definitiva, se exterioriza en una confianza duradera en uno mismo..."), Kafka se plantea la elecci�n de carrera universitaria. Tras algunas inclinaciones preliminares hacia la qu�mica y la filolog�a, se decide por el Derecho. En la Carta al padre explica sus razones: "... para m� no existir�a la verdadera libertad de elegir una profesi�n, puesto que sab�a que, al lado de la cuesti�n fundamental, todo hab�a de serme tan indiferente como las materias escolares del Instituto; se trataba pues de encontrar una profesi�n que, sin herir demasiado mi vanidad, me permitiera conservar mejor esa independencia. As� que era obvio decidirse por el Derecho. (...) En general, no dejaba de mostrarme asombrosamente previsor; ya de peque�o, tuve nociones bastante claras respecto a los estudios y la profesi�n. No esperaba que me salvasen; hac�a ya mucho tiempo que hab�a renunciado a ello". Sin mas problemas que los derivados de la degluci�n de serr�n, Kafka se doctor� en 1906.
Tras un a�o de trabajo en los juzgados, sin remuneraci�n, como abogado y funcionario, acumulando una experiencia que no pareci� resultarle laboralmente muy provechosa ("...incesantemente he hecho el rid�culo en las horas de trabajo en el juzgado", reconoce), pero que como sospecha Ronald Hayman (autor de una monumental biograf�a sobre el escritor) algo debi� determinar las organizaciones burocr�ticas luego descritas en El proceso y El castillo, entra en la compa��a de seguros italiana Assicurazioni Generali, con la intenci�n de ser destinado al extranjero, a Trieste. Incluso estudia italiano, pero, como otros, este intento de escape fracas�. El trabajo era agotador y, aunque en un primer momento hab�a encontrado el asunto de los seguros interesante, abandon� el puesto a los pocos meses, alegando oficialmente debilidad card�aca y de forma oficiosa que "no pod�a soportar los insultos que le hab�an sido dirigidos." En 1908 entr� a trabajar en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, cuyo horario era muy favorable a sus pretensiones de disponer del m�ximo tiempo posible para escribir. La labor de Kafka en esta instituci�n, pese a las numerosas excedencias que solicitar�a a causa de su fr�gil estado de salud, fue muy estimable, llegando a convertirse en un experto en accidentes laborales, materia sobre la que se conservan informes por �l realizados que demuestran la seriedad con que se tom� la tarea. Tambi�n en ella dej� constancia de au conciencia social, coexistente con su radical introversi�n. Ya en los a�os de instituto Kafka se hab�a aproximado a ideas socialistas, de las que toda su vida se declarar�a partidario. Max Brod, amigo, editor p�stumo y bi�grafo de Kafka, cita estas palabras suyas a prop�sito de los obreros accidentados: "�Qu� gente tan modesta! Vienen a nosotros pidiendo por favor. En lugar de asaltar el establecimiento y hacerlo trizas, vienen pidiendo por favor". Con impresiones como �sta se ir�a desarrollando en �l una opini�n negativa hacia el Instituto del que formaba parte, al que llegar�a a denominar "nido de bur�cratas". No resulta arriesgado suponer que su experiencia en aquella instituci�n, prolongada como no lo fueron sus dos empleos anteriores, le suministr� materiales f�cilmente identificables en su obra.
Al tiempo que estabilizaba su vida en lo laboral, Kafka trabajar�a denodadamente en sus narraciones. Entre 1912 y 1914 escribir�a Am�rica (novela sobre un emigrante, acaso el que �l quiso y no logr� ser) y El proceso. El castillo habr�a de esperar a 1922. De 1913 a 1916 tienen lugar sus primeras publicaciones: Contemplaci�n, El fogonero, La metamorfosis, La condena. En 1919 publicar�a En la colonia penitenciaria y Un m�dico rural, y en 1924 Un artista del hambre. El grueso de su obra aparecer�a p�stumamente. Tambi�n en la segunda d�cada del siglo comenzar�an sus continuas y frustradas tentativas matrimoniales y de obtenci�n de una casa propia. Pese a comprometerse varias veces (dos con Felice Bauer, con la que mantendr�a una correspondencia voluminosa y una tormentosa relaci�n que alimentar�a buena parte de su literatura), y aunque disfrutaba de ciertas posibilidades econ�micas, s�lo unos meses antes de morir, en 1923, alcanzar�a una uni�n estable y serena con una mujer, Dora Dymant (sin llegar a casarse) y fundar�a un hogar propio. �sta fue una de las m�s constantes obsesiones de Kafka, y puede decirse que la desesperaci�n del agrimensor K. por no poder acceder al castillo tiene mucho que ver con los fracasos del escritor en sus aspiraciones en este sentido. Coincidiendo con la consecuci�n de la ansiada casa propia, en Berl�n, al fin lejos de su aborrecida Praga, Kafka escribe La madriguera (o La construcci�n, Der Bau en alem�n), relato en el que se nos muestra a una criatura temerosa de un enemigo externo (acaso una alusi�n a su ya grave enfermedad) pero que recorre con delectaci�n las m�ltiples galer�as de que consta su morada, en cuyas intersecciones acumula comida y todo lo necesario. Hayman se�ala profundas ra�ces en la frustraci�n de Kafka durante los a�os en que no consigui� crear una familia; seg�n �1, no ser�a ajena al sentimiento de culpa, tan enraizado en cualquiera de sus manifestaciones en Kafka, y en este punto debido a la transgresi�n del mandato divino: "Creced y multiplicaos". Lo cierto es que Kafka habla con tristeza de su solter�a y desea fervientemente tener hijos: "...�sta es la sensaci�n de los que no tienen hijos: constantemente depende todo de ti mismo, quieras o no, cada momento hasta el final, cada momento que te desgarra los nervios; una y otra vez te asalta y sin resultado alguno. S�sifo era soltero." M�s arriba, apasionadamente, proclama: "La felicidad infinita, profunda, c�lida, redentora de estar uno sentado junto a la cuna de su hijo, junto a la madre". Ahora bien, es preciso tener presente que si sus proyectos matrimoniales no salieron adelante fue porque Kafka, junto a estos deseos, siempre quiso preservar la independencia que le permitiera dedicarse con la intensidad querida a la literatura.
Aunque nervioso y vulnerable, Kafka era al mismo tiempo capaz de una frialdad pasmosa. Basta con leer descripciones tan exentas de piedad como la de la m�quina de En la colonia penitenciaria, o con anotar las numerosas situaciones atroces reflejadas en un lenguaje di�fano que no se inmuta ante lo relatado. Y sin embargo, a menudo el lector se ve sorprendido por escenas en las que una ternura inusitada y hasta ininteligible brota entre personajes aparentemente hostiles entre s�. Una nueva paradoja kafkiana, como el contraste entre sus encendidas y extensas cartas a Felice y el desasimiento con que recuerda que la primera vez que la vio le pareci� "una criada". El int�rprete ha de considerar con cuidado esta duplicidad, que como otras cualidades de Kafka enriquece su lectura pero tambi�n aporta riesgos de tergiversaci�n.
Franz Kafka muri� el 3 de junio de 1924 en Klosterneuburg, cerca de Viena, de una tuberculosis de laringe. La enfermedad ya hab�a aparecido a�os antes, oblig�ndole a peregrinar por numerosos sanatorios y a pedir la baja en el Instituto de Seguros de Accidente. A Robert Klopstock, m�dico amigo suyo que estuvo cerca de �l en su agon�a, le pidi� que le pusiese una inyecci�n letal para terminar antes. Klopstock se neg�, y Kafka le respondi� con una contradicci�n digna de lo que hab�a sido su vida y su obra: "M�tame; si no, eres un asesino."
Aparte de las m�ltiples influencias que las circunstancias de su biograf�a aqu� sucintamente expuestas ejercieron sobre su obra, hay que referirse a su entorno social e hist�rico, aquella Praga en la que vivi�, encrucijada de culturas y lenguas en el seno del Imperio Austroh�ngaro. Su pertenencia a una comunidad muy caracter�stica, la jud�a checa de habla alemana, su relaci�n con los aparatos burocr�ticos, etc�tera. No obstante, parece oportuno insistir en que, si bien todos estos factores tuvieron su importancia, lo radicalmente determinante de la obra kafkiana es su aventura individual, la consignaci�n de sus vicisitudes y de la lucha por conquistar un espacio propio. Realizando esta lucha a trav�s de la literatura, a la que siempre dese� entregarse prioritariamente y con la que en vida s�lo obtuvo resultados modestos en cuanto a su proyecci�n (aunque lo poco que public� mereci� el respeto de sus contempor�neos), alumbr� uno de los mundos narrativos m�s perfilados, misteriosos y seductores de este siglo. Walter Benjamin, hablando de las dimensiones m�sticas de la obra de Kafka, recuerda un ilustrativo fragmento de Dostoievski: "Pero si es as�, hay aqu� un misterio y nosotros no podemos comprenderlo. Y si hay un misterio, nosotros tenemos el derecho de predicar el misterio y de ense�ar a los hombres que lo que importa no es la libre decisi�n de sus corazones, no es el amor, sino el misterio, al que est�n obligados a someterse ciegamente y por lo tanto independientemente de su conciencia."
Kafka conoci� a Rudolf Steiner, encuentro sobre el que hay alguna referencia en sus diarios, pero la teosof�a no pareci� entusiasmarle. En el a�o 1902 asisti� a unos cursos informales de filosof�a impartidos por Auton Marty, disc�pulo de Franz Brentano, por cuyo conducto pudo recibir ideas humeanas. Lo cierto es que Kafka suspendi� el examen realizado por el profesor en su propia casa. En cuanto a influencias intelectuales m�s acreditadas, Kafka se sent�a semejante a Dostoievski, von Kleist y Flaubert. A los dos primeros los estimaba mucho, as� como a Kierkegaard, con el que igualmente se sent�a identificado en un sentido vital: "Como ya supon�a, su caso es muy semejante al m�o, a pesar de algunas diferencias esenciales; por lo menos se encuentra al mismo lado del mundo" (Diario, 21 de agosto de 1915). Como se ver� m�s adelante, sobre todo el influjo de este �ltimo (tambi�n se anotar�n esas "diferencias esenciales") tiene su inter�s en una interpretaci�n jur�dica de Kafka.
La obra de Kafka fue publicada despu�s de su muerte por su amigo y albacea Max Brod, al que hab�a encomendado que lo quemase todo. Brod se excusa de esta "traici�n" que nos ha permitido conocer El proceso o El castillo alegando que Kafka estaba suficientemente advertido de que si realmente deseaba la destrucci�n de sus escritos deb�a encarg�rsela a otra persona y no a �l. Aunque se sospecha que es mucho lo que el escritor inciner� antes de morir, y no menos lo perdido durante el nazismo de lo conservado por quienes le conocieron (casi todos ellos jud�os), si se suman a su obra de ficci�n los diarios y lo salvado de su profusa correspondencia, obtenemos un conjunto enorme de material susceptible de an�lisis.
Seg�n lo anunciado m�s arriba, procedemos ahora a comentar los cuatro textos escogidos.
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III. Ante la ley . El individuo ante el Derecho.
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Esta peque�a par�bola apareci� en vida de Kafka en el volumen de relatos titulado Un m�dico rural. Tras su muerte, se public� inserta en el cap�tulo noveno de El proceso. La par�bola puede resumirse as�:
Ante la ley hay un guardi�n. Un campesino se presenta a �l y solicita que le deje entrar, pero el guardi�n contesta que por ahora no puede. El campesino se asoma a la puerta de la ley, que est� como siempre abierta. El guardi�n, al verlo, se r�e y le dice que puede probar a entrar si quiere, pero que recuerde que �l, con ser poderoso, es s�lo el ultimo de los guardianes; entre sal�n y sal�n hay m�s. Ya el tercero es tan terrible que ni el mismo guardi�n puede soportar su aspecto. El campesino no hab�a previsto estos problemas, �l cre�a que la ley deb�a estar siempre abierta para todos. Pero observa el porte temible del guardi�n y se persuade de que conviene m�s esperar. El guardi�n le deja un taburete para que se siente. All� espera el campesino d�as y a�os, a menudo conversa con el guardi�n, sobre temas sin importancia, y tambi�n intenta sobornarle. El guardi�n acepta las d�divas, para que el campesino no crea haber omitido nada, dice, pero no cambia su actitud. Durante muchos a�os el hombre observa casi continuamente al guardi�n, maldice su mala suerte, al final su vista se debilita y todo se vuelve oscuro. En medio de la oscuridad distingue un resplandor que surge de la puerta de la ley. El campesino sabe que va a morir. Llama al guardi�n, y le formula una pregunta que antes no le hab�a formulado: si todos quieren acceder a la ley, �como es que en todos aquellos a�os nadie m�s que �l ha pretendido entrar? El guardi�n comprende que el hombre est� expirando, y para que pueda o�rle bien le dice con voz poderosa: "Nadie pod�a pretenderlo, porque esta puerta era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla."
