CAPÍTULO
I
Causas de la guerra
CAPÍTULO II
Vistazo retrospectivo
Conferencia de Arica
Situación de los beligerantes
CAPÍTULO III
Grandes esfuerzos de los chilenos
Expedición Lynch a las costas septentrionales del Perú
CAPÍTULO IV
Hechos marítimos del tercer período
Marina chilena
Marina peruana
Bloqueo
[ATENCIÓN: Todas
las notas, excepto la primera, pertenecen al autor]
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CAPÍTULO I
Causas de la guerra
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La guerra del Pacífico, a la que su origen ha hecho dar también el nombre de
Guerra del Nitrato, ha merecido, más de una vez, llamar la atención de Europa, y algunos de los acontecimientos de la lucha de Chile contra Bolivia y Perú ocuparán su lugar en la historia. Después de su emancipación, al comienzo del siglo, las diferentes partes de la América española se habían constituido en repúblicas independientes, y que tenían más o menos los mismos límites que las provincias coloniales. Se podía contar con fronteras aproximadas cuando todo el territorio reconocía la misma autoridad suprema, y cuando las poblaciones,
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Nota del traductor:
El autor de la obra, teniente de navío Le Leon, emplea dos tiempos distintos en su obra: el presente, cuando relata hechos de que ha sido testigo presencial y el pasado, cuando ya de vuelta a su país, se refiere a la historia y geografía de los países en donde actuó, o a hechos del pasado. Se ha respetado esta forma de escribir del autor.
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poco numerosas estaban separadas por desiertos apenas conocidos. Aún ahora, ninguna de estas naciones está rigurosamente delimitada. De acuerdo a la fantasía de los geógrafos, extensiones de terreno más grandes que Bélgica se atribuyen sucesivamente a cada una de las naciones vecinas. La República Argentina y Chile acaban apenas (23 de julio de 1881), de ponerse de acuerdo acerca de la posesión de la Patagonia. El desierto de Atacama parecía formar una separación suficiente entre Chile y Bolivia (22 de latitud sur), hasta el día en que el
descubrimiento de numerosas minas dio importancia a esta región desolada. Después de varios tratados, se había adoptado el grado 24 de latitud sur como línea de demarcación. Pero la región comprendida entre los 23 y 25 grados debía ser explotada por las dos potencias limítrofes.
Bolivia, separada de esta región por la gigantesca cadena de los Andes, no enviaba sino funcionarios, mientras que los chilenos, más trabajadores y más industriosos, por lo demás, se establecieron en gran número, y
diariamente descubrían minas. Antofagasta, puerto situado en la costa boliviana, pero en la zona común, se convertía en un centro importante de explotación y exportación, para todas
las riquezas mineras de la región (23º28' sur).
Esta prosperidad fue la causa de dificultades que reaparecían constantemente. Bolivia lamentaba el haberse atado de manos. Nuevos tratados, penosamente negociados en medio de revoluciones internas, limitaban sus derechos fiscales en esta parte de su suelo. El gobierno de La Paz había fijado recientemente las tarifas sobre la exportación del nitrato, bajas en verdad, pero arbitrarias: había decretado la confiscación de las usinas de la Compañía de salitre. Chile se había agitado ante este atentado contra los intereses de sus connacionales, y al mismo tiempo que hacía representaciones, enviaba a Caldera
(27º sur) naves llenas de soldados. Después de largas e infructuosas negociaciones, repentinamente y sin declaración de guerra, hacía ocupar Antofagasta (14 de febrero de 1879). La población en su mayoría chilena, no soñó en hacer la menor resistencia.
Perú, ligado desde 1873 a Bolivia por un tratado secreto, quiso pero
inútilmente representar el papel de mediador. El gobierno de Santiago puso fin a todas las ambigüedades, declarándole la guerra el 5 de abril de 1879. Nuestra presencia en las costas del Pacífico nos ha permitido seguir sin interrupción las peripecias de esta lucha entre las tres repúblicas latinas.
No nos ocuparemos aquí sino de los últimos acontecimientos, de los que hemos sido testigos más especialmente, en las siguientes circunstancias: Hacia fines de noviembre de 1880, se corrió la voz, de que los chilenos, recientemente desembarcados en Pisco, iban a emprender su marcha hacia Lima. Los jefes de las fuerzas navales neutrales, anclados en la rada del Callao, decidieron, el veintiséis del mismo mes, el envío de oficiales de las diversas marinas, en calidad de agregados militares, al cuartel general del ejército chileno. Esta decisión era tomada, no sólo con el fin de obtener noticias imparciales acerca de la sucesión de las operaciones militares, sino aún por el interés de los numerosos extranjeros que residían en Lima.
