AILEEN WUORNOS

Más de diez años en el corredor de la muerte esperando ansiosa purgar su pena. Tal vez éste era un castigo desproporcionado para una mujer que decía haber actuado en defensa propia y para todos los colectivos que reivindicaban su absolución, pero la habían condenado por haber asesinado a seis clientes cuando ejercía de prostituta en las carreteras de Florida, y todas las pruebas acusaban su ensañamiento.

Aileen "Lee" Wuornos

por fin era feliz, su día tan esperado llegó el 9 de octubre del año 2002. Llevaba mucho tiempo planeando cómo sería su partida hacia el otro mundo, pero sobre todo pensaba en Jesucristo, su salvador, la única persona que había dado muestras de apreciarla realmente acompañándola en los momentos de soledad. Él le hablaba, y le había prometido que vendría a buscarla en su gran nave nodriza, como en la película Independence Day. No sólo la rescataría de ese mundo de sufrimiento que tanto odiaba, sino que le ayudaría a vengarse de la gente que le había hecho daño. Así se lo escupió a la cara a un funcionario del Departamento Correccional de Florida minutos antes de la ejecución. Ese día la habían despertado temprano. Rechazó una última voluntad y cualquier cosa que pudiese retrasarle el momento final. Quería pasar el último mal trago lo más rápido posible y no quería perder el tiempo con banalidades, porque su único deseo era salir de un cuerpo que llevaba muerto desde que era una niña... y ya tenía 46 años. Aileen era la segunda mujer ajusticiada en Florida desde que este Estado norteamericano reanudó la aplicación de la pena capital en el año 1976. En 1998, Judy Buenoano, condenada por envenenar a su marido, había sido la primera. Mientras era conducida a la sala de la prisión de Starke donde le inyectarían el veneno, arrastrando los pies con dificultad por los grilletes que la sujetaban firmemente, pensó una vez más en la estupidez de sus captores, ¿tal vez creían que trataría de escapar, a estas alturas? Que ingenuos eran, si ellos mismos estaban a punto de darle la libertad que tanto había ansiado... Pocos minutos antes de las 9:30h, las 13:30 en España, la hora prevista, la sujetaron a la camilla ante la atenta mirada de varios testigos y le introdujeron una aguja en el brazo. No sentía miedo, no creía que le fuese a doler y eso la hizo estremecerse por una mezcla de sentimientos confusos. Sentía cosas extrañas, algo entre la satisfacción y la curiosidad, por el viaje que estaba a punto de emprender. Jesucristo no podía tardar ya, y se la llevaría. A ella, "la prostituta de la carretera", "la damisela de la muerte".

Una vida de sufrimiento

¡Cuánto odiaba a toda esa gente que la miraba a través de un cristal, ansiosos de que el verdugo abriese los conductos del veneno! Les había odiado desde siempre, empezando por sus padres, unos críos inconscientes demasiado jóvenes e irresponsables como para traer a una niña al mundo. No sabía si le causaba más repulsión su padre, que se había suicidado en la cárcel mientras cumplía condena por abusar sexualmente de una niña de 7 años, o su madre, por haberla abandonado ella y a su hermano Keith a los pocos días de nacer en casa de su abuelo y de su tía, unos sádicos maltratadores. Sí, su vida había sido un infierno desde que tenía uso de razón. Nunca llegó a entender porque su abuelo la agredía violentamente con el cinturón cada vez que se emborrachaba, es decir, a diario, solo por el gusto de hacerle daño y tampoco entendía porque su tía no hacía absolutamente nada por impedirlo. Gentuza. Pero no quería dedicarles sus últimos pensamientos, no se merecían ni eso, no tenía nada que agradecerles, y prefirió recordar la única esperanza de libertad de la que pudo disfrutar en su vida: la tuvo aquel día que se fue de casa, con 11 años, esperando huir de los golpes y ser una persona respetada por alguien, aunque eso también fue duro, porque tenía que dormir en viejos coches abandonados pasando un frío espantoso y malcomiendo lo poco que encontraba por ahí. Aún así, fueron mejores días que los pasados en casa-cárcel del abuelo, pero duraron muy poco. El hambre y la necesidad la hicieron volver al infierno