En la obra de Kafka aparecen con insistencia tres conceptos fundamentales, que se erigen en otros tantos paradigmas que tienen constante reflejo en sus narraciones. El primer paradigma es el de la culpa; el segundo, el de la b�squeda de la redenci�n (o la acogida); y el tercero, el de las construcciones o, m�s propiamente, el de la construcci�n. A la culpa se vinculan obras como El proceso o La condena, a la construcci�n todo el ciclo de fragmentos relacionados con la muralla china, y a la b�squeda de la acogida El castillo y este breve relato que ahora nos ocupa. La relaci�n entre estos tres ejes se expresa en que la culpa agudiza el ansia de ser admitido, de modo que se establece entre ambos elementos una interdependencia rec�proca; el paradigma de la construcci�n puede tomarse como una reflexi�n sobre las caracter�sticas del orden que rige la situaci�n de la que los otros dos impulsos son consecuencia. Naturalmente, es posible hallar otros ejes en la obra kafkiana, y establecer otras relaciones. A los efectos del an�lisis aqu� perseguido, no obstante, nos centraremos en los tres indicados, dada su potencialidad para caracterizar el fen�meno jur�dico en sus diversas facetas. Y podemos retener un primer y trascendental dato: la visi�n kafkiana de la realidad no se atiene puramente al objeto en s�, sino que lo toma como un elemento que sostiene una dial�ctica con el individuo cognoscente, en una l�nea que no est� lejos del existencialismo. Al enfocar su pensamiento a lo jur�dico obtendremos una relevancia del individuo como referente epistemol�gico (aunque curiosamente, he aqu� su cr�tica, aqu�l venga a ser al final un protagonista negado) infrecuente en los sistemas iusfilos�ficos cl�sicos, siempre tendentes al abstractismo impersonal de la pregunta: "�Qu� es Derecho?"
Con Ante la ley nos situamos en el paradigma de la petici�n, de la s�plica de acceso. Aunque no es cronol�gicamente lo primero (la culpa es previa), el sujeto en el mundo kafkiano encara la realidad objetiva desde esta postura de solicitaci�n, hallando s�lo la negativa a acogerle de aquello ante lo que suplica. Es lo que sucede en esta par�bola. El campesino juzga que la ley debe estar abierta para todos, pero la experiencia le demuestra que no es as�. El traslado de este esquema a lo jur�dico, que nos viene sugerido por la misma elecci�n del s�mbolo ley, se traduce inmediatamente en la pretensi�n del individuo de algo que entiende que le debe ser concedido (en cierto modo lo denota el que la puerta de la ley est� f�sicamente abierta, aunque luego no resulte esto m�s que una apariencia enga�osa), pero que la ley, por mediaci�n de uno de sus ejecutores, le niega. La ley aparece como una sucesi�n de guardianes de aspecto crecientemente temible, de obst�culos que desprecian al individuo y ante los que �ste no puede responder sino con la resignaci�n y la espera. La ley se rodea de todos los ornamentos del poder y el individuo es un campesino, palabra en la que no es dif�cil encontrar resonancias nada respetuosas con su entidad. En una primera aproximaci�n, pues, el individuo es caracterizado frente al Derecho como algo insignificante, subordinado, desprovisto de eso de lo que el mismo orden jur�dico se supone que ha de ser fuente: el derecho subjetivo. El gusto kafkiano por la paradoja tiene aqu� un ejemplo notorio. Ahora bien, no se agota en este enunciado el mensaje sugerido por la par�bola. Hay en ella otros elementos, que a primera vista pudieran parecer desde�ables, como una simple burla del portero (y de la ley misma) hacia el hombre: esa revelaci�n final de que la puerta estaba reservada exclusivamente al campesino. Aqu� resulta de inter�s referirse a la larga ex�gesis que el propio Kafka nos ofrece de la par�bola en las l�neas que la siguen en El proceso. Benjamin ha llegado a ver en esta novela un mero desarrollo de la inicial par�bola del portero, un desarrollo que no tiende a procurar al lector "el placer de extenderla hasta que su significado sea llano por completo", sino m�s bien a lo contrario. Este autor detecta entre la obra literaria de Kafka y su posible teor�a acerca de la realidad una relaci�n similar a la de la Hagadah con la Halakkah (la mitolog�a y la ley sagrada, respectivamente, en la religi�n jud�a). Pero el modo en que el mito nos transmite en este caso el logos proporciona una posibilidad de enriquecimiento de la impresi�n inicial que es preciso describir con detalle siguiendo el hilo de la argumentaci�n kafkiana.
En el cap�tulo IX de El proceso, mediante un di�logo entre Josef K. y el sacerdote que le relata la par�bola, se realiza un minucioso an�lisis de la misma. Cuando el sacerdote termina su narraci�n, K. deduce: "O sea, que el guardi�n enga�� al hombre." El sacerdote le insta a que no juzgue precipitadamente la historia; existir�a una posibilidad de afirmar el enga�o si existiera contradicci�n entre lo que el guardi�n dice al principio y lo que revela al final. Pero el guardi�n no habla nunca de que el acceso a la ley est� definitivamente vedado al campesino. �nicamente dice que por ahora no puede entrar. Incluso, interpreta el sacerdote, podr�a sostenerse que el guardi�n se extralimita en sus funciones en un sentido favorable a las esperanzas del campesino, porque su misi�n no es otra que la de cerrarle el paso. Lo invita en broma a que entre, hasta le da un taburete para que se siente y se muestra compasivo, permiti�ndole que maldiga en su presencia la circunstancia en que el guardi�n le ha puesto. K. pregunta al sacerdote si �ste cree que el campesino no fue enga�ado. El sacerdote responde: "Me limito a exponerte las opiniones que existen al respecto. No debes confiar demasiado en unas opiniones. La escritura es invariable y las opiniones no son con frecuencia m�s que la exprest�n de lo desesperante que ello resulta. En este caso, existe incluso una opini�n seg�n la cual el enga�ado es precisamente el guardi�n." A requerimiento de K. el sacerdote explica esta sorprendente opini�n, que se basa en la simplicidad del guardi�n. El guardi�n desconoce el interior de la ley, s�lo sabe del cometido que se le ha encomendado ante su puerta, en la zona m�s exterior de la ley. Las ideas que tiene sobre el interior de la ley son infantiles, con su miedo a la cadena de guardianes terribles que del texto se infiere que son todo lo que conoce de aquello cuya puerta guarda. Yendo a�n m�s lejos, el guardi�n est� subordinado al campesino, y tambi�n esto lo ignora. El guardi�n est� s�lo para vigilar la puerta destinada al hombre, desde antes de que �ste acuda. El campesino es libre, nadie le obliga a ir hacia la ley, mientras que el guardi�n est� encadenado a ella por una obligaci�n cuya finalidad se ordena hacia aqu�l a quien est� reservada aquella puerta. El campesino, al final de su vida, ve el resplandor que emana de la ley, un resplandor al que el guardi�n da la espalda y que por tanto ignora. La superioridad del campesino sobre el guardi�n se plasma pues en la ventaja del hombre libre respecto al sujeto a un deber, y en su logro del conocimiento, as� sea como atisbo, frente a la inconsciencia perdurable del guardi�n. Ante esta singular interpretaci�n, K. contraargumenta al sacerdote que no queda refutado por ella el que el campesino haya sido enga�ado, como propusiera al principio. Puede ser que el guardi�n no sea entonces un falsario, pero s� un simple que merece ser expulsado de su puesto por los perjuicios que causa al campesino. En este punto, el sacerdote aduce otra versi�n que tiene trascendentales consecuencias: "Hay quien dice que la historia no da derecho a nadie a emitir un juicio sobre el guardi�n. Cualquiera que sea la opini�n que nos merezca, es un servidor de la ley, o sea que pertenece a la ley y escapa al juicio humano. Tampoco hay que creer que el guardi�n est� subordinado al hombre. Cumplir un servicio que le ate a uno a la ley, aunque s�lo sea a la puerta de la ley, es algo incomparablemente superior a vivir libre en el mundo. El hombre del campo no hace m�s que llegar a la ley, el guardi�n ya est� en ella. Ha sido llamado por la ley a cumplir un servicio, dudar de su dignidad equivaldr�a a dudar de la ley." K. contesta: "Estoy completamente de acuerdo con esta opini�n, porque si uno se adhiere a ella, debe considerar cierto todo lo que dice el guardi�n. Pero t� mismo has dado razones detalladas para creer que esto no es posible." El sacerdote corrige a K. con una sentencia c�nica: "No, no hay que creer que todo es verdad; hay que creer que todo es necesario." K. concluye: "Una opini�n desoladora, la mentira se convierte en el orden universal."
Hayman realiza una interpretaci�n m�stica de esta escena que puede ser �til para elaborar posteriormente un enfoque de la misma desde la perspectiva del Derecho. Seg�n �l, puede insertarse la par�bola en la tradici�n cabal�stica: "La Torah (la ley c�smica para el Juda�smo, preexistente a la creaci�n del mundo) vuelve una cara especial a cada uno de los jud�os, exclusivamente reservada para �l y �nicamente aprehensible por �l, y, por ende, un jud�o s�lo cumple su verdadero destino cuando llega a ver esa cara y puede incorporar la a la tradici�n" (citado por Hayman de G. Scholem, On the Kabbalah and its Symbolism). Aqu� Kafka se encuentra con Kierkegaard, quien en Temor y Temblor asegura que la relaci�n con el Absoluto ha de ser personal y �nica.
Teniendo presentes estas implicaciones, apreciamos que el juicio inicial de que la ley rechaza al hombre, de que la revelaci�n final de que la puerta le estaba s�lo destinada a �l entra�a una burla, queda afectado por toda una variedad de nuevas sugerencias. En el comentario que Kafka hace sobre su propia par�bola se ponen de manifiesto numerosos datos con un inter�s jur�dico: los ejecutores de la ley como meros ap�ndices ciegos de ella, desconocedores de su finalidad o motivaci�n inspiradora; la ley como realidad orientada hacia el sujeto, pero entorpecida por una pluralidad de barreras distorsionantes, como la propia ineptitud de sus servidores; y finalmente, la consideraci�n de la preeminencia absoluta de la ley, que niega incluso el derecho de su destinatario a enjuiciar sus inmensas deficiencias. El hombre que es exaltado como libre frente al guardi�n obligado, que incluso percibe el resplandor que el guardi�n nunca vislumbra, siente en definitiva frustradas sus aspiraciones. Se dice que nada le forzaba a acudir a la ley, pero resulta evidente que el hombre padec�a necesidades que le abocaban a impetrar su tutela, necesidades tan obvias que ni siquiera es preciso detallarlas. La ley, con toda su organizaci�n, sus poderosos centinelas, fracasa en su finalidad, y decimos esto porque ha de recordarse la frase del guardi�n: "Esta puerta era s�lo para ti." El sacerdote exculpa incondicionalmente a la ley alegando que no importa la verdad, sino lo que es necesario, pero ni siquiera esta justificaci�n queda adecuadamente sustentada. La �nica reflexi�n que K. puede hacer ante el panorama que contempla es la desoladora de que "la mentira se convierte en el orden universal."
