La pureza azul de César Guerrero

      Por Fernando Corona

        { página de César Guerrero } 

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Texto leído durante la presentación del libro En la pureza del azul de César Guerrero, Urdimbre, 2005:

  • Casa Universitaria del Libro, UNAM, México, D.F., 21 de noviembre de 2005.

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En un primer acercamiento a la poesía nueva de César, con espíritu abierto y perceptivo, el alma parece respirar un ambiente sutil y confortante. En el título hay un color, pero el poemario, en su avance, deja claro que no hay intención de abrir abanicos coloridos ni entornos tamizados. Hay un color que no sólo predomina, más bien señorea, domina y, tras la lectura total del libro, conquista y convence. 

            La primera pasada con los ojos y el espíritu para los versos de "la pureza del azul" es de un impresionismo profundo, sugerente y calmante. Los títulos mismos de las partes están hechos para predisponer al lector y conducirlo poco a poco por esas galerías azules que son los cuartos del alma de César Guerrero: "atmósferas", "estética" y "despedidas", así, palabras aisladas y concretas que definen tres momentos (si pensamos en delimitar esa dimensión poética de César en términos del tiempo), tres lugares (si se busca una delimitación espacial) o tres intenciones (si, a final de cuentas, preferimos los límites de la expresión del alma). 

            En mi impresión, me es grata la idea de que, más bien, esa tripartición aborda esos tres aspectos del mundo poético presente en la historia del hombre y su palabra: mientras que las atmósferas nos ofrecen un cuadro del mundo donde es posible sentir ese azul profundo del alma de un poeta, la estética (no cualquiera, sino la azul de César) nos da una óptica especial para decodificar el mundo y leerlo por dentro de nosotros, en tanto que las despedidas hacen del tiempo un referente para detenerlo y capturar en imágenes azules los instantes que merecen no caer en la guadaña del tiempo que invariablemente todo lo corta. 

             Pero hay muchas reflexiones aquí, pues la simple impresión, si bien no engaña, es cierto que limita. Aderezada ya nuestra alma con el azul del interior del poeta, suavizada, vuelta receptiva, profundamente impresionada, se prepara el camino para una introspección bien meditada. Y aquí precisamente tiene lugar la magia del encantamiento poético de César, si es preciso, como todo nos da lugar a ello, evocar el genio de la palabra con que el poeta, "con su atuendo azul", por dentro y fuera, consigue que el lector sumerja más su condición de visitante por esas quietas galerías. Desde luego, hay almas que, libres en su decisión de ser suspiro, querrían quedarse nada más con esa vocación de espectador por largo rato y no penetrar más en otras zonas de la psique donde tienen lugar otros fenómenos y, desde luego, distintas consecuencias. 

            Pero César Guerrero va más allá. En esa imagen ya bien cimentada, que hoy ha sido posible gracias a sus versos, de unos visitantes que nos acercamos a las galerías de su alma, tapizadas de azul, para ser conducidos por el anfitrión por las mismas, que pueden ser, o bien tres instantes, o bien tres sitios, o bien tres condiciones del espíritu, me viene a la mente la condición hermética (de Hermes, el dios griego) que sin duda tiene todo poeta: el dios en cuestión tenía muchas cualidades, entra las más destacadas las de ser comerciante, médico, delimitador, engañoso, mensajero y portavoz, como el poeta; pero además, tenía, como hoy César, la misión de psicopompo, esto es, literalmente, de conductor de almas en el inframundo, casi, diríamos, como un guía de turistas en ese paseo de ultratumba. Y bien, a final de cuentas, si César nos hace posible un descenso a nuestro propio mundo interior o inferior, qué mejor alusión a su trabajo azul poético que la de aquel entorno sagrado y mítico. 

            Porque, en gran medida, el poeta de verdad, el oficiante del mensaje más puro del lenguaje, crea no sólo el poema, sino las condiciones necesarias para que el mismo rasque el alma. Aquí hay, entonces,  atmósferas, estéticas y despedidas, en un sentido general, marcos que rodean con precisión los cuadros interiores predominantemente azules. 

            Pero antes de pasar a las descripciones de los momentos culminantes que creo encontrar en el poemario, hagamos las preguntas importantes de este libro, a partir del título. En la expresión En la pureza del azul contamos con tres elementos de existencia, de los cuales, el primero (la preposición "en") denota el marco espacial donde nos encontramos, de tal forma que, al decir "estamos en", ya nos sabemos dentro de un sitio; el segundo elemento lleva ligados dos términos: ante la pregunta, pues, de ¿en dónde estamos?, el título responde a medias: en "la pureza", esto es, no cualquier pureza, sino una en particular, determinada por el artículo: la pureza; por último, el tercer elemento define y da vida especial a todo el entorno en donde estamos: esa pureza le pertenece, de algún modo, a una entidad, a una existencia o a una forma de ser: "el azul": la pureza es del azul, y así, el complemento adnominal, aportado por el término del permite que una existencia dependa de otra, le pertenezca a la otra; y bien, ahí es en donde nos encontramos: En la pureza del azul

            No obstante, aún no hemos respondido a lo más importante: ¿qué es ese azul? Si pensamos en un poemario convencional, pretendidamente audaz (como mucha de la llamada "poesía experimental" moderna, que tiene todo de experimental y nada de poesía), podríamos prendernos de la idea de que el azul es el color al que se alude y ya, además, desde luego, de los objetos, entornos, seres, estados de ánimo y condiciones a que remite ese color. 