Un capitán de fragata inglés, un capitán de corbeta americano, un teniente de navío italiano, y un oficial francés del mismo grado,
partieron el veintisiete en el aviso inglés Osprey. Iban con el objeto de pedir al general, comandante en jefe, la autorización para seguir la marcha del ejército expedicionario hasta el fin de la campaña. Este Permiso fue concedido con prontitud por el general Villagrán, comandante de la primera división, que ya estaba acantonada en Pisco, como por el primer ministro de guerra en campaña, Vergara.
[........] Durante dos meses vivimos con las diferentes fracciones del ejército chileno, siguiendo los ejercicios, las marchas, los embarques, los desembarcos, y algunos reconocimientos. Acompañamos, paso a paso al general en jefe durante la batalla de Chorrillos. Durante la de Miraflores, recorrimos el terreno en compañía del oficial inglés, con el que estábamos entre los dos ejércitos, al comienzo de esta batalla imprevista. Tuvimos siempre las más cordiales relaciones con los generales, los jefes y oficiales, que fueron a
porfa, amables y simpáticos. Obteníamos de este modo comunicaciones, a veces de carácter completamente confidencial, que el control de nuestras observaciones personales nos hacía aceptar con confianza. [...........]
CAPÍTULO II
Vistazo retrospectivo
La inmensidad de los países en guerra, la naturaleza del terreno, comprimido entre la Cordillera de los Andes y el mar, entrecortado por valles profundos perpendiculares a la costa, y amplios desiertos de arena, no permitían a los ejércitos el marchar el uno contra el otro siguiendo la vía terrestre.
Ninguna potencia, tenía por lo demás, al comienzo, bastantes tropas para comenzar las hostilidades serias. También aparte de algunas correrías en el desierto de Atacama, las primeras acciones fueron puramente marítimas y limitadas a las fuerzas comparables, sino equivalentes, de Chile y del Perú.
Por el decreto del 27 de abril de 1879, que expulsaba a todos los chilenos que vivían en su territorio, el Perú proporcionaba a sus enemigos cerca de ocho mil voluntarios endurecidos por el trabajo, exasperados, y respirando venganza. Bolivia no poseía ni siquiera una nave y se limitaba a dar decretos sobre el corso para procurarse corsarios, de los que nadie había oído hablar nunca.
La cuestión de la Patagonia, suscitada desde tiempo atrás entre la República Argentina y Chile, había forzado a este último país a conservar su escuadra armada. De este modo poco después de la declaración de guerra, bloqueaba a Iquique, centro de exportación de las ricas minas de la provincia de Tarapacá (20"15' sud).
El 16 de mayo, el almirante chileno, dejando dos navíos sin mayor poder, por el asunto del bloqueo, conducía el resto de sus fuerzas al Callao, mientras que la escuadra peruana, manteniéndose lo más cerca posible de la costa, iba a llevar tropas a Arica, con el presidente Prado; después, con el anuncio oficial del retiro de los chilenos, se dirigía a Iquique buscando un éxito fácil.
Todo el mundo conoce el combate de Iquique (21 de mayo de 1879), donde la corbeta de madera Esmeralda, se defendió gloriosamente contra el acorazado peruano Huáscar. Golpeada varias veces con el espolón, y después de una larga batalla, se hundió con el pabellón enarbolado. Su capitán, Arturo Prat, encontró la muerte, lanzándose al abordaje del Huáscar, en el momento del último choque.
En este mismo combate, la cañonera Covadonga, maniobrando hábilmente, evitó al otro acorazado peruano, Independencia, corriendo muy cerca de la costa, vio a su poderoso adversario chocar contra las rocas de Punta Gruesa, donde la tripulación debió abandonarlo, después de haberío incendiado.
Durante varios meses, el Huáscar, dirigido por un buen marino, dominó el mar inquietando a sus enemigos. Aprovechando de su ligera superioridad en velocidad, pudo
frustrar las tentativas de un ataque de los acorazados chilenos más fuertes, hasta ser tomado el 8 de octubre de 1879, cerca de la punta de Angamos (23"
sud ), por las divisiones de la escuadra chilena. El almirante Grau es muerto por una bala de cañón al comienzo de este hermoso combate contra fuerzas muy superiores; del mismo modo, varios oficiales que le sucedieron en el mando.(1) No temiendo ser molestados más por mar,
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(1) El 27 de febrero de 1880, en el Huáscar, ya chileno, fue muerto su comandante, por una bala de cañón, cerca de Arica.
