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Violencia Intrafamiliar • 1
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Violencia de pareja:

 

Tipología,
características
e impacto en la
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Violencia de par eja:
tipología, características
e impacto en la sociedad
En este capítulo se definirán la violencia conyugal, la intrafamiliar y la ejercida
contra las mujeres, así como sus manifestaciones físicas, psicológicas y sexuales.
Se plantearán las diferencias entre conflicto y violencia en la pareja. Por medio de
estadísticas nacionales y de testimonios de mujeres en situación de violencia
conyugal, se establecerá la magnitud de dicha problemática. También se hará un
análisis sobre las múltiples causas y consecuencias de orden físico, mental y social
que produce la práctica de la violencia conyugal como manera de resolver los
conflictos.
Como se planteó en la introducción de este módulo de autoformación, la
violencia conyugal se define como “un patrón de interacción que lesiona la
integridad física, emocional y sexual de las personas que forman parte de la pareja.
A través de dicha violencia se vulnera el derecho que cada integrante de la misma
tiene a la vida, la libertad y la autonomía en el manejo de la sexualidad, del cuerpo
y a tomar las propias decisiones. Su objeto es someter al otro o a la otra, establecer
y reproducir relaciones de poder o resolver conflictos”
1
. La violencia conyugal se
asocia con dos formas de violencia que aunque están relacionadas entre sí, se
pueden diferenciar conceptualmente. Una de ellas es la violencia contra las
mujeres que se ha definido como “cualquier acción o conducta basada en su
género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la
mujer, tanto en el ámbito público como en el privado”
2
. La violencia contra las
mujeres es aquella que se ejerce a nivel político, social, económico y simbólico,
manifestándose en instituciones concretas como el lugar de trabajo, la escuela,
la familia, las instituciones públicas, la calle, así como en los medios de
comunicación.
La violencia conyugal también hace parte de la violencia intrafamiliar,
entendiendo ésta como “cualquier acto de imposición por la fuerza, ya sea física,
psicológica, sexual o económica, de uno de los miembros de la familia sobre otro
u otros, con el fin de dominar, controlar, someter o agredir; como todo tipo de
violencia, vulnera los derechos humanos. Se consideran también violencia
doméstica, las amenazas, las humillaciones, la omisión grave de los deberes de
crianza, cuidado y manutención de los miembros dependientes de la familia (niños,
niñas, ancianos, ancianas, personas enfermas y discapacitadas). Generalmente
estos actos violentos se asocian con la desigual distribución del poder dentro de
la familia y con la manipulación de los miembros más débiles; producen daños
graves en la integridad física o psíquica de las personas y coarta su libertad”
3
. La
violencia intrafamiliar comprende la violencia conyugal, el maltrato a niñas y
niños, la violencia ejercida hacia otros miembros de la familia (violencia entre
1
Op. Cit. Ramírez.
Puyana. 2000 (p. 3).
2
Ley 248 de 1995. “Por
medio de la cual se
aprueba la Convención
Interamericana para
prevenir, sancionar y
erradicar la violencia
contra la Mujer”, suscrita
en la ciudad de Belem Do
Para, Brasil, el 9 de junio
de 1994. (Artículo 1). (p. 2).
3
Taller Nacional para la
definición del Marco
Conceptual del Sistema de
Información del Plan de
Prevención de la Violencia
Intrafamiliar “Haz Paz”.
Plan de Prevención de la
Violencia Intrafamiliar,
Marco Conceptual.
Ordóñez, Myriam. (p. 1).

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hermanos, violencia de hijas e hijos a padres y madres), la violencia hacia
ancianas y ancianos, hacia personas discapacitadas y hacia quienes desempeñan
el servicio doméstico.
En el grupo familiar, la violencia tiene género y edad; se presenta de distinta
manera según se trate de mujeres, hombres, niñas, niños, jóvenes, ancianas y
ancianos. Las estadísticas nacionales e internacionales demuestran que la
violencia intrafamiliar afecta principalmente a las mujeres, niñas y niños,
impidiendo su desarrollo humano integral, negando el respeto por su integridad
física, psíquica y sexual, y limitando la construcción de relaciones democráticas y
equitativas en el ámbito familiar y social.
La problemática de la violencia conyugal se presenta entre las mujeres de todo
el mundo. Estadísticas a escala mundial sustentan esta afirmación: en Estados
Unidos la relación entre las agresiones que sufren las mujeres y las denuncias es de
diez a uno; uno de cada cuatro intentos de suicidio femenino se debió a golpes por
parte de su compañero; entre el 25 y 62% de las mujeres embarazadas son agredidas
físicamente por su esposo; en el 50% de los casos de homicidios en que el cónyuge
era culpable, las mujeres habían llamado a la policía en cinco ocasiones durante los
dos últimos años. En Francia la mitad de las mujeres que sufren violencia es a causa
de sus maridos y en Dinamarca el 25% de los divorcios se produjo a causa de la
violencia conyugal. Como se puede observar, “la violencia contra la mujer atraviesa
fronteras, ideologías, clases sociales, razas y grupos étnicos”
4
.
Si bien es cierto que la violencia intrafamiliar, y dentro de ésta la violencia
conyugal, se ha presentado a través de toda la historia de la humanidad, solamente
se ha considerado como un problema colectivo desde hace aproximadamente
tres décadas. El feminismo y la lucha del movimiento de mujeres han puesto en la
arena pública un problema que se había considerado como propio del espacio
doméstico. A partir de ese momento se han realizado numerosos estudios e
investigaciones que han hecho evidentes las discriminaciones y los diversos tipos
de violencia que viven las mujeres en sus familias y en las relaciones de pareja. La
familia y la pareja han sido definidas idealmente como los espacios sociales
óptimos para la expresión del afecto, la intimidad y la solidaridad, sin embargo,
es evidente que en su interior ocurren hechos que lesionan la integridad física,
psicológica y sexual de sus miembros, produciéndose una gran ambivalencia de
sentimientos y acciones que van de la caricia al golpe, del amor al odio, de la
solidaridad a la destrucción y del acogimiento a la destrucción.
Como lo afirma la Corte Constitucional: “Es deber del Estado intervenir en las
relaciones familiares, no con el propósito de imponer un modelo determinado de
comportamiento, sino para impedir cualquier violación de los derechos
fundamentales de las personas”. En otros términos, la protección que el Estado
debe brindar a las personas no puede quedar reducida al ámbito de lo público, se
extiende también al espacio privado, como lo ordena el artículo 42 de la Carta,
según el cual “Cualquier forma de violencia en la familia se considera destructiva
de su armonía y unidad, y será sancionada conforme a la ley” (Sentencia C-285/97
Magistrado Ponente: Dr. Carlos Gaviria Díaz). En ese sentido, la violencia
conyugal es una violación de los Derechos Humanos fundamentales, un grave
4
Carrillo, Roxana. La
Violencia contra la Mujer:
Obstáculo para el
Desarrollo. En: Guzmán,
Virginia. Portocarrero,
Patricia. Vargas, Virginia.
(Compiladoras). Una
nueva lectura: Género en
el Desarrollo. Ediciones
entre Mujeres. Lima.
1991. (pp. 162-165).