de antes. A partir de entonces llegaron los verdaderos problemas. Tenía 13 años cuando un repugnante desalmado la violó, dejándola embarazada de un niño precioso que tuvo que dar en adopción a una casa de acogida, ya que su abuelo la maltrataba todavía más tras el parto, psicológicamente llamándola prostituta, convenciéndola que le estaba bien empleado y físicamente golpeándola como nunca. No podía dejar que su niño siguiese su misma suerte, había hecho bien en darle otra oportunidad y unos padres que pudiesen ofrecerle todo aquello que ella no podía. Él no tenía culpa de nada, y mucho menos de haber nacido. Tras el mal trago del niño ella debía de tener unos 15 años, si no le fallaba la memoria. Por aquel entonces le había echado valor y había tomado la determinación de empezar a ganarse la vida para no depender de nadie más que de ella misma, pero, como nadie quiso tener fe en su escasa formación profesional, tras varias negativas probó el mundo de la prostitución en carreteras y paradas de camioneros. Le habían dicho que ese era el único trabajo bien pagado al que era capaz de aspirar, y así se lo creyó. Malvivió vendiendo su cuerpo hasta los 20 años, soportando ese miserable trabajo por unos billetes con los que ir tirando y con los que pagarse una buena dosis de droga o alguna botella para evadirse de sus problemas de vez en cuando. Otra etapa de su vida que también recordaba con mucho hastío era su matrimonio con un hombre de 70 años, que, lejos de proporcionarle el cariño que anhelaba, la maltrató físicamente como había hecho su abuelo. Como no quería repetir una etapa de su vida que ella misma se había obligado a olvidar, se divorció enseguida. Después, volvió a su vida anterior prostituyéndose con una media de 40 o 50 hombres a la semana, llegando a ganar hasta 1000 dólares en esos siete días que le servían para pagarse sus noches en viejos hostales y comida rápida. No era la vida con la que había soñado, pero por lo menos se iba manteniendo, a pesar de algunas malas experiencias en las que tipos desalmados le exigían sus favores a base de golpes para irse después sin pagarle lo que previamente habían acordado. En el año 1984, harta de hombres violentos, tuvo su primera relación homosexual, aunque tampoco fue demasiado afortunada porque su amante la abandonó una noche llevándose su dinero y dejándole una deuda de 400 dólares en facturas, que trató de pagar dedicándose al negocio de la lavandería una temporada hasta que volvió a la prostitución. Dos años después conoció a Tyria Moore, la persona que recordaba con más cariño y su pareja más estable hasta la fecha en la que la detuvo la policía. Llegó el día en el que quiso venganza. Por su propio ego, necesitaba saber lo que era dominar a los demás. Estaba harta de que todo el mundo se aprovechase de ella y probó hacerlo a su vez robando a los clientes despistados. Ese pequeño juego le empezó a gustar, ya no solo por el dinero extra, sino más aún por el placer de disgustar, de castigar. Así actuó unos meses hasta que decidió ir más lejos. Le repugnaban esos hombres con los que se acostaba por dinero, los que la menospreciaban, los que la violaban, y no estaba dispuesta a consentir que la volviesen a maltratar. Se hizo con un arma de fuego de calibre 22 para que algunos pagasen caro lo que otros le habían hecho. El primer cuerpo sin vida, como le dijo la policía tras detenerla, fue hallado en diciembre de 1989 por dos hombres que buscaban chatarra vieja para vender. Al parecer, les llamó la atención una alfombra enrollada, que estiraron para comprobar si estaba todavía en buen estado, y en el interior apareció un cadáver parcialmente descompuesto. El cuerpo fue identificado como Richard Mallory, un vendedor de productos de electrónica que había desaparecido el 1 de diciembre de 1989 después de recogerla a ella con su Cadillac Coupé en la carretera que llevaba a la ciudad y dirigirse a una zona desierta. Estaba desnudo de cintura para arriba, y los bolsillos de sus pantalones habían sido sacados hacia el exterior, indicando que le habían robado. Lo que le pasó son meras especulaciones que nunca confesó. Tras una primera