En el año 2889
de Michel Verne
Traducido por Christian Sánchez
Aunque no parece que piensen en ello, los hombres de este siglo XXIX viven en el país de las hadas. Rodeados de maravillas, permanecen indiferentes ante estos portentos; para ellos todo les resulta natural. Siendo más justos, apreciarían como se merecen los refinamientos de nuestra civilización. ¡Si la compararan con el pasado, se darían cuenta del camino recorrido! ¡Cuánto más admirables les parecerían las modernas ciudades, pobladas por más de diez millones de almas, con calles de cien metros de ancho, con casas de treinta metros de altura, a una temperatura constante en todas las estaciones, con el cielo surcado en todas direcciones por líneas de locomoción aérea! Si pudiesen imaginar el estado de cosas que una vez existió, cuando los únicos medios de transporte eran cajas traqueteantes sobre ruedas, tiradas por caballos –¡sí, caballos!–, que circulaban por calles enlodadas. Piensen en los ferrocarriles de antaño y apreciarán los tubos neumáticos por los cuales viajamos a cien millas por hora. ¿Nuestros contemporáneos no valorarían más el teléfono y el telefoto si no hubiesen olvidado el telégrafo?
¡Qué extraño! Estas sorprendentes transformaciones se fundamentan en principios perfectamente conocidos de los que nuestros antepasados hicieron caso omiso. El calor, por ejemplo, es tan antiguo como el hombre mismo; la electricidad se conoce desde hace 3.000 años y el vapor, desde 1.100. Es más, hace diez siglos ya se sabía que las diferencias entre las diversas fuerzas químicas y físicas dependía del modo de vibración de las partículas etéricas, que es específicamente diferente para cada una de ellas. Puesto que se había dado ese enorme paso de reconocer la afinidad de todas estas fuerzas, es realmente inconcebible que hayan pasado aún 500 años hasta que los hombres pudieran analizar y describir cada uno de los modos de vibración que las diferencian. Es extraordinario, sobre todo, que el método para reproducirlas directamente una de la otra y de reproducir una sin las otras se haya descubierto hace menos de un siglo. Sin embargo, así sucedieron las cosas y fue solamente en 2792 que el célebre Oswald Nyer lo consiguió.
¡Este gran hombre fue un verdadero benefactor de la humanidad! ¡Su genial invención fue la madre de todas las otras! Así surgió una pléyade de innovadores cuya estrella más brillante fue nuestro gran Joseph Jackson. Es a este último a quien debemos esos maravillosos instrumentos: los nuevos acumuladores. Algunos absorben y condensan la fuerza contenida en los rayos solares, otros, la electricidad almacenada en el seno de nuestro globo, aquellos, por fin, la energía que proviene de una fuente cualquiera: vientos, cascadas, ríos, etc. También de él procede el transformador, un artilugio aun más maravilloso, que, extrayendo la energía de los acumuladores, al oprimir un botón la devuelve al espacio, bajo la forma deseada, sea de calor, de luz, de electricidad, de potencia mecánica, después de haber obtenido el trabajo requerido. El día en que estos dos instrumentos fueron inventados debería señalarse como el comienzo de la era del verdadero progreso. Ellos han puesto en manos del hombre un poder casi infinito. Sus aplicaciones son incalculables. Al atenuar los rigores del invierno por la restitución a la atmósfera del sobrante de calor almacenado durante el verano, han revolucionado la agricultura. Al suministrar la fuerza motriz de los aparatos de navegación aérea, han dado al comercio un poderoso impulso. A ellos se debe la producción incesante de electricidad sin pilas ni dínamos, de luz sin combustión ni incandescencia y de un inagotable suministro de energía mecánica para la industria.
Sí, el acumulador y el transformador han forjado todas estas maravillas. ¿Y no podemos también atribuirles, indirectamente, la última maravilla, el gran edificio "Earth Chronicle" de la avenida 253, que fue consagrado recientemente? Si el fundador del Manhattan Chronicle, George Washington Smith, volviera a la vida hoy, ¿qué diría al enterarse de que este palacio de oro y mármol pertenece a su remoto descendiente, Fritz Napoleón Smith, quien, después de 30 generaciones, es propietario del mismo periódico que fundó su ancestro?