No cabe duda de que la visi�n expuesta, en Kafka, se asienta sobre el hecho b�sico de la culpa, del que nos ocuparemos m�s adelante y que proporciona cierto cimiento (bien que un cimiento no sostenido en argumento alguno, sino en una intuici�n sustancial) para todo el sistema. Centr�ndonos en lo que ahora interesa, la posici�n del individuo ante el Derecho tal y como desde este texto puede comentarse, hay que concluir que, pretendi�ndolo o no, en la par�bola se contiene una agria cr�tica que no hay por qu� considerar inofensivamente recluida en el �mbito de lo m�tico. Las met�foras de Kafka, por su pulcra urdimbre, ofrecen posibilidades que desbordan las causas de su alumbramiento. Aplicando las conclusiones extra�das de Ante la ley a la realidad jur�dica se obtienen resultados de cierta validez emp�rica, que bien podr�an responder (sea o no eso lo fundamental) a la experiencia que el escritor tuvo de la acci�n del Derecho en la sociedad y ante el individuo en las instituciones a las que perteneci�. Con el estudio de los otros textos escogidos se avanzar� en las proposiciones aqu� apuntadas. Baste anotar por ahora que frente a toda una plusbimilenaria tradici�n occidental del Derecho como raz�n, en la caracterizaci�n kafkiana se opta por un voluntarismo descorazonador: la ley tiene su fuerza por su sola naturaleza de ley, sin otro respaldo; pese a ser ineficiente, pese a constituir, incluso, "un orden universal de mentira."
Interesa no obstante hacer una observaci�n adicional, que da prueba de la ambivalencia de las alegor�as kafkianas y que se relaciona con las resonancias religiosas y cabal�sticas antes rese�adas. Si el Derecho se manifiesta ante el individuo como un orden cerrado e infranqueable, casi absurdo en su vocaci�n hacia �l que coexiste con una infinidad de trabas intr�nsecas, el individuo tiene un deber hacia el Derecho m�s all� del Derecho mismo; un deber, por as� decir, moral. Jur�dicamente, el campesino es libre, carece de las obligaciones que el guardi�n como siervo de la ley tiene. El desamparo del hombre por el Derecho se corresponde con esa libertad, que se a�na al conocimiento (el campesino ve la luz que sale de la ley). En la aserci�n final del guardi�n parece sugerirse en qu� consist�a el deber moral del campesino: haber aprendido que la ley era para �1, haber sabido ganarla pese a las dificultades, o expres�ndolo en t�rminos m�sticos, haber desentra�ado su camino personal hacia el Absoluto. No s�lo la ley pone las barreras, tambi�n �stas nacen de la resignaci�n y la falta de curiosidad del campesino. El individuo libre tiene que buscar su modo de entrar en la ley, el rostro que la Torah s�lo le vuelve a �l, en t�rminos cabal�sticos.
En El proceso Kafka revela la otra cara de la moneda: cuando el hombre ya no es libre, porque pesa sobre �l la culpa, y la ley no es ya una puerta abierta que se hace de rogar y se abstiene de llamarle, sino un aparato implacable que comienza a cargarle con sus imposiciones. La crueldad de la visi�n kafkiana estriba en considerar la culpa algo originario (en la l�nea de la concepci�n hebraica del pecado original). �Es posible, en estas condiciones, tomar las anteriores alusiones a un estado de libertad como algo m�s que una representaci�n puramente especulativa?
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IV. El castillo. La conquista fallida del derecho subjetivo.
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De las que se ha dado en llamar "novelas de la soledad", acaso sea El castillo la m�s densa y compleja, y a la vez, pese a ser la m�s abruptamente interrumpida, la que muestra una mayor elaboraci�n y exhaustividad. De esta obra utilizaremos para nuestro estudio no un fragmento o una serie de ellos, sino algo que entra�a cierta simplificaci�n: su argumento. Y a los efectos aqu� pretendidos basta con esbozar una s�ntesis muy escueta de �l.
K., que es o finge ser agrimensor, llega una noche de invierno a un pueblo. De este pueblo se nos dice que se encuentra al pie de un castillo. Ya desde el principio la situaci�n de K. en el pueblo se revela dif�cil; no es persona grata en �l, levanta entre los habitantes una gran suspicacia. K. parece pasar por alto esta actitud y desde bien temprano acomete su empresa, que no es otra que la de conseguir que en el castillo (que pronto se nos presenta como un centro habitado por funcionarios inasibles, desde el que se rige el pueblo) se le tome en cuenta y se le reconozca una posici�n a la que se cree acreedor. Durante toda la historia K. tratar� de acceder al castillo, sin conseguirlo. Primero probar� con los mensajeros (hombres del pueblo relacionados con el castillo, insignificantes ante su jerarqu�a de la que son meros portavoces), luego con los funcionarios inferiores, pero siempre ser� imposible captar para su causa a alguno con un m�nimo de influencia. Entre fracaso y fracaso, K. se entrega en el pueblo a una vida que le granjea la antipat�a de sus habitantes. Para ello cuenta con el concurso de Frieda, una mujer del pueblo con la que mantiene una relaci�n desordenada. A veces realiza avances irrisorios en su conocimiento del castillo, pero cuando la novela se interrumpe su situaci�n no ha progresado sensiblemente. Seg�n Max Brod, Kafka pretenda dar a la novela el siguiente final: "�l no ceja en su lucha, pero muere por inanici�n. En torno a su lecho de muerte se re�ne el vecindario y justamente en ese momento llega del castillo la disposici�n de que en verdad a K. no le asist�a ning�n derecho a exigir que se le permitiera vivir en el pueblo, pero que, no obstante, y en consideraci�n a ciertas circunstancias particulares, se le permit�a vivir y trabajar all�."
Seg�n interpreta Brod, el tema sustancial de esta obra es el de la gracia. K. busca la gracia, lucha denodadamente por conseguirla, por mediaci�n de quien sea (es de notar la importancia que a estos efectos adquieren los personajes femeninos que aparecen en la historia). Por tanto, de seguir esta visi�n, que por otra parte parece veros�mil y ajustada, las preocupaciones latentes en El castillo son de �ndole primordialmente psicol�gica y religiosa. Teniendo esto en cuenta, puede sin embargo intentarse la interpretaci�n desde el Derecho situ�ndonos en el mismo paradigma que en el apartado anterior: el de la b�squeda de la redenci�n o, en t�rminos m�s utilizables a nuestros fines, la solicitud de acogida, de acceso.
Y en El castillo, obra posterior a Ante la ley, observamos una evoluci�n notable que abarca una multitud de aspectos. En primer lugar, la actitud del protagonista. K. no se queda como el campesino, sentado ante la puerta de la ley maldiciendo para sus adentros, o de modo que le pueda o�r el portero pero siempre sin aspiraciones firmes de cambio. El agrimensor K. lucha con todas sus fuerzas, con una violencia y un �mpetu que a menudo parecen netamente desmedidos y hasta peligrosos. Kafka, que en Ante la ley viene a hacer una descalificaci�n de la pasividad, nos muestra a un personaje pose�do por un impulso insensato. Traduci�ndolo a una explicitaci�n jur�dica, el individuo no se resigna ante la impenetrabilidad del Derecho, se afana por afirmarse ante �l, con plena conciencia de poseer un motivo (un derecho subjetivo) para pedir aquello que se le niega; esa conciencia que el campesino s�lo alcanza cuando va a morir y el guardi�n le dice que aquella puerta era para �l.
Otra evoluci�n se advierte en la descripci�n de la ley. La ley era antes una puerta cerrada, un objeto totalmente incognoscible. En la peripecia de K. la ley es el castillo, el Derecho se identifica absolutamente con el poder, y sus reglas de funcionamiento son las del poder mismo; de estas reglas, si no una verdadera informaci�n, s� tiene K., y a�n m�s el lector, atisbos inexistentes en Ante la ley. Los servidores de la ley ya no son un simple portero con un aspecto temible. Se nos presentan o se nos sugieren funcionarios somnolientos, sumidos en un tedio insoluble (como Potemkin en la historia que rese�a Benjamin), que manejan la instituci�n que el castillo representa con indolencia, cumpliendo designios ignotos.
En definitiva, esto poco supone de progresi�n respecto a una ley que no era m�s que una puerta infranqueable. Pero averiguamos algunas cosas sorprendentes. A este respecto es crucial cierto pasaje, que tambi�n nos ilustra sobre la verdadera personalidad y fuerza de K. Al final del capitulo dieciocho, K. entra en contacto con un funcionario subalterno (muy subalterno) que parece disponer de cierta posibilidad de proporcionarle alg�n conocimiento que favorezca sus pretensiones. K. est� muerto de sue�o, a duras penas atiende al funcionario, y cuando lo hace, se conduce con tal negligencia que no saca nada de aquello. Kafka pone en boca del funcionario estas palabras: "�Qui�n sabe lo que le espera al lado? Esto est� lleno de oportunidades. Hay cosas que no fracasan m�s que por s� mismas. S�. Esto es asombroso." Dos deducciones nos surgen de inmediato: las energ�as de K. obedecen a est�mulos irregulares, su voluntad no le proporciona al cabo ning�n resultado porque no sabe emplearla all� donde es preciso, la dilapida cuando no puede lograr nada y flaquea cuando se le ofrece algo; de otra parte, el orden reinante, el castillo como ley y poder, no es invulnerable, no est� cerrado en todos sus aspectos. Es un sistema abierto, hay zonas de anomia. Ese implacable, casi insensible acusador del individuo (de s� mismo, en definitiva) que fue Kafka vuelve a admitir que aun en un universo absurdo la responsabilidad es del sujeto. Las exigencias que nos plantea son inmensas, a juzgar por el entusiasmo que K. derrocha en balde. �se es el quid: el individuo est� vencido casi de antemano por el orden objetivo, que no entiende o entiende defectuosamente, al que da lo mismo que oponga esfuerzos ingentes o una resignaci�n farfullante. El individuo pide al orden una posici�n, unas facultades, un derecho subjetivo. Y el orden esquiva al individuo, ni siquiera existe en funci�n de �l como en Ante la ley (aunque tal ordenaci�n hacia el individuo m�s parec�a al final una broma de mal gusto, o un fracaso en el mejor de los supuestos). El desenlace de El castillo es que K. ve tolerada su presencia, sin derecho alguno, en un r�gimen de precario, por una mera concesi�n graciable. Y esto le llega cuando va a morir. Por consiguiente, y a efectos pr�cticos, no deja de ser un intruso, un indeseado, un importuno. Integrando esta imagen con la desprendida de Ante la ley, extraemos una cr�tica b�fida a los sistemas jur�dicos representados por "la ley" o "el castillo":
a) En un caso, dice la ley estar destinada al individuo, sin que a �ste le sirva de nada, por los obst�culos con que la ley se pertrecha.
b) En otro, el castillo, el orden instituido, con un vejatorio silencio como toda respuesta a sus s�plicas desaforadas, niega brutalmente al sujeto hasta el derecho b�sico del simple estar, del simple vivir all�, para concederle al final "por razones particulares" una merced que no crea derecho alguno y que ya es indiferente para un moribundo. El castillo es m�s desnudamente el poder, ni siquiera recurre al nombre de ley, una denominaci�n que fundamenta, al menos a priori, la dominaci�n en algo m�s que la fuerza misma.
Pero hay algo de inter�s en la fuerza como fuente de lo jur�dico en El castillo: su aspecto, el descuido, la decadencia. La fuerza, y la ley que ella engendra, son como monstruos prehist�ricos que bostezan incesantemente pero conservan la aptitud de humillar al transgresor con su vigor descomunal. Una vez m�s, a trav�s del desfase entre las cualidades del poder y su funci�n, que implica una p�rdida del sentido que lo motiva todo, Kafka desenmascara el absurdo. Una organizaci�n repleta de defectos y lagunas (eso adivinamos), pero irremediablemente vigente, nos da una idea del Derecho como puro hecho; un hecho adem�s inmotivado, inconsistente pese a no ser objetado. Puede sospecharse que existen unas normas, con sus correspondientes relaciones y mecanismos de funcionamiento, puede apostarse que lo que ocurre es que el agrimensor K. no es un sujeto capacitado para desentra�ar esta mec�nica y conseguir para s� una posici�n m�s halag�e�a. Pero siempre queda una duda, radical: �no ser� que no existe ninguna norma? Parece una interrogaci�n demasiado aventurada, se nos habla de los funcionarios como de seres adocenados, pero lo cierto es que permanecen inasibles, poderosos y respetados por el pueblo. El individuo K., en medio de su desastre, puede sentir como inasequible la desmitificaci�n. Pero, como veremos en el apartado siguiente, el propio Kafka enuncia en otro lugar, en los fragmentos relacionados con la muralla china, estas conjeturas que aqu� hemos adelantado t�midamente.
