CAPÍTULO
IV
Bombardeos
CAPÍTULO VI
Campamento de Lurín.
Composición del ejército.
Recursos.
Reconocimientos.
CAPÍTULO VII
Fin de la batalla.
Pérdidas .
Utilización relativa de las tres armas.
Incendio de Chorrillos.
Franquicias ofrecidas a los vencidos.
Entrevista de los ministros extranjeros con
Baquedano.Tregua de un día.
Acción de los neutrales.
Los soldados peruanos hacen fuego sobre
Baquedano. CAPÍTULO VIII
BATALLA DE MIRAFLORES
(15 DE ENERO)
Situación crítica de los chilenos .
Ejército en desorden.
Éxito de la
división Lagos.
Derrota de los peruanos.
Pérdidas.
Llegada de los oficiales neutrales al cuartel general.
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CAPÍTULO
IV
Bombardeos
"" La escuadra chilena bombardeó varias veces el Callao, cuya población, había emigrado a Lima, en gran parte.
Pero hubo pocos daños causados por los obuses enemigos. Los navíos del bloqueo se mantenían generalmente a seis mil metros más o menos, de la costa, es decir, fuera del alcance de los cañones más grandes de
la defensa y de la zona de los torpedos anclados en la rada. Además, no podían tirar sino con algunas piezas en barbeta, muy poco numerosas para concentrar muchos proyectiles en un punto
determinado. Los incendios eran por lo demás rápidamente extinguidos por las compañías de bomberos establecidas permanentemente en el arrabal de Bellavista.
Más habitualmente los disparos eran dirigidos hacia el puerto comercial, donde permanecían los buques peruanos. La Unión, bien protegida por sacos de tierra amontonados en los diques, tuvo sin embargo, una caldera averiada. Algunas naves de madera sin ningún valor y dos pequeños remolcadores fueron hundidos. Cuando el Huáscar se acercó demasiado, fue alcanzado en las obras vivas, pero sin gravedad.
Después de la pérdida de sus dos navíos, los chilenos quisieron vengarse de lo que consideraban como un atentado. Piden que se les entreguen en veinticuatro horas, el Rimac y la Unión, en caso contrario, bombardearían los puertos vecinos. El pedido fue rechazado por los peruanos, como era fácil de preveer, y ante ello, el Cochrane, abre el fuego el 22 de
septiembre a medio día contra las casas de Chorrillos. Los primeros disparos dan en el blanco. Pero, los cañones instalados en la costa durante la noche, lo alcanzan y lo hacen alejarse para disparar por encima del Morro del Fraile. Los blancos resultan inciertos. Los ochenta y dos proyectiles utilizados, no producen sino daños insignificantes.
A la mañana siguiente, el Blanco, con 152 obuses demolió e incendió algunas casas en Ancón: el mismo día, veintitrés, el Pilcomayo disparó sesenta cañonazos sobre Chancay sin gran resultado.
El 6 de diciembre, un torpedero chileno, alcanzado por una bala de cañón, se hunde mientras se produce un entrevero entre varios torpederos chilenos con buques peruanos. Las balas caen entre los navíos neutrales, que deben alejarse aún más y anclar a cinco millas del Callao.
Algunos días más tarde, el 1 1 de diciembre, hubo un nuevo cañoneo donde se encontraron los mismos adversarios.
Los capitanes de las pequeñas naves peruanas mostraron una intrepidez y una cierta habilidad en las maniobras, cosa que tuvo la aprobación de todos los marinos extranjeros testigos de este brillante torneo, pero de todos modos, estéril en sus resultados; las tripulaciones interesadas en el espectáculo, se habían agrupado en los mástiles.
[..........]
CAPÍTULO VI
Campamento de Lurín
Composición del ejército
El 28 de diciembre, el ejército chileno expedicionario, se encontró reunido en el valle de Lurín, alojándose en cabañas de follaje de un agradable aspecto.
Se componía de 24.000 hombres más o menos, de los que mil cien eran de caballería y cerca de mil cuatrocientos artilleros, sin contar el tren, ni las ambulancias, donde fueron llevados los chinos para hacer la prestación de servicios.
[..........]
Recursos
La caña de azúcar proporcionaba un forraje muy suficiente, y tanto más apreciado que es casi tal vez el único alimento del que se
dispone para los animales. Algunas razzias en la parte alta del valle procuran bastante cantidad de ganado escondido en matorrales casi impenetrables.
El agua circula en abundancia por todas partes, por medio de canales alimentados por el río.
Se trata de reorganizar las tropas, de perfeccionar la instrucción militar, y de completar las municiones que los soldados han tirado o perdido.
Las mulas venidas con la brigada Lynch fueron de gran utilidad para llevar a Lurín los víveres y municiones que se desembarcan en las caletas (pequeñas bahías) de Curayaco y de Jaguay.
En los primeros días no se tenían más que cien, que fueron fatigadas por el excesivo trabajo. Con este refuerzo y otras diversas llega- das, se llegó a la cifra de ochocientos, apenas suficiente.
Reconocimientos
Se exploran los diversos caminos que llevan al valle en la vecindad de Lima, ya sea con la caballería solamente, o ya con la caballería y la infantería montada; en dos reconocimientos con cañón, la llegada cerca de las líneas peruanas dio lugar a un intercambio de tiros de cañón.
La Magallanes, con los jefes de la primera y tercera divisiones (Lynch y Lagos), recorre la costa hasta Chorrillos.
El coronel Barbosa, llevando dos mil hombres y cuatro cañones, efectúa el nueve, un reconocimiento ofensivo, por el camino más al este, hasta la Rinconada . Los defensores poco numerosos no ofrecen más que una resistencia insignificante y dejan entrar fácilmente en sus líneas. Bombas automáticas que estallaban bien por delante de las posiciones, hieren pero sin gravedad, algunos soldados chilenos.