Pues el periódico de George Washington Smith ha vivido generación tras generación, ahora saliendo de la familia, luego regresando a ella. Hace doscientos años, cuando el centro político de los Estados Unidos se trasladó de Washington a Centrópolis, el periódico siguió al gobierno y tomó el nombre de Earth Chronicle. Desafortunadamente, fue incapaz de mantenerse en el alto nivel de su nombre. Presionado desde todas partes por los modernos diarios rivales, estuvo en continuo peligro de sucumbir. Veinte años atrás su lista de suscripción contenía apenas unos cientos de miles de nombres y fue entonces cuando Mr. Fritz Napoleón lo compró por unas monedas y originó el periodismo telefónico.
Estamos familiarizados con el sistema de Fritz Napoleón Smith: un sistema hecho posible gracias al enorme desarrollo de la telefonía durante el último siglo. Todas las mañanas, en lugar de ser impreso, el Earth Chronicle es "recitado" a los suscriptores, quienes, mediante interesantes conversaciones con reporteros, políticos y científicos, se enteran de las noticias del día. Además, cada suscriptor posee un fonógrafo y a este instrumento se le deja la tarea de recoger las noticias cuando no se está de ánimo para escucharlas directamente. En cuanto a los compradores de números sueltos, a un módico precio pueden enterarse de todo lo que está en el ejemplar del día en cualquiera de los innumerables fonógrafos dispuestos casi en todas partes.
Esta innovación de Fritz Napoleón Smith revitalizó el antiguo periódico. En el curso de algunos años su clientela ascendió a ochenta y cinco millones de abonados y la fortuna del director aumentó hasta alcanzar actualmente la casi inimaginable cifra de $10.000.000.000. Este golpe de suerte le ha permitido erigir su nuevo edificio, colosal construcción de cuatro fachadas, cada una de las cuales mide 3.250 pies, y sobre el cual flamea con orgullo la bandera de cien estrellas de la Unión. Gracias a ese mismo golpe de suerte, es hoy día el rey del periodismo; verdaderamente también sería el rey de América si los americanos pudieran aceptar un rey. ¿No lo creen? Bueno, entonces vean a los plenipotenciarios de todas las naciones y nuestros mismos ministros apretujándose en su puerta, mendigando sus consejos, buscando su aprobación, implorando el apoyo de su órgano todopoderoso. Agreguen a esto la cantidad de sabios y artistas que mantiene, de inventores que subvenciona.
Sí, es un rey. Y a decir verdad es una realeza fatigosa la suya. Sus labores son incesantes y, sin duda, en tiempos pasados cualquier hombre habría sucumbido bajo la abrumadora tensión que Mr. Smith soporta. Felizmente, los hombres de hoy son de constitución más robusta, gracias al progreso de la higiene, que, al reducir todas las antiguas fuentes de enfermedades, ha hecho elevar de treinta y siete a cincuenta y dos años el promedio de la vida humana. El descubrimiento del aire nutritivo permanece en el futuro, pero, mientras tanto, los hombres de hoy consumen alimentos compuestos y preparados científicamente y respiran una atmósfera libre de los microorganismos que antiguamente pululaban en él. De ahí que vivan más que sus antepasados y desconozcan los incontables achaques de los tiempos idos.
No obstante, el estilo de vida de Fritz Napoleón Smith puede sorprender a más de uno. Su constitución de hierro es puesta a prueba hasta el máximo por la pesada tensión a que se la somete. Sería vano el intento de estimar el monto de trabajo que experimenta; sólo un ejemplo puede dar una idea. Acompañémoslo durante una jornada mientras atiende sus numerosos asuntos. ¿Qué día? Poco importa; es lo mismo todos los días. Tomemos al azar el 25 de setiembre del presente año de 2889.
Esta mañana Mr. Fritz Napoleón Smith se ha despertado de muy mal humor. Hace ocho días que su esposa está en Francia. Se encuentra, pues, algo afligido. Aunque parezca increíble, en los diez años de matrimonio ésta es la primera vez que Mrs. Edith Smith, la modelo profesional, ha estado ausente de casa tanto tiempo. Habitualmente, dos o tres días bastan para sus frecuentes viajes a Europa. La primera preocupación de Mr. Smith es poner en funcionamiento su fonotelefoto, cuyos hilos comunican con su mansión de París. ¡El telefoto! He aquí otro gran logro de la ciencia moderna. La transmisión de la palabra es historia antigua; la transmisión de imágenes por medio de espejos sensibles conectados mediante cables es una cosa apenas de ayer. Valioso descubrimiento; esta mañana Mr. Smith pensó en su bendito inventor cuando percibió perfectamente a su mujer a pesar de la enorme distancia que los separaba.