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problema de salud pública
5
, un obstáculo para el desarrollo humano, económico y
para el logro de la paz en nuestro país.
Es importante hacer una definición de lo que se entiende por: violencia física,
psicológica y sexual.
El maltrato físico se ha definido como una “forma de agresión producida por
la aplicación de la fuerza física no accidental, caracterizada por lesiones variables
sobre el cuerpo de la persona agredida, con consecuencias leves o graves, incluso
la muerte, pero que siempre tienen efectos traumáticos de orden psicológico o
emocional ya que es generada con una intencionalidad específica”
6
. La violencia
física “produce enfermedad, dolor, heridas, mutilaciones o muerte. Puede
manifestarse con cachetadas, empujones, patadas, y hasta con la utilización de
objetos, tales como correas, cigarrillos, cuchillos, palos, machetes...”
7
El maltrato psicológico “Se refiere a todo tipo de agresión a la vida afectiva lo
cual genera múltiples conflictos, frustraciones y traumas de orden emocional, en
forma temporal o permanente” y se expresa en tres formas: como agresión verbal
(humillaciones, ridiculizaciones, amenazas, denigraciones), “a través del lenguaje
corporal: manifestaciones exageradas y permanentes miradas de insatisfacción,
de rechazo o burlescas; ausencia de expresiones afectivas, la exclusión y el
aislamiento”, y por medio del chantaje afectivo
8
. La violencia psíquica o psicológica
“Se manifiesta con palabras soeces, amenazas, y frases encaminadas a
desconocer el valor y aporte de otras personas; con la ridiculización como forma
habitual de expresión; con el encierro a que muchos hombres someten a las
mujeres, alejándolas de la familia o del círculo de amigos o impidiéndoles el acceso
al estudio, al trabajo o la recreación; con celos excesivos que coartan la movilidad,
el uso personal del tiempo y las relaciones sociales; con el incumplimiento de las
obligaciones económicas, teniendo posibilidad para cumplirlas; o con la carga de
todo el trabajo doméstico en manos de las mujeres, subvalorando y menoscabando
su aporte a la economía familiar”
9
.
La violencia sexual como ha sido definida en el Módulo 1 “Compendio Norma-
tivo y Diccionario”: “Se refiere a obligar a una persona a tener contacto físico o
verbal, de tipo sexual, o a participar en otras interacciones sexuales mediante la
fuerza, la amenaza, el chantaje, el soborno, la intimidación o cualquier otro medio
que anule o limite la voluntad del otro”
10
.
Se debe tener en cuenta que los diferentes tipos de violencia conyugal se
presentan muchas veces de manera simultánea. Se propone una división
conceptual para un mejor entendimiento de la problemática, pero en los casos
reales se hace compleja su separación, ya que la violencia física implica un daño
no sólo en el cuerpo sino en la salud mental. En la violencia sexual confluyen tanto
la violencia física, como la psicológica y aunque esta última se puede presentar
independientemente de las otras, sus efectos no sólo son psicológicos, sino que
pueden ocasionar graves daños en el funcionamiento orgánico de las personas,
como ha sido ampliamente documentado.
Conflicto y violencia en las relaciones de pareja
Comprender la violencia conyugal implica adentrarnos en conceptos como:
conflicto, violencia, poder, igualdad-desigualdad y sus complejas interrelaciones.
5
Mediante la Resolución
412 de 2000 (basada en el
acuerdo 117 de 1998), se
reconoce el maltrato al
menor y la mujer como
enfermedades de interés
público.
6
Ministerio de Salud.
Dirección general de
Promoción y Prevención.
Programa de Comporta-
miento Humano. Norma
para el Diagnóstico y
Atención Integral de Mujer
Maltratada. Documento
preparado por: Esmeralda
Vargas. Santa Fé de
Bogotá. Abril de 1999. (p.
3).
7
Op. cit. Defensoría del
Pueblo. Mecanismos de
Protección de la Mujer
Víctima de la Violencia
Intrafamiliar y Sexual.
1995. (p. 7).
8
Op. Cit. Ministerio de
Salud. (p. 7-8).
9
Op. Cit. Defensoría del
Pueblo. (p. 7).
10
Consejería Presidencial
para la Política Social,
Política Nacional de
Construcción de Paz y
Convivencia Familiar, Haz
Paz. Módulo 1 Compendio
normativo y diccionario,
versión interdisciplinaria.
Santa Fé de Bogotá.
Agosto de 2000. (p. 26).

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El conflicto es constitutivo de todo tipo de relaciones, está presente en el
desarrollo psicosocial de la persona, en las relaciones de pareja, laborales,
políticas, sociales y económicas. No existen relaciones interpersonales que no
impliquen el surgimiento de conflictos en cualquiera de sus manifestaciones.
“En el lenguaje común la palabra conflicto tiene un contenido negativo y se
utiliza como sinónimo de pelea, discusión, problema, crisis, agresión y violencia.
Entonces, se piensa que es necesario evitar el conflicto”
11
. En las familias surge el
conflicto porque se evidencia que las necesidades, comportamientos y
aspiraciones de sus integrantes producen desacuerdos entre la pareja misma,
entre la madre, el padre y los hijos e hijas, entre hermanos y hermanas o entre
otros de sus miembros.
Es importante hacer una diferenciación entre los términos conflicto y
violencia. Mientras que el conflicto, como ya se dijo, hace parte del desarrollo
tanto individual como de las relaciones entre dos o más personas, la violencia es
una forma de actuación aprendida, ya que “no somos violentos por naturaleza”. El
conflicto se presenta en todas las parejas, mientras que la violencia no es
constitutiva de todas las relaciones conyugales. “El conflicto se puede expresar a
través del debate enriquecedor y es propio de las relaciones sociales, mientras
que la violencia es una forma de conflicto destructivo que puede evitarse, y en el
cual la disputa tiene lugar”
12
.
La violencia implica una relación de dominación-subordinación, que por
influencia de una sociedad inequitativa entre hombres y mujeres, se expresa
comúnmente en la pareja del hombre hacia la mujer y en la familia de los padres
y madres hacia los niños y las niñas: “...en la acción violenta hay un acto de
dominación, es decir, de control e imposición. Sin embargo, no toda dominación
es violenta pero sí todo acto violento es un acto de dominio desde un actor activo que
ejecuta el acto violento sobre uno pasivo que lo recibe”
13
. Una relación de
subordinación que no utiliza la violencia, por lo menos física, se puede presentar
por ejemplo cuando el esposo en aras de proteger a la mujer, le restringe sus
amistades o su participación en actividades laborales, comunitarias o políticas.
El ejercicio de la violencia se relaciona con el poder. Se puede decir que la
violencia es la máxima expresión del poder, un poder que busca dominar,
coaccionar y eliminar al otro. El poder que ejercía el hombre en la familia tradicional
se transforma por la influencia de factores que ya han sido analizados y en esa
medida la violencia surge como una forma para mantener el poder.
CONFLICTO
VIOLENCIA
Es inherente a las relaciones humanas
No es natural, es una construcción cultural
Es inevitable
Es evitable
Contribuye al crecimiento de las relaciones
Deteriora las relaciones y afecta la salud física,
psicológica y sexual de las personas
Se puede resolver mediante la negociación
Es una resolución errónea de los conflictos
y el diálogo
11
Maldonado, María
Cristina. Conflicto, Poder y
Violencia en la Familia.
Editorial Facultad de
Humanidades, Escuela de
Trabajo Social y Desarrollo
Humano, Universidad del
Valle. Santiago de Cali,
1995. (p. 8).
12
Ibìd. Maldonado. (p. 22).
13
Ibìd. Maldonado. (p. 63).

