"Recuerdos de una misión en el ejército chileno".

 

CAPITULO  IX RENDICIÓN DE LIMA

Intervención de los neutrales.

 Desórdenes en Lima. Los peruanos destruyen sus navíos.

Entrada de los chilenos en Lima.
[........]

CAPÍTULO XI Situación del Perú en 1881.  Medidas tomadas para la permanencia de los chilenos en el Perú. Botín. Situación a mediados de 1883. Conclusión.

CAPÍTULO XII Notas sobre el ejército chileno.  Organización del ejército . Estados Mayores.[.....]  DisciplinaCastigos.




CAPÍTULO IX
RENDICIÓN DE LIMA


Intervención de los neutrales
          " " A las dos de la tarde del día 16, viene Torrico al cuartel general para rendir la ciudad sin condiciones, pidiendo el tiempo necesario para desarmar las fuerzas que se habían refugiado en Lima. se encontraban con él para interponer sus buenos oficios en esta prueba dolorosa y para cuidar de los intereses extranjeros:
1º) Los ministros de Francia e Inglaterra. 
2º) El contraalmirante Bergasse du Petit Thouars, comandante en jefe de la división naval francesa del Pacífico. 
3º) El contralmirante inglés del Triumph. 
4º) El jefe de la división naval italiana. 
        Los chilenos, contenidos por la presencia de estas autoridades, tuvieron una gran moderación y tomaron todas las medidas necesarias para entrar con orden y tranquilidad en la Ciudad de los Reyes, objeto de sus ardientes codicias. 

Desórdenes en Lima.

Después de la derrota de Miraflores, ninguna fracción de las tropas peruanas quedaba constituida. La mayor parte de los soldados tiraban sus armas y sus equipos, y se habían retirado a sus casas, donde nadie los molestaba. Muchos no hicieron más que atravesar Lima para dirigirse hacia el interior del país, pasando por el norte. Se trataba especialmente de los serranos (habitantes de las montañas).
           Algunos jefes militares afectos, viendo que se había perdido toda esperanza de resistencia, y que era urgente evitar todo conflicto con los vencedores ayudaron al alcalde, desarmando las bandas que erraban por la ciudad, en desorden y sin jefes. Pero no pudieron terminar su penosa tarea; y la noche del dieciséis, grupos de soldados hambrientos, desmoralizados e irritados por su derrota, invadieron las pulperías chinas (especie de albergues), situadas alrededor del mercado. Excitados por la bebida, envalentonados por su número, saquearon y quemaron los ricos comercios chinos, situados en la vecindad. Los que quisieron oponerse a la destrucción de sus riquezas fueron masacrados. 
         En este momento crítico, Lima se encontraba sin autoridades, sin policía. Algunos día antes, Piérola había licenciado la guardia urbana. Como en Santiago de Chile esta guardia compuesta de extranjeros organizados en cuerpos, por nacionalidades diferentes, hacían la policía de la ciudad, en ausencia de la tropa. Por lo demás, de un modo permanente, compañías de bomberos, perfectamente adiestradas, están constituidas por estos mismos extranjeros, que rivalizan de celo, y aún de lujo, para mantener sus bombas en buen estado. 
          Los tiros hechos por los miserables que se habían extendido en otros cuarteles pusieron a la ciudad en estado de alerta. El aislamiento y la falta de armas retuvieron a los más resueltos, en sus casas, tanto más que no se podía tener un cómputo exacto de los acontecimientos. 
           Sin embargo, esta situación no podía durar largo tiempo. Arrostrando el peligro, el señor de Champeux(1) antiguo capitán de navío
--------------------------------------------------------
(1) Director del Muelle y de la Dársena, puerto comercial del Callao. Esta elevada situación y su gran valor personal, lo habían designado por los votos de los extranjeros, cuando se trató de nombrar el comandante general de las guardias urbanas.
--------------------------------------------------------

de la marina francesa, llegó desde muy temprano, y con la ayuda de varios hombres valientes, pudo desarmar algunos rezagados. Se reunieron en los apostaderos de las bombas y se dedicaron a apagar los incendios. Otras armas dadas por el alcalde, permitieron constituir sólidas patrullas, que limpiaron las calles de los promotores de los disturbios y de los criminales, después de las ejecuciones necesarias. Los peruanos concurrieron también al restablecimiento del orden. 
          Escenas semejantes produjeron en el Callao severas represalias contra los culpables. 