Un poco cansada por el baile o el teatro de la víspera, Mrs. Smith está aún en la cama. Aunque en París sea casi el mediodía, todavía duerme, su cabeza oculta bajo los encajes de la almohada. Pero de pronto se agita, sus labios tiemblan... ¿Acaso está soñando? ¡Sí, sueña...! Un nombre escapa de su boca: ¡su nombre! ¡Fritz! Esta dulce visión ha dado al humor de Mr. Smith un aspecto más feliz. Y ahora, ante el llamado imperativo del deber, salta con rapidez de su lecho y penetra en su vestidor mecánico.
Dos minutos después la máquina lo deposita completamente vestido en el umbral de sus oficinas. Comienza la ronda de trabajo periodístico. Primero entra en la enorme sala de novelistas, coronada por una gran cúpula transparente. En un rincón hay un teléfono por el cual cien literatos del Earth Chronicle narran por turno al público en entregas diarias cien novelas. Smith se dirige a uno de los escritores que espera su turno:
–Muy buena, mi querido amigo, muy buena, su última narración. La escena donde la joven campesina aborda con su enamorado unos interesantes problemas filosóficos muestra su agudo poder de observación. Jamás se han pintado mejor las costumbres campestres. ¡Continúe así, mi querido Archibald! ¡Cinco mil nuevos abonados, desde ayer, gracias a usted!
–Señor John Last –prosigue volviéndose hacia otro de sus colaboradores–, estoy menos satisfecho con su labor. ¡Su novela no es reflejo de la vida; no es auténtica! ¿Y por qué? Simplemente porque corre usted directo al final; porque usted no analiza. Sus héroes hacen esto o lo otro por este o aquel motivo, que usted asigna sin siquiera pensar en disecar sus condiciones mentales y morales. Nuestros sentimientos, recuerde usted, son mucho más complejos. En la vida real todo acto es resultado de cientos de pensamientos que van y vienen, y usted debe estudiarlos, uno por uno, si desea crear un personaje de carne y hueso. "Pero –dirá usted– a fin de notar estos pensamientos fugaces uno debe conocerlos y ser capaz de seguirlos en sus caprichosos recorridos." ¡Vaya!, cualquier niño puede hacer eso, como usted sabe. Simplemente sírvase del hipnotismo, eléctrico o humano, que desdobla al hombre y libera su personalidad–testigo para que pueda ver, entender y recordar las razones que determinan la personalidad que actúa. ¡Estudie cómo vive usted día a día, mi querido John Last! Imite a su compañero a quien he felicitado hace un momento. Hágase hipnotizar... ¿Cómo? ¿Usted ya lo hace, me dice...? ¡No lo suficiente, entonces, no lo suficiente!
Mr. Smith continúa la inspección y penetra en la sala de reportajes. Sus mil quinientos reporteros, en sus respectivos puestos, situados entonces ante sendos teléfonos, les comunican a los abonados las noticias del mundo entero recibidas durante la noche. La organización de este incomparable servicio se ha descripto a menudo. Además de su teléfono, como sabe el lector, cada reportero tiene ante sí una serie de conmutadores que le permiten establecer la comunicación con cualquier línea telefótica deseada. Así los abonados no sólo oyen las noticias, sino también ven los acontecimientos. Y además no hay confusión. Los artículos de los reporteros, así como las diferentes historias y todas las otras secciones del periódico, se clasifican automáticamente de acuerdo a un ingenioso sistema y llegan al oyente en el orden adecuado. Es más, los oyentes son libres de escuchar sólo lo que les interesa. Según su gusto pueden poner atención a un redactor e ignorar a otro.
Luego Mr. Smith interpela a uno de los diez reporteros del departamento de astronomía, un departamento aún en la etapa embrionaria, pero que desempeñará un importante papel en el periodismo.
–¿Y bien, Cash, qué noticias ha recibido?
–Fototelegramas de Mercurio, de Venus y de Marte.