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Buscar alternativas de prevención y atención frente a la violencia conyugal,
implica la redefinición y resignificación del poder entre mujeres y hombres, la
visibilización de los conflictos de la pareja y la construcción de relaciones de género
equitativas. En lugar de negar los conflictos en las relaciones de pareja, sería más
conveniente que tanto éstas, como las familias, las instituciones del Estado
encargadas de su bienestar y las organizaciones de la sociedad civil, promovieran
su visibilización y los elementos para resolverlos por medio del diálogo, sin utilizar
las diversas formas de violencia que tanto lesionan a las personas que están en
medio de esta situación.
¿Cuál es la magnitud de la problemática
de la violencia conyugal?
La comprensión de la violencia conyugal implica hacer referencia a
estadísticas nacionales, cuyas principales fuentes son el Instituto Nacional de
Medicina Legal y Ciencias Forenses, la Encuesta Nacional de Demografía y Salud
de Profamilia, así como de estudios e investigaciones nacionales e internacionales
que profundizan sobre las causas, consecuencias y manifestaciones de dicha
situación. Sin embargo, se debe tener en cuenta que las estadísticas con las que
se cuenta no reflejan la magnitud real de la incidencia de la violencia conyugal en
Colombia, puesto que el subregistro de la misma sigue siendo muy alto. Además,
aunque las cifras de Medicina Legal parezcan muy dramáticas, se debe tener en
cuenta que sólo corresponden a los casos denunciados remitidos para la práctica
del examen medico-forense con el fin de que la mayoría de ellos sean
judicializados. Así mismo, muchos casos denunciados ante diversas instituciones,
como por ejemplo las comisarías de familia, ni siquiera alcanzan a llegar a Medicina
Legal, puesto que en ese lapso las víctimas deciden no hacerlo por múltiples
factores como: el haber perdido la valentía que tuvieron en un comienzo, por el
dolor de volver a narrar los hechos violentos, por el miedo a la retaliación por
parte de sus agresores, por la dependencia económica y/o afectiva de los
agresores, por dificultades económicas de transporte, o porque se piensa que el
trámite burocrático será interminable y no se obtendrá ninguna solución. A pesar
de estos inconvenientes, las dos fuentes estadísticas citadas anteriormente son
las únicas que en el ámbito nacional dan idea de la dimensión de la problemática.
Violencia física en la pareja
En el año 2000, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses
14
realizó 68.585 dictámenes por violencia intrafamiliar, presentándose 5.715 casos
mensuales y 190 diarios. El incremento de los casos ha sido significativo en los
últimos años, ya que en 1996 se evaluaron 51.451 casos
15
. En el 2000, el 79% de las
víctimas fueron mujeres, siendo el grupo de 25 a 34 años el más afectado.
Medicina Legal agrupa dentro de la violencia intrafamiliar: la violencia conyugal,
el maltrato a menores de edad y la violencia entre otros familiares. En el año 2000,
la violencia conyugal representó el 63% del total de la intrafamiliar. Al mismo
tiempo se observó que de cada 100 casos de violencia conyugal, el 91% fueron mujeres,
con una razón hombre mujer de once a uno. Durante 1999, se observó el mismo fenómeno,
y si bien el número de casos de hombres aumentó y el de mujeres disminuyó, la tasa de
14
Instituto Nacional de
Medicina Legal y Ciencias
Forenses. Violencia
Intrafamiliar, Colombia
2000. Sin publicar.
15
Este incremento no se
debe a una mayor
ocurrencia de hechos
violentos, sino que a
medida que aumenta la
conciencia de la existencia
de la violencia
intrafamiliar, aumenta la
denuncia.

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mujeres (237 por 100.000 habitantes) fué cuatro veces superior a la registrada en los
hombres (58 por 100.000 habitantes).
16
.
VIOLENCIA CONYUGAL POR SEXO Y EDAD
2000
MASCULINO
FEMENINO
TOTAL
Casos
Casos
Casos
Menor de 14
43
108
151
15 – 24
665
11.411
12.076
25 – 34
1.350
16.951
18.301
35 – 44
1.010
8.497
9.507
45 – 59
455
1.963
2.418
Mayor de 60
128
206
334
Sin dato
57
366
423
TOTAL
3.708
39.502
43.210
NOTA: Las tasas están calculadas por 100.000 habitantes.
FUENTE: Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Violencia Intrafamiliar. Colombia 2000.
El maltrato conyugal es generalizado: según la Encuesta Nacional de Demografía
y Salud de Profamilia 2000, el 41% de las mujeres entrevistadas admiten
haber sido víctimas de violencia física por parte de su esposo o compañero
17
. El
hecho que durante el año 2000 en Colombia se hayan reportado diariamente 120 casos
(una víctima cada 15 minutos aproximadamente) por maltrato conyugal da una
idea de la dimensión del problema
18
.
La encuesta de Profamilia indagó sobre la existencia de diferentes modalidades
en el ejercicio de la violencia física conyugal contra las mujeres. Se encontró que el
36.6% ha sufrido empujones y zarandeadas, el 30.7% ha sido golpeada con la mano,
el 12.4% pateada o arrastrada, el 8.8% golpeada con un objeto duro, el 8.4%
amenazada con un arma, al 4.5% la han tratado de estrangular o quemar, el 3.9% ha
sido atacada con un arma y al 3.5% la han mordido. En términos generales, mientras
menor es el nivel educativo, más alto es el índice de violencia física y sus diferentes
manifestaciones. Teniendo en cuenta la zona, se encuentra que el 42.7% de las
mujeres urbanas y el 36.6% de las rurales han experimentado violencia física por
parte de la pareja. Por región ocurren variaciones importantes: la Pacífica presenta
los índices más altos de violencia física (49%) y las cifras más bajas se encuentran
en la región Atlántica (34.2%). Por otra parte, en Cali, Cauca, Nariño, litoral Pacífico,
Valle del Cauca, Medellín, Boyacá, Cundinamarca, Meta y Bogotá, se registran los
mayores índices de violencia física
19
.
Relatos de vida de mujeres de sectores populares urbanos de origen rural de
la ciudad de Tunja
20
ejemplifican las características y dinámicas de la violencia
16
Instituto Nacional de
Medicina Legal y Ciencias
Forensis 1999. Datos para
la vida. Herramienta para
la interpretación, inter-
vención y prevención del
hecho violento en
Colombia. Bogotá,
Septiembre de 2000.
17
Profamilia. Encuesta
Nacional de Demografía y
Salud 2000. Printex
Impresores Ltda. Santa Fé
de Bogotá, octubre de
2000. (p. 176).
18
Op. Cit. Medicina Legal.
(p. 4).
19
Op. Cit. Profamilia 2000.
(p. 176).
20
Watenberg, Lucy. Entre
el Maltrato y el Repudio:
Dilema de las Mujeres del
Altiplano Cundiboyacense
de Colombia. En:
Defossez, A. Fassin, D y
Viveros, M. Mujeres de
Los Andes, Condiciones de
vida y salud. Instituto
Francés de Estudios
Andinos y Universidad
Externado de Colombia.
Santa Fé de Bogotá. 1992.
(p. 414).

