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Me
asome a la ventana y la vi pasar, los pelos se me pusieron de
punta y todo se me altero, realmente mi nueva vecina era espectacular,
cerca de 18, cabello entre trigueño y negro, tez blanca,
esbelta y muy bien dotada; con un caminar ágil pero cadencioso
que me hacia bambolear la vista fija en el final de su columna
vertebral.
Era
el año 1982 y llevábamos mucho tiempo en aquel
barrio de Santiago, la casa de al lado había estado desocupada
por más de un año hasta que la compraron los padres
de Sandra, mi vecina espectacular. Coincidía la hora
en que llegaba a tomar onces con la hora que ella salía
rumbo, después lo supe, al gimnasio, y así la
veía pasar casi todos los días dejándome
en otro planeta, con ganas de tomar mi cámara fotográfica
y gastar mil rollos en ella.
Una
noche descubrí que la ventana que daba frente a mi dormitorio
era justamente el dormitorio de Sandra, me quede esperando por
si podía tener la sorpresa de verla, sinceramente de
verla desvestirse, de verla desnuda. Estaba en eso cuando la
vi aparecer envuelta en una toalla de color rojo, recién
saliendo de la ducha por lo que deduje. Me quede helado mirando
esa ventana que me parecía panorámica de cine,
pero... cerro las cortinas en mi cara, sin verme. Por lo anterior
no me quedo otra alternativa que seguir leyendo el viejo Penthouse
que tenía en las manos, gastado de tanto releerlo (?).
Al
otro día a la hora que sabia que ella saldría
me quede regando el ante-jardín, y cuando apareció
no supe que hacer y comencé a regarme los zapatos, ella
río y acercándose me dijo: no creo que crezcas
más de esa manera, hola, soy Sandra... (lo sabia pero
sus palabras se quedaron resonando en mi cerebro). Luego que
conteste su saludo me di cuenta que ella me miraba con unos
ojos que no eran precisamente de santidad, parecía el
gato mirando la vitrina de la carnicería. Bajo su polera
se destacaban sus pechos y no recuerdo más porque como
que se me puso todo en blanco. Estuvo unos minutos coqueteando
conmigo y se despidió alejándose con un caminar
más cadencioso que de costumbre.
En
la noche volví a la ventana y justo en el momento en
que procedía a correr ligeramente las cortinas la vi,
ella también me vio pero fingió que no lo había
hecho. Deje pasar unos minutos pensando si realmente me había
descubierto o no, luego volví a mi escondite y me puse
a observar. Transcurrió largo rato y comenzaba a cansarme
cuando la vi aparecer, vestía polera blanca y jeans ajustados.
Se acerco a la ventana y la abrió completamente, luego
se tendió en la cama con sus pies descalzos y tomo una
revista que se puso a leer; al correr de los minutos de ese
verano caluroso el calor le hizo sacar el jeans quedando solo
en ropa interior y polera. Mi corazón latía deprisa
y no sabia que hacer.
Al
cabo de unos minutos pude ver como se sacaba la polera dejando
a mi vista sus pechos hermosos y firmes que parecían
montañas invitándome a escalar.
A
eso de las 3 de la madrugada el cansancio me estaba venciendo
pero algo me detuvo en la idea de irme a la cama, la ultima
prenda que quedaba voló y quedo plena en su desnudes
delante de mis ojos atónitos, luego se levanto de la
cama y se puso a hacer gimnasia mostrándome todos los
rincones de su anatomía perfecta, ya no quedaba lugar
de su cuerpo que gracias a la ayuda de mis binoculares, no conociera,
pero había más.
Sandra
volvió a la cama y se tendió boca arriba, comenzó
a acariciar su cuerpo lentamente, sus manos recorrían
cada rincón, cada curva hasta que se hundieron en lo
más intimo de su ser. Se quedo un rato así y luego
la vi estremecerse y al poco, quedarse tranquila a tiempo que
estiraba su brazo para apagar la luz.
Esa
noche no dormí, no podía dejar de pensar en lo
que Sandra me había regalado, estaba seguro que lo había
hecho para mí porque sabía que la estaba observando,
por ello era mi regalo.