Resumiendo las ideas fundamentales que de este muy limitado an�lisis de El castillo se obtienen, y orient�ndolas a una interpretaci�n desde el Derecho, en la infortunada epopeya del agrimensor K. se nos muestra c�mo el individuo fracasa en su vehemente tentativa de conquista del derecho subjetivo. En parte se apunta una culpa del sujeto, una cierta ineptitud; pero de otro lado ella resulta de unas exigencias desproporcionadas, demasiado rigurosas para lo exiguas y azarosas que son las probabilidades de salvaci�n y lo penosa que es la circunstancia del protagonista. Lo para nosotros m�s interesante es la caracterizaci�n de ese orden que niega el derecho a K. Su opacidad, su presumible anomia. Su inercia. Se trata de un orden ineficiente, salvo para mantener una situaci�n cuya finalidad no se vislumbra. Y el individuo queda como un precarista.
Todos estos elementos han de ser retenidos para la valoraci�n e hip�tesis finales.
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V. Sobre la cuesti�n de las leyes. El problema del derecho objetivo.
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El peque�o fragmento que pasamos a analizar es, junto a otros cuatro o cinco de extensi�n no mucho mayor, todo lo que nos queda de un proyecto m�s ambicioso, cuya versi�n definitiva Kafka destruy�. Esta obra, localizada en la China imperial de principios de nuestra era, giraba en torno al eje de la construcci�n de la Gran Muralla. Los fragmentos subsistentes, todos ellos estudios o esbozos que Kafka olvid� destruir, nos hablan, por ejemplo, de un pueblo perdido en la inmensidad de China, lejos de la frontera, lejos de Pek�n, en un punto del infinito. En este pueblo hay una administraci�n local dirigida por un funcionario a quien todos llaman Coronel, cuyo t�tulo para ejercer el gobierno nadie ha visto jam�s. Es el recaudador de impuestos, se ha arrogado el supremo mando en los dem�s �mbitos y todos se lo reconocen sin discusi�n. Las noticias llegan de la capital con tal retraso que los habitantes creen estar bajo un emperador que muri� hace mucho. En el fragmento m�s extenso, De la construcci�n de la muralla china, se nos describe minuciosamente el sistema de construcci�n de la muralla, a tramos de un kil�metro, por brigadas aisladas entre si, dirigidas por una Suprema Conducci�n que se nos presenta como un ente abstracto. El m�todo de construcci�n hace surgir la duda de si la muralla no tendr� numerosos huecos y discontinuidades, pero nadie puede saberlo, porque la frontera es demasiado larga. Refiri�ndose a un mundo cuyas singulares y sugestivas caracter�sticas pueden apreciarse con el resumen precedente, Sobre la cuesti�n de las leyes se centra en una materia espec�fica. Un narrador, en primera persona, reflexiona sobre las leyes de su pueblo. Las primeras frases excusan de comentario: "En general nuestras leyes no son conocidas, sino que constituyen un secreto del peque�o grupo de arist�cratas que nos gobierna. Aunque estamos convencidos de que estas antiguas leyes son cumplidas con exactitud resulta en extremo mortificante el verse regido por leyes para uno desconocidas. No pienso aqu� en las diversas posibilidades de interpretaci�n. Acaso estas desventajas no sean muy grandes. Las leyes son tan antiguas que los siglos han contribuido a su interpretaci�n y esta interpretaci�n se ha vuelto ley tambi�n. Por lo dem�s la nobleza no tiene evidentemente ning�n motivo para dejarse influir en la interpretaci�n por su inter�s personal en nuestro perjuicio, ya que las leyes fueron establecidas desde sus or�genes por ella misma; la cual se halla fuera de la ley, que, precisamente por eso, parece haberse puesto exclusivamente en sus manos." A continuaci�n, el narrador, tras sentar una ilustrativa premisa de su exposici�n ("estas apariencias de leyes s�lo pueden ser en realidad sospechadas"), relata c�mo el pueblo ha observado desde antiguo a la nobleza con el prop�sito de realizar una deducci�n del contenido de las leyes.
A esta observaci�n se debe incluso la creencia de que las leyes existen ("Seg�n la tradici�n existen y han sido confiadas como secreto a la nobleza, pero ello no es m�s que una vieja tradici�n, digna de cr�dito por su antig�edad, pues el car�cter de estas leyes exige tambi�n mantener en secreto su existencia"). El narrador explicita la reticencia ineludible: "... tal vez esas leyes que aqu� tratamos de descifrar no existen. Hay un peque�o partido que sostiene realmente esta opini�n y que trata de probar que cuando una ley existe s�lo puede rezar: lo que la nobleza hace es ley. El peque�o partido se opone a la investigaci�n de la ley, por in�til y da�ina, pero la mayor�a del pueblo la ve necesaria, considera que el material reunido es escaso a�n, que con mucho m�s estudio la cuesti�n estar� m�s clara. Y existe en la base de esta voluntad una fe: "...la fe de que habr� de venir un tiempo en que la tradici�n y su investigaci�n consiguiente resurgir�n en cierto modo para poner punto final, que todo ser� puesto en claro, que la ley s�lo pertenecer� al pueblo y la nobleza habr� desaparecido." El narrador precisa: "Esto no est� dicho ( ... ) con odio hacia la nobleza. Antes bien, debemos odiarnos a nosotros mismos, por no ser dignos a�n de tener ley. Y por eso ese partido que no cree, en verdad, en ley alguna, no ha aumentado su caudal, y ello porque �l tambi�n reconoce a la nobleza y el derecho de su existencia." El p�rrafo final merece ser transcrito: "En realidad, esto s�lo puede ser expresado con una especie de contradicci�n: un partido que, junto a 1a creencia en las leyes, repudiara la nobleza, tendr�a inmediatamente a todo el pueblo a su lado, pero un partido semejante no puede surgir porque nadie se atreve a repudiar a la nobleza. Sobre el filo de esta cuchilla vivimos. Un escritor lo resumi� una vez de la siguiente manera: la �nica ley, visible y exenta de duda, que nos ha sido impuesta, es la nobleza. �Y de esta �nica ley habr�amos de privarnos nosotros mismos?"
Seg�n la tripartici�n convencional que hicimos m�s arriba, este fragmento, como todo el ciclo de la muralla china, se inserta dentro del paradigma de la construcci�n. Igual que las brigadas de obreros fueron componiendo a trechos insignificantes la inmensa muralla, as� el pueblo construye aqu� una teor�a acerca del contenido de las leyes que lo gobiernan y se le ocultan. La labor es ingente como la de erigir la muralla, una tradici�n antiqu�sima s�lo ha bastado a proporcionar unos materiales exiguos. En la interpretaci�n que aqu� nos interesa, a la que este fragmento se presta quiz� con m�s nitidez que los analizados anteriormente, el pueblo puede identificarse con el sujeto que trata de conocer el Derecho como realidad objetiva e intenta su descripci�n. Merece la pena detenerse en los resultados que el pueblo de la narraci�n ha obtenido. Son muy superiores a los alcanzados por el campesino o el agrimensor K. Y es que la actitud del pueblo no es la del peticionario, sino la del constructor: la del que ejercita serenamente sus habilidades de art�fice, ordenando los datos sin m�s pretensi�n que la del conocimiento. Por eso este fragmento es m�s equilibrado, menos impulsivo y m�s f�rtil en sus hallazgos. Con su sereno raciocinio complementa inmejorablemente las sugestiones intensas pero menos traducibles que nos ofrec�an las otras dos obras estudiadas.
En principio, el Derecho es un secreto, "del grupo de arist�cratas que nos gobierna." El Derecho sirve, adem�s, sin ning�n pudor, a los fines de esa clase" que lo cre�, de tal modo que no hay ni que pensar en que interpreten las normas en su beneficio, porque puede presumirse que ya fueron hechas inequ�vocamente para �l. Incluso se nos dice que la aristocracia est�, en cualquier caso, fuera de la ley. Con una eficacia ret�rica y est�tica innegable, Kafka resume de pasada, casi candorosamente en la naturalidad con que el narrador lo describe, un panorama que evoca la cr�tica al Derecho de Marx, con una asombrosa y puntual coincidencia de argumentos. Pero a rengl�n seguido Kafka se interna en una senda original. Nos plantea la posibilidad de inexistencia del Derecho, desde un punto de vista estrictamente ontol�gico (no la inexistencia en una perspectiva axiol�gica atinente al valor justicia que implicar�a el Derecho como superestructura ordenada al mero provecho de la clase dominante). En definitiva, se trata de desembocar en un argumento genuinamente voluntarista, que parafrasea el Quod principi placuit legis habet vigorem del Derecho romano del Imperio: "Lo que la nobleza hace es ley." Pero no se detiene ah� (si lo hiciera, la originalidad ser�a relativa). Kafka nos da una visi�n muy singular del pueblo sometido a ese Derecho que no le pertenece. No sugiere una revoluci�n indiscriminada. En realidad, no se sugiere revoluci�n de ning�n tipo. El pueblo es un pueblo investigador, cient�fico, que busca su liberaci�n en la ciencia, en un progresivo conocimiento de las leyes que las haga suyas. Lo que sucede es que esta pretensi�n choca con los obst�culos que se apuntan en el p�rrafo final. El pueblo no puede conquistar la ley, arrebat�ndosela a la nobleza; la ley es consustancial a la nobleza y la nobleza un elemento cuya dominaci�n est� irreversiblemente asumida por el pueblo. La raz�n de ambos obst�culos viene a ser la misma y Kafka la formula con contundencia. De las leyes en general el pueblo no tiene m�s que datos inseguros, fragmentarios; en definitiva, "la �nica ley visible y exenta de duda ...es la nobleza." Y de esta ley, como dice el an�nimo escritor citado al final del fragmento, no puede el pueblo privarse, porque tampoco le consta tener otra ley, y la ley, aun reducida a un simple hecho representado por una aristocracia gobernante, es valorada como necesaria.
En definitiva, el Derecho vuelve a aparecer como algo ajeno al individuo, como el patrimonio de una clase que lo administra sin rendir cuentas a nadie, sin verse siquiera intimada a esclarecer que existen unas normas que aplica. Prescindiendo de todo fundamento racional o de justicia, el Derecho no parece asentarse m�s que en una relaci�n de poder. Pero tambi�n es preciso retratar las peculiaridades de ese poder: en ning�n sitio se nos habla de sus manifestaciones. Como ocurre con el castillo, o como la ley defendida por una cadena de porteros, la fuerza que impone la norma (o que constituye la norma) no se muestra como un acto, sino como una potencia; y si la analizamos en el proceso que va de Ante la ley a Sobre la cuesti�n de las leyes, pasando por El castillo, descubrimos que resulta crecientemente abstracta, cada vez m�s una fuerza moral, que se impone a la conciencia de los s�bditos.
Es en este punto donde se contienen las particularidades de m�s relieve de este fragmento. El pueblo acepta las leyes y por tanto, acepta a la nobleza, ya que �sta es la �nica ley que conoce. A tal punto llega en su sumisi�n que contempla la posibilidad de que no haya esas otras leyes que sospecha y sobre cuyas caracter�sticas investiga. Prima sobre toda otra consideraci�n del Derecho la de orden eficiente. La nobleza (ya sea con sus leyes o siendo ella misma la �nica ley), garantiza la cohesi�n y aun el sentido del pueblo. La justicia cede ante esto. El pueblo se siente "mortificado" al estar sujeto a unas leyes que son instrumento de la aristocracia, porque no es posible otra reacci�n, pero lo consiente, y quienes predican ideas "subversivas" suscitan en la mayor�a la sensaci�n de situarse en la irrealidad.
Permanece en este relato la incognoscibilidad �ltima del Derecho, el desvalimiento del individuo que quiera fundar en el orden objetivo una pretensi�n subjetiva (ya que ese orden objetivo es un secreto). Pero el pueblo de Sobre la cuesti�n de las leyes penetra en el problema, a su modo, y tambi�n a su modo encuentra la soluci�n que le es negada al agrimensor K. y al campesino de Ante la ley. Soslayando la injusticia insoluble, la salida se abre por una v�a axiol�gica que atiende a otra orientaci�n: la seguridad. Parad�jicamente, un orden jur�dico arcano es la garant�a frente a la incerteza. Hay una ley, injusta, la de que la nobleza gobierna. Pero es una ley inatacable, firme. Da una referencia que siempre estar� ah�, porque el pueblo siempre acatar� su sujeci�n. Ante esta referencia perenne, el de si hay otras leyes no es un asunto fundamental. Hay algo sobre lo que apoyarse, contra toda circunstancia.
