Capitulo 1 - Un hallazgo sorprendente


Estaba amaneciendo en Nueva Zelanda, hermoso pa�s situado en el �rea meridional del oc�ano Pac�fico y formado por dos grandes islas, la isla Norte y la isla Sur, separadas por el estrecho de Cook, as� como por otras muchas islas de menor tama�o.

Empezaba a elevarse el sol por el horizonte y me encontraba sentada, sumida en una serie de reflexiones, en la hermosa playa de Temuka, al este de la Isla Sur. 

Las olas romp�an suavemente en la fina arena de la playa.  La combinaci�n de la luz solar, el azul marino del oc�ano y la tenue neblina matinal, produc�an un maravilloso efecto m�gico. La suave brisa acariciaba el cuerpo de Sarah Miles, produciendo unos graciosos remolinos en su ensortijado  pelo casta�o, que enmarcaba un bonito y joven rostro, te�ido de un leve color moreno y con unos preciosos ojos casta�o, que miraban con un cierto deje de melancol�a hacia la profundidad del horizonte.

Para m�, aquel era un d�a muy especial. Ten�a que tomar decisiones personales muy importantes que iban a afectar profundamente mi vida futura, y nada mejor que aquel ambiente de paz y soledad para analizar las alternativas que se me presentaban. 

Estaba reflexionado sobre lo injusta que hab�a sido la  vida conmigo, cuando mis ojos se fijaron en un peque�o objeto brillante que se balanceaba suavemente mecido por las olas del mar. Emit�a un brillo fosforescente de un color verde claro, y se encontraba a unos cincuenta metros de donde me hallaba. Aguijoneada por la curiosidad, me acerqu� hasta la orilla.

Enseguida me percat� de que la �nica manera de poder coger el objeto era meti�ndome en el agua. A pesar de la suave temperatura de aquel veintisiete de noviembre, no me hab�a preocupado por llevar un traje de ba�o. Mir� alrededor, y al comprobar que no hab�a nadie, me quit� la ropa y  me dispuse a saciar mi curiosidad.

Si en aquellos momentos hubiese habido alguien en la playa, habr�a podido deleitarse viendo el bien formado y moreno cuerpo de Sarah,  cuya atractiva silueta se recortaba esbelta enmarcada por los rayos del sol,  que  acariciaban suavemente todos y cada uno de los rincones de su piel.

Despu�s de dar unas cuantas brazadas, alcanc� aquel objeto que estaba empezando a hechizarme. Realmente era muy extra�o, como si perteneciera a otro tiempo y lugar. Junto a la creciente curiosidad, empec� a sentir un cierto temor ante lo desconocido, y estuve tentada de abandonarlo en el agua. Pero un deseo incontrolado me impuls� a cogerlo.

Mientras me secaba al sol, lo observ� detenidamente. Era un cilindro de vidrio transparente, y aparentemente resistente, de unos treinta cent�metros de longitud por cinco de di�metro. En sus dos extremos ten�a unas placas de un extra�o material plateado, en el que pod�an verse unos grabados que entremezclaban signos indescifrables y  seres fant�sticos. Algunos de estos grabados me recordaban, aunque vagamente, figuras que hab�a podido contemplar en mis expediciones arqueol�gicas por las distintas islas del Pac�fico.

Siendo el objeto realmente sorprendente, lo m�s intrigante era el tenue fulgor que cubr�a de manera uniforme su interior. Nunca en mis cortos a�os de dedicaci�n al mundo de la arqueolog�a hab�a visto un objeto similar. En realidad no sab�a siquiera como catalogarlo. Sonriendo en mi fuero interno, pens� que tal vez podr�a bautizarlo con el nombre de �l�mpara de Aladino�.

Despu�s de hacer un infructuoso intento por abrirlo, pens� que lo mejor que pod�a hacer era ense��rselo al Dr. Brian Caldway, que fue mi profesor de Arqueolog�a y que actualmente era mi director en el Centro Arqueol�gico de Christchurch, ciudad con m�s de 400.000 habitantes situada en la Isla Sur. Realmente no parec�a el t�pico objeto para un arque�logo, pero al fin y al cabo era misterioso y digno de estudio. Si el destino  hab�a puesto aquel objeto en mis manos, con la �nica dificultad de tenerme que desnudar y arriesgarme a ser vista - pens� mientras me sonrojaba ligeramente -, no iba a dejar escapar la oportunidad.

Entonces me percat� de que todav�a estaba desnuda y que cada vez era m�s probable que alguien se acercase. Volv� a vestirme, mientras pensaba en lo agradable que ser�a tener all� a Robert. Al pensar en ello, una sensaci�n de placer recorri� todo mi cuerpo. 

