El árbol aéreo
Por Luis Mireles Flores
{ página de César Guerrero }
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Texto leído durante la presentación del libro Como el viento y el árbol de César Guerrero, Tintanueva Ediciones, Colecc. "oscura palabra", 2004:
- ITAM, Sala de Maestros, México, D.F., 6 de mayo de 2004.
- Casa de Coahuila, México, D.F., 17 de julio de 2004
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Los antiguos bardos celtas representan una de las figuras más tradicionales y completas de la actividad poética. El papel de la poesía, en los aspectos sociales, espirituales e incluso políticos de la cultura celta era primordial. En su poesía se concentraba el conocimiento más importante y sagrado acerca de la historia de estas comunidades, tradiciones y principios éticos milenarios que se habían ido acumulando de generación en generación y que en su conjunto constituían los fundamentos de su identidad comunitaria.
Los bardos eran los encargados de la recopilación y del cuidado de tales tesoros ancestrales. Estos primeros poetas eran sacerdotes, profetas y magos, cuyas actividades se resolvían siempre en forma de cantos, invocaciones y ceremonias sagradas. Tratando de proteger lo mejor posible sus tradiciones ancestrales de las continuas amenazas de otros pueblos, los bardos celtas llevaron a su máximo esplendor una de las formas poéticas por antonomasia: el arte de la ocultación, o lo que en términos modernos conocemos como tropos del lenguaje.
La palabra "tropo" significa cambio, vuelta, giro, por lo que tropo lingüístico puede bien interpretarse como "darle la vuelta al lenguaje". De esta forma, los cantos y narraciones en la tradición bárdica, poco a poco, fueron reinterpretados en forma de metáforas y alegorías que daban la vuelta u ocultaban el verdadero contenido de las composiciones, haciéndolas cada vez menos accesibles para oídos convencionales. De generación en generación, los principios morales y conocimientos vitales de una cultura se fueron recubriendo con una gran diversidad de vertientes expresivas, de manera que tales ideas, de importancia inconmensurable para los pueblos, fueran protegidas dentro de textos herméticos.
Esta tradición ha sido cultivada posteriormente por diversas culturas cuyos principios morales y conocimientos ancestrales han sobrevivido en lo esencial el paso de los siglos. Piénsese por ejemplo en la mitología griega, en los antiguos cantos egipcios sobre la muerte, y por supuesto, en las escrituras canónicas y apócrifas de tradición judeo–cristiana, en las cuales se manifiesta expresamente la intención hermética de los escribas, en frases como "quien tenga oídos, que oiga".
Pues bien, quiero manifestar ante todos ustedes que "Como el viento y el árbol", obra del poeta César Guerrero, inscribe a su creador directamente en la tradición de los antiguos bardos y escribas: la tradición poética de la ocultación. En su poemario, César nos revela, como en el caso del bardo antiguo, los más profundos humores del espíritu, cuestiones sagradas al tratarse de elementos fundamentales de su identidad. La ocultación es simplemente un recurso que el poeta emplea para darle protección al tesoro que ofrece a sus similares. Los tropos del lenguaje cumplen la función de proteger la revelación poética de los oídos de la imprudencia. Por eso, Jesús hijo de José —quien puede considerarse tal vez como una especie de bardo de los esenios— justificando su discurso parabólico, dijo a sus discípulos: "no echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen".
En una primera lectura superficial del poemario de César Guerrero, simplemente se vislumbran diez poemas cortos inspirados por la presencia o el recuerdo de la persona amada. Al parecer, se trata sólo de la reunión de unos cuantos textos de enamorado que el poeta decidió compendiar, para expresar la mansa fascinación que siente por la damisela causante de sus desvelos. Sin embargo, la poesía de César contiene revelaciones más profundas, relacionadas con su propio espíritu, con una interpretación de la naturaleza del amor y con cuestionamientos existenciales fundados precisamente en la experiencia amorosa del poeta.
Los diez poemas aparentemente sólo relacionados por tratar, todos, el tema del enamoramiento, se encuentran encadenados en forma más entrañable, llevando consigo la narración completa de un viaje que el espíritu del poeta ha emprendido a través de las aguas escabrosas del amor. A continuación trataré de clarificar un poco lo que ha motivado mis especulaciones, siempre cuestionables, pero al mismo tiempo, consecuencia inevitable del encuentro con la verdadera poesía: ésa que mágicamente deriva en múltiples interpretaciones y significados infinitos.
La historia se inicia en el origen de los tiempos, el primer paso del poeta en el ámbito amoroso marca el inicio de su viaje y lo conduce directamente al principio del mundo: la primera revelación del hombre enamorado radica en descubrir que su amor no es una casualidad, sino que la unión de almas paralelas ha sido concebida desde siempre, al menos desde que la humanidad entera sólo era en potencia. En la búsqueda por el origen de su amor, el poeta se sitúa junto con su amada en el jardín del Edén. La cultura misma no ha nacido aún cuando los predestinados se conocen, pues son los únicos espíritus sobre la tierra cuando se descubren amantes:
"En mí reencarnó Adán,
en tu desnudez se vistió Eva."
