Cuenta la leyenda acerca de un viejo faraón en el antiguo Egipto que tenía entre sus muchos hijos una hija muy especial a la que quería mucho. Ésta era la princesa Eirea, era la más hermosa de todo egipto. Entre sus hermanos, Eirea tenía una muy mala que envidiaba enormemente la belleza de Eirea y su centelleante personalidad, ella era Nefer-Shana.
El faraón admiraba tanto la personalidad de su pequeña Eirea que había prometido heredar a ella y al que fuera su esposo toda su fortuna y el gobierno de Egipto. Nefer-Shana, como era de esperarse estaba muy enojada con la decisión de su padre. Nefer Shana tenía como madre a una terrible hechicera que hacía todo por la felicidad de su hija y le cumplía hasta su último capricho, por eso esta mujer detestaba mucho a Eirea.
Un día en que las hijas del faraón paseaban por la avenida principal de la ciudadela un hombre llamó la atención de Nefer Shana, pero éste no le quitó los ojos de encima a Eirea. Muerta de envidia y de celos Nefer Shana llegó llorando a casa de su madre y le contó lo que había pasado. La hechicera enojada hizo un conjuro que combinó con una poción, vertió ésto en un frasquito y se lo regaló a Nefer Shana diciéndole que se lo pusiera en su copa a Eirea en la hora de la cena y que se asegurará de que lo bebiera todo.
NeferShana así lo hizo y Eirea al tomar el contenido del frasco, se convirtió en un gato negro. Sin embargo este gato tenía un detalle muy particular, un lunar blanco en la pata izquierda con el cual a la madre de Nefer Shana le sería fácil identificarla y deshacerse de ella.
Eirea se dió cuenta de que querían acabar con ella y se dio a la huida con lo que su padre pensó que se había marchado del palacio. Nefer Shana aprovechando la situación le dijo a su padre que su hermana lo había hecho a propósito para causarle un disgusto. Esto le provocó al faraón una gran depresión de la que no podría salir y que más tarde le ocasinara la muerte. Sin embargo antes de morir el faraón prometió su reino y la mano de su hija al que la trajera de regreso y si después de veinte años no regresaba todo pasaría a manos de Nefer Shana y sus hermanos.
Pasaron los días, los años y todo el tiempo pasó sin que alguien tomará el puesto del faraón, sin que nadie encontrara a Eirea. Cuando Eirea salió del palació corrió mucho, por mucho tiempo, cruzó desiertos, mares y selvas, cruzó pueblos y ciudadelas. Un día llegó a un pueblo en el que las personas tenían los ojos rasgados y la piel amarilla.
Paseaba por una calle de aquel lugar cuando un montón de perros salieron de nadie sabe donde y la persiguieron durante un buen rato. Corrió y corrió hasta que tropezó con un muchacho que vendía porcelanas y jarrones. Los perros estaban a punto de darle alcance así que trepo a uno de los jarrones y se escondió dentro de él. Cuando los perros se fueron el joven puso el jarrón en el suelo y sacó a la gatita, decidió quedarsela y ella se quizo quedar con él.
Mao Li Shu, el joven vendedor, llamó a la gata Sheeba, por la inscripción en su medallón que eran unas palabras mágicas con las que la madre de Nefer Shana se aseguraba de que nadie descubriera que la pequeña gatitra era en realidad la princesa Eirea. Con el tiempo Sheeba notó que por las noches podía hablar y una noche cuando Li Shu dormía comenzó a cantar una canción de su tierra que hablaba de lo rica y hermosa que era. Él la escuchó entre sueños y a la mañana siguiente cuando despertó decidió que quería conocer la tierra de la que había oído en sus sueños.
Preparó todo para un largo viaje, pensando que quizá nunca regresaría, vedió sus pertenencias y sólo se llevó algún dinero y unas curiosidades para ser un mercader ambulante, junto con lo que llevó iba Sheeba, que todas las noches le cantaba una nueva historia de su tierra mientras dormía. Caminaron mucho tiempo, conocieron muchos pueblos y a mucha gente. Los días se volvieron años y aunque el joven se iba volviendo un hombre maduro, la pequeña Sheeba parecia nunca envejecer. Por fin un día llegaron a un pueblo en el que todo era arena y hacía mucho calor, Sheeba ronroneaba de gusto al reconocer al viejo Egipto, sin embargo tenía miedo de encontrase con su malvada hermana y con su madre.
La primer noche la pasaron en las afueras del pueblo, al dormir Sheeba le contó a Li Shu la historia de Eirea, pero sin contarle que ahora ella era una gato. Le confió como entrar a palacio, y como obtener las mayores riquezas del mundo. Por la mañana Li Shu siguió los consejos que en su sueño había escuchado y llegó hasta palacio, donde como mercader fue recibido por las hijas del viejo faraón. Entre ellas estaba Nefar Shana quien en cuanto lo vio se enamoró de él, pero ella sabía que no se podría casar con un mendigo, él tendría que ser un príncipe.
La siguiente noche cuando Li Shu durmió Sheeba le dijo en su canción que esa misma noche, antes de amanecer tendría que entrar en elo palacio y recorrer los pasillos hasta llegar a la habitación de la princesa Eirea, donde encontraría un cofrecillo de joyas, además debía tomar uno de sus vestidos y un cairel de su cabello que encontraría dentro de un potecito. Al terminar su canción, Li Shu despertó y sin siquiera pensarlo siguió las instrucciones que había escuchado en su sueño. Tomó todos los objetos que se le pidieron y los guardó, volvió a salir de palacio sin ser visto y durmió otra vez.