inspección ocular al cadáver, todo parecía indicar que se trataba de sexo por dinero, una transacción simple aparentemente que terminó en crimen. Aileen declararía un año después que Mallory durante su encuentro sexual empezó a comportarse de una manera muy violenta y que ambos se enzarzaron en una discusión, llegando a las manos. Durante la lucha, sacó su pistola con la intención única de intimidarle, pero como él hizo caso omiso de sus advertencias y ella temía por su vida, no tuvo más remedio que dispararle. Lo que ellos no sabían en ese momento es que este primer crimen había sido el más duro para ella. ¡Cómo le había costado apretar el gatillo! Más aún después del primer disparo, cuando el hombre, todavía vivo, le pedía ayuda chorreando sangre a borbotones por todo el vehículo. En ese momento había tenido miedo, a pesar de que sujetaba el arma con todas sus fuerzas apuntándole por si se le acercaba más de la cuenta. El tipo no hacía más que gritar, hasta el punto que le dio un poco de lástima y se planteó seriamente si ayudarle o dejarlo morir, pero pensó que él podía denunciarla por intento de asesinato y para evitar problemas decidió dispararle más veces hasta que vio que dejaba de moverse. Había disparado unas tres o cuatro veces. Nunca habría imaginado que un hombre tardase tanto en morir. Después de eso lo envolvió con un trozo de alfombra y lo llevó en el mismo Cadillac para abandonarle en un lugar donde creía que nadie le buscaría jamás: el vertedero. En junio de 1990 apareció otro cadáver en un bosque cercano. Esta vez se trataba de David Apear, un obrero de la construcción de 43 años desaparecido un mes antes. Todo lo que llevaba encima era una gorra de béisbol, y cerca del lugar se encontró un preservativo usado. Así, cada mes se fue hallando un cadáver hasta seis. Todas las víctimas eran de media edad, hombres de raza blanca y con trabajos que requerían movilidad a lo largo de la autopista principal de Florida: Charles Carskaddon, empleado de un rodeo de 40 años y tercera víctima, con Troy Burres, vendedor ambulante de 40 años, con Charles "Dick" Humphreys, comandante de la fuerza aérea de 56 años y retirado, con Walter Gino Antonio y posiblemente también con Peter Siems, aunque no pudieron acusar a Aileen de este homicidio porque no fue hallado su cadáver, si bien ella se declaró culpable de haberlo asesinado como a los anteriores. En todos los casos se hallaron indicios de robo, y en la mayor parte, señales de que habían practicado sexo antes de ser asesinados. La investigación desde el principio se desarrolló en Ocala, la ciudad más grande de Marion County, con el Sargento Bruce Munster coordinando las pesquisas policiales. Éste tenía su propia teoría acerca de los crímenes debido a su larga experiencia trabajando en el departamento de homicidios. El Sargento Munster pensaba que era de especial importancia que en todos los cadáveres hubiese signos de robo, de sexo, y que todos los disparos en los cadáveres fuesen en el cuerpo y no en la cabeza. Su experiencia le había demostrado que en un mayor porcentaje los hombres siempre disparan a la cabeza de sus víctimas, mientras que curiosamente, las mujeres suelen apuntar al resto del cuerpo. Al poco tiempo, el azar le daría la razón. En julio de 1990, un vehículo se estrelló contra una valla de la Reserva India Seminole, pero los ocupantes no quisieron ayuda de los testigos que habían presenciado el aparatoso accidente y huyeron enseguida del lugar de los hechos. Esto llamó la atención a varias personas, y así lo denunciaron a la policía. Gracias a las descripciones de los testigos no tardaron en averiguar que el vehículo pertenecía a Peter Siems, un hombre desaparecido desde hacía poco más de un mes. Por la descripción de los testigos, y tras varias investigaciones, la policía pudo llegar a identificar a las dos mujeres que iban en el vehículo, una era Aileen Wuornos y la otra Tyria Moore, su pareja. Ambas fueron detenidas y solo Aileen fue retenida y relacionada con los crímenes con varias pruebas en su contra: el coche robado, huellas digitales y cigarrillos con su ADN en el lugar de los misteriosos crímenes.