–¿Son interesantes las de Marte?
–¡Claro que sí! Hay una revolución en el Imperio Central.
–¿Y de Júpiter? –pregunta Mr. Smith.
–¡Aún nada! No logramos entender sus señales. Quizás las nuestras no les llegan.
–¡Eso es malo! –exclama Mr. Smith, que muy disgustado se dirige apresuradamente a la sala de redacción científica.
Inclinados sobre sus computadoras eléctricas, treinta científicos están absortos en cálculos transcendentes. Mr. Smith cae entre ellos como una bomba.
–¿Y bien, señores, qué es lo que oigo? ¿Ninguna respuesta de Júpiter? ¡Será siempre lo mismo? Vamos, Cooley, hace diez años que usted trabaja en este problema y aún...
–Efectivamente –responde el hombre interpelado–. Nuestra óptica todavía es deficiente e incluso con nuestros telescopios de una milla y tres cuartos...
–Ya lo oyó, Peer –interrumpe Mr. Smith, dirigiéndose a otro científico–, ¡la óptica es deficiente...! ¡La óptica es su especialidad! Pero –continúa dirigiéndose de nuevo a William Cooley– si Júpiter fracasa, ¿obtenemos resultados de la Luna?
–¡Tampoco, señor Smith!
–Esta vez no le echará la culpa a la óptica. La Luna está inconmesurablemente más cerca que Marte, con el cual, no obstante, nuestras comunicaciones están completamente establecidas. Supongo que no dirá que faltan los telescopios.
–¡No, los que faltan son los habitantes!
–Es eso –agrega Peer.
–¿Así que la Luna está deshabitada? –pregunta Mr. Smith.
–Por lo menos –contesta Cooley–, en la cara que nos muestra. Quién sabe si del otro lado...
–¡Ah, el otro lado! Entonces –observa Mr. Smith, meditativo– usted piensa que si pudiésemos...
–¿Si pudiésemos qué?
–¡Dar vuelta la Luna!
–¡Ah, qué buena idea! –exclaman los dos hombres al unísono. Y verdaderamente, tan confiados, parecen ciertos del éxito de tal empresa.
–Bien –continúa Mr. Smith tras una pausa–, ¿alguna otra noticia interesante?
–Ciertamente –contesta Cooley–. Se han determinado definitivamente los elementos de Olimpo. Este enorme planeta gravita más allá de Neptuno a una distancia media de 11.400.799.642 millas del Sol y para recorrer su extensa órbita necesita 1.311 años, 294 días, 12 horas, 43 minutos y 9 segundos.
–¿Por qué no me lo comunicaron antes? –exclama Mr. Smith–. Informe a los reporteros de inmediato. Usted sabe con qué pasión sigue el público estas cuestiones astronómicas. Quiero que la noticia aparezca en el número de hoy.
Luego de que los dos hombres se inclinen ante él, Mr. Smith pasa a la sala contigua, una vasta galería de más de 3.200 pies de longitud, consagrada a la publicidad atmosférica. Todos conocen esos enormes anuncios reflejados en las nubes, tan grandes que pueden ser vistos por poblaciones de ciudades e incluso de países enteros. También es ésta una idea de Mr. Fritz Napoleón Smith y en el edificio del Earth Chronicle mil proyectores se ocupan sin cesar de enviar esos descomunales anuncios a las nubes.
Cuando hoy entra Mr. Smith al departamento de publicidad celeste, encuentra a los operadores sentados con los brazos cruzados ante los inmóviles proyectores y pregunta por la causa de su inactividad. Por toda respuesta, el hombre interpelado simplemente señala el cielo, de un azul límpido.
–¡Sí –murmura Mr. Smith–, un cielo sin nubes! Es lamentable, pero ¿qué podemos hacer? ¿Producir lluvia? Podríamos, pero ¿con qué objeto? Lo que necesitamos son nubes, no lluvia. –Y dirigiéndose al ingeniero en jefe, le ordena:– Vaya a ver a Mr. Samuel Mark, de la división meteorológica del departamento científico y dígale de mi parte que se ponga a trabajar seriamente en el asunto de las nubes artificiales. ¡Nunca más estaremos a merced de los cielos despejados!