Los peruanos destruyen sus navíos.

Toda la noche del dieciséis al diecisiete, se oyen detonaciones muy fuertes que provienen de los cañones que se destruyen y de las minas que se hacen estallar. Se ensaya infructuosamente hacer saltar los fuertes del Callao. La corbeta la Unión tienta una salida, que es detenida bien pronto por los torpederos enemigos: encalla en la costa, y su tripulación la abandona después de haberla incendiado. El monitor Atahualpa es hundido cerca del puerto. Los transportes son incendiados o hundidos.

Entrada de los chilenos en Lima.

El general Baquedano, puesto al corriente de los acontecimientos, por el alcalde, reconstruye los regimientos más disciplinados, el Buín, los zapadores, el batallón Bulnes, y dos regimientos de caballería. Estas tropas hacen una entrada tranquila el diecisiete, a las cuatro de la tarde. 
El Bulnes, compuesto de cuerpos de policía de Santiago, está encargado de este servicio en Lima, juntamente con la guardia urbana, que ha sido restablecida. 
          El general Saavedra, inspector general del ejército, toma el título de prefecto de la capital, mientras que el coronel Lynch(1) es nombrado prefecto del Callao, que es ocupado por la primera división. 
-----------------------------------------------------
(1) Es nombrado contralmirante en el siguiente mes de abril.
-----------------------------------------------------
Las otras tropas acampan sucesivamente en los alrededores de Lima.
           La escuadra chilena puede ocupar el surgidero del Callao después de un largo y fastidioso bloqueo. Los torpedos de zinc colocados durante la guerra habían sido puestos fuera de servicio rápidamente, por la acción destructora del agua de mar. 
            El dieciocho por la mañana, Baquedano hizo su entrada sin pompa, con el estado mayor general. En el momento de su llegada a la ciudad, un cierto número de balas silbaron entre el cortejo, hubo como es natural, un poco de emoción. 
            Algunos espíritus excitables creyeron en una tentativa de asesinato contra la persona del general; pero los jinetes de la escolta pueden explicar bien pronto los hechos. Prisioneros de derecho común rompieron las puertas de la prisión Guadalupe, habiéndose apoderado de algunas armas. Los soldados del Buín y los de la guardia urbana los redujeron, después del corto tiroteo que nos había sorprendido. 

Situación del Perú en 1881

En el momento de nuestra partida, el dictador que se había retirado a las cordilleras, lanzaba aún decretos. Se buscaba en Lima la constitución de un gobierno que pudiera tratar con los vencedores. Durante el mes de febrero, los notables eligieron como presidente provisorio al jurisconsulto Calderón. Pero este poder irregularmente fundado no era aprobado por todo el mundo. Nadie veía la solución aceptable, y la enfermedad era general. Piérola no contaba sino con Arequipa, foco de revueltas que voltearon más de una vez al gobierno que asentaba en Lima: el prefecto del Solar, su amigo íntimo, mandaba cinco o seis mil hombres armados, pero no aguerridos. 
            No había que pensar más en la expulsión de los chilenos de la capital. No se podía pensar en inquietar sus destacamentos separados, y forzarlos a quedar agrupados como una
fuerza en las ciudades, haciendo una guerra de partidarios adaptados a la naturaleza montañosa del país. Pero nada fue seriamente emprendido, y las tentativas de esta clase, mal ordenadas, produjeron en abril la ocupación de Cerro de Pasco por el coronel A. Letelíer (10º40' sud, 78º oeste). 
           Mucho antes de esta resolución se había hecho limpiar los alrededores de Lima por pequeñas columnas. El comandante de la reserva, A. Martínez, había ido más allá de la Chicla con setecientos a ochocientos hombres (3.700 metros de altura, a 130 kilómetros del mar). Había dispersado algunas bandas de fugitivos.