Mientras estos pensamientos iban desfilando por mi cabeza, casi me hab�a olvidado de la �l�mpara de Aladino� que tanto me obsesionaba. La envolv� cuidadosamente con un pa�uelo y me dirig� lentamente hacia el lugar en que ten�a aparcado mi peque�o Morris de color azul.

Las olas del mar se iban encrespando cada vez m�s, como si Neptuno se hubiese enfurecido por haberle sido robada su propiedad.

Repentinamente, y sin saber la raz�n,  sent� un ligero escalofr�o.

................................................

Como cada d�a en que deb�a ir a trabajar con el Dr. Caldway, a las siete en punto son� el odioso despertador. Aquella ma�ana de lunes me encontraba m�s cansada que normalmente, ya que no hab�a podido dormir bien. Tal vez hab�a bebido demasiado durante la celebraci�n del cumplea�os de mi amiga Julia. Realmente hab�a sido una fiesta muy divertida. L�stima que Robert no hubiese podido asistir. No obstante, lo hab�a pasado muy bien bailando mi m�sica  favorita. Adem�s, hab�a tenido mucho �xito ya que con la falda corta y ce�ida que llevaba, estaba realmente atractiva. Solamente hab�a que fijarse en las miradas que me dirig�an los asistentes masculinos - record� con satisfacci�n y sensualidad -. Aunque tambi�n hab�a podido observar miradas de envidia en algunas de las mujeres.

Era curioso que, siendo tan moderna y atractiva � pens� con coqueter�a -, estuviese trabajando en arqueolog�a. Aunque me apasionaba, hab�a momentos en que mis pensamientos volaban hacia otros "objetos" del deseo. Realmente era una mujer libidinosa - pens� mientras recordaba nuevamente a Robert -. Ojal� estuviese conmigo en aquel momento.

Reflexionando sobre el sue�o que hab�a tenido, y que recordaba de una manera velada, me estremec�. En realidad hab�a sido una pesadilla, probablemente causada por el alcohol ingerido. Estaba tan borracha y alegre, que si alguno  de los asistentes hubiese querido aprovecharse de la situaci�n, lo hubiese tenido f�cil. En realidad � pens� con cierta decepci�n -, no entiendo que nadie lo intentase.

En una de las im�genes que recordaba, me hallaba en un extra�o lugar en que pod�an observarse unos extra�os jerogl�ficos. Varios seres monstruosos se me acercaban lenta e inexorablemente. Justo cuando me iban a coger, �zas!, hab�a sonado el despertador. Era la primera vez que me sent�a feliz de escuchar su desagradable  sonido. Afortunadamente, solamente era un sue�o.

Me levant� de la cama estirando perezosamente los brazos por encima de mi cuerpo desnudo. Me mir� al  espejo y pens� que era realmente bonita. Aunque, despu�s de la juerga, tenia unas ojeras bastante pronunciadas. Para disimular mi ca�da en los brazos de Baco tendr�a que esmerarme en mi maquillaje. Tom� una pastilla para combatir el dolor de cabeza, que me estaba martirizando, y me met� en la ducha.

Bajo el agua caliente empec� a sentirme mejor. Me encantaba que el agua acariciase mi cuerpo, fluyendo lentamente desde la cabeza hasta los p�es.  De nuevo volv� a pensar en Robert. �C�mo notaba a faltar sus caricias y besos! �l era el objeto principal de mis reflexiones en la playa. Repentinamente volv� a acordarme de la �l�mpara de Aladino�. La hab�a dejado en un caj�n de la mesita de noche. Me sequ�, y con la toalla arrollada al cuerpo me dirig� al dormitorio.

Abr� el caj�n, la cog�, y empec� a observarla detenidamente. De repente emit� un grit� y se me hel� la sangre. Algunos de los extra�os seres grabados en los extremos del tubo eran muy  parecidos a los de mi pesadilla. Me vest� r�pidamente y sal� hac�a el Centro Arqueol�gico.

Cuando entr�, el Dr. Brian Caldway  estaba clasificando material encontrado en las �ltimas excavaciones que se estaban llevando a cabo en la isla Christmas,  perteneciente a Australia y situada en el oc�ano �ndico, al sur del extremo occidental de Java. La mayor parte de la isla es una meseta que se eleva unos 300 metros sobre el nivel del mar.

Me dese� buenos d�as, acompa��ndolo de una amplia sonrisa.