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física. María Victoria, de 34 años de edad, durante dos años y medio de unión ha
tenido tres pérdidas de cinco embarazos producto de dicha violencia por parte de
su compañero: “...Cada vez que estaba embarazada, inmediatamente comenzaba
a maltratarme, empezaba a buscarme padres de la criatura... cuando él llegaba
hacía así. Yo tenía que inmediatamente abrir la puerta, fuera la hora que fuera,
y si yo no abría la puerta inmediatamente, él entraba a buscar debajo de la cama,
en el baño, buscaba en el chifonier, en todas partes y aparte de eso llegaba y
levantaba las cobijas y me bajaba la ropa y me decía: ´¡ay, usted está mojada!´.
Con unas vulgaridades espantosas, porque él vivía seguro de que mientras él
estaba por allí haciendo porquerías, yo andaba en lo mismo en casa”. Clara, de 22
años, ha estado varias veces hospitalizada, una de ellas durante mes y medio por
la gravedad de las lesiones: “...Eso él me trataba muy mal; cuando tenía tragos y
también en la vida normal, me pegaba él. Es que él pensaba que pegándome yo
me iba a obligar a él y tenía que estar humillada a él, y lo consiguió... Él me quería,
y cuando hablábamos de por qué me pegaba... él decía que él me pegaba porque
quería que estuviera sólo al lado de él, porque él me quería”.
El caso de una mujer de 50 años de edad que convive con su compañero
desde hace 17 años muestra los diferentes tipos de violencia física y psicológica:
“Siempre me está pegando. Por más tarde dura dos meses sin pegarme y los
últimos golpes fueron el miércoles pasado a las dos de la mañana y ayer también
me pegó como a las cuatro de la mañana... es mucho lo que me ha maltratado, ya
que me pega, me aruña, me pega trompadas, en la cabeza me pegó con un candado
(la declarante muestra la parte derecha de la cabeza arribita de la frente, en
donde se le observa una cicatriz antigua, de aproximadamente 2 cm), y todas las
cicatrices que tengo en la cara (al lado derecho del rostro se le observan varias
cicatrices antiguas); acá en el brazo me pegó un machetazo (se le observa a la
declarante en el antebrazo derecho una cicatriz antigua de aproximadamente 3 cm)
y el 15 de junio de este año me pegó una puñalada acá (la declarante muestra
el glúteo derecho en donde se observa una cicatriz); esto lo hizo con unas tijeras
y me trata con un vocabulario espantoso; él es muy grosero”. Así mismo, la mujer
declaró que en una ocasión su compañero la persiguió a lo largo de quince cuadras,
hasta el CAI, y que, capturado por los agentes, la insultó delante de la policía, amenazan-
do con matarla o hacerla matar. Señaló igualmente que el agresor la atacó
verbalmente por causa de los celos y que, por otra parte, le exige la mitad de su
sueldo. Narró que en cierta ocasión, al descubrir a su compañero permanente con
otra mujer, fue encerrada dentro de un cuarto con candado (Caso perteneciente a
la Sentencia No. T-487/94 del Magistrado Dr. José Gregorio Hernández Galindo).
A pesar de las dramáticas situaciones anteriormente descritas, solamente
un 22% de las mujeres alguna vez unidas que han sido golpeadas han acudido a la
autoridad
21
. Las razones para no hacerlo son las siguientes: considerar que los
daños no fueron serios (28%), no desear dañar al agresor (14.6%), creer que puede
solucionar sola el problema (14.2%), sentir miedo a más agresiones (14%), pensar
que el hecho violento no va a volver a ocurrir (9.2%), considerar que la violencia
hace parte de la vida (9%) y el 7% de las mujeres considera que merecen los
abusos
22
. Las razones de las mujeres para no denunciar los hechos violentos están
relacionadas con la creencia de que los problemas de la pareja se tienen que
resolver en el espacio privado, y con la idea de que el marido o esposo va a cambiar
21
Op. Cit. Profamilia
2000. (p. 182). Sin
embargo, también aquí se
observa un aumento en la
denuncia, ya que en la
encuesta de Profamilia de
1990, el porcentaje de
mujeres que acudían a la
autoridad solamente era
el 11%.
22
Op. Cit. Profamilia
2000. (pp. 183).

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10 • Violencia Intrafamiliar
su comportamiento, lo cual está muy relacionado con el ciclo de la violencia marital
(el cual será explicado más adelante). El temer las represalias del compañero
pone de manifiesto la asimetría en las relaciones de pareja, las cuales en estos
casos se basan en el miedo y en una distribución desigual del poder. Según
Medicina Legal, durante 1998
23
del total de homicidios en el país (de los cuales se
logró establecer el móvil del crimen), se cometieron 106 asesinatos por violencia
conyugal y aunque este dato no está desagregado por sexo, se puede deducir que
la mayoría de las víctimas fueron mujeres.
Las entidades que tienen la responsabilidad de atender la problemática de la
violencia conyugal deben tener en cuenta que los episodios pueden terminar en
homicidios, ya que muchas veces las amenazas de muerte no se quedan
simplemente en eso. El siguiente caso nos muestra el límite difuso entre las
amenazas y las acciones que ponen en verdadero peligro la vida de muchas
mujeres, incluso una vez que han definido no seguir viviendo con el agresor. La
mujer que relata el siguiente caso decidió separarse 18 meses atrás a raíz del
maltrato que su esposo le propiciaba: “Entre una de esas formas de coacción
–aclara– está el hecho de que en cualquier momento llega y se lleva los niños por
varios días, ocasionándoles perjuicio en sus clases y causándoles graves perjuicios
morales. También como forma de coacción me hace amenazas de muerte e incluso
golpes y en alguna oportunidad me hizo un disparo. De ello existe denuncia ante la
inspección de policía de Buena Vista, donde sucedió el hecho”, en el episodio
del disparo estaba presente uno de sus hijos. (Caso de la Sentencia T-420/96,
presentada por el Magistrado Dr. Vladimiro Naranjo Mesa).
Violencia sexual: otra forma de violencia conyugal
La violencia sexual en la pareja “Consiste en obligar a la esposa o compañera
a tener relaciones sexuales utilizando la fuerza, el chantaje con los hijos o con el
aporte económico; usando frases dirigidas a menoscabar su honra y dignidad
sexual; imponiendo determinados comportamientos sexuales, y al mismo tiempo,
desconociendo sus necesidades y propuestas sexuales”
24
. Durante el año 2000 se
realizaron en Medicina Legal 12.485 reconocimientos médicos por delitos sexuales,
de los cuales el 86% se hizo a mujeres. Más del 85% de los dictámenes se
practicaron al grupo de menores de edad, siendo el grupo más afectado las niñas
entre los 5 y los 14 años. Aunque la violencia sexual en la familia cobra como sus
principales víctimas a las niñas y los niños, también se registró entre la pareja,
encontrándose que el 6% de los dictámenes sexológicos realizados a mayores de
15 años tuvo como agresor el cónyuge o compañero
25
.
La encuesta de Profamilia estableció que el 6.6% de las mujeres colombianas
aseguraron haber sido violadas por una persona diferente del cónyuge y dentro
de estas sólo el 28.8% fue agredida por un desconocido. Dentro de los principales
agresores se encuentran: un amigo (26.4%), un pariente de la mujer (15.2%), el
novio (8.8%) y el ex marido (7.8%)
26
. Entre las mujeres entrevistadas, el 11% han
sido violadas por su compañero o esposo
27
. Es relevante analizar la violencia
sexual conyugal teniendo en cuenta varias características sociodemográficas.
Este tipo de violencia se incrementa a medida que disminuye el nivel educativo,
aunque se puede afirmar que la agresión sexual entre la pareja no es una
problemática exclusiva de las mujeres sin educación, ya que un 7% de las que
23
Instituto Nacional de
Medicina Legal y Ciencias
Forenses. Lesiones de
causa externa, Colombia
1998. (p. 42).
24
Op. Cit. Defensoría del
Pueblo. (p. 8).
25
Op. Cit. Instituto
Nacional de Medicina
Legal y Ciencias Forenses.
Forensis 1999.
26
Ibíd. Profamilia 2000.
(p. 184).
27
Op. Cit. Profamilia
2000. (p. 176).