El río que se pasaba por un hermoso puente suspendido que había quedado intacto, indica, salvo en la desembocadura, la separación entre la hierba y el desierto. Por el norte no se ven más que colinas de arena con pico redondeado ("cerros"), dejando entre ellas llanuras estériles, hasta la línea que pasa por Villa, San Juan, Tebes, la Molina.
La playa ofrece un camino bastante bueno, plano sobre arena húmeda. Los otros caminos no son más que rastros que se dirigen entre las colinas, según el capricho de los viajeros.
Los últimos morros limitan por el sudeste la magnífica llanura del Rimac, que desciende hasta el borde del mar, sobre la bahía del Callao. Pero al Sud, el mar siempre con su marejada, que se llama el mar salvaje, ha roído las tierras de aluvión y producido barrancas verticales cuya altura sólo en la punta del Callao, se eleva progresivamente hasta sesenta metros cuando uno se acerca a Chorrillos.
Estas riveras escarpadas están cortadas por barrancos profundos, llamados "Barrancas", que hacían comunicar la meseta con la playa muy estrecha.
Por delante de Lima, situada en el centro de la llanura, y sobre el Rimac, se encontraban dos líneas defendidas por 75.000 hombres, más o menos organizados, pero sin gran instrucción militar.
El espionaje, bastante fácil no había indicado exactamente a los chilenos, acerca de las fuerzas defensivas de sus enemigos. Los residentes mismos no sabían mucho más. Por un va y ven continuo de tropas, Piérola impedía al público darse cuenta del efectivo real. Creemos que ciertas autoridades chilenas tuvieron sin embargo una idea aproximada de la verdadera situación. Hacia los últimos días de diciembre, una opinión bastante acreditada en el campo chileno le hacía disponer de 50.000 hombres armados, cuya mitad eran tropas regulares, y trescientos cañones colocados en los alrededores de Lima o en la ciudad misma. Esta apreciación muy exagerada disminuye algo la confianza universal en los resultados de la lucha. Por lo demás, como sucede en toda multitud, los sentimientos muy móviles, pasaban, sin razón aparente, por las fases más diversas. Sin embargo, el deseo de llegar a Lima, donde los soldados pensaban encontrar todos los goces, la perspectiva del fin de las miserias sufridas en medio de las arenas ardientes; el desprecio de sus adversarios, todo les hacía esperar el éxito.
[.......]
CAPÍTULO VII
Fin de la batalla
Los últimos tiros de fusil son disparados al Morro del Fraile, donde cerca de dos mil hombres, que tenían la retirada cortada, sostienen hasta las dos horas, los ataques de las diversas fuerzas dueñas de las alturas.
La batalla cesa entonces.
No se pensó en seguir durante más largo tiempo a los que huían. Las líneas de Miraflores estaban
intactas; las tropas no habían comido nada desde la víspera, sí no era más que un poco de bizcocho y de charqui (correhuelas de carne secadas al sol). Una noche sin sueño, después de un largo camino sobre la arena, seguido de un día de combate en terreno, difícil, bajo un sol de los trópicos, había abatido a las fuerzas. Las tropas acamparon en los lugares que ocupaban al fin de la batalla; la división Lynch al pie del Morro Solar. Hubo que reunir a los dispersos errantes por los campos y en la ciudad (ruda tarea que no se pudo cumplir), y recoger los heridos distribuidos en una extensión de treinta
kilómetros cuadrados.
Pérdidas
Se conocen poco las pérdidas de este día. Los chilenos debieron tener 2.500 muertos o heridos, y los peruanos alrededor de 5.000 hombres fuera de combate (se ha dicho que hasta 8.000); en estos últimos la proporción de los muertos era mucho mayor que en los vencedores. Pero no se podrá tener jamás la cifra exacta, Hubo 1.700 prisioneros más o menos, provenientes en la mayor parte del Morro del Fraile.
Los peruanos tuvieron tres generales heridos, ocho coroneles muertos y cuatro heridos. Entre los prisioneros, hemos visto al ministro de guerra, Iglesias, el coronel Piérola (hermano del dictador), herido en la mano, y otros diez coroneles. No hay que perder de vista que en el Perú, el número de coroneles es considerable.
Utilización relativa de las tres armas
Los dos tercios del ejército chileno habían entrado en línea, para combatir seriamente. Algunos regimientos chilenos, el Buin
especialmente, dieron prueba de un brío muy notable (empuje), avanzando resueltamente sobre un terreno enteramente descubierto, bajo un fuego terrible, y en medio de numerosas minas automáticas.
Los numerosos muros que separaban las propiedades cultivadas, hicieron limitar el uso de la caballería a dos cargas, contra tropas desbandadas.
Cincuenta y cuatro cañones chilenos sirvieron, pero muy desigualmente. Una brigada de once piezas de montaña disparó 1.300 tiros. Otras menos de diez por pieza. En ciertos fuegos de batería, se veían llegar las balas, bien agrupadas cerca del blanco (son los oficiales los que apuntan). El efecto material no fue sin embargo bastante grande. Así por ejemplo, en la batería 0, expuesta a un fuego violento, una sola pieza fue alcanzada.
Incendio de Chorrillos
La lucha sostenida en Chorrillos fue fatal a esta hermosa ciudad,(1) no obstante los esfuerzos del general en jefe, que se instaló en el centro del más hermoso barrio, en el espléndido hotel de un antiguo presidente del Perú. Piquetes de caballería ensayan el hacer salir de la ciudad los muy numerosos soldados dispersos, después de la victoria, pero es en vano.
