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~ COMPLICE
DE ASESINATO ~
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Cómplice de Asesinato
por Otaku Sakura
Ujiyori esperaba impaciente junto a la ventana de la casa de té. Su mano derecha daba vueltas compulsivamente al palillo de madera que le habían traído para degustar su almuerzo. Su mirada iba y venía furtiva de la ventana a un pequeño bulto que descansaba debajo de la mesa, y cada vez que el papel de arroz se descorría enfrente suyo, alzaba la cabeza para ver quién acababa de entrar. Hacía rato que el sol se había ocultado en el horizonte. Esperaba a alguien, y ese alguien llegaba tarde. Ujiyori, distraído, dejó escapar el palillo, que fue a parar unas cuantas mesas más allá de donde se encontraba. Maldiciendo, se inclinó para divisar su localización, mientras el hombre recorría el estrecho pasillo entre las mesas hasta llegar a la suya. Cuando Ujiyori se dio cuenta de dónde se encontraba el cubierto de madera, se enderezó con un resoplido, y comenzó a tamborilear en la mesa con impaciencia. Para lo que cobra, ya podría llegar a su hora, pensó, sin advertir que alguien se había detenido a su lado.
- ¿Ujiyori, el hijo de Saneyuki?- dijo una voz ronca por encima de su cabeza. Al alzar la vista, Uyijori vio a un hombre de mediana edad, corpulento pero de aspecto muy normal. Aquello le desmontó: ni shuriken, ni kimono negro, ni entrada estelar haciendo mil añicos la ventana. Aquél parecía un tipo completamente normal. Claro pensó mientras le echaba un largo e indiscreto vistazo, a ver si te crees que llevan carteles en la frente que dicen: asesino a sueldo...
El hombre frunció los labios y adelantó el rostro, esbozando con un gesto de impaciencia una sonrisa sardónica. Ujiyori se dio cuenta de que aún no le había contestado. Se había limitado a mirarle groseramente con la boca abierta.
- Esto, sí... -se aclaró la garganta de nuevo- Sí, soy yo, sí, sí... sentaos, por favor.
- Bien.- el hombre depositó sus armas de forma cortés y se sentó al modo samurai.
- Perdonadme, estoy muy nervioso: es mi primera vez- Al oír esto, el asesino tuvo que reprimir una risa.
- ¿Qué ocurre? ¿He dicho algo gracioso?
- No, nada... seguid, seguid... -le apremió el tipo, cruzándose de brazos con una sonrisa en los labios.
- Bien, como sabe, yo me llamo... Ujiyori. ¿Cuál es vuestro nombre?
- Harakiri jajajaja -dijo el tipo, que ya no pudo evitar soltar una carcajada ante la mirada atónita de Ujiyori, que inmediatamente se recompuso y dijo en tono serio y suspicaz:
- No me engañáis, sé que ése no es vuestro verdadero nombre
- Veréis, mi nombre es cosa mía, y más con el trabajo que tengo, si no os importa -contestó el hombre.
- Bueno, pero yo tengo que llamarle de alguna forma. ¿Me quedo con Harakiri?
- Vale... - Harakiri se lo estaba pasando de miedo.
- ¿Habéis comido arroz hoy, Harakiri-sama?- el tipo que tenía enfrente ni siquiera contestó, se limitó a reír abiertamente. Javier no sabía qué era lo que había hecho esta vez, pero continuó - Bueno, Harakiri-sama, me gustaría aclarar algunos detalles importantes de vuestro... trabajo.
- Por supuesto, adelante- la sonrisa de Harakiri ya no se borraba de su cara
- Bueno... ante todo, quiero que parezca un accidente.
- Sí, típico.
- Es por la... vaya, perdonadme, no os he preguntado si queríais algo... ¿queréis que llame a la mujer que atiende esta mesa?
- No, está bien - respondió con asombro el tipo
- Bueno, por dónde iba... ah, sí... la familia, quiero que parezca un accidente por ellos ¿comprende? No es que crea que van a sufrir mucho por la pérdida, es sólo que creo que no lo entenderían, de modo que será mejor así.
- Sí, no os preocupéis. Yo trabajo muy profesionalmente. Llevo muchos años en esto y hasta ahora ni un solo magistrado ha sospechado.
- ¿Ya habéis pensado cómo lo vais a hacer?
- ¿Es que eso os importa?
- Sí, mucho ante la tajante respuesta de Ujiyori, Harakiri se detuvo en seco para observarle. Luego, continuó:
- Bien, ¿qué tal una caída accidental desde una alta ventana?