Ya finalizado el recorrido diario de Mr. Smith por los distintos departamentos de su periódico y de la sala de publicidad se dirige al salón de recepción, donde los embajadores acreditados ante el gobierno americano esperan ser aconsejados por el todopoderoso director. Al entrar se está desarrollando una discusión:
–Que su Excelencia me perdone –dice el embajador de Francia al embajador de Rusia–, pero para mí no hay nada que cambiar en el mapa de Europa. ¿El Norte para los eslavos?, ¡sea! ¡Pero el Sur para los latinos! Nuestra frontera común del Rin me parece excelente. Por otra parte, sépalo bien, mi gobierno se opondrá con firmeza a cualquier movimiento que se haga no sólo contra París, nuestra capital, o nuestras dos grandes prefecturas, Roma y Madrid, sino también contra el reino de Jerusalén, el dominio de San Pedro, del cual Francia pretende ser su fiel defensor.
–¡Bien dicho! –exclama Mr. Smith–. ¿Cómo es que ustedes –pregunta volviéndose al embajador de Rusia– no están contentos con su vasto imperio, el más extenso del mundo, que se extiende desde las riberas del Rin hasta las montañas Celestes y el Karakorum, cuyas costas son bañadas por el océano Glacial, el Atlántico, el Mediterráneo y el Índico? Además, ¿para qué las amenazas? ¿Es posible la guerra con las invenciones modernas, esos obuses asfixiantes capaces de ser lanzados a una distancia de 60 millas, esa chispa eléctrica de 90 millas, que puede aniquilar de golpe a todo un batallón, sin mencionar a la peste, el cólera, la fiebre amarilla, que los beligerantes pueden diseminar entre sus enemigos, y que destruirían en pocos días los mayores ejércitos?
–Es verdad –respondió el embajador–, pero los rusos estamos presionados en nuestra frontera oriental por los chinos y debemos a cualquier precio intentar alguna acción hacia el Oeste.
–Iremos a la raíz del problema –replicó Mr. Smith–. Hablaré de esto con el Secretario de Estado. Se le llamará la atención al gobierno chino y la situación será corregida.
–En estas condiciones, por supuesto... –Y el embajador de Rusia se declara satisfecho.
–¡Ah, sir John! ¿Qué puedo hacer por usted? –pregunta Mr. Smith, dirigiéndose al representante del pueblo de Gran Bretaña, quien, hasta entonces, había permanecido en silencio.
–Mucho –es la respuesta–. Si el Earth Chronicle iniciase una campaña a favor nuestro...
–¿Y con qué propósito?
–Simplemente para anular la ley del Congreso de anexión de las Islas Británicas a los Estados Unidos.
Por un justo vuelco del destino, Gran Bretaña se ha convertido en colonia de los Estados Unidos, pero los ingleses aún no se han resignado a su nueva situación. A intervalos regulares dirigen al gobierno americano inútiles protestas.
–¡Una campaña contra la anexión que ha sido un hecho consumado durante 150 años! –exclama Mr. Smith–. ¿Cómo pueden creer que yo haría algo tan antipatriótico?
–Los ingleses pensamos que su pueblo ya debe estar satisfecho. La doctrina Monroe está aplicada en su totalidad; toda América pertenece a los americanos. ¿Qué más quieren? Además, pagaremos por lo que pedimos.
–¿En serio? –responde Mr. Smith, sin manifestar la menor irritación–. Bueno, ustedes siempre serán así. No, no, sir John, no cuenten conmigo. ¿Ceder nuestra mejor provincia, Bretaña? ¿Por qué no le piden a Francia que generosamente renuncie a la posesión de África, esa magnífica colonia cuya completa conquista le costó 800 años? ¡Menuda respuesta recibirán!
–¡Usted se rehúsa! ¡Entonces es el fin! –murmura con tristeza el agente inglés–. El Reino Unido cae ante los americanos; los indios, ante...
–...los rusos –Mr. Smith termina la frase.
–Australia...
–Tiene un gobierno independiente.
–¡Entonces, no nos queda nada! –suspira sir John mirando el suelo.
–¡Nada no, señor! –responde Mr. Smith–. ¡Les queda Gibraltar!