A primera vista, y sobre consideraciones de equidad, la soluci�n que se da el pueblo es inadmisible. Pero puede hacerse la siguiente interpretaci�n: la nobleza asienta en gran medida su dominaci�n sobre la creencia del pueblo de que esta dominaci�n debe persistir. De un modo alambicado y bien curioso, el pueblo se apodera inconscientemente del Derecho que por naturaleza y origen no le pertenece, y ello es as� porque a fin de cuentas convierte a la aristocracia en una realidad que le presta una utilidad, la de cimiento de su orden social. K. y el campesino no obtienen nada del castillo o de la ley. El pueblo de esta narraci�n saca su fruto de las leyes (es decir, de la aristocracia). Arranca de un conocimiento lleno de oscuridades, pero tambi�n provisto de una certidumbre m�nima que lo hace fecundo como no aciertan a serlo las aventuras del agrimensor yel campesino. Y termina llegando a un sentimiento de su culpa ("Antes bien, debemos odiarnos a nosotros mismos, por no ser dignos a�n de tener ley") que resuelve acomod�ndose al estado de cosas reinante. En la aceptaci�n est� la conquista, la paz. A ser dominado por la nobleza s� tiene el pueblo derecho, un derecho irrefutable. El pueblo (o el individuo) logra al fin ostentar un derecho subjetivo, sobre la base de una convicci�n parca, pero irrebatible, acerca del problema que en otras tentativas a los protagonistas de las met�foras kafkianas se les hab�a resistido �ntegramente: el Derecho como orden objetivo. Un orden que es con claridad expresi�n de un poder. Un poder que tiene una plasmaci�n muy abstracta, tanto que en el fondo todo puede ser absurdo, pero sobre el que hay una imprescindible certeza. El convencimiento psicol�gico determina as� en cierta medida la realidad, confiriendo su estabilidad al conjunto.
Mucho tiene que ver este desenlace con la experiencia personal y vital de Kafka. �l se consideraba un expulsado, alguien que hab�a hecho el viaje desde la tierra de Cana�n al desierto, por decirlo con sus palabras. Su ambici�n fue en una porci�n importante ganar para s� una vida "normal", poder someterse al orden instituido, al que se cre�a naturalmente inadaptado. Cuenta Max Brod c�mo le remiti� Kafka en cierta ocasi�n a la an�cdota que refiere la sobrina de Flaubert en la introducci�n al epistolario del novelista franc�s: "�No habr� lamentado (Flaubert) en los �ltimos a�os no haber transitado el camino trillado? Casi que podr�a creerlo cuando rememoro las sentidas palabras que una vez acudieron a sus labios mientras volv�amos a casa caminando a lo largo del Sena (hab�amos visitado a una de mis amigas y la hab�amos encontrado en medio de una bandada de hermosos hijos). �Est�n en lo cierto (Ils sont dans le vrai)�, dijo, refiri�ndose a ese honorable y buen hogar."
Podr�a parecer que el autor de Praga abdica en este punto de anteriores planteamientos que hemos calificado como cr�ticos, pero pensar eso es una inexactitud. El individuo extenuado en la b�squeda infructuosa de su v�a propia (de su propio derecho), implora descansar a la manera com�n (acatando lo indudablemente vigente, aunque esto s�lo sea su condici�n de sometido). A pesar de todo, quedan sus observaciones, sus audaces testimonios del absurdo, de los que no se reniega. Y los vertidos en Sobre la cuesti�n de las leyes son de los m�s incisivos jam�s escritos acerca del Derecho.
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VI. El proceso. La culpa; el Derecho como punici�n.
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El asunto de El proceso es sobradamente conocido. Bastar� a nuestros efectos una s�ntesis telegr�fica, en dos palabras:
Josef K., empleado de banco, despierta una ma�ana (como una ma�ana despierta Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis, para ver que se ha convertido en insecto; siempre el absurdo apoder�ndose s�bitamente de lo cotidiano) y descubre que est� procesado. �l no cree haber cometido ninguna falta, y durante toda la historia, a lo largo de sus relaciones con el indescifrable y complejo aparato del tribunal y con los seres que en su proximidad viven, trata de averiguar sin �xito de qu� se le acusa. Finalmente, tras un desarrollo que Kafka no lleg� a elaborar por completo, el cap�tulo �ltimo (que s� redact�) nos informa de que Josef K. acaba siendo ejecutado. Mientras el verdugo le retuerce el cuchillo en el pecho, K. piensa, y �sta es la frase que cierra el libro: "Era como si la verguenza hubiese de sobrevivirle."
Esta elocuente afirmaci�n final nos advierte de que, entre los paradigmas m�s arriba formulados como herramientas de nuestro an�lisis, en El proceso pesa de una forma fundamental el de la culpa. A su trav�s, se ofrecen reflexiones que sirven para la caracterizaci�n desde la �ptica kafkiana de una de las funciones que desde su aparici�n como instrumento regulador de la convivencia humana m�s ostensiblemente ha cumplido el Derecho: la funci�n punitiva.
Pero nuestro estudio a prop�sito de esta obra va a ser doble, ya que de ella hemos seleccionado dos fragmentos que responden a orientaciones diversas. Ambos corresponden al cap�tulo VII, uno a su inicio, en el que K. conversa con su abogado; otro a su t�rmino, donde K. se entrevista con un pintor que tiene influencias en el tribunal por ser el retratista oficial del mismo. De ellos, el primero atiende, m�s que a la culpa y al castigo, a la descripci�n del Derecho objetivo materializado en las estructuras que lo aplican y su funcionamiento, con un sentido constructivo afin al consignado en apartados precedentes de este trabajo. El segundo se refiere m�s expresamente a los conceptos aludidos en el t�tulo de este apartado. Trataremos ambos fragmentos por separado, el primero con mayor brevedad, para centrarnos en el segundo.
A) Conversaci�n con el abogado.
Este pasaje, a trav�s de la charla que K. mantiene con el Dr. Huld, letrado de prestigio que se encarga de su defensa, nos da una idea verdaderamente singular de lo que es el funcionamiento del tribunal y, como reflejo, el derecho que en �l se aplica. Nos limitaremos, por no ser excesivamente prolijos, a extractar, con ligeras anotaciones puntuales, el contenido del fragmento, que por lo dem�s se comenta por s� solo y ahonda en direcciones ya apuntadas antes en estas l�neas.
Al principio de la conversaci�n (m�s propiamente mon�logo del abogado) Josef K. ya muestra su escepticismo y aburrimiento ante las peroratas inacabables de su defensor. �ste, ajeno a la actitud de K., empieza refiri�ndose a un memorial que ha dirigido al tribunal, respecto del que no tiene muchas esperanzas de que sea le�do. Los memoriales de los defensores se agregan a los expedientes sin m�s tr�mite, y no se examina el expediente hasta que todo el material ha sido reunido. Para entonces, es frecuente que el memorial se haya traspapelado. Todo esto es lamentable, pero no debe olvidarse que el proceso no es p�blico, por lo que las actas del tribunal, entre ellas el texto de la acusaci�n, no son conocidas por abogado y acusado. Ello hace que el primer memorial sea como una piedra tirada al azar. S�lo mucho m�s adelante, cuando el proceso est� m�s avanzado, y observando por d�nde ha discurrido, puede sospecharse con m�s aproximaci�n de qu� se acusa exactamente al procesado y enviar memoriales m�s certeros. El abogado se encuentra as� en una posici�n dif�cil, pero hay que tener en cuenta que la defensa no est� permitida por la ley, sino simplemente tolerada (nuevamente nos encontramos el esquema formal del individuo como precarista), y aun sobre la interpretaci�n de la ley en sentido tolerante hay discusi�n. Los abogados est�n en condiciones degradantes, la sala que tienen en el tribunal es una cueva inh�spita. Lo m�s importante para la defensa son las relaciones personales, no con los tramos inferiores del funcionariado, en los que hay cierta venalidad de la que los abogaduchos creen sacar un provecho en realidad nulo; s�lo con los funcionarios superiores esas relaciones personales son fecundas, y esto est� al alcance de pocos abogados, entre ellos el Dr. Huld.
De todos modos, el de las relaciones con los funcionarios es un arte inseguro; a veces, parece que se ha ganado a uno para la propia causa y al d�a siguiente este mismo funcionario, que s�lo unas horas antes asent�a a los argumentos que se le ofrec�an, produce una decisi�n extremadamente perjudicial para el acusado. Ahora bien, ayuda a los prop�sitos del abogado el que los jueces necesiten en ocasiones de �l. Aqu� se pone de manifiesto la desventaja de una organizaci�n judicial que establece juicios secretos: a los jueces les falta contacto con la poblaci�n; para paliar esta carencia recurren a los abogados, pero tambi�n para completar sus conocimientos jur�dicos. "La jerarqu�a y el escalaf�n del tribunal era infinito e inabarcable incluso para los iniciados. El procedimiento sol�a ser tambi�n secreto para los funcionarios inferiores. De ah� que no pudieran seguir casi nunca de un modo completo, en todo su desarrollo, los casos en que trabajaban. As� pues, un asunto judicial aparece en su campo de visi�n sin que sepan a menudo de d�nde viene, y luego sigue su curso sin que sepan a d�nde va. (...) S�lo pueden dedicarse a la parte del proceso que la ley delimita para ellos, y de todo lo que sigue (...) saben casi siempre menos que la defensa..." Por eso piden consejo a los abogados, o incluso les muestran los expedientes por lo com�n tan secretos, acuciados por esta necesidad de que les asesoren, y mientras el abogado estudia los legajos el funcionario se asoma desesperado a la ventana (otra vez encontramos la idea de las zonas de anomia, de las fisuras en un sistema con pretensiones de perfecci�n tan desorbitadas que exacerba el secreto y niega as� el derecho a la objeci�n; una anomia que, en la l�nea de la fr�a crueldad de las alegor�as kafkianas, no proporcionar� de todos modos ning�n beneficio al acusado). Por todo esto, concluye el Dr. Huld, el acusado ha de dejar al abogado que realice su trabajo, sin estorbarle. A este respecto, es notable que los abogados (y aun el mas insignificante r�bula participa de esta prudencia) no pretendan nunca introducir reformas en el tribunal. Cosa distinta ocurre con los acusados. Como cierre de este resumen, no nos resistimos a transcribir el magn�fico trozo de prosa en que Kafka describe este anhelo de innovaci�n de los sometidos a proceso:
"En cambio, -y esto es muy significativo- casi todos los acusados, incluso los m�s lerdos, se ponen a urdir propuestas de mejora en el mismo momento de iniciarse el proceso, y as� gastan a menudo un tiempo y unas fuerzas que podr�an emplear mucho mejor en otras cosas. Lo �nico acertado es adaptarse a las condiciones existentes. Aunque fuese posible mejorar alg�n detalle -lo cual es una suposici�n est�pida-, uno obtendr�a, en el mejor de los casos, alguna mejora para los procesos futuros, pero se habr�a perjudicado incalculablemente a s� mismo, puesto que habr�a atra�do la atenci�n del cuerpo de funcionarios, siempre sediento de venganza. �Lo importante era no llamar la atenci�n! Obrar con calma, aunque esto fuese contra los propios deseos. Intentar darse cuenta de que aquel inmenso organismo judicial se encuentra, en cierto modo, en una posicion eternamente vacilante, y de que, si uno cambia algo por su cuenta y desde su puesto, la tierra desaparece bajo sus pies y �l mismo puede despe�arse, mientras que al gran organismo le resulta f�cil encontrar otro lugar en s� mismo -puesto que todo guarda relaci�n- para reparar la peque�a alteraci�n, efectuando las sustituciones necesarias y permaneciendo inalterable, si no resulta que todo se vuelve, cosa a�n m�s probable, mucho m�s cerrado, m�s vigilante, m�s r�gido, m�s maligno."