Medidas tomadas para la permanencia de los chilenos en el Perú.

Contrariamente a las ideas del general en jefe, el ministro de guerra era del parecer de reducir el ejército presente en el Perú, para evitar los inconvenientes de la aglomeración de tropas ya inútiles por la desaparición del enemigo. Había que temer las enfermedades debidas a los calores de la estación, las que resultan de la permanencia de los soldados en una ciudad, y los conflictos inevitables con los habitantes. 
            Se podría agrupar tropas menos numerosas en cuarteles cerrados, lo que sería ventajoso bajo todo punto de vista. 
           Por lo demás, la mayor parte de los soldados se habían enganchado para el período de hostilidades, con el pensamiento de partir en seguida de los últimos combates librados, para retomar sus trabajos y ocuparse finalmente de sus asuntos personales, en suspenso durante tan largo tiempo. 
            En estas condiciones, la presencia del general en jefe no tenía más la misma importancia a la cabeza de las tropas reducidas. Aprovechó por lo tanto, la autorización de volver con una parte de sus soldados, y volvió a Valparaíso, y después a Santiago; hicieron a los vencedores una acogida triunfal. 
           Se disponía a expedir tres mil hombres para Trujillo (8º lat. sud), en el centro de una rica región, y a otros puntos importantes entre esta ciudad y el Callao. Bien pronto no quedaron más de seis mil hombres acantonados en los alrededores de esta última ciudad y Lima.
            Después de la partida de Baquedano, se impuso una contribución pecuniaria considerable a la capital, para el mantenimiento de las tropas. Pero no fue sin trabajo que se obtuvo el pago de esta suma.

Botín 

En la espera, los chilenos cobraban los derechos de aduana en diversos puertos; obtenían una renta muy importante de la explotación del salitre de la provincia de Tarapacá, y hacían ocupar por el comandante Viel las islas Lobos, ricas en guano (6º25' sud, 83º20' oeste). 
            Los transportes repatriaban los heridos, llevaban las armas tomadas, las municiones, las colecciones del Museo de Artillería, las máquinas de la fábrica de pólvora; en una palabra, todo lo que tuviera algún valor. 
            Se habían recogido cerca de 15.000 fusiles, principalmente los Peabody, cuyo largo alcance asombró a los asaltantes; 1.500 mecanismos Remington; seis millones de cartuchos de diversos modelos; 120 cañones de campaña y montaña; cerca de cien cañones de posición, de los calibres de 32 a 1.000. Recordamos aquí los siete millones de soles papel (valiendo más o menos 2.500.000 francos) tomados a bordo de una nave, por el coronel Lynch, durante su expedición al norte del Perú. 