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de las tropas peruanas, marca el fin de la primera fase de la guerra.
Segundo período. Estos desastres debían dar lugar a revoluciones en estos países en los que pocos presidentes llegan al término legal de su mandato.
Prado lo preveía, cuando vuelto de Arica sin haber estado en las líneas de fuego, se embarcó clandestinamente para el extranjero, a fines de 1879.
Piérola, el revolucionario bien conocido, había ganado una partida de tropas y librado, el 21 de diciembre, un combate indeciso en las calles de Lima. Al día siguiente dominaba el Callao, sin la menor lucha. El gobierno, poco seguro del resto de las tropas que aún le obedecían, trató el mismo día, y, el 23 de diciembre, Piérola hacía su entrada solemne en la capital, ejerciendo la dictadura con el título de jefe supremo. Más tarde se agregaba el de protector de la raza indígena.
Hilarión Daza, presidente de Bolivia, había conducido sus tropas al combate, y las había llevado de vuelta a Tacna, sin haber visto al enemigo. Durante una corta ausencia que hizo, su ejército lo depuso el 27 de diciembre, después de una dictadura de tres años, obtenida por la violencia. El viejo general Campero era elejido presidente, en La Paz, y vendría algunos meses más tarde para tomar en Tacna el mando de las fuerzas aliadas.
La ocupación de Moquegua, posición tenida por inexpugnable, la de Los Angeles (22 de marzo de 1880), la batalla de Tacna (26 de mayo de 1880), ganada por los chilenos, la toma por asalto de Arica (7 de junio de, 1880) (18"20' sud), forman el segundo período.
Conferencia de Arica
El heroísmo de Bolognesi, muriendo tal como lo había jurado, echó un reflejo glorioso sobre los desastres de su país, del que salvaba el honor. Después de una lucha tal, podrían comenzar las tratativas.
Varias potencias europeas estaban dispuestas a favorecer con sus buenos oficios la cesación de la guerra. Los Estados Unidos, intervinieron sólos, bastante sorpresivamente, bajo los auspicios de sus ministros residentes en Lima, La Paz y Santiago, y las conferencias tuvieron Iugar en octubre de 1880 a bordo de una corbeta americana, surta en la rada de Arica. Los chilenos, pedían:
1º) La cesión del territorio situado al sud de Camarones (19" sud).
2º) El pago de veinte millones de pesos (cien millones de francos).
3º) La restitución de las propiedades confiscadas a los chilenos.
4º) La restitución del Rímac, transporte tomado por el Huáscar.
5º) La anulación del tratado de 1873 (alianza del Perú y Bolivia).
6º) La ocupación de Moquegua, Tacna y Arica hasta la ejecución del tratado.
7º) La prohibición de fortificar a Arica después de la guerra.
Los peruanos rechazaron absolutamente la cesión del territorio, y se debió por lo tanto, someterse a la suerte de las armas. (Nuevas tentativas en 1881 y 1882, no fueron más felices).
Situación de los beligerantes
Después del desastre de
Tacna, las tropas bolivianas dispersas habían, tomado el camino de vuelta hacia su país, y el general Campero se contentaba con hacer algunas proclamas enfáticas. El proyecto de confederación perú-boliviana firmado el 11 de junio, quedó como letra muerta. En realidad, desde el mes de junio de 1880, la lucha no continuó sino entre Perú y Chile.
Estas dos naciones no tenían si así puede decirse, más que reclutas en sus ejércitos.
Pero muchos soldados chilenos habían ya visto el fuego. Si la disciplina y la instrucción dejaban que desear en ciertos cuerpos, el conjunto era suficiente, y cada día se producían nuevos progresos. La mayoría, alentados, por éxitos casi ininterrumpidos, estaban bien dispuestos para una última campaña de la que el éxito favorable les permitiría finalmente retomar la existencia del trabajo y los placeres de los que estaban apartados desde largo tiempo. Las tropas regulares, y relativamente aguerridas del Perú, habían desaparecido. Los restos de los ejércitos de Tarapacá y Tacna, dispersos en las montañas, no podían reunirse, y las distancias enormes que había que franquear, sin caminos practicables, las hacía inútiles para la defensa de Lima.