Como el pueblo cient�fico de Sobre la cuesti�n de las leyes, en este trozo parece llegarse a la irrehuible conclusi�n de que la salida para el sujeto es la resignaci�n, o m�s exactamente, ya que aqu� no hay salida (el proceso es inexorable, el tribunal se encuentra en "una posici�n eternamente vacilante", otra visi�n kafkiana del abismo), ella es la actitud menos perniciosa. Una vez m�s hay que hacer notar que esta invitaci�n a conformarse (hecha por un personaje en cierta medida ridiculizado, como es el Dr. Huld, pero con un razonamiento nada rid�culo) no depaupera toda la cr�tica que la antecede (y obs�rvese de qu� precisa inspiraci�n jur�dica son algunos de sus elementos, por ejemplo, la descalificaci�n del proceso penal inquisitivo y secreto, cuya abolici�n no es algo que podamos decir que data de muchos siglos en nuestro derecho y en los de nuestro entorno). Kafka denuncia, arremete incluso, con la violencia que late bajo su mesurado retrato del infierno. Termina flaqueando porque asume el lugar del individuo ante la omnipotencia de la realidad adversa; de quien, d�bil para el mero reto de subsistir, ya ha cumplido con creces su deber contando lo que ha visto y s�lo implora derrumbarse.
B) Entrevista con el pintor.
Esta entrevista, como la anterior con el abogado, se inscribe dentro de los esfuerzos de K. por profundizar en el conocimiento del tribunal que le ha procesado y de los criterios que rigen su situaci�n. El pintor ha heredado el cargo de retratista del tribunal. Ello le permite conocer a muchos jueces y le dota de una influencia que K. trata de emplear en su favor. Resumimos a continuaci�n su coloquio.
La conversaci�n se inicia con una pregunta del pintor que sorprende a K.: "�Es usted inocente?" Sobreponi�ndose a su sorpresa, K. responde con decisi�n: "S�." De lo que el pintor deduce: "Entonces el asunto es sencill�simo." K. menea la cabeza y hace notar que el tribunal se pierde en una infinidad de sutilezas y "acabar� sac�ndose de cualquier parte, de donde al principio no hab�a absolutamente nada, una gran culpa." Agrega K. que, como sabr� el pintor, es dificil�simo hacer abandonar al tribunal la convicci�n de que el acusado es culpable. "�Dificil�simo? Jam�s es posible hacer abandonar sus convicciones al tribunal", repone el pintor. No obstante, el pintor se muestra convencido de sus posibilidades de ayudar a K. El tribunal es inaccesible a las pruebas que uno presenta ante �l, pero "las cosas funcionan de modo muy distinto en todo aquello que, en este aspecto, se intenta al margen del tribunal p�blico." Nuevamente, como el abogado ya le revelase a K., el dato de las relaciones personales con los jueces, para las que el pintor est� especialmente caracterizado, se erige en un factor esencial. Acto seguido, el pintor se dispone a explicar a K. los pasos que va a dar en su ayuda. Pero previamente necesita saber qu� clase de liberaci�n desea. Existen tres tipos: absoluci�n real, absoluci�n aparente y aplazamiento. La absoluci�n real es sin duda lo mejor, pero ni �l ni nadie tiene influencia para obtenerla. Tal vez lo �nico decisivo para ella sea la inocencia del acusado, y puesto que K. es inocente, quiz� debiera confiar en que la alcanzar� sin la cooperaci�n de nadie. Ante esta exposici�n K. primero se siente aturdido y luego hace ver al pintor que en sus palabras hay, aparentemente, contradicci�n. Antes le hab�a dicho que el tribunal era inaccesible a toda prueba, luego hab�a limitado esta apreciaci�n al tribunal p�blico, y ahora dice que el inocente no necesita ayuda ante �l. Otra contradicci�n est� en que antes aseguraba que pod�a influirse personalmente en los jueces y ahora afirma que para la absoluci�n real no sirven las influencias. A lo que el pintor contesta: "Estamos hablando de dos cosas distintas, de lo que dice la ley y de lo que yo he experimentado personalmente; no debe usted confundirlas. La ley, que por otra parte no he le�do, dice, por un lado, que el inocente ser� absuelto, como es l�gico; por otro lado, no dice que los jueces puedan dejarse influir. No obstante, yo he experimentado justamente lo contrario. Jam�s he tenido noticia de una absoluci�n real, pero s� la he tenido de muchas influencias. Naturalmente es posible que no haya existido inocencia en ninguno de los casos que he conocido. Pero, �no le parece improbable? �Ni un solo caso de inocencia en tantos procesos?" K., amargamente, observa: "Esto no hace m�s que confirmar la opini�n que tengo ya del tribunal (...). Un solo verdugo podr�a sustituir a todo el tribunal." El pintor le aconseja que no generalice, que s�lo le ha hablado de su experiencia. En otras �pocas, se dice, ha habido absoluciones, extremo dif�cil de comprobar porque las decisiones finales del tribunal no se publican; ni siquiera los jueces tienen acceso a ellas. Pero hay leyendas al respecto, que "es indudable que contienen algo de verdad, y adem�s son muy bonitas." K. pregunta si pueden aducirse tales leyendas ante el tribunal. El pintor se echa a re�r. "No, no se puede."
Desestimada por tanto la opci�n de la absoluci�n real, el pintor se centra en las otras dos, la aparente y el aplazamiento. La primera exige un esfuerzo concentrado pero temporal; el segundo un esfuerzo mucho menor pero permanente. Para la primera es necesario redactar una declaraci�n, cuyo texto le ha sido transmitido al pintor por su padre y es totalmente intocable. Con esta declaraci�n habr�a que ir recabando el apoyo del mayor n�mero posible de jueces, a los que el pintor explicar�a que K. es inocente. Cuando reuniera una cantidad suficiente de firmas de jueces ir�a con ellas al juez que conoce del caso de K. Entonces todo evoluciona deprisa. Con la garant�a de un buen n�mero de sus compa�eros el juez puede absolverle sin cuidado, y lo har�a, para complacer al pintor y a otros conocidos suyos. K. quedar�a libre. Pero s�lo aparentemente. Los jueces inferiores, que son los que el pintor conoce, no pueden absolver de modo definitivo, prerrogativa exclusiva del tribunal supremo, completamente inaccesible: "No sabemos c�mo van las cosas all�, y, dicho sea de paso, no queremos saberlo." K. se ver�a con la absoluci�n aparente moment�neamente separado de su acusaci�n, pero �sta continuar�a flotando sobre �l. El expediente no desaparece (como ocurre en la absoluci�n real), sigue circulando. "Los caminos que sigue son insondables (...). Un d�a, cuando nadie lo espera, cualquier juez toma en sus manos el expediente, se da cuenta de que en dicho caso la acusaci�n sigue viva y ordena inmediatamente el arresto." As�, empieza de nuevo el proceso, y habr� que repetir los esfuerzos antes hechos, para lograr una segunda absoluci�n aparente, respecto de la que los jueces no est�n desfavorablemente predispuestos por el nuevo procesamiento, ya que �ste era a todas luces previsible. "Pero esta segunda absoluci�n, sin duda, tampoco es definitiva", apunta K. "Claro que no, a la segunda absoluci�n sigue el tercer arresto, al tercer arresto la cuarta absoluci�n, y as� sucesivamente."
Percibiendo que la absoluci�n aparente no es del agrado de K., el pintor le detalla las caracter�sticas del aplazamiento. Para �ste no hay que gastar tantas energ�as, pero es necesaria una mayor atenci�n. No hay que perder de vista el proceso, hay que presentarse ante el juez a intervalos regulares, e intentar conservar su buena disposici�n. Si no se descuida nada, el proceso no pasar� de esta fase, el acusado sigue sometido al proceso, pero est� tan libre de una condena como si estuviese en libertad, con la ventaja sobre la absoluci�n aparente de que su futuro es menos impreciso; el acusado no tiene que temer los arrestos repentinos, por ejemplo. Aunque tiene sus inconvenientes: el proceso ha de notarse desde el exterior, hay que hacer pesquisas, interrogatorios; para todo ello, sin embargo, el acusado puede concertar, incluso, las fechas que le sean m�s c�modas.
K., con la cabeza dolorida, se levanta y se dispone a marcharse. El pintor, como resumen final, le dice: "Ambos m�todos tienen en com�n que impiden la condena del acusado". "Pero tambi�n impiden la absoluci�n real", dice K. en voz baja, como si se avergonzara de haberlo advertido. "Ha captado usted el punto esencial del asunto", concluye el pintor.
A trav�s de esta prolija exposici�n, que abarca quince p�ginas y de la que hemos cre�do necesario dar un testimonio lo m�s pormenorizado posible, Kafka nos ofrece una caracterizaci�n de la culpa fundamentadora del castigo que merece un an�lisis detenido. Partimos de la premisa de que K. es inocente, o de ella parte �l. Y a lo largo del discurso del pintor comprobamos que ese dato individual, subjetivo, queda completamente derogado por la calificaci�n despiadada del orden objetivo que apunta en un sentido contrario, mediante dos v�as: la inicial acusaci�n, indestructible; y los modos de soluci�n que al acusado se ofrecen, ambos asentados sobre una admisi�n de la culpa por el sujeto y una renuncia a la real absoluci�n (a lo que Josef K. no se pliega, con la tenacidad que raya en un hero�smo al que no llega el K. de El castillo, dada la mayor angustia de la situaci�n del procesado; la consecuencia ser� el tr�gico final de Josef K.). En definitiva, el tribunal (que simboliza el orden externo y, a nuestros efectos, tambi�n el Derecho), en virtud de sus peculiares y reprobables mecanismos, imputa la culpa al sujeto y consustancia a �ste con ella a despecho de la convicci�n �ntima del procesado de que la acusaci�n es infundada. El orden objetivo humilla al sujeto, una vez m�s en el aleg�rico universo kafkiano. De la actuaci�n del tribunal inferimos que el Derecho no toma en consideraci�n al individuo, carece de una inspiraci�n teleol�gica que ubique en �l un valor protegible; toda su finalidad es imponer sus designios, cuya fuente no parece estar en mucho m�s que en una inercia absurda (o en el mejor de los casos, fortuita), y cuyo respaldo no deriva sino del hecho de disponer de un aparato con capacidad para imponerse al s�bdito. El Derecho vuelve a ser fuerza desnuda, brutal, arbitraria.
No es dif�cil relacionar esta concepci�n de la culpa (cuya g�nesis es extr�nseca al individuo, pero que acaba apoder�ndose de �l con la efectividad de lo previo e inmemorial) con la experiencia vital de Kafka (de la que en relaci�n con El proceso fines Elias Canetti ha seleccionado su relaci�n con Felice Bauer, que le arroj� a frecuentes circunstancias en las que se sent�a inequ�vocamente culpable sin localizar en s� la causa de esa culpa). Tambi�n resulta inmediato asociar el esquema expuesto con la idea hebraica del pecado original, anterior a toda conducta y conciencia del sujeto. En este sentido, podemos estimar que este pasaje abre posibilidades de interpretaci�n metaf�sica y existencial tanto o mucho m�s f�rtiles que la jur�dica que aqu� se realiza. Parece oportuno traer a colaci�n la definici�n del pecado original que Kafka nos proporciona en unas anotaciones halladas en un cuaderno de 1920: "El pecado original, la vieja culpa del hombre, consiste en el reproche que formula y en que reincide, de haber sido �l la v�ctima de la culpa y del pecado original." El hombre es, por as� decir, naturalmente culpable. La culpa no es suya como individuo, pero s� como miembro de la especie, y esta culpa gen�rica se convierte en una culpa personal al no aceptar la imposici�n superior de esa culpa que le es inherente, al formular la queja de su irresponsabilidad por lo que se le atribuye. Evidente es el mensaje en las palabras que el padre le dirige a Georg Bendemann al final de la narraci�n La condena: "Es cierto que eras un ni�o inocente, pero mucho m�s cierto es que tambi�n fuiste un ser diab�lico. Y por tanto esc�chame: ahora te condeno a morir ahogado." El padre aqu�, Yahv� respecto al pecado original, el tribunal en El proceso: otros tantos s�mbolos utilizables como encarnaci�n del orden que decreta la maldad del sujeto, como evocaci�n del Derecho cuya impiedad patentizan. Adem�s del absoluto sacrificio de la justicia que se produce en el sistema judicial descrito por Kafka, un sistema que se hace acreedor a toda la cr�tica que suscita su funcionamiento por motivaciones de influencia personal o automatismo burocr�tico (cr�tica que puede utilizarse siquiera sea de modo parcial en relaci�n a los sistemas jur�dicos emp�ricamente observables), otro elemento de inter�s para un an�lisis desde el Derecho, quiz� el m�s relevante, en parte ya denunciado por el concepto de culpa, es el de la desposesi�n de la norma que sufren los sometidos a ella. Esto ya ha sido comentado al anotar otras obras de Kafka. El Derecho no pertenece a aqu�llos sobre los que act�a, sino a una incierta y oscura casta "sacerdotal" que se gu�a por una intenci�n indescifrable. La m�quina judicial no act�a para los individuos; se "alimenta" de ellos, como si fueran un combustible que precisa hacer circular de uno a otro de sus negociados, para nutrir una actividad justificada en s� misma o en nada, seg�n podemos sospechar. No hace falta explicitar que en este aspecto la cr�tica de Kafka es muy dura. El resultado es que la inocencia no existe. La dial�ctica entre el convencimiento psicol�gico del individuo de su no culpabilidad y la afirmaci�n puramente normativa en sentido contrario que emite el tribunal (en funci�n de su discutible mec�nica), se resuelve, incluso en un plano ontol�gico, a favor del �ltimo. La inocencia queda como una idea sobre la que s�lo hay leyendas "muy bonitas." Contienen algo de verdad, dice el pintor, pero en lo que tiene ef�cacia pr�ctica esa verdad es inoperante y, por tanto, prescindible.
