La explosión pictórica de Danilo Torres

Danilo Torres es analista e interprete de su tierra esteliana, de sus gentes, personajes, ficticios y reales;  urbanos e ilustres y populares y por supuesto, de sus hondos y dramáticos paisajes, así como de sus misterios geográficos, sus leyendas  y el origen de sus nombres. Hemos leído también sus espléndidas viñetas o estampas lo mejor de su prosa solidaria y humanitaria, sus breves relatos y poemas en prosa, gozando de sus originales perspectivas y su rescate de lo telúrico, de su provincia, su percepción impresionista de sensaciones pueblerinas que no excluye el bullir de los efluvios cósmicos. Hemos visto también sus  incursiones pictóricas subordinadas a la tradición: sus paisajes tropicales, sus figuras gauquinescas y sus abstracciones geometrizantes.

 

Ahora nos sorprende, nos impacta con la exposición de su trabajo absolutamente coherente, orgánico y definido: una serie de cuadros titulados con el verso poundiano. Esos rostros que asoman en la multitud. Una visión dramática de la existencia humana , incluye no solo una percepción humana en sí del hombre deshumanizado de nuestros días, del hombre desechado por el engranaje de la tecnología alienante y la incertidumbre.

 

El poeta y pintor quiere leer y comunicar otra realidad, la realidad profunda, la realidad ontológica y fenomenológica, ética y trágica, cómica y cósmica, absurda y fantasmagórica, onírica  pero ásperamente real y matérica. La realidad interior, la que llevamos por dentro pero que nunca enfrentamos totalmente porque nos hace temblar y nos da miedo reconocer. Para esto se necesita mucha fortaleza, conciencia abiertamente lista, sentimientos acerados y sobre todo, sentido de la aventura interior, sentido del viaje a lo desconocido y siempre nuevo.

Para ello, para definir y darle coherencia, forma biológica y expresión convincente a esas visiones del espíritu, el artista recurre a materiales de desechos, materiales de la sociedad industrial que no acaba de vomitar sus detritus y excrecencias: pedazos de telas, harapos, trapos, resina, materia que el artista incrusta en paneles de madera, pintándolos con acrílicos, tintas y colorantes, toda la parafernalia técnica del arte moderno. Se recurre al desecho no solo para darle realidad y espesor al collage, no sólo hacer táctil la textura, sino para expresar, hiperbolizar, metaforizar y alegorizar el desecho, lo desechado, lo desechable; el hombre deformado, escindido, desgarrado,  vilipendiado, marginado, eje de figuración totalizadora; raíces, nervios, arterias, bifurcaciones y conductos truncados.

 

Para Torres las sinuosidades de la tela están en función de lo grotesco. Lo grotesco no carica-turesco (no hay humor en este arte trágico por excelencia), sino patético, hiriente, serio, profundamente serio.

 

Torres, explora hasta el fin los limites de la deshumanización descarnada, partiendo de lo específicamente humano: la piedad, la compasión, el odio, la ira, la tristeza y el desamparo. El tratamiento de sus figuras en la tela es abiertamente visceral, pesado hasta la sordidez, aunque a veces tenga la ligereza de una libélula o de una hoja otoñal o la intangilidad de una radiografía.

 

En su exposición de arte que Danilo Torres hace a título personal, el pintor transmite su mensaje honesto e intenso utilizando un lenguaje artístico muy fuerte y original, por medio de retratos, de estos rostros que asoman entre la multitud.

 

Los cuadros de esta exposición evocan verdades ásperas, incómodas, amargas de tragar, crueles visiones de desvelo. Estas obras son en sus contenidos una franca expresión de desacuerdo, de protesta sin tapujos, contra las injusticias de nuestro entorno cotidiano, contra nuestra dolorosa realidad nacional y continental. Pero en sus aspectos formales representan también el resultado de un intenso diálogo, que todavía no ha concluido, con las inquietudes más fecundas, más constantes, más humanas, del arte de todas las épocas y de todas las latitudes de la historia del arte universal.

 

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