Pero
el día siguiente me depararía más sorpresas.
No
la encontré como de costumbre, y llegue a mi dormitorio
a ver si volvía a verla pero sus cortinas estaban cerradas.
Me tendí sobre la cama y, de pronto algo cayo sobre mí:
una llave con un papel que decía: “estoy sola, entra
por atrás. Sandra”
Me
puse sumamente nervioso y baje al primer piso, me pare sobre
el asiento de la bicicleta de mi hermano y salte la muralla.
Una vez frente a la parte trasera de la casa me dirigí
a lo que sabia que era la puerta de la cocina. Tome la llave
y abrí, cerrando tras de mí. Me dirigí
al segundo piso, no había luz, llegando al dormitorio
de Sandra.
Extrañado
de no ver a nadie, de no sentir ruidos, comencé a ponerme
nervioso y la llame en voz baja. Me dijo que prendiera la luz.
Así lo hice y ante mis ojos apareció ella en la
plenitud de su desnudes. Se acerco y me llevo hasta la cama
donde nos dejamos caer.
A
los 16 años nunca había tenido una experiencia
así por lo que no sabia que hacer, como que me dejaba
llevar por Sandra y mi instinto.
Nos
besamos apasionadamente y sin saber como mis manos comenzaron
a recorrer su cuerpo, sin saber como mi boca recorrió
todos sus caminos, sin saber como separe suavemente sus piernas
y sentí que me hundía en el éxtasis formando
ella y yo un solo mundo, un mundo cálido y ardiente.
Sandra
comenzó a moverse suavemente, yo sentía que ya
no podía resistir más, pero cuando creí
que ya no podía más ella comenzó a estremecerse
entre mis brazos, apretándome con fuerza, atrayéndome
hacia sí. Perdí el control y la noche pudo escuchar
el murmullo de nuestro canto. Sandra se estremecía cada
vez con más fuerza y yo deje que mi esencia volara rumbo
a lo más secreto de su ser, y así abrazados, nos
quedamos dormidos como en noche de películas.
Esa
fue la primera de muchas noches, en la casa y en otros lugares,
la primera noche de nuestro amor hasta que un día, sin
explicación alguna, así como apareció,
desapareció.
La
busque con desesperación, recorrí mil lugares;
después supe que se habían trasladado a Francia
ya que el padre era diplomático.
Paso
el tiempo y ya nada me parecía igual, de hecho me sentía
todo un hombre, veía las cosas de manera diferente y
ya había cumplido 18 años. Fue para mi cumpleaños
19 cuando recibí una carta sin remitente, era de ella.
Me contaba que estaba estudiando en París Diseño
de Vestuario, que siempre se acordaba de mí como lo más
hermoso que había sucedido en su vida, me explicaba que
debió partir sin decir adiós porque no lo hubiera
soportado y me hacia una pregunta: me faltan dos años
para terminar y volveré ¿me esperarías?
Dije si pero la carta no tenia dirección a donde responder
lo que me desesperó. Sentí que estaba viviendo
una prueba de fuego.
El
tiempo paso y con el los dos años, tuve varios amores
pero ninguno me podía hacer olvidar a Sandra.
Un
día vi detenerse frente a nuestra casa un auto rojo y...
¡Sandra! exclame, a tiempo que salía como loco
a abrir la puerta.
No
me pregunten más, solo puedo decirles que el tiempo ha
pasado y que hoy a mis años soy feliz junto a mi esposa
y a mis hijas. Junto a Sandra, mi esposa.
Así
pudo haber sido pero no fue, esta corta historia no es más
que lo que siempre sentí y desee en ese tiempo para con
quien fue en esa época uno de mis mejores amigos. Quise
pensar que yo era él y escribí esta historia como
yo hubiera soñado que todo se hubiese dado. El estaba
absorto en una realidad que no era la mía, nunca dejo
de ser mi amigo y no volví a saber de su persona en muchos
años, desde el 82.
Hoy
para mí ya es un recuerdo de hermosos días, de
sueños; llevo una vida feliz junto a mi esposo y a mis
hijos, solo quise regalarle este cuento para que todos lo lean
en MundoVisión Magazine.
Xinthia
S. Robertson M.
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