El incendio que nadie pudo combatir, se extiende con rapidez en medio de construcciones débiles y secas. De la terraza del cuartel general, veíamos las llamas empujadas por la brisa del mar, avanzar como olas al asalto de
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(1) Chorrillos es el Trouville del Perú. Durante la estación cálida (enero-abril), los ricos habitantes de Lima viven en verdaderos palacios.
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nuestra casa; se llega a saber que se encuentran en la vecindad depósitos de cartuchos y obuses. No hay más que dudar. A las ocho y media de la noche, volvemos a subir a caballo no obstante que la fatiga agobia, y seguimos al general en jefe para buscar otro asilo hacía el lado del campo. Es un espectáculo terrible que quedará profundamente grabado en la memoria de todos aquellos que lo han visto. Las casas abrasadas se derrumban con gran ruido, echando luz sobre los montones de cadáveres a mitad carbonizados.
Se oye a veces silbar en el cortejo balas enviadas al azar por soldados errantes.
Durante toda la noche repercuten los tiros. Los cartuchos diseminados en las casas, crepitan; los obuses estallan en medio de los braseros; se diría que se trata de una nueva batalla.
Tres días después, todavía duraba el incendio, devorando los últimos grupos de construcciones. Quedaban sólo dos o tres hermosas casas aisladas. Una de ellas, propiedad francesa, fue salvada al precio de constantes esfuerzos y gracias a la ayuda amigable de los jefes chilenos.
Franquicias ofrecidas a los vencidos
El general en jefe, teniendo la batalla como decisiva, y queriendo evitar a los peruanos, la amargura de los primeros pasos, manda, desde el catorce por la mañana, ofrecer a Piérola el negociar la paz.
El diputado Errázuriz, secretario del ministro de guerra, parte acompañado del ministro peruano prisionero. Debe declarar que el honor del Perú está, salvo después de un día tan fuertemente disputado, y llamar la atención sobre la necesidad de evitar a Lima la suerte corrida por Chorrillos. Piérola que se encontraba entonces en Miraflores, no quiso recibir sino un enviado provisto de plenos poderes para tratar. Era un rechazo disfrazado.
Durante este tiempo la primera división se coloca por delante de Chorrillos y la tercera a la entrada de Barranco. La segunda división se queda cerca de la ciudad, el regimiento "Esmeralda" ocupa el hospital lleno de heridos y prisioneros. Con la ayuda de los chinos, se
continúa la búsqueda de heridos y la inhumación y cremación de los muertos, pero, aún varios días después, tanto en Chorrillos como en Miraflores, quedan a pleno sol animales muertos y aún cadáveres humanos, exhalando un olor fétido y sofocante.
Entrevista de los ministros extranjeros con
Baquedano.
Tregua de un día
En la media noche del catorce al quince, llegan al cuartel general dos oficiales neutrales agregados de
embajadas en el ejército peruano(1). Llevan una carta del cuerpo diplomático, pidiendo una entrevista al general en jefe. El quince, a las siete de la mañana, un tren especial trae a Chorrillos los ministros de Francia y de Inglaterra, con su decano, el ministro de San Salvador. Los tres son conduci-
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( 1) Bastante después de la partida de los oficiales neutrales para el campo chileno, se había enviado, con el mismo título, a los oficiales de las mismas naciones en el ejército peruano. Los alemanes se abstuvieron también esta vez. El oficial francés designado para llenar esta misión era el teniente de navío M. de Ratomski, del aviso el
"Hussard".
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dos a la tienda de Baquedano, entre Chorrillos y San Juan.
Viniendo a pedir garantías para los bienes y personas de los neutrales, los ministros indican al mismo tiempo la posibilidad de abrir nuevas negociaciones para tratar la paz. Se discuten las bases de un armisticio por el cual el general chileno pide la entrega del Callao y de los navíos peruanos que se encuentran todavía en él; acuerda, mientras tanto, una tregua hasta la medianoche siguiente.
Se compromete a no comenzar las hostilidades, conservando la libertad de hacer ejecutar tales cuales movimientos que juzgue convenientes para colocar tropas. Los ministros vuelven al campo peruano, y Baquedano toma entonces las siguientes disposiciones:
Colocación de las tropas
[...........]
Acción de los neutrales
En estos últimos días, antes del ataque de Chorrillos, el contralmirante Bergasse du Petit-Thouars, comandante en jefe de la división naval del Pacífico, el contralmirante inglés y el comandante de la división naval italiana, se habían establecido en Lima, con algunos marinos, para vigilar por sí mismos la protección de sus connacionales(1). Su presencia ayu-
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(1) En la región comprendiendo Lima y el Callao, hay más o menos 25.000 extranjeros, de los que 3.000 son alemanes, 2.000 ingleses, 500 americanos del norte, 2.800 franceses y 17.000 italianos.
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daría considerablemente la acción de sus ministros durante los dramáticos acontecimientos que se sucederían rápidamente.
El mismo día de la tregua, los ministros y almirantes extranjeros se habían
dirigido a Miraflores, junto a Piérola, para comprometerlo a tratar, y el dictador después de haberse
mostrado completamente decidido a luchar hasta el último extremo, parecía dispuesto a ceder a los consejos de todos, y más especialmente a los argumentos del almirante du Petit-Thouars, al que la opinión pública atribuía un gran crédito cerca del jefe supremo.
Los soldados peruanos hacen fuego sobre Baquedano
A las dos horas, todos estaban reunidos alrededor de la mesa presidencial, para hacer "las once" (el lunch), cuando un incidente imprevisto apuró la marcha de los acontecimientos y les dio un sangriento desenlace.
