| EL MODERNISMO
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La historia del
modernismo va de 1880 a 1910 y ha sido contada muchas veces, He aquí
lo esencial. El Romanticismo español e hispanoamericano , con dos o
tres excepciones menores, dio pocas obras notables. Ninguno de
nuestros poetas románticos tuvo conciencia clara de la verdadera
significación de ese gran cambio. El romanticismo de lengua
castellana fue una escuela de rebeldía y declamación, no una visión
( llamamos visión de especie superior a la creación poética ). Vemos
que entre nosotros tampoco aparece la alianza entre sueño y vigilia;
ni el presentimiento de que la realidad es una constelación de
símbolos; ni la creencia en la imaginación creadora como la facultad
más alta del entendimiento. En suma, falta la conciencia del ser
dividido y la aspiración hacia la unidad.
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Francia había
sido la fuente de inspiración de nuestros románticos. Aunque en ese
país el romanticismo no cuenta con figuras comparables a las de los
germanos y sajones ( si se exceptúa a Nerval-foto en el tope de página- y a Victor Hugo del Fin
de Satán ), la generación siguiente nos ha dejado un grupo de obras
que, simultáneamente, consuman la tentativa romántica y la
trascienden. Baudelaire y sus grandes descendientes dan una
conciencia al romanticismo; además, y sobre todo, hacen de la poesía
una experiencia total, a un tiempo verbal y espiritual. La palabra
no sólo dice al mundo sino que lo funda. El poema se vuelve un
espacio poblado de signos vivientes. En el último tercio del Siglo
XIX las fronteras de la poesía, las fronteras con lo desconocido,
están en Francia. En las obras de sus poetas la inspiración
romántica se vuelve sobre sí misma y se contempla. El entusiasmo,
origen de la poesía para Novalis (segunda ilustración), se convierte en la reflexión de
Mallarmé: la conciencia dividida se venga de la opacidad de ese
centro magnético que era la poesía francesa ( o tal vez por eso
mismo) no se sintieron atraídos por la aventura de esos años. En
cambio, insatisfechos con la tiesura imperante en España, los
hispanoamericanos comprendieron que nada personal podía decirse en
un lenguaje que había perdido el secreto de la metamorfosis y la
sorpresa. Se sienten distintos a los españoles y se vuelven, casi
instintivamente, hacia Francia. Adivinan que allá se gesta no un
mundo nuevo sino un nuevo lenguaje. Lo harán suyo para ser más ellos
mismos, para decir mejor lo que quieren decir.
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En su primera
etapa el modernismo no se presenta como un movimiento concertado. En
lugares distintos, casi al mismo tiempo, surgen personalidades
aisladas: José Martí, Julián del Casal (última ilustración), Rubén Darío, etc. No tardan
en conocerse entre ellos y en advertir que sus tentativas
individuales forman parte de un cambio general en la sensibilidad y
el lenguaje. Poco a poco se forman pequeños grupos y cenáculos;
brotan publicaciones periódicas; las tendencias difusas cristalizan
y se constituyen dos centros de actividad, uno en Buenos Aires y
otro en México. La muerte prematura ( acaso existen otras?) de la
mayoría de los iniciadores, y sus dones de crítico animador
convierten a Rubén Darío en la cabeza visible del
movimiento.
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