Piérola, desplegando una gran actividad, había logrado reunir numerosas tropas que había podido vestir, armar y organizar, en, gran parte.
Los chilenos lo reconocían y experimentaban una gran irritación. Sin él, pensaban, la paz se habría obtenido después de Tacna, o al menos, la toma de Lima, hubiera sido más fácil.
No obstante el bloqueo de las costas, llegaban muchos fusiles de todos los modelos, y estos continuaron hasta el último momento en los puertos situados al norte del Callao. El resto del trayecto se hacía a lomo de mula. Se fabricaban en Lima, cañones, de los que muchos prestaron un servicio estimable(1), y ajustes de diversos géneros.
Se veían entrar regimientos formados en el interior o en el litoral no ocupado por el enemigo. Se trataba de bandas a medio armar, fatigadas por una larga marcha, que había que equipar, instruir y encuadrar.
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( 1) Ejes de acero para locomotoras fueron horadados al calibre de 60 milímetros engastados en bronce, con un anillo de acero en la argolla, y provistos de un cierre de culata formado por una cuña (tipo Krupp). Las rayas o canales eran numerosos. Una carga de 270 gramos de pólvora lan- zaba a más o menos de 5.000 metros, un proyectil de 2,300 kg. Se le llamó cañones Grieve, del nombre del ingeniero.
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Hacia mediados de 1880, se trató de formar una reserva, que comprendía los hombres válidos de Lima.
Al tañido de la campana de la catedral, las tropas de ciudadanos en ropa de trabajo se dirigían a la plaza de la Exposición. Las tiendas se cerraban por orden, durante las horas de ejercicio. Se vieron pocas armas y pocos uniformes durante un largo período de preparación. El mismo pelotón tenía a veces las reuniones más disímiles en cuanto a los uniformes y las razas.
Por lo tanto no se había establecido ninguna cohesión entre los diversos grupos de esta reserva que prestaba pocos servicios. Los restos del ejército, recibían una instrucción más seria en el campo de Lurigancho o en la pampa de los Almancaes, pero ésta era aún insuficiente.
La mayoría de los oficiales, improvisados como soldados, carecían de conocimientos militares. El brillante esfuerzo desplegado en muchas circunstancias, no
podía suplirlos.
La organización deplorable del servicio de Intendencia impidió aprovechar las aptitudes notables de la raza indígena para la marcha. Los soldados llevan habitualmente a sus mujeres con ellos. Son (las rabonas) las que preparan el campamento y se procuran los víveres con la paga diaria, y los cuecen. Llevan sus niños a la espalda, y los utensilios de cocina, como pueden. Son verdaderas bestias de carga, y que soportan con resignación su miserable suerte. Su presencia da un aspecto extraño a los ejércitos peruanos, especialmente en el momento de las comidas.
CAPÍTULO III
Grandes esfuerzos de los chilenos
En dos años (febrero de 1879 - enero de 1881), cerca de sesenta mil chilenos han pasado bajo banderas(1). Antes de la campaña de Lima se produjeron más de doce mil bajas (muertos, heridos, enfermos, desertores). Si se reflexiona que al comienzo de la guerra, Chile tenía apenas tres mil soldados regulares, uno se podrá dar cuenta de la actividad que hubo que desplegar para vestir, armar e instruir un número tan grande de hombres, con los pocos elementos disponibles.
La larga duración de la guerra, permitió recibir desde el extranjero, especialmente de Europa, fusiles, cañones, municiones,
aprovisio-
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(1) Como la población total representa más o menos el 1/17 de la de Francia, corresponde esto a un millón de hombres para nosotros, y más aún, a causa del mayor número de niños chilenos (anualmente hay allá un nacimiento para veintisiete habitantes, en Francia uno por cada treinta y ocho solamente).
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namientos de toda clase, sin hablar de un transporte y varios torpederos. Después de la victoria de Tacna [batalla del Campo de la Alianza], muchos eran del parecer de conservar las provincias conquistadas, y esperar que los peruanos, quisiesen pedir la paz. Con la ocupación de Arica, se era dueño de los impuestos de la aduana de Bolivia, y la explotación de los salitrales de la provincia de Tarapacá permitiría mantener las fuerzas necesarias para la aplicación de este sistema.
Muchos declaraban que esta actitud no daría otro resultado, que el dar más confianza al enemigo, al que se dejaban las oportunidades, aunque es verdad, débiles, de aumentar sus fuerzas marítimas.