- Uy, nononono...- Ujiyori lo miró aterrado, y luego continuó: no será posible... quiero algo más discreto, y sobretodo: más rápido y eficaz. Imaginaos que no resulta, ¿entonces qué haríamos, vos y yo?
- Si es por lo de la eficacia, no se preocupe, nadie sobrevive de donde yo lo tiraré. Sin embargo, respecto a la rapidez de la muerte... no creo que importe demasiado: al final de la caída espera la muerte de igual modo.
- Sí, bueno... no lo dudo - dijo Ujiyori lentamente, sin creerse la frivolidad con que Harakiri hablaba de aquello- pero insisto en que sea rápido. Sin dolor, ¿está claro? Verá, no lo hago yo mismo porque me falta valor... soy... era contable, y a mí estas cosas no me van. Y además, así, a sangre fría, cometer el... no, no puedo, no señor...
- Y por eso me ha llamado, y me alegro. Pero usted demasiado blando para meterse en esta clase de negocios... está teniendo unas consideraciones con la familia y con el crimen... - al oírle decir esto, Ujiyori arqueó las cejas estupefacto- ...pero usted paga, así que usted decide. Sin dolor, rápido y que parezca un accidente. Bien, bien... veamos... ¿qué tal envenenamiento? Conozco una sustancia letal, es necesario lazar un dardo, pero es asequible al precio que vos manejáis y mata al instante, sin dejar rastro. Los síntomas hacen que parezca muerte natural, algo del corazón... mañana mismo puedo conseguirla.
- Bien, eso me gusta más. Quiero que sea cuanto antes. He traído el oro conmigo. Está en esa bolsa de ahí.
-¿Está todo?
- Claro, en un solo pago, ya se lo dije.
- Bien, entonces sólo queda un detalle, Ujiyori... -el tipo hizo una pausa y una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro- ... aún no me ha dicho quién será la víctima.
Ujiyori se quedó atónito, como si no comprendiera. De pronto, su expresión cambió, y guardó silencio. Luego, mirando a Harakiri con una sonrisa amarga dijo:
- ¿Ah, no? Vaya, qué descuidado soy -y bebió un trago del sake que tenía ante sí, en la mesa.
- ¿Y bien?
- Bueno, el hombre al que usted tiene que matar baja todos los días a los establos del castillo de su señor una hora antes de amanecer, y allí toma a su pony para ir al bosque. Ése es un buen momento para que le inyecte el veneno: los demás habitantes del castillo aún no se han levantado, y no levantará sospechas. -cuando acabó de decir esto, extrajo un pedazo de papel de entre los pliegues de su kimono
- Vaya, vaya, está bien. De todos modos, me gustaría ver esos establos. ¿Me podéis llevar hasta allí?
- Ésta es la dirección -dijo Ujiyori extendiéndole el pequeño pedazo de papel con algunos ideogramas garabateados en él.- De todos modos, os acompaño...
- ¿No os fiáis de mí?
- Oh, no, no es eso... es que no tengo otra cosa que hacer, y además, ahorraréis tiempo.
- No os conviene que os vean conmigo: alguien puede atar cabos, nunca se sabe...
- Eso no importa -contestó Ujiyori con aire ausente, y añadió- ¿tenéis montura? El lugar queda bastante lejos y no he traído la mía...
***
Entraron al castillo. Habían dejado al semental algunas casas más allá, siempre para no levantar sospechas. Caminaban lentamente, el uno al lado del otro, en absoluto silencio. Cuando ya bajaban los últimos escalones, Ujiyori tomó la última antorcha de la pared sin detenerse. Al doblar el último recodo de la escalera que llevaba a las caballerizas, todo alrededor de ellos era oscuridad.
- Escuchad, Harakiri-sama dijo Ujiyori, empujando con dificultad la pesada puerta de entrada a los establos.
- Me podéis llamar Kiri si queréis, jajajajaja...
- Bien, pues... escuchad, Kiri-sama.- repitió, esta vez ya dentro, al tiempo que prendía una antorcha de la pared.
- ¿Qué?
- Sé que ahora vais a mirar dónde os colocaréis y eso... no me lo digáis, ¿está claro?
- No pensaba.
- Ah.- Ujiyori calló de repente y echó a andar hacia uno de los animales que estaban allí.- Éste es: el pequeño pony manchado con ésta marca en la grupa. Él vendrá de la puerta y llegará hasta su montura, así:- y volvió a la puerta para recorrer otra vez el trecho desde ella hasta el semental, fingiendo ser la víctima.
- Bien.
- ¿Ya lo habéis mirado todo?
- Sí, no necesito mucho tiempo. ¿Hay otra puerta?
