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Gerardo Mercado Leal Grupo: 601 Fecha: 27/02/03
La sabiduría es todo aquel conocimiento que el hombre adquiere durante su vida y que le ayudará a enfrentarse a cualquier obstáculo que en ésta se le presente.
Sin embargo, hay que reconocer que en el mundo abundan conocimientos muy interesantes pero no indispensables, o sea, que en un momento dado podemos prescindir de ellos.
Por ejemplo, se puede vivir sin saber sobre ciertas áreas del conocimiento tales como la Historia o las Matemáticas, incluso es posible vivir sin saber leer y escribir; estoy de acuerdo en que se vive peor pero finalmente, se sobrevive.
Sin embargo, en mi opinión, existe un conocimiento que a todos nos es imprescindible para poder vivir: el conocimiento que nos permite distinguir entre lo bueno y lo malo.
Este conocimiento tiene como propósito el que los seres humanos encontremos la manera más digna y mejor de vivir y de morir. Esto es la ética y es el tema que he elegido como objeto de conocimiento para este ensayo.
A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, todos los hombres tenemos la capacidad de tomar las decisiones necesarias para vivir de la mejor manera posible.
La importancia de esta capacidad radica, desde mi punto de vista, en que es muy personal; nadie, ni siquiera nuestros seres más allegados nos pueden decir como vivir mejor nuestra vida aunque sí pueden orientarnos mediante consejos basados en su experiencia.
En nuestra infancia, e incluso en nuestra adolescencia, nuestros padres nos dan órdenes por nuestro bien, ya que es obvio que a esa edad aún no estamos totalmente capacitados para distinguir entre lo bueno y lo malo.
Pero, conforme vamos creciendo, desarrollamos poco a poco esta habilidad hasta que finalmente dejamos de basar nuestras decisiones en órdenes, las cuales sacan su fuerza del miedo a las represalias que se tomarían contra nosotros si no las obedecemos.
Por ejemplo, la orden de mis padres “prohibido fumar o tomar drogas”, ahora podría carecer para mí de toda autoridad, ya que si lo deseo hacer es posible que lo logre sin que ellos puedan hacer algo para evitarlo. Sin embargo, ahora ya no es necesaria la orden, ya que he adquirido conocimientos mediante diversas formas de conocer como la razón, el lenguaje y la comunicación, los cuales me han llevado a desarrollar la convicción de que fumar y el drogarme malo para mí (independientemente de que lo sea o no para otras personas).
O sea, que ahora mi ética no se basa en órdenes, sino en mi conciencia.
Acabo de emplear uno de los términos más importantes para apoyar mi argumento de que la ética es individualista; la conciencia.
Nuestra conciencia nos permitirá vivir mejor al ayudarnos a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto y por lo tanto, es sumamente valiosa.
Sócrates definiría la conciencia como una voz divina que dice lo que está bien y lo que esta mal.
La conciencia, según la concibe Sócrates, se va a basar en los conocimientos que el individuo posea.
Por lo tanto, podríamos establecer que entre más conocimientos adquiramos sobre áreas de conocimiento como la Historia, las Matemáticas, las Ciencias Sociales y las Ciencias Naturales mediante diversas formas de conocer (tales como la razón, las creencias, los sentidos, la emoción, la percepción, la intuición, el lenguaje y la comunicación) no sólo vamos a vivir (porque como mencioné al inicio del ensayo es posible vivir sin algunos de los conocimientos) sino que vamos a vivir bien.
Al encontrar la manera de vivir bien (mediante la adquisición de conocimientos) , o dicho de otro modo, al aprender el arte de vivir, se logrará el objetivo de la ética.
La felicidad depende de que actuemos según lo que nos dicte la conciencia porque creo que Sócrates tenía razón al establecer que es imposible ser feliz si uno actúa en contra de sus convicciones.
Esto es muy cierto ya que si actuamos en contra de lo que nos dicta nuestra conciencia entonces estamos actuando, se puede decir, en contra de nosotros mismos y no estamos haciendo buen uso de nuestra libertad.