La mayoría de los miembros del gobierno de Santiago y los generales, miraban la expedición contra Lima como una de las más arriesgadas, en vista de la debilidad del efectivo que la insuficiencia del número de navíos, impedía aún transportar en una sola vez.
Pero, la opinión pública se había pronunciado en el Parlamento y en la prensa con tal energía, que no había medio de diferirla demasiado tiempo.
El activo e inteligente ministro de guerra, Vergara que formaba parte del gabinete formado en julio de 1880, era partidario del ataque al último baluarte de los peruanos. Imprimía a los preparativos un impulso vigoroso, dejando en el ínterin a uno de sus colegas, e iba personalmente para vigilar la ejecución de las órdenes del gobierno. El general en jefe no era responsable más que de la parte puramente militar y estratégica. Y aún, en más de una circunstancia, debió tener en cuenta, desde este punto de vista, las miras del ministro.
Los regimientos de línea vieron llenar sus vacíos, y los batallones de la guardia nacional movilizada, fueron en su mayor parte, transformados en regimientos (cada regimiento comprendía dos batallones y cada batallón cuatro compañías de 150 hombres). Pero, pocos regimientos llegaron a la cifra de 1.100 hombres (tres oficiales superiores, llamados jefes, son los únicos oficiales montados: el coronel, el teniente coronel y el mayor).
En un principio, el ejército no se compuso más que de voluntarios; pero, cuando la guerra se prolongó más allá de las previsiones, hubo que recurriese a una especie de enganche, bastante semejante a la de los marinos, en Inglaterra. Fuera de Santiago, no se tuvieron siempre las mismas contemplaciones, y los reclamos fueron llevados al tribunal que había quedado libre, hasta fines de la guerra. Se escalonaban las tropas de modo de colocar las más aguerridas al norte, mientras que las más recientemente formadas ocupaban el litoral chileno.
Se compraron y fletaron varios paquebotes de la Compañía Sudamericana, y todo lo que se podía encontrar de navíos a vela. Los transportes y las naves de guerra hablan pasado o pasaban al dique flotante en Valparaíso, donde se les limpiaban las carenas o se les hacían las reparaciones necesarias.
Expedición Lynch a las costas septentrionales del Perú
Mientras que los ministros de los Estados Unidos preparaban las negociaciones entre los beligerantes, el coronel Lynch, con más de dos mil hombres embarcados en los navíos disponibles, recorría la costa del Perú al norte del Callao, imponiendo contribuciones en dinero o en especies, poniendo rescates a las ricas usinas de azúcar, que eran muy numerosas en esta región. Las echaba abajo con dinamita, cuando sus propietarios peruanos no podían o no querían dar las sumas impuestas. La interdicción de pagar estas contribuciones fue hecha por Piérola, bajo penas muy severas. Esto dio lugar entre otras cosas, a la demolición completa de la usina de Palo Seco, cuyo valor se estimaba en cerca de quince millones de francos. Pero las propiedades del Estado especialmente (muelles, aduanas, ferrocarriles, etc.) fueron objeto de una destrucción metódica.
Esta expedición que recuerda, en pequeño, a la de Drake en el siglo xvi, en estas mismas costas, tenía como fin el hacer vivir una parte de las tropas a expensas del enemigo, del que se disminuía al mismo tiempo los recursos; hacer tener paciencia a los chilenos, y sin duda, influenciar los espíritus, en el Perú, en favor de la paz.
CAPÍTULO IV
Hechos marítimos del tercer período
Como todas las operaciones de la guerra, esta expedición hubiera sido absolutamente imposible, si los chilenos no hubieran sido los dueños del mar. Desde el comienzo de las hostilidades hasta esta época, las dos marinas habían sufrido grandes cambios ;en sentido inverso. La marina chilena se había enriquecido con las pérdidas del enemigo, y las
adquisiciones que se habían hecho en el extranjero.
Marina chilena
Comprendía en ese entonces:
1º) Los dos acorazados Almirante Cochrane y el
Blanco Encalada, llevando seis cañones de 23 centímetros, la flotación estaba protegida por 22 centímetros de hierro; desplazamiento: 3.480 toneladas.
2º) El Huáscar, monitor acorazado de doce centímetros, armado de dos cañones de 23 centímetros en una torrecilla; desplazamiento: 1.800 toneladas (tomado a los peruanos).