El formalismo desmesurado e in�til, la desvinculaci�n entre el aparato y el justiciable, la objetivaci�n implacable e indiscriminada de los casos singulares que ante el tribunal se presentan, arrojan como consecuencia esta atroz conclusi�n que bien pudiera corresponder a la �poca, o al estado, en que el Derecho no exist�a o era de una imperfecci�n escandalosa. Una evoluci�n desarrollada desatentamente desde aquel estadio primitivo ha devuelto a �l lo jur�dico, que por tanto merece un poco o un mucho menos tal denominaci�n sobre una base que no sea la de la mera coercibilidad. Parece Kafka plantear la duda de si lo que reconocemos como Derecho no posee otro atributo crucial que el del poder con que se impone (con lo que quiz� debiera reorientarse el concepto de Derecho hacia ese contenido, colegir�a un positivista), y nos desmoraliza sobre la cuesti�n de si el Derecho as� configurado consigue aquello que tanto valoran los habitantes del pueblo sometido a la nobleza en Sobre la cuesti�n de las leyes: la seguridad y la certeza. Lo �nico realmente seguro es el castigo.
En su breve pero muy profundo trabajo acerca de Kafka en el d�cimo aniversario de su muerte, antes citado en estas p�ginas, Walter Benjamin sintetiza con gran acierto las aplicaciones de esta met�fora kafkiana. Transcribimos un p�rrafo que muy bien viene a resumir y enriquecer lo tratado en este apartado.
"Los tribunales tienen c�digos, pero c�digos que no se pueden ver. �Es parte de este sistema el que uno sea condenado sin saberlo�, piensa K. En la prehistoria las leyes y las normas definidas permanecen como leyes no escritas. El hombre puede violarlas sin saberlo y as� incurrir en el castigo. Pero pese a la crueldad con que puede herir a quien no se lo espera, el castigo, en el sentido del Derecho, no es un azar sino un destino, que se revela aqu� en su ambig�edad. Ya Hermann Cohen, en un r�pido an�lisis de la concepci�n antigua del destino, lo ha definido como �un conocimiento al cual es imposible sustraerse� y �cuyos mismos ordenamientos parecen originar y producir esa infracci�n, esa desviaci�n.� Lo mismo vale para la justicia que procede contra K. Este procedimiento judicial nos conduce mucho m�s all� de los tiempos de la legislaci�n de las Doce Tablas, a una prehistoria sobre la cual el derecho escrito fue una de las primeras victorias. Aqu� el derecho escrito se encuentra por cierto en los c�digos, pero secretamente, y en base a ellos la prehistoria ejerce un dominio tanto m�s ilimitado."
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VII. Valoraci�n e hip�tesis final. Sobre el posible pensamiento jur�dico de Kafka y su vigencia.
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Resulta arduo enjuiciar la filosof�a sobre el Derecho de alguien que no intent� ostensiblemente filosofar sobre �l. Los datos aqu� obtenidos son resultado de una interpretaci�n orientada a un fin, y si alguna cr�tica hay que hacer es a la interpretaci�n, para lo que el int�rprete carece de perspectiva. Tampoco el sistema metaf�sico general de Kafka se presta f�cilmente a la cr�tica; como toda metaf�sica hecha desde el individuo, mediante una mirada subjetiva y particular, conserva una validez inatacable, insusceptible de cuestionarse salvo que se cuestione al individuo mismo, y eso ya es otra historia. Podr�a criticarse a Kafka desde el punto de vista de aquello que �l quiso hacer, es decir, desde el punto de vista literario, pero no es �ste lugar apropiado ni tampoco �sa es tarea f�cil. Baste apuntar que la t�cnica de Kafka a�na la simplicidad con el rigor, y que su estilo es tan original y peculiar que toda evaluaci�n tropieza con el obst�culo de la falta de referencias. La obra de Kafka se nos aparece como un bloque ante el que cabe adherirse o repudiarlo, m�s seg�n la conciencia de cada uno y la propia inclinaci�n que sobre argumentos as�pticos (si es que tales argumentos existen).
No hay que perder de vista que, en efecto, se trata de una obra literaria. Como tal, su valor vendr� dado por su m�rito como edificio art�stico, y �ste ser� tanto mayor cuanto m�s intenso sea su asalto a la sensibilidad del lector. Aqu� tratamos de obtener resultados filos�fico-jur�dicos, y con esta mira, habr� que advertir que no es posible exigir al texto kafkiano la exactitud emp�rica que cabe reclamar a la obra cient�fica (Kafka no fue un escritor naturalista, afortunadamente). El cuadro que Kafka traza puede parecer desde un punto de vista cient�fico desproporcionado o excesivo, no tanto por el tono de su discurso (siempre contenido) como por las realidades reflejadas. Sobre ello diremos que no conviene olvidar la finalidad eminentemente est�tica de una obra literaria, para la que llevar las cosas a su radicalidad es un recurso leg�timo; de otra parte, en lo que de trasunto de la realidad que le rodeaba tiene la obra de Kafka (un trasunto no literal ni servil porque sus novelas no son realistas, en el m�s rampl�n sentido del t�rmino), su �mbito es m�s ambicioso que el estrictamente jur�dico. Pero, hechas estas salvedades, no puede ocultarse que el conjunto de la obra de Kafka parece sugerir la dram�tica duda: �no ser� todo, en verdad, as� de minuciosamente terrible? Como incertidumbre que mueve a la reflexi�n, tambi�n a lo jur�dico podr�a aplicarse este interrogante.
Ya hemos descrito anteriormente la veros�mil repercusi�n que tiene el Derecho y su experiencia de �l en la literatura de Kafka, y el alcance limitado que cabe dar a los s�mbolos relacionados con lo jur�dico que en ella hay. Entonces delimitamos el sentido que pueden tener las conclusiones de este estudio: el de hip�tesis, no del todo improbable, no del todo segura tampoco. Conjugando esta regla de actuaci�n con las que impone el car�cter literario de la obra aqu� tratada, parece admisible clasificar los resultados registrables y m�s �tiles del an�lisis en dos aspectos fundamentales, ya en el terreno filos�fico-jur�dico: el axiol�gico y el cr�tico. Tales son, en nuestra opini�n, las dos riquezas mas considerables de la obra de Kafka a los efectos aqu� buscados. Sint�ticamente, se expondr�n a continuaci�n los ejes principales que en ambos campos deducimos de cuanto antecede.
A) Perspectiva axiol�gica.
Aqu� se aprecia una ambivalencia clara, aunque descompensada hacia uno de los valores en liza. No hay duda de que la preocupaci�n kafkiana se inclina hacia el valor seguridad jur�dica. Desde m�ltiples enfoques. Por un lado, la constante alusi�n a la ley desconocida, secreta, es una queja no menos continua hacia la inseguridad del sujeto, que no sabe qu� conducta seguir para, en unos casos, acceder a lo que cree que ha de d�rsele, y en otros, librarse de acusaciones para cuyo surgimiento nada siente haber hecho. El Derecho ha de ser cierto, as� lo juzgan los personajes kafkianos, y sus peripecias revelan las funestas consecuencias de un orden en el que esa certeza se ve negada, enmascarada bajo el misterio que custodian organizaciones que no rinden cuentas. Otra manifestaci�n de esta preeminente aspiraci�n axiol�gica viene representada por la soluci�n que expl�citamente se nos ofrece en Sobre la cuesti�n de las leyes y sugiere el Dr. Huld en El proceso: la resignaci�n, la adaptaci�n del sujeto al orden inicuo aferr�ndose a aquello que �ste puede presentar como su �nico contenido positivo: la certeza de la dominaci�n. Es la �nica certeza, es a todas luces un desafuero, pero como cosa cierta es en s� un bien, una referencia a la que hay que asirse desesperadamente. Esta concepci�n de la seguridad jur�dica podr�a llevar a interpretaciones totalitarias, pero adem�s de impresentables ser�an muy irrespetuosas con el ideario que Kafka proclam� siempre suscribir; una vez m�s hay que acotar que m�s que de una proposici�n pretendida, se trata de una rendici�n impuesta por la desproporci�n del combate. Kafka es un autor esencialmente pesimista, para el que la salvaci�n o la liberaci�n no son m�s que un espejismo y por tanto no pueden perseguirse. No es una vocaci�n, la de someterse, sino un mal menor entre males inmensos. Y hay algo que puede darnos que pensar respecto a la actitud final de Kafka, aun hecha esta posibilista y decepcionante elecci�n racional: Josef K. y K. mueren, empe�ados en su guerra perdida. Podr� criticarse al pensamiento kafkiano el que no ofrezca alternativas (quiz� �sta sea su m�xima insuficiencia, aunque habr�a que tener presente que le estamos haciendo jugar fuera de su terreno, que la literatura no tiene el deber de resolver nada), pero no, por cierto, que la sumisi�n a la injusticia quede como la apuesta �nica. Lo que ocurre es que la apuesta de perseverar no lleva m�s que a la destrucci�n. Kafka advierte sobre ello, no enga�a, y al final se destruye, movido por un impulso que �l mismo ha caracterizado como insensato pero que no deja de seguir. No parece ni mucho menos ajustado despreciar a K. como conformista.
Esta preocupaci�n por la seguridad tiene antecedentes, aparte de en su experiencia personal (no es ocioso recordar su padecimiento del arbitrario poder del padre, o que su actividad profesional se desonvolvi� en el �rea de los seguros de accidentes de trabajo), en pensadores como Kierkegaard, en cuya Escuela de cristianismo, se lee: "Dirig�os al orden establecido, adher�os al orden establecido y tendr�is medida. (...) El orden establecido es el racional; feliz si te atienes a las condiciones de relatividad que te son asignadas..." Sobre este fragmento, Guido Fass� comenta: "El orden establecido proporciona, en definitiva (...) aquel bien que se quiere conseguir con el Derecho y que los juristas llaman certeza..." M�s adelante el profesor italiano hace una afirmaci�n que bien vale para Kafka: "Del mismo modo que, frente a la identificaci�n entre lo absoluto y lo humano realizada por Hegel, Marx reaccion� reduciendo la realidad �nicamente a lo humano, as� Kierkegaard lo hace atribuyendo valor solo a lo Absoluto, a lo divino." Tambi�n en Kafka el individuo sucumbe ante el Absoluto, si bien esto est� dicho con un talante m�s hostil a este destino que el de Kierkegaard, lo que le confiere las posibilidades cr�ticas que mas adelante se enumerar�n y de las que el fil�sofo dan�s carece (v�ase en Temor y Temblor el paneg�rico de Abraham: "...sab�a que aquel sacrificio (el de Isaac) era el m�s dif�cil que se le pod�a pedir, pero tambi�n sab�a que no hay sacrificio demasiado duro cuando es Dios quien lo exige, y levant� el cuchillo.") Igualmente resulta de inter�s la observaci�n que Fass� hace sobre Dostoievski, algunas p�ginas despu�s en su "Historia de la Filosof�a del Derecho", resumiendo as� cierto pasaje c�lebre de Los hermanos Karam�zov: "...Cristo, a quien el Gran Inquisidor, es decir, la Iglesia, y mucho antes la sociedad organizada, le reprochar� el haber dado a los hombres la libertad, don que los hombres no quieren, ya que los hombres no quieren la libertad sino la seguridad, aun a costa de ser esclavos, y su naturaleza de hombres reclama la autoridad." Como se recordar�, Kafka ley� mucho y con admiraci�n a Dostoievski y a Kierkegaard.