Con esta ocurrencia termina la audiencia. El reloj da las doce, hora de almorzar. Mr. Smith regresa a su habitación. Donde estaba la cama a la mañana surge desde el piso una mesa servida. Pues Mr. Smith, siendo ante todo un hombre práctico, ha reducido el problema de la existencia a sus términos más simples. Para él, en vez de las inacabables series de cuartos de antaño, basta una sola habitación equipada con ingeniosos dispositivos mecánicos. Aquí duerme, come...; en una palabra: vive.
Toma asiento. En el cristal del fonotelefoto se ve la misma habitación de París que apareció esta mañana. También hay una mesa servida, pues, a pesar de la diferencia horaria, Mr. Smith y su esposa se han puesto de acuerdo en comer simultáneamente. Es maravilloso almorzar tête–à–tête con alguien que se encuentra a 3.000 millas de distancia. Pero en estos momentos la habitación de Mrs. Smith está vacía.
–¡Está retrasada! ¡La puntualidad de las mujeres! ¡Todo progresa, menos eso! –murmura Mr. Smith, mientras abre el grifo del primer platillo. Pues como todas las personas acomodadas de nuestra época, Mr. Smith ha renunciado a la cocina doméstica y es uno de los abonados a la Gran Compañía de Alimentación, que, a través de una extensa red de cañerías, envía a los abonados toda clase de manjares, pues está dispuesto un variado surtido. Este sistema es costoso, sin duda, pero la cocina es de lo mejor y tiene la ventaja de suprimir la exasperante raza de los cordons bleus. Mr. Smith recibe y come, completamente solo, los entremeses, el plato principal, la carne asada y las legumbres que constituyen el almuerzo. Está terminando el postre cuando Mrs. Smith aparece en el cristal del telefoto.
–¿Pero dónde has estado? –pregunta Mr. Smith por el teléfono.
–¡Vaya! ¿Ya estás por los postres? Parece que llegué tarde –exclama con encantadora ingenuidad–. ¿Me preguntas dónde he estado? ¡Bueno, de mi modisto! ¡Esta temporada los sombreros son tan adorables! Supongo que olvidé que pasaba el tiempo y he llegado un poco tarde.
–Sí, un poco –gruñe Mr. Smith–, tan poco que ya he terminado de almorzar. Discúlpame que te deje ahora, pero debo ponerme en marcha.
–Oh, por supuesto; adiós, querido, hasta la noche.
Smith se sube a su aerocoche, que lo espera junto a la ventana.
–¿A dónde desea ir, señor? –pregunta el cochero.
–Veamos; dispongo de tres horas –reflexiona Mr. Smith–. Jack, llévame a mi fábrica de acumuladores del Niágara.
Es que Mr. Smith ha obtenido un contrato de arrendamiento de las cataratas del Niágara. Durante siglos la energía producida por las cataratas permaneció inutilizada. Smith, aplicando la invención de Jackson, recoge ahora esta energía y la vende. Su visita a la fábrica le lleva más tiempo del previsto. Ya son las cuatro cuando regresa a casa, justo a tiempo para la audiencia cotidiana que concede a los solicitantes.
Se comprende enseguida que un hombre en la posición de Smith debe estar asediado con pedidos de todo tipo. Ora, un inventor que necesita fondos; ora, un visionario que viene a abogar por un plan que con toda seguridad producirá millones en beneficios. Se debe elegir entre estos proyectos, rechazando los malos, examinando los dudosos, aceptando los buenos. A esta tarea Mr. Smith le dedica dos horas enteras al día.
Hoy los solicitantes son menos de lo habitual: sólo doce. De éstos, ocho no proponen más que ideas impracticables. De hecho, uno de ellos quiere revivir la pintura, un arte caído en desuso a causa del progreso realizado en la fotografía en color. ¡Otro, un médico, presume de haber descubierto la cura del catarro! Estas ideas imposibles son desechadas rápidamente. De los cuatro proyectos recibidos favorablemente, el primero es de un joven cuya amplia frente anuncia su poderío intelectual.
–Señor, soy químico –comienza– y como tal me presento ante usted.
–¡Bien!
–Antiguamente los cuerpos simples –dice el joven químico– se calculaban en sesenta y dos; un siglo atrás, se redujeron a diez; hoy día sólo tres permanecen sin resolver, como usted bien sabe.
–Sí, sí.
