Mefistófeles

      { página de César Guerrero }

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GUERRERO, César.  Apuntes del Subsuelo, Fundación Cultural Trabajadores Pascual y del Arte, México, 2002, p. 7. 

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Poesía

Eritis sicut Deus, sientes bonum et malum[1]

(Gen, 3:5)

Una vez que los espíritus fáusticos

me invocaron fuera de la cuadratura del círculo,

que sus miradas inquisidoras

transgredieron conmigo el miedo al movimiento

y tomaron en sus manos las riendas del destino,

 

hube de disolver las riberas que se ofrecieron al hombre y por el hombre creadas,

hube de derrumbar sus techos y desgarrar sus vestimentas

a fin de que sus ojos pudieran hurgar en sus entrañas.

Quebramos en pedazos, inmisericordes, sin pausa,

cada una de las imágenes que bebían sus ojos,

las formas que ingerían sus pieles mortales,

hasta moler sus restos en granos más finos que el polvo

y los extendimos sobre la mesa de disección del horizonte,

y el viento y el agua y la luz las disolvieron en su lente diáfano,

y pudimos escudriñar por vez primera el rostro oculto de su fuente.

 

Desafiamos a la muerte con soberbia en nuestros actos.

 

Fue entonces que dudamos de nuestros sentidos,

de los caminos señalados por nuestros atavismos,

a fin de construir, con la culta voluntad de nuestras manos,

sentidos nuevos y distintos;

obras perfectas como el pensamiento de Dios,

al fin traducido a mundanos signos.

Y cuando lo creímos hecho,

Dios bajó de su trono para dejar de existir,

pues supimos que Dios era Yo.

 

Pero he aquí que mis lebreles del método agostaron su hambre y su sed

en los campos hasta dejarlos vacíos, quedando atrapados en la trampa de su orgullo,

                                                           que fue también el nuestro.

Así que vinieron a mí, desatando sus lenguas e hincando sus dientes,

amenazándome y amenazando a Fausto con sus ojos de gorgona y basilisco.

 

Hablan los lebreles:

 

"Enfebrecidos, obnubilados por lo que nuestros ojos habían visto,

padecimos la locura sin saberlo, hasta que todos habíamos ya perdido algo:

un pie, la mano, un fragmento de nariz, por nosotros mismos devorados."

 

Su hambre insaciable no se detuvo ante su mirada de hermanos.

 

Mi espíritu se había vuelto contra mí,

a poco de condenarse a vagar entre los muros impasibles de la nada.

 

Es así que quisimos sembrar el caos para reinventarnos únicos, firmes,

omnipotentes e inalterables creadores, y he aquí que el caos estaba también

en nuestra sangre, en el alma nuestra y nuestras obras, en nuestra médula.

 

Es así que tanto como atacamos nuestras falsas certidumbres

en busca de una sola llave, hoy no podemos sino resignarnos

a la infinidad de puertas que llevan a otras puertas

y más puertas y otras llaves que no han sido encontradas,

mientras que algunas de ellas son digeridas lenta,

inevitablemente por la herrumbre.

 

Es así que nuestra agonía violenta no cesó hasta que bajamos la cabeza

y aceptamos que el orden y el caos eran inherentes a nuestra anatomía

-víctima virtuosa de sí misma-;

que a cada método sólo le está dado rondar la espalda del otro

para recordarse que no hay ninguno invulnerable

y que su permanencia dura apenas un instante.

Es así que renacemos.

 

Es así que mi nombre es nuevamente sólo un nombre:

 

Mefistófeles.

 



[1] "Seréis como Dios, sabedores del bien y del mal".

 

 

 


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