Repentinamente, hacia las dos horas, numerosos disparos de armas de fuego tiradas sobre el grupo los obligan a una retirada rápida. Nadie fue alcanzado, pero el fuego se hizo más nutrido, y las balas comienzan a caer. Las primeras líneas chilenas tomadas de improviso responden bastante prontamente, del mismo modo que la artillería.
Los ministros y los almirantes neutrales debieron dejar la ciudad donde llovían los proyectiles chilenos y retirarse a pie, a través del campo, corriendo verdaderos peligros, hasta Lima, donde corrió la voz de que había sido muerto el almirante inglés. Los navíos neutrales recibieron las noticias más diversas, y se mantuvieron en zafarrancho de combate
prestos a todo acontecimiento.
Los chilenos habían creído que el ataque había sido premeditado por Piérola. En cuanto a nosotros, creemos, que como sucede a menudo en la guerra, la batalla se comenzó fortuitamente. Baquedano tuvo la temeridad de acercarse demasiado a las
líneas enemigas, lo que le hizo notar un general, en el momento mismo. La vista de un numeroso grupo de oficiales debió tentar a algunos soldados, o más bien, estos últimos creían que se trataba de un ataque. No hay que olvidar que el ejército peruano contaba con un gran número de cholos a medio civilizar. Por lo demás, este ejército no era capaz de tomar la ofensiva.
CAPÍTULO VIII
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Bombardeos
La escuadra chilena bombardeó varias veces el Callao, cuya población, había emigrado a Lima, en gran parte.
Pero hubo pocos daños causados por los obuses enemigos. Los navíos del bloqueo se mantenían generalmente a seis mil metros más o menos, de la costa, es decir, fuera del alcance de los cañones más grandes de la, defensa y de la zona de los torpedos anclados en la rada. Además, no podían tirar sino con algunas piezas en barbeta, muy poco numerosas para concentrar muchos proyectiles en un punto
determinado. Los incendios eran por lo demás rápidamente extinguidos por las compañías de bomberos establecidas permanentemente en el arrabal de Bellavista.
Más habitualmente los disparos eran dirigidos hacia el puerto comercial, donde permanecían los buques peruanos. La Unión, bien protegida por sacos de tierra amontonados en los diques, tuvo sin embargo, una caldera averiada. Algunas naves de madera sin ningún valor y dos pequeños remolcadores fueron hundidos. Cuando el Huáscar se acercó demasiado, fue alcanzado en las obras vivas, pero sin gravedad.
Después de la pérdida de sus dos navíos, los chilenos quisieron vengarse de lo que consideraban como un atentado. Piden que se les entreguen en veinticuatro horas, el Rimac y la Unión, en caso contrario, bombardearían los puertos vecinos. El pedido fue rechazado por los peruanos, como era fácil de preveer, y ante ello, el Cochrane, abre el fuego el 22 de setiembre a medio día contra las casas de Chorrillos. Los primeros disparos dan en el blanco. Pero, los cañones instalados en la costa durante la noche, lo alcanzan y lo hacen alejarse para disparar por encima del Morro del Fraile. Los blancos resultan inciertos. Los ochenta y dos proyectiles utilizados, no producen sino daños insignificantes.
A la mañana siguiente, el Blanco, con 152 obuses demolió e incendió algunas casas en Ancón: el mismo día, veintitrés, el Pilcomayo disparó sesenta cañonazos sobre Chancay sin gran resultado.
El 6 de diciembre, un torpedero chileno, alcanzado por una bala de cañón, se hunde mientras se produce un entrevero entre varios torpederos chilenos con buques peruanos. Las balas caen entre los navíos neutrales, que deben alejarse aún más y anclar a cinco millas del Callao.
Algunos días más tarde, el 1 1 de diciembre, hubo un nuevo cañoneo donde se encontraron los mismos adversarios.
Los capitanes de las pequeñas naves peruanas mostraron una intrepidez y una cierta habilidad en las maniobras, cosa que tuvo la aprobación de todos los marinos extranjeros testigos de este brillante torneo, pero de todos modos, estéril en sus resultados; las tripulaciones interesadas en el espectáculo, se habían agrupado en los mástiles.
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Campamento de Lurín
Composición del ejército
El 28 de diciembre, el ejército chileno expedicionario, se encontró reunido en el valle de Lurín, alojándose en cabañas de follaje de un agradable aspecto.
Se componía de 24.000 hombres más o menos, de los que mil cien eran de caballería y cerca de mil cuatrocientos artilleros, sin contar el tren, ni las ambulancias, donde fueron llevados los chinos para hacer la prestación de servicios.
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Recursos
La caña de azúcar proporcionaba un forraje muy suficiente, y tanto más apreciado que es casi tal vez el único alimento del que se
dispone para los animales. Algunas razzias en la parte alta del valle procuran bastante cantidad de ganado escondido en matorrales casi impenetrables.
El agua circula en abundancia por todas partes, por medio de canales alimentados por el río.
Se trata de reorganizar las tropas, de perfeccionar la instrucción militar, y de completar las municiones que los soldados han tirado o perdido.
Las mulas venidas con la brigada Lynch fueron de gran utilidad para llevar a Lurín los víveres y municiones que se desembarcan en las caletas (pequeñas bahías) de Curayaco y de Jaguay.
En los primeros días no se tenían más que cien, que fueron fatigadas por el excesivo trabajo. Con este refuerzo y otras diversas
llegadas, se llegó a la cifra de ochocientos, apenas suficiente.
Reconocimientos
Se exploran los diversos caminos que llevan al valle en la vecindad de Lima, ya sea con la caballería solamente, o ya con la caballería y la infantería montada; en dos reconocimientos con cañón, la llegada cerca de las líneas peruanas dio lugar a un intercambio de tiros de cañón.
La Magallanes, con los jefes de la primera y tercera divisiones (Lynch y Lagos), recorre la costa hasta Chorrillos.