Situación a mediados de 1883.
             Desde el mes de febrero de 1881 no fue posible constituir un gobierno capaz de tratar con los vencedores. Piérola, que tenía la montaña con Montoneras, no obtuvo otro resultado que inquietar a destacamentos aislados, del enemigo. Parece que no hubo esfuerzos vigorosos bien con- certados. En general, las bandas de partidarios no ofrecieron una resistencia seria a las fuerzas chilenas enviadas contra ellas. 
             El Perú es tan grande, para una población relativamente poco numerosa y especialmente poco homogénea, que es por decir así imposible entender una corriente de ideas universal y duradera en favor de una lucha sin cuartel. 
             Los habitantes de la montaña o de las mesetas no sienten una solidaridad suficiente con los de la costa, que apenas conocen. Por otra parte, el origen común español para el Perú y Chile, disminuye en ciertas regiones, el odio que se puede tener contra de los vencedores. No hay que olvidar tampoco que en diversos períodos de la historia contemporánea, los chilenos vinieron al Perú, ya sea como aliados contra la metrópoli, o como sostén de uno de los partidos en lucha. La costumbre de revoluciones internas, mantiene aún mejor entre los diversos personajes importantes, un antagonismo que hace enteramente difícil una solución pacífica. 
              Hemos recordado ya, las tentativas inútiles para retomar las negociaciones, como las de Arica. 
              El presidente Calderón ha sido llevado como prisionero a Chile por haber querido firmar con extranjeros, tratados contrarios a los intereses chilenos. 
               Iglesias, el antiguo ministro de guerra de Piérola, es reconocido por un congreso que asienta en Cajamarca en el norte. Está dispuesto a tratar con los chilenos, discutiendo las bases siguientes :
1º) Pago de una indemnización de guerra de cien millones de francos más o menos. 
2º) Cesión de la provincia de Tarapacá.
3º) Cesión condicional de los territorios de Tacna y de Arica.
             Al cabo de diez años un voto de la población decidirá para quien debe quedar la posesión. 
            El congreso reunido en Arequipa, villa natal de Calderón, tanto como de Piérola, continúa reconociendo al primero como jefe supremo. 
            En su ausencia se acepta la autoridad de Cáceres y la de Montero, el antiguo jefe de Tacna y Arica. 
En Lima, donde mucho se sufre por la ocupación prolongada, sin esperanzas de liberación, se está deseoso de hacer la paz sobre la base del tratado Iglesias, obteniendo el entendimiento entre los dos partidos opuestos. 
            Mientras hubo algunas probabilidades de éxito, antes de la entrada del enemigo a Lima, no se podía condenar absolutamente la resolución de luchar hasta el fin. Ahora que está hecha la prueba de la imposibilidad de expulsar al extranjero con las armas en la mano, es urgente obtener su partida aún al precio de sacrificios considerables. 
             El país es tan extenso, los recursos naturales son tan grandes y tan variados, no obstante la pérdida de Tarapacá con sus minas inagotables de salitre, que un cierto período de paz y de trabajo puede dar al país una prosperidad duradera.

Conclusión.

La Guerra del Pacífico ha revelado un pueblo guerrero, el de Chile, cuya opinión ha estado constantemente en favor de la continuación de la lucha y de la expedición contra Lima. Los hombres están habituados a soportar grandes fatigas, por la naturaleza de sus ocupaciones (agricultura, minas, comercio maritimo). La cría del caballo, muy extendida, hace que se encuentren un gran número de buenos jinetes. 
            Reina en toda la nación un sentimiento profundo de la superioridad de la raza, de las costumbres, y de la organización, sobre las de sus vecinos del norte. 
            Todos están orgullosos de su país, que marcha desde largo tiempo por las vías del progreso, no obstante la desigualdad real de clases. Ahora su orgullo está sobreexcitado. Desde hace varios años el poder se transmite regularmente entre las manos de presidentes civiles. Aunque siempre continuando a limitar la influencia militar, el gobierno conservará ciertamente un ejército más numeroso y lo perfeccionará. 
              La marina, ya suficiente, debe ser notablemente reforzada. Fundando en Talcahuano (35º50' sud) un arsenal marítimo, se dará a esta marina un centro de reparación y un abrigo, que le faltan en la actualidad. El mayor puerto de comercio del país, Valparaíso, se encuentra defendido por un conjunto importante de fuertes armados de grandes cañones, algunos de los últimos modelos. El gobierno, que había tomado todas las responsabilidades (a veces aún desde el punto de vista técnico) obtiene una gran fuerza en el éxito de sus medidas, y esta fuerza garantiza al país contra todas las eventualidades a temer de parte de soldados victoriosos en una zona de origen español. 
              En suma, se está en presencia de una nación con la que tienen que contar las naciones extranjeras. Las costas son vulnerables y permiten a una potencia marítima el vengar una injuria pero una guerra seria, resultaría larga, difícil, costosa, sin resultados bien útiles, y sería posible solamente, si hubiese de ser, para Francia e Inglaterra.

CAPÍTULO XII
NOTAS SOBRE EL EJÉRCITO CHILENO.