El otro valor que aparece en la obra de Kafka, con un reflejo m�s disperso, dado por el lamento m�s o menos en�rgico por su ausencia en las organizaciones que retrata, es el valor justicia (que podr�a comprender los valores dignidad y libertad). Es una justicia ideal, anhelada con desesperanza, que se simboliza en limitar la culpa a aquello de lo que se siente responsable el sujeto, en el otorgamiento a �ste de lo que cree merecer. La justicia ser�a as� el ajuste entre la conciencia �tica individual y el orden objetivo externo que en la obra kafkiana tan sistem�ticamente ignora esa conciencia. A veces con timidez, otras con rabia y dureza ("un solo verdugo podr�a sustituir a todo el tribunal") Kafka reclama ese valor cuya realizaci�n parece inusitadamente impensable. De nuevo, el pesimismo kafkiano es exhaustivo.
B) Perspectiva cr�tica.
Tal vez sea aqu� donde la reflexi�n kafkiana, puesta en relaci�n con el Derecho, se revele como un instrumento m�s eficaz y de mayor vigencia. Ya su contenido axiol�gico entra�a una denuncia, de una contundencia tan apreciable como repugnantes son los sistemas que nos pinta, que no deben recluirse a priori en la categor�a de hip�rboles inveros�miles y por ende inocuas. Aceptable es que, como obra literaria, desborde a veces manifiestamente la realidad, pero esto, que es verdad en un plano externo, deja de serlo un tanto si atendemos a la significaci�n profunda de las cosas. Uno de los mayores logros de Kafka es sacar a la luz lo horrible de lo cotidiano, de lo que aprobamos o desaprobamos sin conmovernos cuando a menudo deber�amos echarnos a temblar. Las diferencias puramente exteriores no han de impedirnos apreciar la perspicacia de su llamada de atenci�n acerca de los falsos h�bitos mentales que son generalmente asumidos. Quiz� nuestra renuencia a admitir que todo sea tan absurdo como Kafka asevera no es sino el fruto m�s acabado de esos falsos h�bitos. Aqu� surge la perspectiva cr�tica.
Parece opinable que las deficiencias denunciadas por Kafka, al referirlas como estamos haciendo al Derecho y a su realidad actual, lo sean tan absolutamente como �l las formula. Una estimaci�n prudente obligar�a a restarles hierro. Pero no queremos hacer aqu� nuestra ninguna apreciaci�n, ni temeraria ni comedida. El grado en que la cr�tica sea v�lida es cuesti�n sobre la que cabe moverse, seg�n el propio criterio, de uno a otro extremo de la gama de posturas posibles. Con la intensidad que se quiera, pues, y recapitulando parte de los elementos analizados durante estas p�ginas, la cr�tica de Kafka nos desvela insuficiencias entre las que destacamos:
- El Derecho como orden ajeno a los sujetos, insensible a ellos. En una �poca en que todas las constituciones pol�ticas se abren con la inflamada proclama de que "la ley es expresi�n de la soberan�a", "la soberan�a reside en el pueblo" o "la justicia emana del pueblo", tal vez debi�ramos a�n pararnos un minuto a meditar si el tribunal, o el castillo, o la ley con su portero, o la nobleza que es ella misma la ley, son o no algo m�s que patra�as urdidas por un checo d�bil aplastado por un complejo de inferioridad ante su padre.
- El Derecho como herramienta ignota manejada s�lo por iniciados inaccesibles, a trav�s de procedimientos incomprensiblemente complejos, ante la mirada perpleja del individuo que quiere saber cu�l es su posici�n y no lo averigua nunca. �Puede re�rse de este panorama quien viva en un pa�s con m�s de un centenar de tipos de procesos civiles, quien asista al frecuente desconcierto ante el tecnicismo de aquellos a quienes afecta una resoluci�n judicial que siempre ha de traducirles un experto?
- La distorsi�n introducida en el Derecho por las estructuras administrativas creadas por �l y destinadas a su aplicaci�n, que acaban adue��ndose de la norma y suplant�ndola por sus reglas internas de funcionamiento burocr�tico, praeter legem en el mejor de los casos; si es que ante tal estado de cosas puede decirse que exista una lex previa y distinta a lo que resulta de su aplicaci�n por los �rganos que tienen encomendada su tutela. Cuando puede amenazarse con, por ejemplo, el retraso en la sustanciaci�n de un recurso para forzar una transacci�n que la ley permitir�a rehusar, �no surge un Derecho paralelo debido al simple hecho de las estructuras creadas para hacer eficaz el presunto Derecho objetivo?
- Las lagunas del Derecho, la anomia subyacente al sistema que se pretende perfecto, y que s�lo se muestra como tal en su faceta de imperio sobre el individuo inerme.
- El Derecho como imposici�n de un poder, al margen de criterios de justicia, sobre los que ese poder no da explicaciones. En este punto, la cr�tica kafkiana, producto de su �poca, analizada desde la perspectiva de su vigencia actual, queda desfasada por cierto importante detalle: los sistemas jur�dicos actuales "cuidan m�s su imagen"; no usan, salvo excepciones que corresponden a estadios de evidente incivilizaci�n, de una brutalidad tan descarnada como la del tribunal que manda ejecutar a Josef K. Pero, y esto es, naturalmente, una opini�n, el Derecho es en �ltima instancia fuerza, y la fuerza, simplemente sea por congruencia y por las leyes de la f�sica, s�lo nace de la fuerza. No siempre el Derecho es fuerza, pero ha de poder serlo, para ser Derecho. Luego lo indispensable para que un sistema jur�dico funcione como tal es disponer de un poder que lo respalde. La justicia y la racionalidad son ingredientes deseables, exigibles por el sujeto, pero sin los que desdichadamente un derecho puede, al menos dentro de ciertos l�mites (que vendr�n dados por la magnitud de la fuerza que lo sustenta) funcionar ("No, no hay que creer que todo sea verdad; hay que creer que todo es necesario", dice el sacerdote a K. en El proceso). La advertencia kafkiana ser�a utilizable en el sentido de prevenirnos frente a la ingenuidad de no considerar que algo tan grave puede suceder. Es una llamada a desconfiar de la liturgia y los ornamentos (de esas mec�nicas f�rmulas al uso que requieren acr�ticamente nuestro respeto a las decisiones judiciales), a buscar la justicia mas all� de las togas, porque nada asegura contra todo riesgo que las togas no sirvan al absurdo, como los jueces de El proceso. La inseguridad kafkiana alumbra a este respecto una cr�tica tan acerba como ella misma es.
Podr�an recogerse otros muchos argumentos de esta �ndole, que de uno u otro modo han sido apuntados a lo largo de estas p�ginas. Es en esta vertiente cr�tica, insistimos, donde la obra de Kafka, s�ntesis exquisita de radicalidad y equilibrio en el trasunto de esa radicalidad, ha de dar m�s juego; su rigor y profusi�n pueden proporcionar una infinidad de objeciones contra el orden instituido de la realidad convencional. Aqu� hemos pretendido catalogar algunas, en lo que aplicarse puedan a la realidad jur�dica. Puede desazonar la falta de propuestas de acci�n concreta para remediar el statu quo desfavorable que Kafka nos ilumina. Sabemos por su vida y su obra que quiso plegarse; que no lo hizo. Eso nos impide considerarle un inmovilista, pero poco m�s.
En un articulo publicado hace unos a�os, Pablo Soroz�bal Serrano, con indudable acierto, denominaba a la de Kafka "La sabidur�a del no". �sta es la especie de teor�a cr�tica que late en la obra kafkiana, la de la pura negaci�n; no la ut�pica (basada en una afirmaci�n antit�tica), de la que tantos practicantes almacena la historia del pensamiento. Kafka no da soluci�n, pero tiene sobre los ut�picos la ventaja de ahorrarse el salto en el vac�o, sin fundamento, en que casi inexorablemente la utop�a termina incurriendo. Soroz�bal Serrano vincula esta sabidur�a del "no" kafkiana con la influenc�a humeana recibida a trav�s de los cursos de filosof�a impartidos por Anton Marty a los que Kafka asisti� en su juventud. Quiz� esta afirmaci�n sea algo demasiado intr�pida en la seguridad con que se produce, pero en modo alguno resulta disparatada. En efecto, las teor�as de Hume ilustran muy oportunamente la obra de Kafka. Sobre todo, en lo referido, como Soroz�bal apunta, a la relaci�n causal, que Hume niega (m�s propiamente, lo que niega es la posibilidad de acceder a un conocimiento de la misma). La mera costumbre de asociar ideas y percepciones es para Hume el �nico modo de dar fe del principio de causalidad. Por decirlo con las propias palabras del fil�sofo escoc�s: "En resumen, la necesidad es algo que existe en el esp�ritu y no en los objetos, y no es posible para nosotros formarnos ninguna remota idea de ella, considerada como una cualidad de los cuerpos. O bien no tenemos una idea de la necesidad o la necesidad no es mas que la determinaci�n del pensamiento de pasar de las causas a los efectos y de los efectos a las causas..." De aqu� se derivan un agnosticismo radical y un nihilismo y un escepticismo no menos rad�cales. Kafka tambi�n es un esc�ptico y un nihilista. Escribe Soroz�bal. "A fuerza de repetirse y afirmarse, la tiniebla de la negaci�n kafkiana se vuelve luz absoluta." Y a�ade, m�s tarde: "La negaci�n es negaci�n de la trascendencia, negaci�n de la causalidad (Hume), de la cosa en s� (Kant). M�s exactamente, negaci�n de la posibilidad de su conocimiento. De ah� que Kafka no ofrezca salvaci�n, no proponga redenci�n..." Kafka nos arrebata el por qu� y como consecuencia, nos deja caer en el vac�o. Apreciamos de cu�nta magnitud es el arma epistemol�gica blandida por la mano temblorosa y fr�a del checo en su empresa cr�tica: la refutaci�n de la causa. Kafka nos mueve a revisar todo lo que creemos asentado en un fundamento previo que lo determina. �Es que tenemos una constancia suficiente de la relaci�n entre los datos que nos brinda la realidad y su presunto fundamento? Se nos incita a descubrir el absurdo, all� donde la convenci�n da por sentado que la causalidad existe. La causalidad no es cierta ni forzosa, es angustioso admitirlo, pero es posible que, aunque no haya nada que lo explique, uno se levante una ma�ana y descubra que es un escarabajo que agita sus patas en el aire. Es posible que la ley acuse al sujeto sin culpa, que le imponga la culpa incluso. Descartarlo nos da tranquilidad, pero una tranquilidad enga�osa.
Su traductora y corresponsal Milena Jesensk� escribi� para Franz Kafka un hermoso elogio f�nebre. Sus palabras son el mejor cierre que alcanzamos a concebir para estas p�ginas.
"Era un hombre clarividente, demasiado sabio para poder vivir, demasiado d�bil para querer luchar; pero su debilidad era la de los hombres nobles y rectos, que son incapaces de luchar contra el miedo, la incomprensi�n, la falta de amor y la hipocres�a, y que conocedores de su incapacidad, prefieren rendirse avergonzando as� al vencedor.
"Su conocimiento del mundo era extraordinario y profundo. �l mismo era un mundo extraordinario y profundo.
"Sus libros (...) poseen una aut�ntica desnudez que queda expuesta con m�s naturalidad aun cuando se expresa por medio de s�mbolos. Tienen la iron�a seca y la sagacidad sensitiva del ser que supo mirar el mundo con una lucidez tan sutil que no pudo soportar su espect�culo y tuvo que morir.
"Y es que Franz Kafka no quiso hacer concesiones y comportarse como los dem�s, que se refugian en espejismos intelectuales, a veces muy nobles, verdaderamente.
"Sus obras se caracterizan por la expresi�n de un sordo temor por los secretos desconocidos y la evidente inculpabilidad de la culpa entre los hombres. Fue un artista de conciencia tan escrupulosa que supo permanecer alerta donde los otros, los sordos, se sent�an seguros."
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Madrid-Getafe, mayo de 1989