El coronel Barbosa, llevando dos mil hombres y cuatro cañones, efectúa el nueve, un reconocimiento ofensivo, por el camino más al este, hasta la Rinconada . Los defensores poco numerosos no ofrecen más que una resistencia insignificante y dejan entrar fácilmente en sus líneas. Bombas automáticas que estallaban bien por delante de las posiciones, hieren pero sin gravedad, algunos soldados chilenos.
El río que se pasaba por un hermoso puente suspendido que había quedado intacto, indica, salvo en la desembocadura, la separación entre la hierba y el desierto. Por el norte no se ven más que colinas de arena con pico redondeado ("cerros"), dejando entre ellas llanuras estériles, hasta la línea que pasa por Villa, San Juan, Tebes, la Molina.
La playa ofrece un camino bastante bueno, plano sobre arena húmeda. Los otros caminos no son más que rastros que se dirigen entre las colinas, según el capricho de los viajeros.
Los últimos morros limitan por el sudeste la magnífica llanura del Rimac, que desciende hasta el borde del mar, sobre la bahía del Callao. Pero al Sud, el mar siempre con su marejada, que se llama el mar salvaje, ha roído las tierras de aluvión y producido barrancas verticales cuya altura sólo en la punta del Callao, se eleva progresivamente hasta sesenta metros cuando uno se acerca a Chorrillos.
Estas riveras escarpadas están cortadas por barrancos profundos, llamados "Barrancas", que hacían comunicar la meseta con la playa muy estrecha.
Por delante de Lima, situada en el centro de la llanura, y sobre el Rimac, se encontraban dos líneas defendidas por 75.000 hombres, más o menos organizados, pero sin gran instrucción militar.
El espionaje, bastante fácil no había indicado exactamente a los chilenos, acerca de las fuerzas defensivas de sus enemigos. Los residentes mismos no sabían mucho más. Por un va y ven continuo de tropas, Piérola impedía al público darse cuenta del efectivo real. Creemos que ciertas autoridades chilenas tuvieron sin embargo una idea aproximada de la verdadera situación. Hacia los últimos días de diciembre, una opinión bastante acreditada en el campo chileno le hacía disponer de 50.000 hombres armados, cuya mitad eran tropas regulares, y trescientos cañones colocados en los alrededores de Lima o en la ciudad misma. Esta apreciación muy exagerada disminuye algo la confianza universal en los resultados de la lucha. Por lo demás, como sucede en toda multitud, los sentimientos muy móviles, pasaban, sin razón aparente, por las fases más diversas. Sin embargo, el deseo de llegar a Lima, donde los soldados pensaban encontrar todos los goces, la perspectiva del fin de las miserias sufridas en medio de las arenas ardientes; el desprecio de sus adversarios, todo les hacía esperar el éxito.
[.......]
Fin de la batalla
Los últimos tiros de fusil son disparados al Morro del Fraile, donde cerca de dos mil hombres, que tenían la retirada cortada, sostienen hasta las dos horas, los ataques de las diversas fuerzas dueñas de las alturas.
La batalla cesa entonces.
No se pensó en seguir durante más largo tiempo a los que huían. Las líneas de Miraflores estaban íntactas; las tropas no habían comido nada desde la víspera, sí no era más que un poco de bizcocho y de charqui (correhuelas de carne secadas al sol). Una noche sin sueño, después de un largo camino sobre la arena, seguido de un día de combate en terreno, difícil, bajo un sol de los trópicos, había abatido a las fuerzas. Las tropas acamparon en los lugares que ocupaban al fin de la batalla; la división Lynch al pie del Morro Solar. Hubo que reunir a los dispersos errantes por los campos y en la ciudad (ruda tarea que no se pudo cumplir), y recoger los heridos distribuidos en una extensión de treinta kilómetros cuadrados.
Pérdidas
Se conocen poco las pérdidas de este día. Los chilenos debieron tener 2.500 muertos o heridos, y los peruanos alrededor de 5.000 hombres fuera de combate (se ha dicho que hasta 8.000); en estos últimos la proporción de los muertos era mucho mayor que en los vencedores. Pero no se podrá tener jamás la cifra exacta, Hubo 1.700 prisioneros más o menos, provenientes en la mayor parte del Morro del Fraile.
Los peruanos tuvieron tres generales heridos, ocho coroneles muertos y cuatro heridos. Entre los prisioneros, hemos visto al ministro de guerra, Iglesias, el coronel Piérola (hermano del dictador), herido en la mano, y otros diez coroneles. No hay que perder de vista que en el Perú, el número de coroneles es considerable.
Utilización relativa de las tres armas
Los dos tercios del ejército chileno habían entrado en línea, para combatir seriamente. Algunos regimientos chilenos, el Buin espe- cialmente, dieron prueba de un brío muy notable (empuje), avanzando resueltamente sobre un terreno enteramente descubierto, bajo un fuego terrible, y en medio de numerosas minas automáticas.
Los numerosos muros que separaban las propiedades cultivadas, hicieron limitar el uso de la caballería a dos cargas, contra tropas desbandadas.
Cincuenta y cuatro cañones chilenos sirvieron, pero muy desigualmente. Una brigada de once piezas de montaña disparó 1.300 tiros. Otras menos de diez por pieza. En ciertos fuegos de batería, se veían llegar las balas, bien agrupadas cerca del blanco (son los oficiales los que apuntan). El efecto material no fue sin embargo bastante grande. Así por ejemplo, en la batería 0, expuesta a un fuego violento, una sola pieza fue alcanzada.