Organización del Ejército

            Al comienzo de la guerra, existían cinco regimientos de línea y un regimiento de ingeniería "los zapadores". Pero durante la última campaña, este regimiento sólo tuvo que hacer algunos trabajos sin importancia para los movimientos de la artillería (puentecillos, llenamientos de fosos, descombramiento, etc.). En realidad, los zapadores funcionaban como soldados de línea. El resto de las tropas se componía de regimientos de batallones de guardia nacional movilizada, mandados habitualmente por oficiales del ejército regular. El primer regimiento de línea es lo más habitualmente designado por el nombre de Buín, recordando un combate en el puente de ese nombre. El último, llamado el Santiago, no tiene número de orden. Las otras unidades llevan generalmente el nombre de la provincia o de la ciudad que los ha formado. Por excepción, el nombre de Esmeralda es el del navío hundido después de una gloriosa lucha; Bulnes, es el nombre de un antiguo presidente de Chile; los marineros de Valparaíso habían tomado parte en el batallón naval. Los nombres de Lautaro y Caupolicán recordaban dos héroes araucanos del siglo XVI. Los regimientos que combaten uno al lado del otro se llaman primos.

Estados Mayores.

         Mientras que el Perú y Bolivia tienen estados mayores innumerables, Chile se distingue por el pequeño número de sus oficiales superiores. Antes de la guerra, no había más que tres generales en actividad; más tarde se nombraron otros tres. En cuanto a los coroneles, había solamente doce, empleados como jefes de estado mayor o comandantes de brigada; de modo que los regimientos no tenían a su cabeza más que tenientes coroneles a los que se llamaba comandantes. Los dos batallones del regimiento son mandados por otros oficiales superiores (teniente coronel y sargento mayor [mayor] ). Lo más a menudo los dos son de este último grado. 
[.............]

        En tiempo de paz, las tropas regulares tenían su guarnición principalmente en Santiago y en Valparaíso. Suministraban el personal de los puestos fronterizos de la Araucanía y el de las columnas expedicionarias contra los treinta o cuarenta mil habitantes independientes de esta zona. 
         Esta guerra es muy penosa; pues los adversarios, aunque poco numerosos, y por decir así, armados de simples lanzas, son excelentes jinetes e intrépidos soldados. 
[...........]
         El límite de la parte independiente retrocede cada día ante los esfuerzos continuos de Chile. Pero es un espectáculo interesante el que constituye un puñado de salvajes resistiendo heroicamente a una nación relativamente potente y civilizada. Esta existencia muy dura, es a menudo peligrosa en la frontera, y no se ha hecho para humanizar a los soldados chilenos. Sin embargo el fondo de su carácter es bastante jovial y a menudo suave. Después de escenas horribles, y una vez que la rabia se hubo saciado, hemos visto a estos hombres el ser más bien obsequiosos para con los prisioneros que habían hecho, aunque es verdad, de mala gana. No faltan bufones (payasos o pallasos) que se encargan de distraer a sus compañeros. 
              En el momento de la partida de la primera división, se preparaban en la plaza de Pisco una fiesta de gimnasia, con cantos y juegos diversos, fiesta cuyos actores eran soldados de la brigada de Gana. En algunos regimientos, los hombres provenían de una población agrícola, y disponían con gusto sus campamentos durante los paseos, con jardines improvisados. Pero si en muchos casos se podía creer que uno estaba en presencia de tropas comparables a las buenas tropas europeas, muchas veces, por el contrario, se encontraban soldados mal vestidos y poco disciplinados.
               Muchos oficiales hablan hecho anteriormente su educación militar en Francia, y frecuentemente los oficiales superiores habían tenido largas misiones en Europa. Con la ayuda de oficiales franceses, se había fundado una escuela militar en Santiago, donde son también recibidos los jóvenes que se destinan a la marina (pero estos últimos completan su instrucción en un navío especial). 
              La mayor parte de los oficiales de la guardia nacional, que no habían prestado nunca servicios en el ejército antes de la guerra, debieron hacer su educación en Antofagasta, y más tarde en Iquique, al mismo tiempo que los oficiales regulares, hacían la de sus hombres. 