            Pero no, el mecanismo poético, los recursos y la profundidad del poeta hoy comentado no dan lugar a tan mezquina interpretación. Antes bien, como veremos, existen en los versos del libro que ahora se presenta toda la constitución que sólo es poema y no sólo el inspirado, el amanuense o "escribidor", el versificador o el reflexivo. No, aquí hay ya una poesía que, sin dejar de ser plenamente perceptiva, sensitiva y humedecida espiritualmente, ha cobrado ya una conciencia más despierta de la cerebralidad del oficiante del verbo. Hay, pues, equilibrio entre la parte constructora del mensaje y la parte que vive las experiencias que devienen en materia prima del poema. 

            Al final de este texto, quizá, quede más claro qué es, a final de cuentas, ese azul; por ahora aviso nada más que no hace falta "saber", bien a bien, lo que ese azul significa, porque la poesía nunca ofrece significados y sí expresiones, carentes por excelencia de la lógica común en que vivimos (de lo contrario, como sucede con otras disciplinas entendidas coloquialmente como más racionales o verdaderamente racionales, hacer poesía daría como resultado argumentos, definiciones, silogismos, leyes, etc.); no obstante, sí me atrevo a proponer que, en todo caso, el azul de César Guerrero es el color del alma (de su alma y, por extensión, porque a final de cuentas el acto creador de la poesía es el del mundo, nuestra alma), al fin y al cabo, los colores no siempre son, valga la redundancia, colores, sino que el hombre mismo los hace existir, los valida, pues como dice el pinto Egnar García, "el color es la luz que estalla en los objetos", expresión que encuentra su gemela en este verso de César, en la segunda parte del libro, estética

la materia colapsa en las paredes.

Y esa luz de la que habla el pintor Egnar, precisamente, es la que de un modo especial y definido como azul vive en el interior de César, como él mismo lo dice en la primera parte, atmósferas

Luz que de mi mano se escabulle
como arena antigua

En la primera parte, pues, las atmósferas hacen posible, sin salir de ese entorno azul, reunir en uno solo "todos los colores del espectro", pues todos ellos

se rinden
ante la brillante pureza
de uno solo. 

Y así, con esa aseveración, todo lo que existe en el poema es pura y profundamente azul: como los colores en el espectro, también se juntan las notas de una música que "describen con su tacto una mujer de aire", aparecen como referencias míticas y atávicas los  "amanuenses del mar y del cielo", que tal vez hicieron con César el poemario, y casi como una autodefinición, presa del estado azul de su alma, César tal vez podría decir de sí mismo estar 

como velero trasnochado
por el lienzo de este mundo

Con su poesía, su propuesta, su atmósfera, a César le es posible oler con los ojos, degustar una cabellera húmeda con sabor a viento, oír cantar con un sonido de alas a unos muslos, perder su nombre y su pasado (porque, insistamos, en la atmósfera poética no hay identidad ni tiempo). Y es justamente esa conciencia atmosférica especial de la vivencia poética la que hace de César un ser convencido de su voz y de su tono. No de otra forma sería posible a alguien aficionado o incipiente decir esto: 

Entramado, el horizonte
ha venido hasta mi calle. 

Y así, los poemas le hacen factible también que sus ojos sean celosías, que las estrellas crezcan en racimos y, encima, sean miradas que lo espían, que el agua llueva "rozando los labios del aire", que un reloj muerda orejas, que mares sueñen tactos inventados. 

            Cabe decir también que, elemento esencial en esta poética de César, es la paradoja, la contrariedad: 

En la silueta vacía que deja alguien
que es nadie.
Aquí, un reloj muerde orejas sin que nadie escuche
mientras se ahoga sin música el silencio.
Duerme, se esconde el nombre de las cosas
tras las horas calladas.
Muere su reflejo en las cuencas vacías
que tampoco se miran 
a sí mismas. 

O bien: 

Ambos practicaban el ultraje,
el uno con su daga de palabras,
el otro con su daga de silencios. 

La concreción, la economía y los recursos en un poema tan breve y a la vez tan profundo como "la espiga" resultan sugerentes para rematar esta exposición de la primera parte con un ejemplo: 

 

LA ESPIGA

Apreciación de Rufino Tamayo

En medio de la noche aún brillan dos nubes,
y en el centro azul de esa última mirada
un corazón de trigo ilumina de paz la plaza húmeda,
poco antes que la luz se disuelva en las tinieblas. 