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tienen educación superior han sufrido este tipo de violencia. Teniendo en cuenta
el estado civil actual, el porcentaje más alto de violación por parte del cónyuge lo
presentan las mujeres unidas anteriormente, es decir, separadas o divorciadas,
con un 20.9%
28
. Posiblemente, esta situación incidió en las causas de la ruptura.
Existe una leve tendencia a declarar más una relación sexual sin consentimiento
por parte de las mujeres urbanas que de las rurales, lo cual no necesariamente
implica que la violación del cónyuge sea un fenómeno más frecuente en el área
urbana, sino que las mujeres rurales no han tomado conciencia de que una relación
sexual no consentida por parte suya es una violación y pueden considerar que el
marido tiene todo el “derecho” de forzarlas y que esto hace parte de sus deberes
como esposa. Además, se debe tener en cuenta que las mujeres rurales han tenido
menos información y capacitación sobre sus derechos y un menor acceso a las
instituciones de denuncia. De las mujeres que han sido forzadas sexualmente por
su esposo o compañero se observan diferencias importantes según la subregión.
Los porcentajes más altos se encuentran en Cali (15.6%), Medellín (15.3%), litoral
Pacífico (15.2%), Antioquia (14.6%) y Valle del Cauca (12.2%), y las cifras más
bajas están en Tolima, Huila y Caquetá (6.3%), Bolívar, Sucre y Córdoba (7.1%) y La
Guajira, Cesar y Magdalena (8.7%)
29
.
El testimonio de Nora, mujer rural, ejemplifica la violencia sexual ejercida
por el propio compañero, la cual comprende, además de la agresión física contra
sus cuerpos, amenazas, humillaciones y degradaciones de su dignidad como
persona: “En cuanto a las relaciones sexuales, estoy con él porque me toca; a
veces me manipula y amenaza con matarme si no tengo relaciones con él; a veces
lo hago obligada, pocas veces llego al orgasmo, aunque finjo porque él está
pendiente de mi satisfacción. Él no respeta cuando quiero estar con él, que es casi nunca,
me siento utilizada, abusada, me manipula; son tantos los malos tratos...
Me trata mal, utiliza palabras ofensivas, siempre me echa la culpa de los disgustos,
comparándome con las mujeres que se consigue en la calle, diciéndome que soy
peor que ellas, que si lo hace es por culpa mía por estar celándolo a cada rato...
Entendiera que tengo derecho a salir con mis amigas, pero empieza a preguntarme
con quién andaba, que si era con mi amante”
30
.
Conocer las circunstancias en que ocurrió la violencia sexual brinda herramientas
para analizar algunos factores culturales presentes en esta forma de violencia
conyugal. El 25.7% de las mujeres atribuyen la violación a las borracheras
del marido, el 21.6% afirma que él se considera su dueño, y el 7.7% dice que lo hizo
para demostrar que él es el jefe
31
. Las últimas dos razones nos muestran que las
discriminaciones por género siguen teniendo un peso muy fuerte en la violencia
de la pareja, muchos hombres siguen considerándose dueños del cuerpo de la
mujer, al que ven como un objeto que puede ser tomado a su antojo, sin ninguna
consideración por la libertad y la autonomía sexual de las mismas.
Con respecto a la violencia sexual entre la pareja, la Corte Constitucional
declaró inexequible el artículo 25 de la Ley 294 sobre la violencia sexual entre
cónyuges que plantea que “El que mediante violencia realice acceso carnal o
cualquier acto sexual con su cónyuge o quien cohabite o haya cohabitado, o con la
persona que haya procreado un hijo, incurrirá en prisión de seis (6) meses a dos
(2) años”, argumentando que:
“La libertad sexual del cónyuge no puede considerarse disminuida por el
hecho del matrimonio, pues de lo contrario se estaría en presencia de una forma
28
Ibíd. Profamilia 2000.
(p. 176).
29
Ibíd. Profamilia 2000.
(p. 176).
30
Ardila, Constanza y
Valencia, Olga Lucía. Un
enemigo conocido, Abuso
sexual en el hogar y como
arma de guerra. Cedavida.
Santa Fé de Bogotá. 1999.
(pp. 78-79).
31
Profamilia. Encuesta
Nacional de Demografía y
Salud 1995. Printex
Impresores. Santa Fé de
Bogotá. 1997. (p. 169).

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de servidumbre, proscrita por la Constitución. Con el matrimonio se adquieren
deberes civiles, pero no se enajena la persona. Por tanto, la conducta del agresor
es tan injusta cuando la violencia sexual se ejerce sobre su cónyuge como cuando
la víctima es un particular. El bien jurídico protegido con la sanción de los delitos
de acceso y acto carnal violentos es la libertad sexual y la dignidad de la personas;
tales bienes jurídicos no pueden entenderse disminuidos por la existencia de un
vínculo matrimonial, de hecho o por el simple conocimiento sexual anterior. La
lesividad del hecho es mayor cuando la víctima está unida al agresor por vínculo
matrimonial o marital. Tampoco puede considerarse menos reprochable el acto,
pues los vínculos de familia, antes que ser considerados como razones que
disminuyan la punibilidad del hecho, lo agravan, dado que el deber de solidaridad
que liga a los miembros de una familia implica una obligación mayor de respeto a
los derechos de sus integrantes. La consagración de un tipo penal privilegiado
para los delitos de acceso y acto carnal violento, cuando se ejecutan contra el
cónyuge, o la persona con quien se cohabite o haya cohabitado o con quien se
haya procreado un hijo es desproporcionada, y en consecuencia, vulnera el derecho
a la igualdad.
Al comparar las disposiciones transcritas se concluye que, en efecto, la
norma acusada prevé una sanción considerablemente menor para los delitos de
acceso y acto carnal violentos, cuando el acto se ejecuta contra el cónyuge, o la
persona con quien se cohabita o se haya cohabitado, o con quien se haya procreado
un hijo, en relación con las sanciones que prevé el Código Penal para este mismo
tipo de conductas, cuando el sujeto pasivo es indeterminado, pues en el primer
caso la sanción es de 6 meses a dos años de prisión, en tanto que el segundo
asigna una sanción privativa de la libertad de 8 a 20 años para el acceso carnal
violento, cuando el sujeto pasivo del acto es mayor de 12 años, y de 20 a 40 años,
cuando este es menor de dicha edad, y 4 a 8 años para el acto sexual diverso del
acceso carnal violento. La libertad sexual del cónyuge no puede considerarse
disminuida por el hecho del matrimonio, pues de lo contrario se estaría en presencia de
una forma de servidumbre, proscrita por la Constitución (art. 17). Con el
matrimonio se adquieren deberes civiles, pero no se enajena la persona. Por tanto,
la conducta del agresor es tan injusta cuando la violencia sexual se ejerce sobre
su cónyuge como cuando la víctima es un particular”. (Sentencia C-285/97 del
Magistrado Dr. Carlos Gaviria Díaz).
Violencia psicológica: la más oculta
de las agresiones en la pareja
Establecer la magnitud de la violencia psicológica en las relaciones de pareja
es una tarea compleja, ya que realizar mediciones cuantitativas y registros cualitativos
acerca de los trastornos psicológicos que se producen a causa de la violencia conyugal
no es una tarea fácil y peor aún si es realizada por personal que no cuenta con la
formación apropiada para ello. Un avance importante es el efectuado por Profamilia en
la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2000, que incluye datos estadísticos
sobre situaciones de control, amenazas y conductas desobligantes por parte del esposo
o compañero.
Según Ordóñez
32
, el 50.6% de las mujeres colombianas reconocen la existencia
de la violencia psicológica. Frente a éste se presentan diferencias según las
32
Ordóñez, Myriam.
Violencia contra las
mujeres y los niños en
Colombia: Factores
predictores. Colombia,
Resultados de la ENDS-95.
Profamilia. Santafé de
Bogotá, 1998.

