DON FELIPE URRUTIA

"TESORO VIVO DE LA CULTURA POPULAR"

Por: Casa de Cultura Leonel Rugama

Revista El Esteliano.

Don Felipe Urrutia es condecorado con

 Medalla de Oro como mejor Grupo

de música norteña

Don Felipe Urrutia y sus cachorros

El hogar de Don Felipe de Jesús Urrutia Delgadillo y su familia es una casa abierta.  En su solar, la sombra de un enorme Laurel de la india abre hospitalario sus brazos a quienes visitan a estos recopiladores de las más bellas piezas de la música popular norteña.

Don Felipe Urrutia nació en la tunosa, Estelí, el 5 de Febrero de 1918.  su madre Modesta Delgadillo, originaria de la Tunosa, dedicada al hogar y la crianza de sus hijos, y su padre Daniel Urrutia, Agricultor y comerciante de mulas, originario de Santa Rosa del Peñón.

Precoz en el trabajo y la música, a los ocho años empezó a ayudar a su padre en las huertas que cultivaba la familia y a los doce sin saber todavía tocar la guitarra comenzó su tarea de recopilador, aprendiendo de memoria las melodías que escuchaba interpretar a personas mayores, en las comunidades de El Bolsón y Rodeo Grande.  Su genio musical y su amor a este arte, le permitieron valorar y registrar cada melodía que se creaba y tenía la suerte de ser escuchada

Jurado de elección del mejor grupo de Música Norteña (1er festival)

 por él, rescatando del olvido la obra de esos artistas campesinos que hoy sigue interpretando con sus hijos.

Hombre de mil oficios, ya adolescente  se dedicó a trabajar como jornalero, arreando bueyes, arrancando frijoles o tapiscando maíz, y a partir de ahí su inquietud no tendrá límites: cazador con lámpara de carburo y rifles hechizos, artesano de cuero crudo, experto en la hechura de aperos para montar, arriero, fabricante de sogas de penca cuando no se conocían  los mecates de fábrica, operario en las moliendas de caña con trapiches de madera, obrero en la construcción en la carretera a el Sauce en 1936 y en la panamericana, fue también carretero de los que de noche viajaban alumbrados por grandes candiles y cuando les tocaba subir una cuesta sonaban caracoles para que las carretas que venían de bajada dieran espacio a las que subían en el estrecho camino.

Don Felipe junto a su esposa

 Señora Juana Aráuz Gutiérrez

Adolescente aprendió a tocar la guitarra de solo ver a otros.  Más tarde con sus amigos Juan Rayo, Efraín Valdivia, Lorenzo Dávila, Güilibaldo Soza y Carlos Benavides, salía a serenatear las canciones románticas de la época, acompañándoles en muchas ocasiones músicos desconocidos que se iban juntando a la alegría; artistas talentosos de los que a veces solo quedó la memoria de sus hermosas melodías.  Músico errante, con los amaneceres y atardeceres marcando el inicio y el final de largas jornadas, arriando ganado ajeno de Estelí  hasta el sauce, Matagalpa, Managua y Rivas, la vida de arriero le permitiría en los breves recesos y en los lugares de descanso o sesteos, regresar a sus dedos las polkas y las mazurcas norteñas acompañando a los campistos que con sus guitarras y con la ilusión de bailar en los chojines hasta el amanecer salían a su encuentro en el camino.

Doña Juana Aráuz Gutiérrez fue la musa que le inspiró y le dio sus mejores años de su vida.  Mujer firme, generosa, fina, pero fuerte, dotada también para la música- cantó en el coro de la Iglesia de Estelí y hasta en la Catedral de Managua- conoció a Don Felipe en 1945, se enamoraron y hasta hoy siguen juntos.  Procrearon ocho hijos, entre ellos : Francisco, Luis Felipe, Pedro Antonio, Leopoldo, Mayra y María Josefina.

Cristiana prácticamente del amor al prójimo, doña Juanita trabajó de enfermera en Estelí y en Managua y cuando se fue a vivir a la comunidad se hizo partera.  Con la misma sabiduría, paciencia y valentía con que forjó a su familia, asistió muchos partos sin que se le muriera un niño o una madre.

La muerte de su progenitora fue un golpe fuerte para don Felipe quien por respeto guardó duelo dejando de ejecutar la guitarra.  Ese hecho coincidió con la llegada de la vitrola y la roconola que desplazaron a los músicos campesinos.  A inicio de los años ´60 Ulises González y los hermanos Alejandro y José Floripe – Recopiladores del folklore regional – lo estimularon para que regresara a sus raíces musicales.

Alternando su trabajo de peón y cuidador, don Felipe apeló a su prodigiosa memoria y se fueron desgranando una tras otras las melodías campesinas que se había aprendido treinta años atrás.  Cada encuentro con estos amigos era una oportunidad para tocar nuevas piezas y recordar la historia y la ruta de cada melodía, surgiendo en ese ambiente los nombres con que hoy son conocidas.

Los hijos se fueron uniendo devotamente a la tarea del padre.  Primero Luis, después Pedro y Polo, hasta formar un grupo que en un día de 1972.  En un encuentro de músicos amigos, Carlos Mejía Godoy los Bautizó con el nombre que se han hecho famosos a nivel nacional e internacional: “Felipe Urrutia y sus Cachorros”.

Don Felipe con don Carlos Mejía, don José Floripe y otros amigos

 

Continuando la tradición familiar, hoy se han unido al grupo cinco nietos: César, Gersan, Róger Felipe, Roberto, Carlos, Luis Moisés y Marvin del Pilar, y hay un biznieto David, que está esperando la oportunidad de tocar con su bisabuelo.

A sus 86 años, Don Felipe Urrutia se ve a ratos cansado, pensativo y melancólico, quizás reflexionado sobre lo que ha dejado sembrado este viejo roble que hizo de su vida un peregrinar por la música popular campesina.

Sus manos encallecidas por su duro trabajo de la labranza y su indiscutible genialidad musical, fueron la combinación perfecta para acunar una parte de la historia musical de nuestro país, historia que sin su ayuda estaría seguramente olvidada.

¿Acaso no tiene valor un petroglifo tallado por nuestros antepasados para educar a nuestros hijos en el amor a la patria?    ¿Crecerán nuestro hijos e hijas sin conocer que significa y como se baila una polka, una mazurca, un vals o zapateado?.   ¿Dejaremos perder la historia de éstos hombres y mujeres que desde la humilde fuerza de sus manos ayudaron a construir la identidad de nuestro país?. La fuerza de nuestro presente se nutre del vigor de nuestro pasado.

 

 

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