Incendio de Chorrillos
La lucha sostenida en Chorrillos fue fatal a esta hermosa ciudad,(1) no obstante los esfuerzos del general en jefe, que se instaló en el centro del más hermoso barrio, en el espléndido hotel de un antiguo presidente del Perú. Piquetes de caballería ensayan el hacer salir de la ciudad los muy numerosos soldados dispersos, después de la victoria, pero es en vano.
El incendio que nadie pudo combatir, se extiende con rapidez en medio de construcciones débiles y secas. De la terraza del cuartel general, veíamos las llamas empujadas por la brisa del mar, avanzar como olas al asalto de
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(1) Chorrillos es el Trouville del Perú. Durante la estación cálida (enero-abril), los ricos habitantes de Lima viven en verdaderos palacios.
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nuestra casa; se llega a saber que se encuentran en la vecindad depósitos de cartuchos y obuses. No hay más que dudar. A las ocho y media de la noche, volvemos a subir a caballo no obstante que la fatiga agobia, y seguimos al general en jefe para buscar otro asilo hacía el lado del campo. Es un espectáculo terrible que quedará profundamente grabado en la memoria de todos aquellos que lo han visto. Las casas abrasadas se derrumban con gran ruido, echando luz sobre los montones de cadáveres a mitad carbonizados.
Se oye a veces silbar en el cortejo balas enviadas al azar por soldados errantes.
Durante toda la noche repercuten los tiros. Los cartuchos diseminados en las casas, crepitan; los obuses estallan en medio de los braseros; se diría que se trata de una nueva batalla.
Tres días después, todavía duraba el incendio, devorando los últimos grupos de construcciones. Quedaban sólo dos o tres hermosas casas aisladas. Una de ellas, propiedad francesa, fue salvada al precio de constantes esfuerzos y gracias a la ayuda amigable de los jefes chilenos.
Franquicias ofrecidas a los vencidos
El general en jefe, teniendo la batalla como decisiva, y queriendo evitar a los peruanos, la amargura de los primeros pasos, manda, desde el catorce por la mañana, ofrecer a Piérola el negociar la paz.
El diputado Errázuriz, secretario del ministro de guerra, parte acompañado del ministro peruano prisionero. Debe declarar que el honor del Perú está, salvo después de un día tan fuertemente disputado, y llamar la atención sobre la necesidad de evitar a Lima la suerte corrida por Chorrillos. Piérola que se encontraba entonces en Miraflores, no quiso recibir sino un enviado provisto de plenos poderes para tratar. Era un rechazo disfrazado.
Durante este tiempo la primera división se coloca por delante de Chorrillos y la tercera a la entrada de Barranco. La segunda división se queda cerca de la ciudad, el regimiento "Esmeralda" ocupa el hospital lleno de heridos y prisioneros.
Con la ayuda de los chinos, se continúa la búsqueda de heridos y la inhumación y cremación de los muertos, pero, aún varios días después, tanto en Chorrillos como en Miraflores, quedan a pleno sol animales muertos y aún cadáveres
humanos, exhalando un olor fétido y sofocante.
Entrevista de los ministros extranjeros con Baquedano. Tregua de un día
En la media noche del catorce al quince, llegan al cuartel general dos oficiales neutrales agregados de
embajadas en el ejército peruano(1). Llevan una carta del cuerpo diplomático, pidiendo una entrevista al general en jefe. El quince, a las siete de la mañana, un tren especial trae a Chorrillos los ministros de Francia y de Inglaterra, con su decano, el ministro de San Salvador. Los tres son conduci-
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( 1) Bastante después de la partida de los oficiales neutrales para el campo chileno, se había enviado, con el mismo título, a los oficiales de las mismas naciones en el ejército peruano. Los alemanes se abstuvieron también esta vez. El oficial francés designado para llenar esta misión era el teniente de navío M. de Ratomski, del aviso el "Hussard".
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dos a la tienda de Baquedano, entre Chorrillos y San Juan.
Viniendo a pedir garantías para los bienes y personas de los neutrales, los ministros indican al mismo tiempo la posibilidad de abrir nuevas negociaciones para tratar la paz. Se discuten las bases de un armisticio por el cual el general chileno pide la entrega del Callao y de los navíos peruanos que se encuentran todavía en él; acuerda, mientras tanto, una tregua hasta la medianoche siguiente.
Se compromete a no comenzar las hostilidades, conservando la libertad de hacer ejecutar tales cuales movimientos que juzgue conveníentes para colocar tropas. Los ministros vuelven al campo peruano, y Baquedano toma entonces las siguientes disposiciones:
Colocación de las tropas
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Acción de los neutrales
En estos últimos días, antes del ataque de Chorrillos, el contralmirante Bergasse du Petit-Thouars, comandante en jefe de la división naval del Pacífico, el contralmirante inglés y el comandante de la división naval italiana, se habían establecido en Lima, con algunos marinos, para vigilar por sí mismos la protección de sus connacionales(1). Su presencia ayu-
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(1) En la región comprendiendo Lima y el Callao, hay más o menos 25.000 extranjeros, de los que 3.000 son alemanes, 2.000 ingleses, 500 americanos del norte, 2.800 franceses y 17.000 italianos.
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daría considerablemente la acción de sus ministros durante los dramáticos acontecimientos que se sucederían rápidamente.
El mismo día de la tregua, los ministros y almirantes extranjeros se habían dirijido a Miraflores, junto a Piérola, para comprometerlo a tratar, y el dictador después de haberse mostrádo completamente decidido a luchar hasta el último extremo, parecía dispuesto a ceder a los consejos de todos, y más especialmente a los argumentos del almirante du Petit-Thouars, al que la opinión pública atribuía un gran crédito cerca del jefe supremo.