Brian Caldway ten�a un particular aprecio por Sarah. Adem�s de considerarla su mejor alumna y una magn�fica ayudante, se sent�a atra�do por ella. Aunque, nada m�s lejos de su intenci�n que permitir que ella pudiese descubrir su peque�o secreto. Al fin y al cabo � pensaba con cierto pesar - �l era treinta y cinco a�os mayor que ella. 

Enseguida se percat� de que aquella ma�ana Sarah estaba particularmente nerviosa. Cuando iba a preguntarle si ten�a alg�n problema, ella sac� un paquete de su bolso y le mostr� un extra�o objeto.  Brian se quit� las gafas y la mir� con expresi�n interrogativa.

Le expliqu� los pormenores del hallazgo, pero omitiendo  cualquier menci�n a mi incre�ble pesadilla. Pens� que era rid�culo que hubiese podido establecer alg�n tipo de relaci�n entre ambos hechos.

Brian tom� una lente de aumento y empez� a observarlo cuidadosamente. Se centr� especialmente en los grabados.  Al cabo de media hora me pidi� que buscase el archivo de fotograf�as de las ruinas de  Tiahuanaco, en Bolivia.


Cap�tulo 2 - Tiahuanaco


�Tiahuanaco! Al o�r este nombre mis pensamientos volaron a otro tiempo y lugar. Hab�an pasado m�s de tres meses, pero las escenas se presentaban en mi mente como si hubiesen sucedido el d�a anterior.

La Asociaci�n Arqueol�gica Boliviana hab�a invitado al Dr. Caldway, y a su equipo de colaboradores, a  dar un par de conferencias en aqu�l pa�s. Eran las siete de la tarde, y estaba tomando unas copas en el bar del Hotel Internacional de La Paz con Brian, Tom Banister y John Smith, mientras esper�bamos la llegada de nuestros anfitriones bolivianos,  que nos hab�an invitado a cenar.  Hac�a rato que no fumaba y empezaba a sentir la necesidad de hacerlo. Abr� mi bolso para coger un cigarrillo, pero vi que los hab�a olvidado en la habitaci�n. Tom, que se hab�a percatado de mi problema, me ofreci� inmediatamente un cigarrillo. Pero en aquel momento me apetec�a fumar cigarrillos Marlow, mi marca favorita, que, lamentablemente, era pr�cticamente imposible de encontrar  fuera del �mbito de Australia y Nueva Zelanda.  Ped� disculpas a mis compa�eros, y me dirig� a la recepci�n para recoger la llave de mi habitaci�n. De repente, una voz, que se dirig�a a m�, hizo girarme.

--  Perdone se�orita, pero por su acento he cre�do reconocer  que somos compatriotas. �Es usted neozelandesa?

Me qued� paralizada. El hombre que me hablaba me parec�a tan atractivo que se me secaron las palabras en mi garganta. Creo que �l tambi�n estaba impresionado.

Era alto y moreno. Llevaba barba y bigote negros, que recortaban su atractivo rostro, en el que resaltaban unos bonitos ojos, que me hipnotizaron desde el primer momento. Una vez me repuse de la primera impresi�n, pude articular unas palabras.

--  Si, en efecto, soy de Christchurch.

--  No sab�a que en Christchurch hubiese chicas tan bonitas. Si lo llego a saber habr�a ido a vivir all�. Yo vivo en Wellington.

Creo que me sonroj� como un tomate. Pero, aunque deseaba hacerlo, no me atrev� a devolverle el piropo.

-- �C�mo se llama? � inquiri�.

-- Sarah, �y usted?

-- Robert. Sabe Sarah, tiene un bonito nombre. Pienso que ya nos conocemos lo suficiente como para tutearnos. �Le parece bien?

-- Aunque no entra en mis principios aceptar que un extra�o me tutee --le dije mientras le dedicaba una abierta sonrisa--, contigo voy a hacer una excepci�n.

En aquel momento ya me hab�a olvidado completamente de la llave de mi habitaci�n, de los cigarrillos y hasta de cual era la raz�n por la que estaba en La Paz.

-- �Aceptas que te invite a tomar algo en el bar del hotel?

-- Si, por supuesto, aunque no podr� estar mucho rato. A las ocho estoy invitada a una cena.

En estos momentos maldec�a en mi interior, con todas mis fuerzas, a los miembros de la Asociaci�n Arqueol�gica Boliviana.

-- Sarah, aunque solamente pudieses estar conmigo cinco minutos, te invitar�a igualmente.

Entramos en el peque�o y coqueto bar, aunque de un estilo muy peculiar, y nos sentamos en un rinc�n. Robert pidi� un whisky  y yo un gin-tonic.

-- � A qu� te dedicas en Christchurch?