En este poema se comprende claramente lo que un enamorado intenta expresar cuando dice a su amada: "Te amo desde siempre". El universo entero ha velado desde entonces el amor de los amantes en el lecho. Antes de su existencia misma, los amantes son amantes.
En el siguiente poema, las reminiscencias del poeta sobre lo ocurrido en el Edén, lo conducen al momento mismo en el que la unión de los amantes es consumada en una especie de ceremonia sagrada. Cuando el cielo todavía está desnudo de atavismos, de tradiciones, de antepasados, la unión de los enamorados constituye la primera de todas las uniones ceremoniales. El poeta se contempla a solas con su mujer, como en un remanso de silencio en el que los únicos testigos de la unión matrimonial originaria son las hojas secas, cuyo murmullo hace las veces de campanadas; las piedras, quienes son las encargadas de soltar la lágrima; y el mismísimo sol, quien aún presentándose con toda su majestuosidad no puede evitar la pena y el sonrojo cuando la novia pasa frente a él derramando esplendor hasta por los cabellos. El viento parece el encargado de santificar el enlace, al tiempo que revolotea alrededor del cuerpo de la amada, atento a la culminación del acto para permitir entonces que los besos florezcan por vez primera.
En el tercer poema, "Dama de agua", el poeta continúa la crónica del viaje de su espíritu a través de las aguas del idilio. Ha caído más decididamente en las redes del enamoramiento, en la enajenación de sí mismo ante el reconocimiento en la adorada silueta. Ésta es probablemente una de las fases más identificables del delirio amoroso tradicional. Después del beso primigenio, después de la palpitación inicial producida por el recién estrenado sentimiento de saberse uno el reflejo del otro, se gesta una sensación de plenitud que literalmente enceguece. Es el momento en el que se piensa que la persona amada es superior a todas las maravillas y a todas las virtudes, una diosa, la causa y sentido de todo lo existente. Éste es también el momento en el que el poeta se siente obligado a despertar su pluma y dedicarle a ella, a la diosa, toda su epopeya:
"Pluma que despierta el viaje
de mis fantasías".
Así canta el poeta embelezado, flotando en una especie de alucinación angelical. De sus dedos sólo emanan prodigios, pues con un solo gesto, la diosa reviste los mástiles de la barca sobre la cual viaja completamente entregada el alma del poeta, navegando sobre las aguas del inconsciente, sobre las aguas de la ensoñación idílica, sobre las aguas de la amada.
La situación del poeta en esta etapa de su viaje, como muchos podrán dar fe por la propia experiencia, es un efecto insoslayable de las primeras fases de una relación amorosa. Se trata del mismo efecto que condujo a Sir Francis Bacon a concluir, a finales del siglo XVI, que "es imposible ser sabio y estar enamorado" simultáneamente. La "pasión insensata", como la llama Bacon, "lleva a no apreciar bien la naturaleza y realidad de las cosas". Nada más alejado de la realidad que la idea de que la persona amada es la más virtuosa, la más hermosa y la más sublime de todas. Si todos los enamorados piensan esto, la insensatez de la que habla Bacon, salta a la vista: cómo pueden las personas, objeto del amor de otras, ser todas al mismo tiempo la persona más virtuosa de todas. De acuerdo con las ideas del filósofo, los enamorados contemplan la realidad deformada: viven una fantasía rayando la locura. Sin embargo, de ser cuestionado en forma directa, seguramente César le replicaría al inglés:
"Vestida de agua,
tu piel
es la ribera donde mi sed acaba."
El delirio amoroso de César continúa y se ve exacerbado en el poema "Tus manos", en el cual los poderes de la amada llegan al más alto grado de magnificencia: Con un leve roce de sus manos, la diosa redescubre para el poeta el sabor de los objetos y el ansia del color, enciende las estrellas, devuelve la vista a los ciegos. Cada detalle del universo "nace en la palma de su mano". Con un ligero movimiento le da rostro incluso al tiempo. La caricia de la amada, para el poeta, representa la celebración irrepetible de toda su vida.
Es importante notar que en el despliegue de nuestro poeta, el amor espiritual no se contrapone ni reniega del contacto físico; por el contrario, como se hace evidente en los muchos momentos de erotismo en el poemario, ambas formas amorosas se complementan. El amor espiritual vivifica la caricia, otorgándole el soplo divino, o en este caso, el "viento" divino que enciende la flama amorosa. Esta reflexión permite comprender uno de los tantos sentidos del título del poema siguiente, el cual también da nombre a todo el poemario: "Como el viento y el árbol". O también podría decirse: como el espíritu y el cuerpo, como el amor y el erotismo, como lo divino y lo humano, como lo etéreo y lo material, o como el humano mismo: como el árbol aéreo. Múltiples significados, múltiples evocaciones, múltiples imágenes que encierran múltiples revelaciones: Poesía.