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características de las mujeres. Solamente un 34% de las mujeres rurales perciben
la violencia psicológica como una forma de violencia, frente a un 55.2% de las
urbanas. Teniendo en cuenta el nivel de pobreza, el 58.1% de las mujeres que no
son pobres, el 49% de las pobres y el 31% de las que viven en condiciones de
miseria hacen este reconocimiento. También existe una relación directamente
proporcional entre el nivel educativo y la conciencia de la violencia psicológica.
Lo que esto demuestra es que las mujeres más pobres, sin recursos, ni
oportunidades laborales o educativas no conciben que la violencia psicológica
sea una de las manifestaciones de la violencia conyugal, lo cual evidencia la falta
de capacitación e información que ellas tienen sobre sus derechos en la familia.
Teniendo en cuenta que una de las expresiones de la violencia psicológica es
la agresión verbal, se establece que el 33.2% de las colombianas en unión han
sufrido este tipo de agresión. Mientras menor es el nivel educativo y mayor el
número de hijas e hijos, más alto es el índice de violencia verbal. No se encuentra
una diferencia significativa teniendo en cuenta la zona rural o urbana. Por región,
se presentan variaciones importantes: la Oriental presenta los índices más altos
de violencia verbal (47.4%) y las cifras más bajas se encuentran en la región Central
(27.1%). Teniendo en cuenta las subregiones, en Boyacá, Cundinamarca, Meta,
Cauca, Nariño, Tolima, Huila, Caquetá y Bogotá se presentan los índices más altos
de dicha violencia
33
.
Entre las causas que las mujeres perciben para ser maltratadas verbalmente
se encuentran: el mal genio del compañero, los celos, el alcoholismo y la
drogadicción, la infidelidad de él, la crianza de los hijos e hijas y el incumplimiento
de los deberes del hogar
34
.
La comprensión de la violencia conyugal se enriquece con los datos de la
Encuesta de Profamilia de 2000. El 64.9% de las mujeres alguna vez unidas han
experimentado situaciones de control por parte del esposo. Dentro de estas
situaciones se encuentra lo siguiente: el 46.3% de las mujeres afirma que su
esposo o compañero insiste saber en dónde está ella, el 30% dice que él le impide
tener contacto con amigas y amigos, el 27% percibe que él la ignora, el 25%
comenta que el compañero la acusa de infidelidad, el 24% dice que vigila cómo
gasta el dinero, el 19% afirma que le limita los contactos con la familia, y el 14%
comenta que no cuenta con ella para reuniones ni para tomar decisiones
35
. Estas
cifras muestran que siguen vigentes formas de dominio y poder sobre las mujeres
por parte de sus compañeros, quienes creen tener “el derecho” de controlar la
vida de sus esposas. Además, se coarta la posibilidad para que las mujeres puedan
manejar libre y autónomamente sus relaciones interpersonales, el gasto de los recursos
económicos y su movilidad en diferentes espacios.
Las amenazas hacen parte de la violencia psicológica. De cada 100 mujeres
entrevistadas, 33 afirman haber experimentado amenazas por parte de su esposo
o compañero. Las amenazas más frecuentes son: abandonarla, arrebatarle los
hijos e hijas y quitarle el apoyo económico
36
. Las amenazas producen miedo y
angustia en las mujeres al no saber cuándo se harán efectivas, y generan una
sensación de inestabilidad en tres ejes importantes de su identidad: la relación
de pareja, la relación con sus hijas e hijos y su bienestar económico y social.
Expresiones desobligantes por parte de los hombres como: “usted no sirve
para nada”, “usted nunca hace nada bien”, “usted es una bruta” o “mi mamá me
33
Op. Cit. Profamilia 1995.
(p. 155).
34
Op. Cit. Ordóñez (p. 57).
35
Op. Cit. Profamilia 2000.
(p. 171).
36
Ibìd. Profamilia 2000.
(p. 173).

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hacía mejor las cosas”, las han recibido el 26% de las mujeres alguna vez unidas.
Esta forma de violencia psicológica se presenta en el espacio privado (56%), en el
público (14%), o en ambos (30%)
37
. Estas expresiones buscan agredir, subvalorar
y discriminar a las mujeres, y utilizadas de manera continua pueden causar grandes
problemas psicológicos, principalmente en la autoestima y valoración que
las mujeres tienen de ellas mismas.
A pesar de los altos índices registrados en relación con la violencia conyugal,
el subregistro sigue siendo muy alto, situación que se presenta por varios motivos.
Primero, la problemática de la violencia conyugal todavía sigue siendo considerada
como algo “normal” o “natural” en las relaciones de pareja; segundo, todavía no
existe una cultura de la denuncia por la insuficiente divulgación de la legislación
que previene y sanciona la violencia intrafamiliar; tercero, las mujeres sienten
temor por las posibles (y muy reales) represalias de sus compañeros; cuarto, por
la dificultad de éstas para salir del ciclo de la violencia marital, reforzado por
prácticas e imaginarios discriminatorios por género; quinto, por la alta tasa de
impunidad para cualquier delito y en especial para aquellos que suceden en el
ámbito privado; y sexto, por la escasa credibilidad y respuesta de las instituciones
del Estado en nuestro país.
¿Por qué se produce y mantiene la violencia conyugal?
Es importante tener en cuenta que la violencia conyugal es un fenómeno
complejo en el cual intervienen múltiples factores culturales, sociales, familiares,
psicológicos, económicos e institucionales interrelacionados entre sí.
Dentro de los factores culturales, como ya se explicó, se encuentra la
naturalización de la violencia conyugal, que aún se acepta como parte “normal”
de las relaciones entre mujeres y hombres, concibiéndose como un problema que
se genera y soluciona en el ámbito privado. Esa naturalización de la violencia
conyugal es histórica; a través de los siglos se ha legitimado la dominación del
varón sobre la mujer, dominación que pasaba por el control de su vida en todos
los aspectos: económico, social, político, erótico y familiar. Así mismo, poco se
sancionaba el derecho por parte de los hombres de ejercer cualquier tipo de
violencia hacia sus esposas o compañeras, ya que era auspiciado por la sociedad.
Aunque esta situación ha variado considerablemente, los testimonios actuales
de mujeres agredidas por sus compañeros muestran el gran peso que siguen
teniendo las representaciones tradicionales en las identidades masculinas y
femeninas, no solamente de las personas que se encuentran atrapadas en formas
violentas de relación, sino en toda la sociedad en general, como por ejemplo en los
medios de comunicación y en las instituciones de atención médica, jurídica y psicológica.
Otro factor que contribuye a la producción y reproducción de la violencia
conyugal es la socialización y la construcción de identidades tradicionales de
género, las cuales son el terreno más propicio para que se genere la violencia
conyugal. Si a las mujeres se les ha enseñado desde que son niñas a no reclamar
sus derechos, a ser dependientes, pasivas, a no resolver problemas por sí
mismas, a no poder expresar rabia y a sentir temor por las cosas imprevistas y
desconocidas, ¿cómo se espera que reaccionen frente a la violencia que
ejerce su esposo o compañero? La socialización de género tradicional limita
37
Ibíd. Profamilia 2000.
(p. 172).

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los recursos y habilidades psicológicas, emocionales y hasta físicas de las
mujeres para poder hacerse valer como personas con dignidad y respeto por sí
mismas. “Las mujeres aprenden desde muy temprano el comportamiento de la
abnegación y de la sumisión en las relaciones con los hombres y por ello se las
elogia y se las premia. Las conductas que hacen de una mujer un ser vulnerable
a los malos tratos son casi las mismas que se le han enseñado como femeninas
y dignas de amor”
38
.
De la misma manera, si a los hombres se les inculca desde chicos ser arriesgados,
rudos, agresivos, a no tener en cuenta sus sentimientos ni los de los
demás y a utilizar la fuerza física como manifestación de su hombría, ¿cómo se les
pide que sean unos maridos y padres comprensivos, cariñosos y afectivos?
La socialización diferencial por sexo facilita una masculinidad que tiende
a expresar los conflictos a través de la violencia y una feminidad que recibe la
agresión sin capacidad para ponerle fin, asumiéndose de manera natural y
como la única forma de relación posible entre los hombres y las mujeres.
Como se dijo anteriormente, en todos los espacios humanos se instituyen relaciones
de poder y subordinación. De esta distribución inequitativa del poder no se escapa el
ámbito familiar, donde es más frecuente la dominación del hombre sobre la mujer y
de los adultos sobre niños y niñas. En la actualidad todavía tiene un gran peso la figura del
jefe del hogar encarnada en el hombre, a pesar de que cada día sean más las mujeres
que asumen la jefatura femenina en su hogar, o de parejas que están empezando a
ejercer una jefatura compartida. Sin embargo, simbólicamente se hace una ecuación
muy fuerte de hombre = jefe de hogar, la cual tiene un peso enorme en mujeres, hombres,
funcionarios, funcionarias, instituciones y políticas sociales. El significado de la jefatura
de hogar masculina implica que es el hombre el que toma las decisiones con respecto a
la vida de las demás personas de la familia, a las inversiones económicas, a la forma de
educar a hijas e hijos, a los tiempos de descanso y trabajo de los demás. Y la mujer,
denominada como la “reina del hogar”, tiene una posición subordinada en
muchos aspectos y ejerce un poder delegado por su marido como se manifiesta en la
conocida frase: “Cuando llegue su papá, le voy a decir que hizo tal cosa”, aunque esta
también ejerza ciertas formas de poder referentes a la socialización y manejo de
sentimientos.
La expresión más evidente de dicha distribución asimétrica del poder se
manifiesta en la violencia física, psicológica o sexual del hombre hacia la mujer,
por medio de la cual se busca la dominación de sus pensamientos, acciones y
sentimientos. El poder de jefe de hogar es sentido por hombres y mujeres como el
más legítimo derecho del hombre para lograr que los demás hagan o digan lo que
él desea y se puede materializar en un puñetazo o estar disfrazado por formas de
amor, preocupación y protección. En la mayoría de los hechos violentos, el agresor
justifica su acción diciendo que es para que ella aprenda a ser una mejor mujer,
madre o ama de casa. Uno de los efectos más graves de esta forma de ejercer el
poder es que el otro (en la mayoría de casos la mujer), no es vista como una
igual, sino como alguien inferior, degradando su condición humana. El agresor
recurre a la violencia para intimidar y dominar a los miembros de la familia y lo
hace con la “complicidad” de patrones sociales, de una cultura de la violencia,
de las instituciones del Estado y de la sociedad en general.
38
Op. Cit. Rojas. (p. 184-
185).

