| El d�a que bajaron los cerros Ra�l Zibechi Para los defensores de las libertades y la democracia participativa, la forma como se resolvi� la crisis institucional venezolana no puede haber sido m�s satisfactoria. Un adelante, los golpistas del sable o del mercado, incluyendo claro a los de los medios, deber�an saber que tienen delante un adversario mucho m�s dif�cil de derrotar o neutralizar que las viejas elites pol�ticas (de derecha e izquierda), los sindicatos tradicionales o las instituciones de la democracia. Hay pueblos, o amplios sectores de esos pueblos, en condiciones de pesar en la balanza con tanta fuerza como para forzar a los golpistas a renunciar a sus prop�sitos. No es la primera vez en la historia de nuestro continente que sucede algo as�, pero los casos en que los pueblos frenaron golpes de Estado fueron tan escasos que se pierden en la memoria. Ciertamente, la insurreci�n popular que baj� de los cerros no fue el �nico factor que modific� el cuadro inicial de fuerzas. Hay por lo menos que considerar otros tres: la torpeza de los golpistas, la divisi�n de las fuerzas armadas y el papel de los medios internacionales y algunos gobiernos de la regi�n. Parece claro que los golpistas mostraron demasiado pronto sus intenciones y su car�cter, al emprenderla contra los poderes legislativo y judicial y todas las instituciones legalmente constituidas. Al parecer, esa torpeza inicial, aderezada con una amplia caza de brujas la primera noche del breve gobierno, convencieron a los militares leales a Hugo Ch�vez, y aun a los reticentes, de que todo se encaminaba hacia la restauraci�n del viejo r�gimen. Y es que la ca�da del viejo r�gimen, el del bipartidismo (Acci�n Democr�tica y Copei) signado por un sistema de corrupci�n escandaloso, comenz� su debacle en febrero de 1989, cuando se registr� el Caracazo. Hablar de corrupci�n parece, a estas alturas, ya casi un lugar com�n y las palabras empiezan a perder sentido. De ah� que sea mejor poner un par de ejemplos. Uno macro y otro micro: Venezuela habr�a recibido por la venta de su petr�leo, entre 1960 y 1998, el equivalente a 15 planes Marshall, seg�n coment� Ch�vez al director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet. Mientras Europa fue capaz de ponerse en pie despu�s de la guerra con un solo Plan Marshall, siete de cada diez venezolanos siguen sumidos en la miseria. El segundo ejemplo parece sacado de las mejores novelas del realismo m�gico: la amante de Carlos Andr�s P�rez, relevado de la presidencia en 1993 por apropiaci�n de fondos p�blicos, gan� el primer premio de la loter�a nacional gracias a los buenos oficios del entonces presidente. �l mismo forj� una de las grandes fortunas del mundo, que ahora disfruta en su "exilio" estadounidense. Contra esas pr�cticas se levant� la poblaci�n venezolana en 1989, con un costo de m�s de mil muertos por la represi�n policial. El motivo puntual del Caracazo fueron los aumentos de las tarifas de servicios y precios que decret� el flamante presidente Carlos Andr�s P�rez, quien hab�a asumido la presidencia apenas 25 d�as antes del estallido. En realidad, fue un estent�reo �basta! de una poblaci�n que hab�a visto c�mo los dos partidos tradicionales dilapidaban los recursos del pa�s. Esos sectores, los que viven en los cerros que rodean la capital, fueron el peque�o gran detalle que no tuvieron en cuenta los golpistas. Ni los propietarios de los medios de comunicaci�n, ni los estrategas de Washington. Pueden discutirse largamente los aciertos y desaciertos del gobierno de Ch�vez. Puede gustar o no su forma de encarar la cosa p�blica. Pero �sa es otra discusi�n. Lo real e incontrastable es que fue elegido por la mayor�a abrumadora de los venezolanos, en unas elecciones cuya transparencia no fueron cuestionadas por nadie. El problema est� en otra parte. "La crisis que enfrenta la humanidad es en el fondo una crisis de percepci�n", sostiene Fritjof Capra. Y, aunque parezca demasiado sencillo, pone el dedo en la llaga. Los privilegiados del mundo, empezando por las clases medias y altas venezolanas y siguiendo con buena parte de la poblaci�n estadounidense y europea, as� como las elites de la mayor�a de las naciones del mundo, han embotado sus sentidos. Hay, por lo menos, dos cosas que no han comprendido. La primera es que la acumulaci�n de riqueza, y hasta su mantenimiento, tienen l�mites que deben empezar a reconocer. Segundo, que el m�s importante de esos l�mites, m�s aun que los ambientales, es la creciente conciencia de los pueblos acerca de sus derechos. Que, por otra parte, est�n dispuestos cada vez m�s a defenderlos y a pelear por ellos. La derrota de los golpistas venezolanos, la m�s importante que cosecha Washington desde Playa Gir�n, Cuba, en 1962, es una buena oportunidad para la reflexi�n (aunque ahora dicen que es Ch�vez quien debe reflexionar). En alg�n momento, alguien all� arriba deber�a comprender que las cosas no pueden seguir siendo as�, eternamente. Que la gente, incluyendo en destacado lugar los habitantes de Estados Unidos y de Israel, est� empezando a hartarse de sus propios gobiernos. Y tambi�n del sistema que los engendr�. Atontados por la saturaci�n de los medios, los gobernantes de esos pa�ses no los escuchan. Hasta que les den una sorpresa. |