–Bien, señor, yo voy a demostrar que éstos también son compuestos. En pocos meses, en pocas semanas, habré terminado por solucionar el problema. Incluso, puede que sólo hagan falta algunos días.
–¿Y entonces?
–Entonces, señor, lisa y llanamente habré determinado lo absoluto. Todo lo que quiero es el dinero suficiente para llevar a feliz término mi investigación.
–Muy bien – responde Mr. Smith–. ¿Y cuál será el resultado práctico de su descubrimiento?
–¿El resultado práctico? Bueno, será que podremos producir fácilmente cualquier cuerpo: piedra, madera, metal, fibra...
–¿Y carne y sangre? –interrumpe Mr. Smith–. ¿Afirma usted que puede fabricar un ser humano completo?
–¿Por qué no?
Mr. Smith le da al joven químico un adelanto de $100.000 y contrata sus servicios para el laboratorio del Earth Chronicle.
El segundo de los cuatro afortunados solicitantes, partiendo de experiencias realizadas en épocas tan lejanas como el siglo XIX y repetidas una y otra vez, ha concebido la idea de mover una ciudad entera de golpe de un lugar a otro. Está particularmente interesado en la ciudad de Granton, situada, como todos saben, a unas quince millas de la costa. Propone trasladar la urbe sobre rieles, convirtiéndola en un balneario marítimo. El beneficio, por supuesto, sería enorme. Mr. Smith, cautivado por el plan, decidió ir a medias en el negocio.
–Como usted bien sabe, señor –dice el solicitante número tres–, con ayuda de nuestros acumuladores y transformadores solares y terrestres, somos capaces de uniformar las estaciones. Yo le propongo hacer algo aun mejor. Transformar en calor una parte de la energía excedente de que disponemos; enviar este calor a los polos; luego las regiones polares, aligeradas de sus capas de nieve, se transformarán en un vasto territorio disponible para el uso del hombre. ¿Qué piensa de este proyecto?
–Déjeme sus planos y vuelva en una semana. Los examinaré durante ese lapso.
Finalmente, el cuarto anuncia la inminente solución de un serio problema científico. Todos recuerdan el audaz experimento realizado hace cien años por el doctor Nathaniel Faithburn. El doctor, un firme creyente en la hibernación humana (en otras palabras, la posibilidad de suspender nuestras funciones vitales y de volver a ponerlas en acción después de un tiempo), resolvió poner a prueba la teoría. Con este fin, tras hacer primero su testamento e indicar el método apropiado para despertarlo, y además ordenar que su sueño continuase durante cien años desde el día de su muerte aparente, sin titubear sometió la teoría a prueba en su propia persona. Reducido a la condición de momia, el doctor Faithburn fue puesto en un ataúd y colocado en una tumba. El tiempo siguió su marcha. Al ser el 25 de septiembre de 2889 el día establecido para su resurrección, se propone que Mr. Smith permita que la segunda parte del experimento se desarrolle esta noche en su residencia.
–De acuerdo. Preséntense a las diez –contesta Mr. Smith; y así termina la audiencia del día.
Solo y cansado, se recuesta en un diván. Luego, tocando un botón, establece comunicación con la Sala Central de Conciertos, desde donde nuestros más grandes maestros les envían a los abonados sus encantadoras series de acordes determinadas por recónditas fórmulas algebraicas. Anochece. Hipnotizado por la armonía, olvidado de la hora, Smith no advierte que está oscureciendo. Y ya está muy oscuro cuando el sonido de una puerta que se abre lo despierta.
–¿Quién está allí? –pregunta, accionando un conmutador.
Súbitamente, a consecuencia de las vibraciones producidas, el aire se vuelve luminoso. La habitación se llena de luz y Smith reconoce al visitante.
–¡Ah! ¿Es usted, doctor?
–Sí –es la respuesta–. ¿Cómo está?
–Me siento bien.
–¡Perfecto! Déjeme ver la lengua. ¡Muy bien! ¿Su pulso? ¡Normal! ¿Y su apetito?
–Apenas bien.
–Sí, el estómago. Ésa es la causa. Está usted sobrecargado de trabajo. Si su estómago está en mal estado, debe ser reparado. Eso requiere un estudio. Debemos ir pensando en eso.
–Mientras tanto –dice Mr. Smith–, cenará conmigo.