Esa mañana Nefer Shana fue a visitar a su madre y le contó del mercader del que estaba enamorada, le pidió que lo acercara a ella, pero su madre le dijo que él solo caería en sus manos en menos de lo que tardara en florecer una pequeña flor, pero que no podría hacer nada por ella hasta que él no fuera un príncipe. Después de esto ella fue a donde se encontraba Li Shu y él le regaló la misma flor de la que había hablado su madre, con lo Nefer Shana comprendió que pronto él sería para ella.
Era de noche otra vez y Sheeba que en su corazón llevaba a Eirea y estaba enamorada de Li Shu volvió a cantarle al oido durante su sueño para decirle qué hacer con lo que había tomado de su habitación y volverlo no solo un príncipe sino el faraón.
Por la mañana Li Shu tomó sus cosas y las de la princesa y siguiendo las instrucciones de Sheeba solicitó audiencia con los príncipes y princesas, los hijos del faraón. Cuando todos estuvieron reunidos Li Shu les mostró el vestido, el cairel y las joyas de Eirea, luego les dijo que él la había encontrado y que sabía lo que le había pasado, pero que ahora que estaba muerta ya no importaba y no delataría al culpable. Se dirigió hacia Nefer Shana y le dió el collar de Sheeba diciéndole que había muerto en sus manos. En realidad eso no había pasado, pero Sheeba tendría que esconderse por un tiempo para que nadie supiera lo que había ocurrido con ella.
Habían pasado casi veinte años de la muerte de su padre, y los hermanos tuvieron que cumplir la petición que éste les ahbía hecho, porque aunque muerta, Li Shu la había encontrado. El día en que Li Shu fue nombrado faraón no tardó en llegar, como tampoco tardó en llegar el hechizo que lo convertiría en el eterno enamorado de Nefer Shana. Cuando Sheeba volvió de su escondite, se encontró con un Li Shu completamente distinto del que había dejado, ni si quiera la reconoció cuando la vió. Él se había comprometido con Nefer Shana quien por ambición quería quedarse con todo lo que su padre había heredado a Eirea.
Cuando Sheeba se percató de esto sufrió mucho, pero no estuvo dispuesta a dejarse vencer y mucho menos quizo que el hombre que amaba viviera con una mujer que lo haría infeliz. Pasaron algunos días sin que ella supiera que hacer, pero luego una noche mientras cantaba sus penas al aire se dió cuenta de que la ventana del dormitorio de Li Shu seguía abierta y con luz dentro. Se acercó sin dejar de cantar y al llegar hasta la ventana el asomo su rostro. Preguntó como loco quien andba allí sin atinar a reconocer la voz que le cantaba en sueños. A la mañana siguiente pregunto a todos en el palacio real si habían escuchado algo durante la noche, pero nadie lo había hecho. Lo mismo pasó por varias noches y la curiosidad de Li Shu se incrementaba pues se le hacía recordar aquella voz, sólo que no sabía de dónde.
Una de esas mñanas mientras caminaba por los jardines del palacio preguntandose por la voz que había escuchado se encontró con una pequeña gatita negra. A pesar de lo pequeña que era se veía majestuosa y con un porte único, además poseía un simpático lunar blanco en la pata izquierda. Era Sheeba, pero él no la reconoció tampoco esta vez, pero en esta ocasión decidió quedársela. La guardaría en su cuarto, sobre todo porque sabía que Nefer Shana odiaba a los gatos, principalmente si eran negros. La veía con mucho cariño sin entender por qué razón le quería hacer recordar viajes y tierras lejanas que él no creía conocer.
Las noches para Li Shu seguían siendo largas y esperaba algú día obtener contestación de la seguramente bella princesa que cantaba en las noches. Una noche mientras dormía escucho un canto que le decía que él había sido mercader y que había viajado por el mundo en compañía de su gatita Sheeba. Se despertó agitado, reconociendo la voz en su sueño como la voz que cantaba todas las noches, además recordó haberla oído hace mucho tiempo en otros sueños, pero no podía recordarlo bien. El nombre de Sheeba se le hizo simpático por lo que decidió ponerselo a la gatita que había encontrado en el jardín.
Esa noche ya no pudo volver a dormir, de pronto notó que la vcoz de sus sueños no había dejdo de cantar, por el contrario, se oía más cercana y más clara. Le preguntó una vez más quién era y esta vez ella contestó. Le dijo que era Eirea y le contó su historia una vez más, pero cuando estaba a punto de advertirle sobre el hechizo que Nefer Shana le había puesto salió el sol y quedó muda una vez más.
Todas las noches iba ella y platicaba con Li Shu, él todas las noches le insitía que le permitiera ver su rostro y todas las noches ella se negaba. Poco a poco algo fue cambiando dentro de Li Shu, aunque de día sentía mucho amor por Nefer Shana, en las noches su corazón era de Eirea por completo y es que por las noches el hechizo perdía fuerzas. Sin embargo él seguía sin recordar gran parte de su pasado ni cuando encontró a Sheeba ni cómo había llegado a ser faraón.
Ya faltaba muy poco para que la boda de Nefer Shana y Li Shu se realizara, cada día Sheeba perdía más las esperanzas de que algún día Li Shu recordara, pero sobre todo perdía las esperanzas de convertirse de nuevo en princesa y poder ganarse el amor de él...
continuará....