Los soldados peruanos hacen fuego sobre Baquedano
A las dos horas, todos estaban reunidos alrededor de la mesa presidencial, para hacer "las once" (el lunch), cuando un incidente imprevisto apuró la marcha de los acontecimientos y les dio un sangriento desenlace.
Repentinamente, hacia las dos horas, numerosos disparos de armas de fuego tiradas sobre el grupo los obligan a una retirada rápida. Nadie fue alcanzado, pero el fuego se hizo más nutrido, y las balas comienzan a caer. Las primeras líneas chilenas tomadas de improviso responden bastante
prontamente, del mismo modo que la artillería.
Los ministros y los almirantes neutrales debieron dejar la ciudad donde llovían los proyectiles chilenos y retirarse a pie, a través del campo, corriendo verdaderos peligros, hasta Lima, donde corrió la voz de que había sido muerto el almirante inglés. Los navíos neutrales recibieron las noticias más diversas, y se mantuvieron en zafarrancho de combate
prestos a todo acontecimiento.
Los chilenos habían creído que el ataque había sido premeditado por Piérola. En cuanto a nosotros, creemos, que como sucede a menudo en la guerra, la batalla se comenzó fortuitamente. Baquedano tuvo la temeridad de acercarse demasiado a las
líneas enemigas, lo que le hizo notar un general, en el momento mismo. La vista de un numeroso grupo de oficiales debió tentar a algunos soldados, o más bien, estos últimos creían que se trataba de un ataque. No hay que olvidar que el ejército peruano contaba con un gran número de cholos a medio civilizar. Por lo demás, este ejército no era capaz de tomar la ofensiva.
CAPÍTULO VIII
BATALLA DE MIRAFLORES
(15 DE ENERO)
Situación crítica de los chilenos
Hubo un momento de sorpresa y confusión. Las tropas venían gritando: " ¡Traición!
¡ Mátémolos a todos! ¡Que no quede ninguno!" Traición! Matemos a toditos!
¡ Dejemos a ningunito! ). Los granaderos a caballo. retroceden para colocarse detrás de la infantería, en Barranco.
Escuadra. Poco después, a las 2,40, la escuadra que componía el Blanco, el Huáscar, el O'Higgins, la Pilcomayo y el Toro, abre el fuego con las piezas del puente, poco numerosas (el Cochrane, vigilaba el Callao con otras naves, para impedir la salida de la Unión). Los diversos navíos quedaron con los fuegos encendidos sobre la línea que va de la punta del Callao a la punta Fraile.
Estaban a cuatro mil metros por término medio de la batería Ugarte, y tomaban oblícuamente las líneas de Miraflores. Las mareas dificultaban el tiro. De este modo, muchas balas caían al pie o a mitad de altura de la ribera. Pero la mayoría alcanzaron ya sea la batería, o las líneas. La pieza de la obra B (peruana) cae en el foso, el terraplén había sido demolido por el tiro de la escuadra.
Situación crítica de los chilenos
Durante una hora, las fuerzas del coronel Lagos(1) sostienen el esfuerzo del enemigo, que sale con audacia de sus trincheras para tomar parte en la confusión del comienzo. Los peruanos se alejaron de la costa para evitar el fuego de las naves y envolver la parte derecha de la división, no obstante la llegada de grupos desparramados de la reserva.
La posición es bastante grave para que el comandante general de la artillería, inquietado por los numerosos vacíos acaecidos entre sus hombres, testigo de las fluctuaciones de la infantería, teme por sus piezas y da orden de
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(1) El coronel Lagos era el que tenía la mejor reputación militar, establecida en el ejército. Hombre enérgico, tal vez aún cruel, había tomado brillantemente Arica.
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llevarlas a 1.500 metros hacia atrás. Se prepara para proteger una retirada que le parece inminente. Una vez establecidas las canoas sobre el borde de la ribera, y a la derecha de Barranco, se reanuda el tiro, cuya precisión nos parece muy grande, especialmente en la batería Armstrong.
Los dos batallones de infantería Melipilla y artillería de marina apoyándose mucho hacia la derecha, por detrás de la línea de batalla, se pierden en caminos en zig-zag y no llegan sino a la noche a la altura del ala izquierda peruana.
La brigada Gana, espera, el arma al brazo, nuevas órdenes en Chorrillos. La brigada Barbosa, oblícua hacia la derecha en dirección a Valverde, para oponerse a los ataques de flanco de las fuerzas colocadas entre esta aldea y Monterico Chico, pero el camino a recorrer es largo y dificultoso.
Ejército en desorden
Este día, los regimientos estuvieron lejos de presentar la misma cohesión que el trece. La llanura estaba cubierta de elementos aislados juntándose, pero sin apresurarse, y con sus cuerpos ya en el fuego. Vimos a muchos de ellos descansando detrás de los arbustos al abrigo de las balas y del sol. Muchos buscaban bebidas en las tiendas de los oficiales, abandonadas precipitadamente. La presencia de soldados ebrios y armados, a veces indiscretos, nos hacía apresurar nuestras cabalgaduras fatigadas para acercarnos a la zona de acción.
Es a este desmenuzamiento de las fuerzas que se debe la cifra elevada de pérdidas entre los oficiales. Estaban obligados a ponerse por delante para entrenar a los soldados agrupados sin orden, y perteneciendo a compañías diferentes.
Cruzamos y saludamos al coronel Martínez, comandante de la primera brigada, que se le lleva agonizante.
Muchos heridos van a pie, apoyándose en su fusil, para buscar en Chorrillos los socorros que faltan en casi toda la línea de batalla.
Por las dos partes el soldado se ha mostrado muy duro para las enfermedades; no obstante las heridas horribles, hemos
oído pocos gritos. El roto chileno(1) tiene la fuerza de la resistencia; en el cholo hay resignación melancólica.
