Juan Villegas (52 años) ha trabajado en la estación de servicio de una
solitaria ruta patagónica durante los últimos veinte años de su vida. La
estación ha sido vendida y los nuevos dueños piensan en modernizarla. Juan,
junto con otros empleados, es despedido. Mientras busca otro empleo, intenta
sobrevivir de una vieja afición: hace cuchillos con mangos artesanales. Pero no
le va bien. Ni consigue trabajo ni vende cuchillos. Vive el drama de la
desocupación en su aspecto más trágico: con la edad que tiene y sin
especialización alguna, comienza a entender que ha sido descartado del mundo. La
casualidad lo lleva a hacer un pequeño trabajo de reparación de un viejo
vehículo en una estancia. La dueña, una señora mayor, necesita vender el auto de
su difunto marido, porque también está en aprietos económicos. Cuando Juan
finaliza el trabajo, ella ofrece pagarle con un perro que no es un perro
cualquiera, sino un estupendo ejemplar de dogo, que su marido había comprado con
la idea de fundar un criadero. Juan intenta negarse aduciendo que está sin
trabajo y que, con semejante tamaño, el perro debe comer más que él. Sin embargo
la viuda insiste en lo valioso del ejemplar y la buena compañía que puede ser
para alguien que, como Juan, está solo. Es así como termina por convencerlo.