-- Soy arque�loga, de estas que escarban y escarban hasta encontrar un pedrusco que tenga alg�n grabado prehist�rico.

-- Realmente Sarah, esto te da una imagen de seriedad y antig�edad impresionante. Pensaba que eras m�s joven.

Mientras dec�a esto, se re�a abiertamente, con lo que a�n resaltaba m�s la sensualidad de sus labios. Tuve que contenerme para no besarle.     

-- Robert. Y t�,  �a qu� te dedicas?
      
-- En realidad mi actividad es mucho menos apasionante que la tuya. Trabajo de reportero para el Wellington Times. Me dedic� al periodismo de investigaci�n. En mis ratos libres tambi�n me dedico a escribir novelas, pero solamente como hobby. Supongo que tu estancia en La Paz tiene algo que ver con tu profesi�n. �Me equivoco?

-- No, no te equivocas. Pero, desgraciadamente, tendr� que dedicar gran parte del tiempo a aburrid�simos actos protocolarios. Y t�,  �a qu� has venido a Bolivia?

-- Para serte franco, estoy aqu� por pura casualidad. Estaba asistiendo a una convenci�n en R�o de Janeiro, y uno de mis colegas propuso venir unos d�as a Bolivia y Per�, para visitar algunos de los famosos tesoros incas. En un principio no pensaba venir, ya que opinaba que no val�a la pena tan largo desplazamiento para tan pocos d�as. Pero, afortunadamente me decid�, ya que de esta manera he podido conocer a la chica m�s bonita que he visto en mi vida.

Ante estas palabras de Robert,  sent� como si mi cuerpo se derritiese. Una c�lida irradiaci�n fluy� por toda mi piel, desde los pies hasta la  punta de mis cabellos. Durante un rato se me cort� la respiraci�n.

-- Robert, te agradezco mucho tus palabras, pero pienso que estas exagerando. Hay muchas chicas m�s atractivas que yo � dije sin demasiada convicci�n -. Adem�s, supongo que una arque�loga no es el tipo de chica con la que un hombre intenta ligar. Ser�a una situaci�n demasiado prehist�rica � dije sonriendo.

-- Lo que te he dicho es verdad. �Por qu� no piensas alguna excusa para no asistir a la cena y te vienes a cenar conmigo?

-- Lo siento,  ya que me gustar�a mucho venir contigo. Pero estoy con mi director y no puedo deshacer los compromisos adquiridos.

-- Entonces, �ma�ana?

-- Me temo � dije con pena - que no ser� posible durante los d�as que estemos en Bolivia, ya que ma�ana partimos hacia las ruinas de Tiahuanaco.

Una vez hube dicho estas palabras me sent� terriblemente mal. En aquellos momentos Tiahuanaco me parec�a un lugar horrible, por el que no sent�a el m�s m�nimo inter�s. La alternativa de estar con Robert me resultaba irresistiblemente atractiva. Pero no fui capaz de reaccionar.

-- Es una verdadera l�stima -- dijo Robert con el semblante serio--, no hay nada que me sedujera tanto como acompa�arte en tu viaje, pero dentro de dos d�as partimos hacia Lima y Wellington y no tendr�a tiempo de efectuar el viaje de ida y vuelta a Tiahuanaco. En fin, ha sido un sue�o truncado. Sin embargo desear�a volver a verte. �Puedes darme tu n�mero de tel�fono en Christchurch?

Le entregue una tarjeta m�a, en que ten�a anotados los n�meros de tel�fono particular y de mi oficina. S�bitamente, Robert me atrajo hacia �l, y nuestros labios se acercaron hasta fundirse en un largo y c�lido beso.

Cuando nos despedimos, sent� que el mundo se me ca�a encima. Tuve que hacer grandes esfuerzos para no ponerme a llorar all� mismo. Sin embargo, creo que mi rostro deb�a reflejar mi tormenta interna ya que, cuando volv� a reunirme con mis compa�eros, Brian me dirigi� una mirada de sorpresa. Pero no me hizo ninguna pregunta.    

------------------------------------

Regres� al mundo real. Ten�a que ir a buscar el archivo sobre Tiahuanaco.

Volv� con un voluminoso archivo de fotos,  y le pregunt� porque quer�a justamente la documentaci�n sobre Tiahuanaco.

Brian se la qued� mirando, mientras pensaba en lo bonita que era.

-- Algunas de las im�genes me resultan vagamente familiares � dijo Brian -, y pienso que he visto figuras similares en las ruinas de Tiahuanaco.

Ambos empezamos una laboriosa y fren�tica b�squeda. Al cabo de casi dos horas, emit� una exclamaci�n de alegr�a.

-- �Mira!. Esta figura es id�ntica.