Así, en este poema, el poeta continúa su viaje fantástico, ahora a través de un bosque (seguramente un bosquecillo mágico, como es la usanza de los bardos). En este entorno, contempla cómo se recuestan los muslos de la amada para beber a orillas de un río. Es el momento del encuentro más íntimo de los amantes: besos entrelazados sobre la piel tan lisa, clara y resplandeciente como la superficie del agua que atestigua la unión. Una es el reflejo de la otra: lo mágico y lo concreto se funden en el beso de los amantes sobre el prado y el poeta lo canta:
"No son distintos el espacio del tiempo en nuestros cuerpos,
latimos al mismo paso [...] como el viento y el árbol"
Es en los dos poemas siguientes en los que el deleitoso viaje del poeta toma un giro extraordinario: En "Aeropuerto", el poeta describe modestamente el instante previo a la separación de los amantes. A punto de abordar el avión que lo llevará lejos de su querida, César se precipita en una reflexión que pretende solucionar metafísicamente el problema de la lejanía. Contemplando los espacios, las distancias y las alturas que lo rodean, el poeta se pregunta: ¿qué importancia tiene la lejanía, si nuestros espíritus se encuentran siempre juntos cada vez que contemplamos el mismo sol?
El enamorado ha alcanzado una fase del viaje del amor, a la que muy pocos arriban: ha llegado a un puerto en el que las concepciones del espacio le resultan irrelevantes. El aeropuerto deja de representar el lugar de la separación, para convertirse en el punto donde el poeta se prepara para emprender el vuelo fuera de las nociones espaciales convencionales. Y de esta forma, darle una nueva potencialidad a su sentimiento, liberándolo de las barreras impuestas por meras (y ahora burdas) circunstancias físicas. La espacialidad le resulta indiferente al amor verdadero.
Y ya que el poeta se encuentra encarrerado y enardecido en el frenesí del amor en toda su potencia, la siguiente revelación es inevitable: Si el espacio le es indiferente cuando se encuentra entregado al vendaval de la pasión, el tiempo le resulta igual o más insignificante todavía. El enamorado, después de volar fuera de la jaula del espacio, se percata de que su amor también es capaz de trascender barreras temporales. El tiempo no existe para aquél que se encuentra embebecido de amor. Si para Kant, el hombre no puede concebir cosa alguna sin la intuición pura del tiempo y del espacio, para César, el poeta no puede aspirar al amor puro sin escapar plenamente de tales intuiciones.
En el poema titulado "Tiempo", César comparte lo que le es posible compartir sobre la revelación de la "atemporalidad amorosa": al admirar a su amada, lo que contempla es bondad pura, alegría y brillo, completamente extraídos del tiempo:
"Miré tu rostro fijamente,
miré tu piel de niña y miré tu piel de anciana,
miré la misma sonrisa bondadosa,
la misma alegría y el mismo brillo,
los vi hoy, ayer, mañana."
Octavio Paz, en algunos de sus versos más célebres, también se refiere a las miradas atemporales del amor:
"Miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo de la vida".
Son evidentes las influencias en el poemario de César, no sólo de Paz, sino también de Quevedo, García Lorca, León Felipe, Neruda y posiblemente San Juan de la Cruz, pero qué importancia tiene la enumeración exacta de todas las posibles influencias en la Poesía de César, cuando lo verdaderamente importante es que nos encontramos frente a su espíritu abierto y expuesto alegóricamente, en forma de poemas, los cuales nos revelan su travesía por los confines extremos del apasionamiento. Acaso, la principal coincidencia en las obras de los poetas se da cuando en su Poesía logran llevar el amor a sus últimas consecuencias.
Sólo me resta comentar que en los últimos poemas del libro de César, puede descubrirse una confrontación directa con la divinidad, cuya conclusión, me temo, es imposible comentar en estas líneas. No por falta de espacio o tiempo, sino porque justamente para poder contemplar el dilema existencial, derivado del extravío amoroso del poeta, es necesario escapar junto con él de las nociones de espacio y tiempo, y así recibir la revelación íntimamente en sus imágenes y versos. Lo único que me es posible hacer en este momento, es invitarlos a que se estremezcan con lo profundo del espíritu de César Guerrero, en sus composiciones del idilio, las cuales escucharán a continuación en su propia voz. "El que tenga oídos, que oiga".
Luis Mireles Flores
6 de mayo de 2004, México, D.F.
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