- No, sólo el portón por el que salen los caballos -respondió Ujiyori señalándolo
- Perfecto, nos podemos ir.
Ya arriba, Ujiyori metió las manos entre las mangas de su kimono porque no sabía qué hacer con ellas, y dijo, alzando los hombros e inclinando la cabeza:
- Bueno, Kiri-sama... la bolsa está prendida de los fardos de vuestro caballo, así que ya está todo preparado.
- Así es. Quizá nos veamos algún día, Ujiyori. Quién sabe... ¡hasta la próxima!- se despidió el asesino al tiempo que se alejaba.
- Quién sabe, sí... hasta la próxima Kiri- contestó Ujiyori, sin apenas alzar la voz, mientras le observaba desde el escalón de entrada al castillo.
***
Kiri aguardaba en la oscuridad del establo, en medio de un silencio sepulcral apenas roto por las gotas de las paredes al caer al suelo. Debe ser la hora pensó, y justo en ese momento oyó a alguien descender por la escalera. Después, el click sordo del pasador de la puerta, y luego un silencio hasta que vio cómo alguien empujaba con esfuerzo la puerta del establo y encendía la antorcha más próxima. Era Ujiyori. Kiri salió de su escondrijo:
- Pero, ¿qué hacéis aquí? ¡lo estropearéis todo!
- ¿Por qué?
- ¡La víctima debe estar a punto de venir!
- No, Kiri. La víctima soy yo.
A Kiri se le desencajó la mandíbula de repente. No daba crédito a lo que acababa de oír. Pero la naturaleza le había dotado de una gran velocidad de reacción:
- Benditos sean los kami, no señor, no lo haré.
- ¿Qué? -preguntó Ujiyori con un tono entre angustiado y desilusionado. Luego, su gesto se endureció de repente, y dio una patada en el suelo.- ¡que no lo haréis! ¿Y por qué?- aún enfadado, la expresión de Ujiyori era dulce - ¿No os di ayer kokus suficientes? Ayudadme a sepukkarme.
- Que no, en todo caso sepukkaros, y ni siquiera: sería que vos os prestaríais a que yo os asesinara.
- ¡Me da igual!- dijo Ujiyori ofuscado, remangándose las mangas de su kimono- Pinchadme y lo demás, Amateratsu dirá.
- ¡Que no!
- ¡Que sí!
- ¡Que no!
- ¡Que sí! ¡Esto es ridículo! ¿Dónde lo tenéis?- preguntó, abalanzándose sobre Kiri para rebuscar entre los pliegues de sus ropas.
- De ningún modo te la voy a dar.
-¿Pero por qué no quieres matarme?- el tono de voz de Ujiyori era ahora desconsolado.
-¡Me caes bien, hombre!
- ¡Pues vaya con el asesino selectivo!- gritó Ujiyori enfadado. Luego, como si acabara de oír lo que Kiri había dicho, dijo: - ¿De verdad?
- Sí -ambos quedaron en silencio. Luego, Kiri, añadió: Nadie, en quince años de profesión, me había preguntado mi nombre, y mucho menos se había interesado por si quería algo. ¿Por qué quieres morir, Ujiyori-san?
- Mi señor me echó del clan, mi familia me rechaza... y lo peor es que ni mi trabajo en este castillo ni mis relaciones con mis familiares eran gran cosa. Mi vida ha sido aburrida, aburrida, aburrida... he dedicado mis mejores años a estudiar y trabajar, y he vivido entre montañas de papeles que ni si quiera me han interesado jamás. Y nunca nadie me toma en serio, Kiri-san, era el hazmerreír de mis compañeros. Sin señor, sin amigos... mi propio hijo eligió no llevar mi apellido sino el del hermano de su madre. No le encuentro solución a mi existencia. Y lo peor es que ya no me importa.
Ujiyori había ido descendiendo el tono de voz, hasta que la última frase resultó tan sólo un susurro apagado. Volvieron a quedarse los dos en silencio. Kiri resopló, al tiempo que se pasaba la mano por la frente. Al rato, Ujiyori habló:
- Oye, Kiri-san ¿qué haremos ahora?
- Te invito a un sake bien calentito.
Ujiyori no tenía, desde luego, la velocidad de reacción de Kiri, así que se limitó a encogerse de hombros y asentir con pasividad. El hombretón echó a andar hacia la puerta, volviéndose hacia Ujiyori para animarle a seguir. Ujiyori puso un pie delante de otro, sin ningún entusiasmo, de forma completamente mecánica. Kiri alargó el brazo para empujar la pesada puerta del establo y dijo:
- Me llamo Toshiro