Estuvimos un buen rato mirando alternativamente la foto y el cilindro, mientras profer�amos exclamaciones de j�bilo. Si alguien ajeno al asunto nos hubiese visto,  hubiese pensado que est�bamos chiflados.  Brian no pudo resistir la tentaci�n y me abraz� efusivamente.

Una vez pasada la euforia inicial, argument� que alguna persona podr�a haber fabricado este objeto recientemente, tomando la foto como modelo. Brian se puso pensativo.

-- Me temo que hemos hecho una monta�a de un grano de arena � dijo con seriedad -. Parece demasiado moderno para ser de una antigua civilizaci�n. Ser� mejor que nos dediquemos a nuestros asuntos y dejemos la investigaci�n para cuando tengamos m�s tiempo. De cualquier modo, es un objeto muy raro. Tal vez lo deber�amos entregar a un centro de investigaci�n de nuevas tecnolog�as. 

Me envolvi� una gran sensaci�n de frustraci�n. Despu�s de toda la molestia que me hab�a tomado, no iba a abandonar tan f�cilmente la investigaci�n.

Mis pensamientos regresaron a Bolivia, pero esta vez para recordar mi primera visita a las impresionantes ruinas de Tiahuanaco.  Recordaba especialmente lo que nos hab�a contado el Dr. Evaristo Mat�as.      

<< Anteriormente a nuestra actual civilizaci�n � afirmaba el Dr. Mat�as -, han existido otras importantes civilizaciones desconocidas. Entre ellas,  las  civilizaciones preincaicas de la cordillera de los Andes.

El descubrimiento de Tiahuanaco se debe al periodista franc�s Roger Delorme, que el a�o 1958 hall� una ciudad en ruinas en una meseta andina, situada a 4000 metros de altitud. A pesar de haber visitado varias ciudades incas, como Machu Pichu y Cuzco, que le hab�an causado una gran impresi�n, experiment� una gran emoci�n al hallarse en Tiahuanaco, entre los m�ltiples restos de piedras y estatuas esparcidas en un �rea de varios kil�metros. Especialmente se sinti� impresionado al ver la fabulosa Puerta del Sol, en la que pod�an verse numerosos petroglifos y figuras de extra�os personajes con grandes orejas y manos de cuatro dedos,  que emanaban una sensaci�n de misterio indescifrable.

La Puerta del Sol constituye la puerta de entrada al intrigante mundo de Tiahuanaco.

El origen de Tiahuanaco se pierde en la m�s remota antig�edad. Seg�n el arque�logo franc�s Wiener, la civilizaci�n preincaica de Tiahuanaco es mucho m�s antigua que las civilizaciones cl�sicas de Egipto y Caldea.

Los incas dijeron a Francisco Pizarro, conquistador espa�ol del Per�, que siempre hab�an conocido Tiahuanaco en ruinas. Los Aymaras, los habitantes conocidos m�s antiguos de los Andes, afirmaban que la ciudad hab�a sido construida por los primeros hombres que hab�an habitado la Tierra,  y que hab�a sido creada por el dios Viracocha antes de que hubiesen nacido el sol y las estrellas del cielo.


Beltr�n Garc�a tradujo unos documentos secretos de Garcilaso de la Vega, historiador de la conquista espa�ola y descendiente de una princesa inca.  En estos documentos se relata que los escritos pictogr�ficos del frontis de la Puerta del Sol cuentan que, hace varios millones de a�os, cuando todav�a no exist�a ning�n ser humano en nuestro planeta, una aeronave dorada, procedente de otro planeta y pilotada por unos seres humanos de sangre azul, aterriz� en la Isla del Sol,  en medio del lago Titicaca.

De esta aeronave descendi� una mujer semejante a las actuales,  pero con  la cabeza en forma de cono, grandes orejas y manos palmeadas de cuatro dedos. Su nombre era Orejona y proced�a del planeta Venus, donde la atm�sfera era similar a la de la Tierra.

Como deseaba crear una humanidad terrestre, tuvo relaciones con uno de los animales de la zona, engendrando muchos hijos. Estos descendientes, aunque dotados de poca inteligencia, sirvieron para  que se formase la raza humana en la Tierra. 

Cierto d�a, una vez cumplida su misi�n, Orejona emprendi� el regreso a Venus. Sin embargo,  sus hijos procrearon y siguieron su propio destino. En la regi�n del Titicaca una tribu permaneci� fiel a la memoria de Orejona, desarroll� su inteligencia, conserv� sus ritos y fue el punto de partida de las civilizaciones preincaicas. >>
Hosted by www.Geocities.ws

1