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Otro de los factores que contribuye a perpetuar la violencia conyugal es la
reproducción de generación en generación de la violencia como forma de resolver
los conflictos y tensiones en la familia. Aunque esta situación no se presenta en
todos los casos, se ha comprobado por medio de numerosos estudios que muchos
de los menores de edad que fueron agredidos por sus padres o madres o presenciaron
episodios de violencia, pasan a ser los agresores con su pareja, hijos e hijas,
y reproducen así el ciclo de la violencia. El niño que vio la manera como su
padre maltrataba a su madre de forma cotidiana interioriza ese modelo de relación,
el cual probablemente será establecido con su pareja. Lo mismo ocurre con
la niña, ella va a incorporar en su psiquismo que ser mujer y tener marido significa
asumir el golpe y el abuso como parte de la relación con el hombre. Sin embargo,
también se presenta una forma de reacción opuesta a la descrita anteriormente.
Quienes fueron agredidos en su infancia, o de adultos, en la socialización de sus hijos
e hijas, utilizan mecanismos de compensación para evitar reproducir el ciclo y no les
establecen límites, para no repetir su historia de maltrato.
Estas manifestaciones agresivas en la familia se ven también reforzadas por
la influencia de los medios de comunicación, poderoso agente socializador. Estos
reproducen los estereotipos de género y legitiman la violencia como forma de
resolución de los conflictos. Las escenas violentas en todo tipo de programas
como noticieros, películas y novelas son tan frecuentes, que se vuelven parte de
la cotidianidad de niñas y niños debido a que pasan mucho tiempo frente a un
televisor. Así mismo, los medios reproducen una identidad masculina agresiva,
fuerte, destructiva, ausente de cualquier expresión de dolor o afectividad, y en las
mujeres refuerzan la idea de la domesticidad como el principal espacio de su
realización personal.
Es relevante mencionar la relación de doble vía entre la violencia intrafamiliar
y la violencia social y política generalizada en el país. Puede ocurrir que las
necesidades básicas insatisfechas, el desplazamiento forzoso y la intolerancia
en las divergencias políticas incrementen los conflictos y las tensiones en las
relaciones familiares. Por otra parte, es posible que la violencia del espacio
doméstico contribuya a generar unos modelos y esquemas de relación violenta
con los otros, que se trasladen a las relaciones sociales y políticas. Sin embargo,
en nuestro país no se han desarrollado investigaciones que den cuenta de las
relaciones entre la violencia generada por el conflicto armado y la violencia
producida en la familia y la pareja.
En relación con los factores psicológicos que inciden en la reproducción de la
violencia, se considera que en las características individuales influyen las
estructuras sociales que definen las formas de concebirse a sí mismo, a las demás
personas y a las relaciones interpersonales. Las prácticas de socialización y los
mensajes que les son transmitidos a las niñas y jóvenes producen en muchas
mujeres sentimientos de subvaloración, un bajo amor propio y la aceptación de
cualquier situación, así sea en detrimento de su bienestar mental, con el propósito
de establecer o mantener una relación de pareja. La baja autoestima y
autovaloración de las mujeres las hace más vulnerables frente a las relaciones
violentas e impide que pongan límite a la agresión ya que consideran que no
tienen el suficiente valor como personas para merecer un trato digno y libre de
violencia. A las mujeres se les ha enseñado a ser dependientes emocionalmente;
muchas no conciben estar solas y una separación es sentida casi como la muerte.

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Así mismo, la separación tajante de roles ha hecho que muchas mujeres (cada vez
menos) se desempeñen solamente como amas de casa sin ninguna remuneración
económica, lo cual se constituye en una restricción para tomar decisiones sobre
el tipo de vida y de relaciones que desean tener. Y aunque tengan un trabajo
estable (situación poco probable en la actualidad), se sabe que su remuneración
es en promedio un 30% menos que la del hombre. Esta dependencia económica es
otra de las razones para que muchas mujeres no puedan optar por una forma de
vida libre de violencia.
Ciclo de la violencia de pareja
Las relaciones violentas de la pareja se han explicado a través de un esquema
que ha sido ampliamente estudiado y denominado El ciclo de la violencia marital,
definido como un proceso de interacción permanente que perpetúa y
reproduce la violencia conyugal, y ocurre “en un alto porcentaje de matrimonios
en los que existe una Mujer Golpeada y un Hombre Violento”
39
.
El ciclo de la violencia marital puede comenzar en el noviazgo con algunas
conductas o actitudes violentas como celos, posesividad, mal genio exagerado,
las cuales se asocian a manifestaciones del “amor verdadero” sentido por el
hombre y esperado por la mujer. “Esas señales que anticipan un comportamiento
masculino opresor son pasadas por alto en pro de los aspectos exclusivamente
románticos del idilio”
40
.
Con el tiempo, la pareja empieza a acumular tensiones y se hacen evidentes
las diferencias y desencuentros en la vida cotidiana frente a acontecimientos reales
como problemas laborales, económicos, hechos intrascendentes como por ejemplo
que la comida no está caliente, o los celos por los vecinos, amigos o compañeros
de trabajo. Es común que el hombre empiece con agresiones de tipo psicológico
como burlas, desprecio y críticas que empiezan a tener un efecto negativo en la
confianza y autoestima de la mujer. Luego viene un empujón o una cachetada,
agresión que la toma por sorpresa, ya que nunca se hubiera podido imaginar que
su compañero reaccionara de esa manera. La mujer intenta calmarlo, poniéndose
cariñosa y comprensiva, estableciendo así el patrón de que si la maltratan, ella
responderá con complacencia. Si estos hechos violentos iniciales se repiten, la
mujer se siente culpable, niega la injusticia y se preocupa por mejorar para que no
se vuelva a presentar el episodio.
En este inicio del ciclo de la violencia marital no se les presta mucha atención
a los hechos y la mujer no reacciona de forma explícita, ya que manifestar enojo o
la exigencia de un trato digno se verían como “poco femeninos” y atentarían contra
una de las premisas de su educación: que el matrimonio es el eje principal de su
vida y que ella sola no tiene ningún valor. En estos momentos la mujer le puede
decir al marido que la dejó adolorida o que exageró el golpe, pero dejará las cosas
así. El hombre siente remordimientos, piensa que fue algo pasajero, pero no cree
que su conducta sea grave. La pareja trata de buscar explicaciones externas o
justificaciones, como por ejemplo que el marido estaba nervioso o que fue por
problemas en el trabajo. Siguen días en los cuales se restablece el amor y el
cariño; sin embargo, se ha traspasado un límite en el respeto por la otra persona.
Con el tiempo se vuelven a acumular las tensiones y comienzan de nuevo los
reproches, las acusaciones, los insultos y el hecho violento se repite. Por lo general,
39
Ferreira, Graciela. La
Mujer Maltratada, Un
estudio sobre las Mujeres
Víctimas de la Violencia
Doméstica. Editorial
Sudamericana. Buenos
Aires. 1989. (p. 130).
40
Ibíd. Ferreira. (p. 131).