3º) Cuatro corbetas con batería barbeta: el Chacabuco y el
O'Higgins, con nueve cañones. La Magallanes, con cuatro cañones, y el
Abtao (esta última nave, tenía sus calderas en servicio desde diecisiete años, y no podía pasar de cinco millas por hora).
4º) Los avisos Covadonga (tomado a los españoles en 1865), y
Pilcomayo (tomado a los peruanos el 17 de noviembre de 1879);
5º) Un transporte rápido, venido recientemente de Inglaterra, había sido montado con un cañón Armstrong de veinte centímetros (cierre de culata a rosca).
6º) Había además, varios transportes armados con cañones.
7º) Los Thornicrofts y los botes a vapor portatorpedos estaban armados con cañones- revólver
Hotckiss.
Marina peruana
Los restos de la marina peruana se encontraban en el Callao y eran:
lº) La corbeta rápida la Unión, armada con trece
cañones.
2º) El monitor Atahualpa, con dos grandes piezas lisas, incapaz de andar dos millas por hora.
3") Cuatro transportes en hierro, de los que uno, el Rimac, había sido capturado el año anterior.
Además, había en el puerto cierto número de canoas a vapor y pequeños remolcadores armados con cañones de poco calibre. Desde el mes de marzo de 1880, el pabellón peruano, no había reaparecido en el mar. En esta época la Unión había forzado el bloqueo de Arica, para llevar algunos socorros. Había sostenido un vivo cañoneo con los bloqueadores, embarcando su carbón, y había huido en pleno día, de un surgidero extraño, no obstante la presencia de varios
navíos enemigos, de los que dos de ellos, eran acorazados. No se puede contar con el viaje de la Limeña, salida el 24 de junio para buscar los heridos y traer los cadáveres de
Bolognesi, Moore y otros oficiales de Arica, a los que la población de Lima hizo unas exequias extraordinarias.
Bloqueo
Para impedir una nueva salida de la
Unión, el único navío que temían, los chilenos bloquearon estrechamente el puerto de Callao, a partir del mes de abril siguiente. Bloquearon también Mollendo (donde termina el ferrocarril de Arequipa) y, más adelante, los tres puertos de Chorrillos, Ancón, y
Chancay, unidos a Lima por ferrocarril.(1) Hacían frecuentes cruceros en las costas, y protegían en relación con Chile las tropas que transportaban y aprovisionaban. La escuadra del bloqueo del Callao fue extremadamente variable en su composición: el Blanco, que enarbolaba el pabellón del
contralmirante Riveros, quedó allí casi constantemente. Los navíos anclados durante el día en la punta del norte de la Isla de
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(1) Mollendo, 17º sud, 74º20 oeste, Ancón, 11º48
sud; Chancay, 11º35 sud.
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San Lorenzo, aparejaban antes de la obscurida para ponerse al largo. Durante la noche se veían los focos eléctricos de los acorazados que registraban el horizonte. Cada mañana volvían en diversas direcciones para cobijarse en la isla, y, ordinariamente, una sola nave quedaba cruzada en la entrada de la bahía.
Su bloqueo fue muy favorecido por la clemencia excepcional del clima de esta región, en la que las tempestades son desconocidas; pudieron de este modo, servirse de pequeños vapores o torpederos, cuya utilización prolongada a lo ancho sería por lo
demás imposible, en cualquiera otra parte.
Canoas de ronda circulaban de día y de noche en el puerto, a menudo junto a los navíos neutrales, que colocados a tres millas hacia el norte del Callao, veían venir también las canoas peruanas.
Bastante frecuentemente por la noche,
tiros, de fusiles Hotchkiss o de cañón, anunciaban un encuentro entre dos canoas enemigas de vigilancia. El 25 de mayo, un encuentro de este tipo produjo la pérdida de los dos
adversarios. El torpedero chileno hizo saltar al peruano con un torpedo guiado; el mismo parece haber sido alcanzado por un torpedo arrojado con la mano.
Los peruanos hicieron varias tentativas inútiles para destruir los navíos enemigos, sea colocando por la noche, en el lugar de su anclaje habitual, cierto número de torpedos, sea dejando a la deriva aparatos provistos de movimientos de relojería, que estallaran lejos de los navíos, o que los chilenos pudieran recoger.
Dos navíos chilenos fueron sin embargo hundidos de un modo singular."
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Destrucción del transporte Loa y, del cañonero Covadonga.
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