El argumento sobre la felicidad a través de un comportamiento coherente con nuestro pensamiento lo encontramos a lo largo de la Historia, por ejemplo, a través de la ideología anarquista, la cual establece que la conciencia cultivada de cada individuo y la más liberal y comprensiva equidad, serán quienes le dicten a los ciudadanos la mejor y la más justa de las acciones.
O sea que podríamos establecer que los anarquista mediante la razón, la emoción, la intuición, la memoria y la percepción, son capaces de adquirir conocimientos que los llevaran a defender un ética humanista la cual, en contraste con la ética autoritaria, se basa en el principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no una autoridad que lo imponga.
Los motivos que nos ayudan a justificar nuestra ética se basan en nuestra razón y por lo tanto, no pueden basarse en los motivos de la sociedad.
Los sofistas no pensaban igual y creían que lo que es bueno y lo que es malo, es, en primer lugar, algo que se decide dependiendo del ambiente en el que cada uno crece y, por consiguiente, está determinado por la sociedad.
Yo no comparto la opinión de los sofistas, ya que aunque como seres humanos, tenemos relaciones con los otros seres humanos, no podemos determinar lo justo y lo injusto, lo honesto y lo deshonesto, lo bueno y lo malo, en base a lo que ellos establezcan.
Estoy en desacuerdo con esa ideología sofista, porque entonces nuestras decisiones no se basarían en convicciones, sino en costumbres; al evaluar lo bueno y lo malo nos dejaríamos llevar por la comodidad de seguir la rutina en ciertas ocasiones y también en nuestro interés de no contrariar a los otros, es decir, que nuestras decisiones se dejarían influenciar por la presión de la sociedad y perderían su carácter de individuales.
Desde mi punto de vista, la ética tampoco cambia de ciudad en ciudad y de generación y generación, como establecían los sofistas, sino que estos factores favorecen el que todos los intereses de las personas sean relativos (según las circunstancias, según las leyes y las costumbres) salvo un interés absoluto; aprender el arte de vivir.
Retomando el ejemplo de las drogas; asumiendo que existe un grupo de personas a quienes su ética les establezca que drogarse es correcto, los juicios que sustentan su drogadicción sí van a variar de generación en generación ( por ejemplo, la generación de nuestros padres se drogaba como una forma de revelación en contra del gobierno mientras que en la actualidad podríamos pensar que los jóvenes lo hacen como una forma de evasión de su realidad) pero en realidad, sigue siendo el criterio de cada persona el que le establezca si está bien o esta mal. No porque una generación comparta características, todos los integrantes de ella pensaran como una colectividad y perderán su libertad personal de juzgar lo correcto e incorrecto.
En cuanto a la relación entre la ética y la sociedad, considero la adquisición de una serie de conocimientos adquiere una vez más una importancia relevante en el tema ya que permite que seamos tolerantes; es decir, que defendamos el derecho de todos los seres humanos de creer, decir o hacer lo que quieran a pesar de que yo no crea, diga o piense lo mismo.
El hecho de que conozcamos más sobre un mayor número de áreas de conocimiento permite la relativización de nuestros intereses, o sea, que nos capacita para poner en contacto nuestros intereses con otras realidades tan verdaderas como las nuestras.
Al conocer más sobre las realidades de otras personas empiezo a participar de algún modo en sus pasiones, sentimientos, dolores y gozos; desarrollo otra de las formas de conocer, la simpatía.
En conclusión, la importancia de la Materia de Teoría del Conocimiento no radica en mostrar la variedad de conocimientos que existen ( como el empírico, práctico, lógico, intuitivo o empático) sino en desarrollar nuestra capacidad para aprovechar al máximo todos nuestros conocimientos y experiencias.
Estos conocimientos y experiencias, poco a poco, nos ayudarán a entender que lo que para alguien más es bueno o malo puede ser tan válido y justificable como mi propio criterio; me permiten atender a las razones o juicios en los que los demás sustentan sus argumentos y, de ese modo, me enriquezco como persona; aprendo el arte de vivir. |
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