En cuanto a la segunda parte, estética, hay tal intención reflexiva que uno a veces está tentado a pensar que está leyendo uno de esos poemas que a la vez son tratados y mensajes del cielo: y aquí está más presente aún, y desatado, el lenguaje sagrado del poeta, que se define a sí mismo, define su entorno y su condición de voz presente en el orden del mundo: 

la forma es contenida por su forma

tomo en firme lo indecible

me sostiene un lenguaje inmaculado

Asimismo, se hace patente una intención, de la que no cualquier poeta es consciente realmente y, valga decirlo, a pocos les es fácil allegarse a ella, no obstante que sin ella no hay poesía tal como se vive y se siente desde la más remota antigüedad: la intención ceremonial, ritualística, cultural, mistérica del poema. Aquí es donde se hace presente de verdad la existencia sagrada de una labor como la del poeta. Escuchemos, por ejemplo, estos versos del poema "El último baile de la muerte": 

 

EL ÚLTIMO BAILE DE LA MUERTE

Inspirado por Rakim, de Dead Can Dance

 

En el punto más arcano del silencio
abre un compás de tiempo.
(...)  el pulso
más atávico del mundo. 

El dedo de una llama emula
el rayo de una estrella. 

(...)

Es la Vida cuya mano toma
los fríos dedos de la Muerte.

Y danzan, giran ambas,
Vida y Muerte
con el fuego separando sus cuerpos alegóricos
en el corazón del Universo.

Bajo el rito de su danza brota la memoria,
sus conciencias enfrentadas encienden
la máquina del tiempo,
crecen como hierba las ideas
y en los ojos de agua, 
sorprendidas se miran las estrellas.

(...)

La vida reconoce al tacto yerto en su destino.

(...)

El instante recuerda que es efímero.
Todo regresa inerte al sueño del olvido. 

Más adelante vuelve a aparecer, insistentemente, como leitmotiv, este aspecto sagrado en la segunda parte del libro, aspecto definido por el mismo César como "un arcano ritual de advenimiento". Esto es, no estamos ante un poeta al que "se le ocurra" o que tenga chispazos de genio. No, vemos en mesa a un poeta consciente en su creación, cerebral y emotivo a la vez. Si no, ¿cómo podría crear versos como los siguientes?: 

y como el mar a los egipcios
inunda las cavernas del oído. 

Y lo mismo aplica esta ritualística a la luz, a la belleza, a la amada, a los mares, porque todo el entorno es parte de su mundo renacido y sacro. 

            Pasemos a la última parte, despedidas. Qué manera de expresar un árbol seco: 

Hace tiempo los árboles extraviaron a sus pájaros, 
el árbol se cansó de ser árbol.
Las piernas inmóviles,
las alas atadas, 
un plumaje inútil sus hojas. 

Como decíamos atrás, aunque el poeta no brinda definición, a quién le importa lo que diría una mente racional de un árbol que yace abandonado a media calle, seco y muerto, cuando en el poeta de verdad existe el referente de estos versos. Decíamos también, más atrás aún, que esta última parte del libro correspondía a una temática del tiempo, y el poeta mismo no nos deja mentir: 

El fantasma del tiempo otorga,
como un oráculo,
la visión de un rastro ajado y sabio. 

Y de pronto no soy
sino las huellas que recojo,

o en otro poema: 

resiste el tiempo
como gato adormecido 
y nadie se percata
del hombre que corre. 

Y a todo esto, ¿qué propuesta resuena en las paredes mentales, racionales y emotivas del lector, cuando se escuchan estos versos? Bueno, el propio poeta deja traslucir la opción del existir de nuevo: 

Me desconozco
y procuro trazar un rostro nuevo.
Por un instante
dudo ser aquél que siempre he sido
y me miro como si mirase a otro
de mí mismo sorprendido. 

Y es que es necesario, en un momento decisivo, destinarse a algo más que la común existencia que arrastramos, egoísta, introvertida, desinteresada, ya sin alma. 

            Creo haber descubierto esa pureza azul de los versos de César en el alma que en varios ha dormido y en unos, incluso, y se ha muerto. Creo que esta propuesta está hecha no sólo para que vengamos a aplaudir, a comprar el libro y pedir que nos lo firme. Estoy convencido, incluso, de que esa intención ritualística, ambiental, estética, de lucha contra el tiempo que veo en César, viene a tener un corolario que, conforme avanza este mundo que presume de progreso, civilización y técnica, que antepone la razón sobre el sentir, sojuzgándolo, que deja de lado, como a niños renegados o inútiles vagabundos con la expresión a rastras, a los poetas y, en general, a los que dejan todavía respirar en sus adentros a un suspiro por un árbol que aun no muere. El mismo César Guerrero, ya hacia el final del libro, deja que sintamos esa humedad del alma en versos que debieran ir con nosotros resonando por la calle y en cada patio a nuestro paso: 

Ahora escucho el latir del árbol
sincronizarse con el pulso lento de mis venas. 

 

                                                            Fernando Corona.- (Rúbrica)

Casa Universitaria del Libro, UNAM

Ciudad de México, 21 de noviembre de 2005. 



- Fernando Corona (México D.F., 1976).

Licenciado en Letras Clásicas e investigador del Colegio de México. Autor de los poemarios Ángela, Cantos de Silencio (Tintanueva, 2000), Canto sobre la muerte del menor Sabines (Los poetas de la banda eriza) y Los trenos de la iglesia de piedra (Ediciones del Lirio, 2004).


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