Un juicio polémico

El juicio por su causa que se llevó a cabo en enero de 1992 fue complicado. Por un lado, ella no quiso admitir la culpabilidad por los asesinatos, solo declaraba que lo sentía mucho por sus familias y que era consciente de lo que había hecho, pero había sido siempre en defensa propia porque sentía su vida amenazada por aquellos hombres. Trató de defenderse con el hecho de que trabajaba como prostituta de carretera y que todos los hombres que mató la habían escogido a ella, por su propia voluntad, y que posteriormente la habían atacado con una violencia inesperada, pero que entre tanto había tenido otros muchos clientes a los que jamás hizo daño. Esto fue corroborado con algunos clientes que testificaron a su favor durante el proceso judicial. Su abogado también reseñó las vejaciones y los malos tratos que padecían las prostitutas, aportando una serie de estudios y estadísticas sobre el porqué estas mujeres tienen más posibilidad de ser violadas que las mujeres que ejercen otros trabajos (un promedio de 33 veces por año). Además, denunció que la policía casi nunca se toma las molestias necesarias para combatir las agresiones hacia este tipo de grupos marginados por la sociedad y todavía menos los crímenes, los cuales generalmente achacan al consumo o tráfico de estupefacientes o ajustes de cuentas entre bandas. (Esto no es del todo falso, desde el punto de vista que pocas personas denuncian este tipo de desapariciones y apenas unos cuantos reclaman los cadáveres de prostitutas asesinadas. Por poner un ejemplo, cuando hace unos años la policía de Nueva York arrestó por casualidad al asesino en serie Joel Rifkin, que se confesó autor de los asesinatos de 17 prostitutas, la policía no se encontraba investigando esas muertes). El psicólogo Phyllis Chesler dijo a la revista 'Vanity Fair' que era posible que esos hombres hubiesen sido especialmente agresivos con Aileen, pero que él tenía claro que las víctimas no habían hecho más que pagar un resentimiento oculto en la persona de la asesina, provocado por un exceso de violencia de un hombre concreto. En resumen, esas víctimas solo fueron un canal para que ella expulsase su rabia contenida, cosa que ella misma declaró en uno de los interrogatorios policiales: "Soy una persona que odia la vida humana y podría matar de nuevo". En su defensa, Billy Nolas, el abogado defensor que la representó en este primer juicio de Daytona Beach en 1992, declaró que Wuornos era la persona más enferma que había representado jamás, que padecía un trastorno de personalidad borderline producido por un abuso sexual cuando era niña, y que cuanto mayor se hacía la mujer, más trastornada parecía, pero tras varios días de juicio y más de cinco horas de deliberación, el jurado determinó por unanimidad que era culpable por delito de asesinato y la condenó a la pena de muerte el 7 de mayo de 1992. Cuando escuchó el veredicto, la condenada se dirigió a los magistrados diciendo: "Gracias, mientras yo subo al cielo, todos ustedes se estarán pudriendo en el infierno". "Yo maté a esos hombres, les robé con una frialdad glacial, y lo haría nuevamente. No hay porque mantenerme viva o algo así, porque volveré a matar, soy una asesina en serie. El odio recorre mi cuerpo, pero he hecho las paces con Dios y estoy preparada para la muerte". Varios defensores de Aileen Wuornos, entre ellos algún colectivo gay y colectivos pro derechos de la mujer, declararían a la prensa ciertas irregularidades que sintieron que se estaban produciendo a lo largo del juicio y que lo situaron al margen de los principios generales del derecho. Por ejemplo, dicen que Mallory, la primera víctima de la mujer, tenía antecedentes por delitos de violencia sexual. Se había declarado culpable de tentativa de violación en Maryland y había amenazado con llevar a cabo esta acción con otras mujeres. Dicen que estas evidencias no fueron presentadas en el juicio desde el principio, y cuando por fin lo hicieron, los jueces las declararon