Como a la mañana, la mesa se eleva desde el piso; también como a la mañana, las cañerías de alimentos suministran sopa, carne asada, estofado y legumbres. Hacia el final de la comida, se establece una comunicación fonotelefótica con París. Smith observa a su esposa, sentada sola a la mesa, no muy contenta por cierto.
–Perdóname, querida, por haberte dejado sola –dice por el teléfono–. El doctor Wilkins está aquí.
–¡Ah, el buen doctor! –exclama Mrs. Smith, mientras se ilumina su semblante.
–Sí. Pero, dime, ¿cuándo regresas?
–Esta noche.
–Muy bien. ¿Vienes por el tubo o por el aerotrén?
–Oh, por el tubo.
–Ajá, ¿y a qué hora llegarás?
–Cerca de las once, supongo.
–¿A las once, hora de Centrópolis?
–Sí.
–Hasta pronto, entonces –dice Mr. Smith, al tiempo que corta la comunicación con París.
Terminada la cena, el doctor Wilkins se dispone a retirarse.
–Lo espero a las diez –dice Mr. Smith–. Resulta que hoy es el día del regreso a la vida del famoso doctor Faithburn. Supongo que usted lo ha olvidado. El despertar tendrá lugar aquí en mi residencia. Debe venir a ver. Cuento con su presencia.
–De acuerdo, regresaré –responde el doctor Wilkins.
Ya a solas, Mr. Smith se ocupa de examinar sus cuentas; una tarea de gran envergadura ya que las transacciones involucran un gasto diario de más de $800.000. Afortunadamente, el enorme progreso del arte mecánico en los tiempos modernos la ha facilitado considerablemente. Gracias al Piano Electrocalculador, los cálculos más complicados se pueden efectuar en pocos segundos. En dos horas Mr. Smith acaba su labor... y justo a tiempo. Apenas da vuelta la última página llega el doctor Wilkins. Tras él ingresa el cuerpo del doctor Faithburn, escoltado por numerosos hombres de ciencia. De inmediato ponen manos a la obra. Se deja el ataúd en el centro de la sala; el telefoto está preparado. El mundo exterior, ya advertido, espera con ansia, pues todos serán testigos de la demostración. Mientras tanto, un reportero, como el coro de los dramas antiguos, explica todo a viva voz a través del teléfono.
–Están abriendo el ataúd –relata–. Ahora están sacando a Faithburn: una verdadera momia, amarillenta, dura y seca. Golpean el cuerpo y suena como un bloque de madera. Le están aplicando calor; ahora electricidad. Ningún resultado. Los experimentos se suspenden un momento mientras el doctor Wilkins examina el cuerpo. Se levanta y declara al hombre muerto.
–¡Muerto! –exclaman todos los presentes.
–Sí –confirma el doctor Wilkins–, ¡muerto!
–¿Y cuánto hace que está muerto?
El doctor realiza otro examen.
–Cien años –responde.
Así es; Faithburn está muerto, ¡muerto sin ninguna duda!
–He aquí un método que necesita mejorarse –le comenta Mr. Smith al doctor Wilkins mientras el comité científico de hibernación retira el ataúd.
–Hasta aquí llegó el experimento. Pero si el pobre Faithburn está muerto, al menos está durmiendo –prosigue Mr. Smith–. Ojalá pudiese dormir un poco. ¡Estoy cansado, doctor, muy cansado! ¿No cree que un baño me refrescaría?
–Sin duda. Pero deberá abrigarse bien antes de salir al pasillo. Debe evitar exponerse al frío.
–¿El pasillo? Pero, doctor, como bien sabe, aquí todo se lleva a cabo con máquinas. No soy yo quien debe ir al baño. El baño vendrá a mí. ¡Sólo observe!
Mr. Smith presiona un botón. Luego de unos segundos comienza a oírse un débil rumor que se vuelve cada vez más fuerte. De pronto se abre la puerta y aparece la bañera.
Ésta es, en el año 2889, la historia de un día en la vida del director del Earth Chronicle. Y la historia de ese día es la historia de los 365 días de todos los años, excepto los años bisiestos, cuando es de los 366 días, pues aún no se han hallado los medios de incrementar la duración del año terrestre.
Traducido en octubre de 2002, a partir de una adaptación de
Blake Linton Wilfong.Copyright ©
Christian Sánchez