Éxito de la división Lagos
La solidez de la división Lagos que dio tiempo a la división Lynch para llegar, decide la suerte del día. Este socorro oportuno detiene de este lado los movimientos de los peruanos, que destacan fuerzas con la caballería, hacia la izquierda, para ensayar de tornar el flanco de la primera división antes que entre en línea.
Los carabineros de Yungay reciben la orden de cargar; la caballería peruana evita el choque, y los muros impiden la carga contra la infantería. Pero el movimiento ofensivo del enemigo cesa (hacia las cuatro y media), mientras que comienza la marcha de los chilenos hacia adelante. El Coronel Lagos echa
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(1)" Roto" significa desharrapado. Este sobrenombre del pueblo chileno de las clases bajas se había puesto en uso desde la guerra, para designar al soldado. El "cholo" representa, en el Perú, la mezcla de la raza indígena con la raza blanca.
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tres regimientos contra la primera línea de tapias, que toman a tiros de fusil, la bayoneta en el extremo del cañón.
La división entera, del mismo modo que la reserva, se lanza al ataque por grupos indistintos. Va de muro en muro, toma las posiciones entre el mar y Miraflores (a las 5,45), y toma de flanco a los defensores, que rechaza hacia el centro. Aquí el fuego es muy vivo, a las cinco horas más o menos, hacia el lado
de los obrajes C, D, donde la primera división, que ha estado comprometida un instante, con municiones insuficientes y tropas desorganizadas, ha visto diezmar sus filas.
La artillería del mayor Gana, colocada cerca de Tébes, es obligada a disminuir el fuego, por falta de municiones.
Los carabineros ensayan una nueva carga, con el ministro de guerra a la cabeza. El terreno demasiado cortado por muros los obliga bien pronto a detenerse. Los granaderos, que no han podido aproximarse a la línea de batalla, se retiran para buscar un camino practicable. Los cañones del Monte San Bartolorné persiguiéndolos con un tiro muy justo, envían sus obuses a las últimas filas. Estos misms cañones tiran eficazmente contra las piezas de montaña colocadas del lado de
Tébes.
Derrota de los peruanos
En el centro, los peruanos, bajo el mando de Cáceres y Dávila, juntan las tropas disponibles para hacer el último esfuerzo; numerosas minas estallan; pero nada tiene efecto, la línea es tomada de flanco. Los obrajes B, C, D, E, son rodeados y tomados de revés.
Los vencidos dejan detrás de ellos montones de cadáveres que atestiguan, una resistencia enérgica. En el ala izquierda peruana, más allá de Valverde, diez batallones de la reserva, bajo las órdenes de Echenique, no disparan ni un solo tiro de fusil.
Se asegura que viendo la batalla perdida, los jefes de esta reserva habrían dicho:
" ¡Cada uno a su casa! ( ¡Cada uno en casa!) o ¡Sálvese quien pueda!"
Hemos visto estas trincheras llenas de cartuchos intactos.
A las seis, la derrota es completa. Un tren armado de cañones es obligado a retirarse. El San Bartolomé continúa tirando hasta la noche cerrada. La encantadora ciudad de Miraflores está a su vez, en llamas. Pero el aislamiento de las casas en medio de jardines hace la destrucción menos completa que en Chorrillos.
La primera división queda cerca de la Palma, la tercera en Miraflores, primera y segunda por detrás. Cuerpos enteros vuelven a
Chorrillos, a la desbandada para tomarse reposo y buscar alimento. En varios puntos, la distribución no se hace, lo que causa murmuraciones.
En este combate, la artillería de tierra, aunque bien conducida, no produjo gran efecto. El campo de batalla es extenso, y los muros de tierra se dejan atravesar fácilmente. El gran obús de escuadra ha sido más eficaz, al menos moralmente. La naturaleza del terreno, muy cortado por muros, ha hecho que la caballería fuera, por decir así, inútil.
Pérdidas
El quince, los chilenos tuvieron más pérdidas (tres mil muertos o heridos más o menos) que el trece, aunque el combate haya sido más corto y los combatientes menos numerosos de ambas partes; pero se combatía más en desorden. Además, a corta distancia, la horizontalidad del terreno favorecía mucho el tiro de los peruanos. Los agujeros hechos en los muros de tierra seca recibían los cañones de los fusiles y se tiraba derechamente por delante, a menudo sin apuntar.
Por el contrario, los peruanos parecían que hubiesen sido menos bien experimentados que en la primera batalla. Su retirada estaba asegurada, y la venida de la noche coincidiendo con el fin de la lucha, impidió la prolongación de la persecución. Se han dicho cifras diversas; creemos que la verdad aproximada es de tres mil hombres fuera de combate para
Miraflores.
Llegada de los oficiales neutrales al cuartel general
A mitad de la noche entre el quince y el dieciséis, tres oficiales de la marina extranjera (un inglés, un italiano y el teniente de navío
Rober, hoy secretario del contralmirante du Petit-Thouars), habiendo atravesado los restos extremadamente desordenados del ejército peruano y las líneas chilenas, exponiéndose a serios peligros, llegan al estado mayor general, cerca de Chorrillos. Tienen la misión de pedir al general en jefe que no haga entrar sus tropas antes de haber escuchado a los ministros extranjeros. Dos de ellos vuelven a partir antes del día para obtener que
Piérola, prohiba a los fuertes el abrir el fuego por la mañana. El oficial inglés espera las comunicaciones de
Baquedano.
Piérola había partido por la noche, sin saberse el camino que había tomado. La capital quedaba bajo la única dirección del alcalde Rufino
Torrico.
En estos días nefastos para su país, este magistrado dio pruebas de una valentía cívica y de una dignidad que estaba por encima de todo elogio.
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