[................]
Disciplina
Castigos 

La disciplina es muy variable de un regimiento a otro. Sin embargo, en la división Villagrán parecía ser mantenida severamente, y el orden reinaba durante su estada en Pisco. Se había inspirado a los soldados el respeto por sus jefes. Por ejemplo, entrando un día de descanso en el cuartel de artillería mientras los soldados estaban acomodando sus pertenencias, los hemos visto levantarse y colocarse en fila hasta que un oficial les decía que se sentaran otra vez. 
Numerosos centinelas estaban distribuidos alrededor de los cercados. Sentados en sillas, se levantaban al paso de los oficiales y saludaban. 
          Por la noche en vez de gritar Alerta como en los países españoles, los centinelas golpean a ciertas horas sobre la culata de su fusil, y este ruido se continúa poco a poco hasta la última estación. 
           Los soldados no salen jamás de sus acantonamientos, aún fuera de las horas de ejercicio. Los oficiales no podían alejarse, y por la noche, después de las ocho y media, nadie circulaba sin autorización. 
           El domingo, los soldados con su vestimenta adecuada, recorrían la ciudad para hacer sus compras, reunidos en grupos y conducidos por un sargento o un oficial. Los vendedores de bebidas tenían prohibido darles de beber, salvo con la presencia de un oficial. 
           El coronel Toro Herrera, hombre de luces, descendiente de una noble familia española, se había encargado de la policía de la ciudad. Escuchaba con atención los reclamos de los habitantes. No dudaba en hacer justicia y castigar a los culpables cuando las pruebas eran suficientes. 
El coronel Gana continuó con esta tradición. Esto no fue general, y podríamos citar demasiados ejemplos de lo contrario, en Lurín, en Chorrillos, en Barranco y en Miraflores. 
            Muchos oficiales improvisados no, se atrevían a castigar, y hacia el fin de la campaña, hechos dignos de la corte marcial, pasaban inadvertidas: " ¡Habría demasiados!", decía un general. Otros jefes veían con complacencia el espíritu indómito de los soldados venidos del interior de las provincias de la montaña: labradores apenas pulidos (huasos) o mineros extraños. 
            Después del desembarco en Lurín, hubo durante los primeros días, un gran relajamiento. Sin embargo, algunos regimientos, como el Buín, el Esmeralda, etc., mantuvieron sus buenas tradiciones. La disciplina dejaba mucho que desear después de las batallas. Hubo demasiados hombres ebrios y dispersos.
            En general, había bastante abandono por parte de los oficiales, cuya instrucción militar era por lo tanto incompleta. La mayoría, arrancados bruscamente de sus ocupaciones de mineros, agricultores, hombres de negocios, aportaban en la conducción de sus soldados las cualidades y los defectos que tenían para la dirección de sus obreros en tiempo de paz. Los mineros mostraban tal vez mayor energía: la vida aventurera en el desierto forja más fuertemente los caracteres.
             Algunos, para hacerse obedecer, tuvieron que utilizar el sable, ya sea golpeando de plano, ya sea, utilizando la punta. Nos citaron casos, de muerte que se siguieron, a su utilización en estas formas. 

Castigos: Los castigos de los soldados comprenden: 
1º) En doblar el servicio, guardias suplementarias.
2º) Los cepos de campaña (cepo es el equivalente de nuestra vieja palabra ceps, hierros, trabas). El soldado, puesto en cuclillas, apoya el mentón cerca de las rodillas, los brazos plegados descienden por fuera de los muslos, las manos se ligan, y recibe un fusil entre las corvas y las sangraduras de los brazos; queda en esta posición de una a dos horas. 
3º) La prisión con un centinela en la puerta. 
4º) Bastonazos. El soldado se extiende boca abajo, apareciendo al desnudo la parte donde debe recibir los golpes con bastones elásticos.
              Un capitán puede hacer dar veinte bastonazos (palos).El teniente o el subteniente no puede ordenar este castigo, sin la autorización del capitán. En todos los casos se debe dar cuenta al sargento mayor. 
5º) Reducción de grado o de clase (se puede hacer descender de una vez, de sargento hasta último soldado). 
6º) Finalmente, pero rara vez, se fusila. ""

 

          **************************


 

 
Hosted by www.Geocities.ws

1