inadmisibles por ser demasiado tarde. Los colectivos gays también culparon a los fiscales de hacer repetidas referencias a las relaciones sentimentales de Aileen con otras mujeres y que el puritanismo de la sociedad se volcó en su contra. Por esto y otras razones como las amenazas de muerte sobre Brian Jarvis, el único abogado que se atrevió a cuestionar la conducta de sus colegas sobre el juicio, y que posteriormente fue alejado del caso, el hecho de que antes de que fuese arrestada los abogados del alguacil de Volusia ya hubiesen negociado los contratos para el libro y la película sobre el caso de Aileen, hicieron que muchas personas viesen a la supuesta asesina en serie como a una víctima. Por ese motivo organizaron varias manifestaciones de protesta, escribieron cartas a la Corte Suprema de Florida demandando un nuevo juicio, crearon comités de ayuda y defensa de la mujer, le escribieron multitud de cartas de apoyo al correccional donde estaba recluida, etc. Pero no serviría de nada, el veredicto había sido emitido. Sin embargo, la mujer confesó en numerosas ocasiones su culpabilidad. En Mayo del año 2000 decía ante unas cámaras de una cadena de televisión de Orlando que en ningún momento había actuado por defensa propia, sino porque temía que su amante, una joven con la que mantenía relaciones (Tyria Moore), la abandonase si no conseguía dinero para alquilar un apartamento para compartir. Entonces, después de quitarles el dinero se veía obligada a disparar a las víctimas para que no pudiesen delatarla ante la policía. Su caso fue objeto de libros, varios documentales, películas e incluso una ópera. Llegó a pedir disculpas a las familias de las víctimas, pero el año pasado, después de estar una década en el pabellón de la muerte, Wuornos aceptó la pena capital, diciendo que de ser posible volvería a asesinar. "No tiene sentido salvarme", dijo en julio de 2001. "Es un desperdicio del dinero de los contribuyentes". El productor Nick Broomfield fue una de las últimas personas que pudo realizar una entrevista a la asesina en 1993, para un documental de 35 minutos para una cadena inglesa. Tras más de una hora de conversación, el productor declararía que si la mujer era ejecutada se estaría asesinando a una persona mentalmente enferma que había perdido por completo el juicio. Más cerca de su ejecución, un abogado defensor planteó recientemente si Wuornos estaba en su sano juicio como para demandar su propia ejecución por inyección letal y un grupo de defensa de los condenados pidieron permiso al Tribunal Supremo para presentar una apelación para suspender la ejecución. Sin embargo ella insistió en que sabía lo que hacía, pues consideraba la prisión un castigo peor que la misma muerte. "Estoy tan cansada de eso de que todos me pregunten si estoy loca", afirmó, "he sido evaluada tantas veces. Soy competente, sana y estoy tratando de decir la verdad, y pasaré por el detector de mentiras sobre cada palabra". Un panel de tres psiquiatras que la examinaron poco antes de la ejecución, dictaminaron que era competente para ser ejecutada puesto que era una persona brillante, con mente ágil, muy reflexiva y perfectamente consciente de los actos que había cometido. El gobernador de Florida, Jeb Bush, hermano menor del actual presidente de los Estados Unidos, se declaró conforme con el diagnóstico médico y firmó la orden de ejecución el pasado 5 de septiembre del 2002. Cuando las agujas del reloj mostraban las 9:30h en punto. Aileen dejó de recordar su vida pasada, abrió los ojos y sonrió levemente mientras sentía cómo el cóctel mortal de pentotal sodio, bromuro y potasio se deslizaba suavemente por sus venas. Antes de cerrar los ojos nuevamente y dejarse llevar por el sueño que la asediaba, se dirigió a sus verdugos y les murmuró que volvería al mundo de los vivos. Mientras estaba atada a la camilla, dicen que tenía la mirada perdida, tranquila, como si estuviese fuera de la realidad…

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