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los hombres agresores sienten remordimientos en los inicios de las relaciones
violentas, pero creen que la provocación es de su compañera y así se lo manifiestan.
Aunque le piden perdón, llegando a arrodillarse, llorar, suplicar, decirle que la
aman y que no pueden vivir sin ella, le deja claro que para que el hecho violento no
se vuelva a repetir, ella no lo debe volver a incitar. En esta etapa de arrepentimiento
puede darle regalos costosos, o prestarle colaboraciones inusuales. Se presenta
entonces una segunda “luna de miel”. Él está convencido de que no lo volverá a
hacer y ella cree que así será. De esta manera queda instalado el ciclo, y los
incidentes de violencia tenderán a ser cada vez más graves, frecuentes y se
reproducirán con las hijas e hijos de manera directa o como observadores del hecho.
Cuando el ciclo se ha repetido varias veces, las promesas y el arrepentimiento
pierden credibilidad y son cambiados por amenazas, presiones y chantajes
afectivos. El marido le recuerda que deben estar juntos siempre, en las buenas y
en las malas, que tiene que ser una “buena esposa”, la puede amenazar de muerte
o a sus hijas e hijos, o puede incluso decirle que se va a suicidar.
La mujer no puede salir del ciclo porque siente que por sus deficiencias
como esposa se produce la violencia del marido: “Este proceso de
autoinculpación, de convencimiento acerca de que todo depende de ella, no
hace más que reforzar la sensación de imposibilidad de acceso a un cambio”
41
.
En resumen, el ciclo de la violencia marital se establece de la siguiente
manera: primero se presenta una acumulación de tensiones entre la pareja
que estalla en forma violenta, viene entonces un arrepentimiento por parte del
agresor, quien promete no volverlo a hacer, y la víctima cree realmente en este
arrepentimiento, viviendo una época de “luna de miel”; luego vuelven a
acumularse tensiones, a presentarse el hecho violento y el ciclo continúa
indefinidamente. Como se ha manifestado a lo largo del módulo, los imaginarios
de género dinamizan y refuerzan conductas y valores que contribuyen a
perpetuar el ciclo.
Acumulación de tensiones
Etapa de “Luna de Miel”
HECHO VIOLENTO
Arrepentimiento del
agresor
La víctima cree en el
arrepentimiento
41
Ibìd. Ferreira, Graciela.
(p. 141).

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Por último, los factores institucionales que influyen en la reproducción de la
violencia conyugal hacen referencia a la baja cobertura y poca eficiencia de las
instituciones encargadas de la atención; a la escasa coordinación interinstitucional;
a la baja difusión de la normatividad sobre la violencia intrafamiliar y
sobre los derechos de las mujeres, jóvenes, niñas y niños, y a las dificultades
que tiene el sistema judicial para resolver los casos. Dentro de los factores
institucionales, también se pueden encontrar los imaginarios, prejuicios y creencias
de las funcionarias y los funcionarios que atienden los casos de violencia conyugal,
que en algunas ocasiones pueden confundir, desanimar o culpar a las víctimas,
obstaculizando un proceso que realmente ponga fin a la violación de sus Derechos
Humanos.
El hecho de que la prevención, atención y sanción de la violencia conyugal
sea de reciente inclusión en las agendas públicas, y que solo hace pocos años
haya sido reconocida como una violación de Derechos Humanos que le compete
al Estado, hace que el desarrollo de gestión institucional y de prestación de servicios
tanto a víctimas como a agresores se encuentre todavía en construcción.
Consecuencias de la violencia conyugal sobre la pareja
Por la magnitud del problema de la violencia conyugal sobre las mujeres,
diferentes instancias del orden nacional e internacional han promovido espacios
de atención terapéutica, médica y jurídica y han desarrollado varias investigaciones
sobre las causas y consecuencias que produce dicha problemática. Sin embargo,
sería importante preguntarse: ¿Cuáles son los efectos que se producen en los hombres
que sufren de violencia en sus relaciones de pareja? ¿Qué significa para un hombre
ser violentado? ¿Qué cambios en la definición de su masculinidad se producen?
¿Denuncian ante las autoridades los hechos violentos? ¿Se lo cuentan a sus amigos,
vecinos y compañeros de trabajo? Estos interrogantes no han sido abordados, ya que
los estudios de masculinidad no tienen tanta trayectoria como los realizados sobre las
mujeres y porque la participación de los hombres en la violencia conyugal se ha hecho
principalmente desde el hombre agresor, es decir, desde la posición de victimario
y no como víctima.
La violencia conyugal deteriora la vida psicológica y social de las mujeres
produciendo efectos como: “un constante estado de depresión, pérdida de
motivación, incapacidad para evaluar los hechos y tomar decisiones, inhibición
ante la acción, y pérdida de autonomía. Se siente defraudada, amargada, incapaz
y atemorizada. Sus sentimientos muy frecuentes son de abandono y desamparo.
Sin lugar a dudas, el aspecto psíquico más afectado por la violencia es la
autoestima. La mujer inicia un proceso de desvalorización permanente de sí misma
producto de la autoinculpación por la agresión de su compañero y de la inseguridad
que le genera no tener control sobre su vida”
42
.
Un estudio realizado por la Cámara de Comercio de Bogotá sobre la violencia
intrafamiliar en el barrio Altos de Cazucá
43
encontró que del total de los
entrevistados el 12.8% de las mujeres y el 1.4% de los hombres han tenido intentos
de suicidio motivados por el maltrato intrafamiliar, y un gran porcentaje de las
mujeres que no lo han intentando, por lo menos lo han considerado. Esta situación
refleja los graves trastornos psicológicos producidos por la violencia conyugal.
42
Op. Cit. Defensoría del
Pueblo. (p. 9).
43
Cámara de Comercio de
Bogotá. Violencia
Intrafamiliar en Altos de
Cazucá, Un Estudio de
Caso. Santa Fé de Bogotá,
1999. (p. 58).

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La salud física de las mujeres se ve gravemente afectada como resultado de
los episodios violentos. De las mujeres alguna vez unidas que han experimentado
violencia física por parte del esposo o compañero, se encuentra que el 53% resultó
con moretones y dolores, el 10% con heridas o fracturas en los huesos, el 2.5% tuvo
abortos y el 2% perdió algún órgano, miembro o su función
44
. Los efectos sobre la
salud de las mujeres no sólo ocasionan daños como heridas, hematomas,
quemaduras y fracturas, especialmente en el rostro, sino que también se producen
“alteraciones en su salud física por la tensión nerviosa en que viven y el descuido de
su salud, pues para evitar el maltrato, se sacrifican en extremo, llegando incluso a
dejar de comer. Se presentan así intensos dolores de cabeza o musculares, anemia,
cansancio generalizado y trastornos digestivos, como úlceras, gastralgias,
estreñimiento o diarreas”
45
.
La gran variedad de efectos en la salud tanto física como psicológica se
establece en las guías de atención que son de obligatorio cumplimiento por parte
de las Entidades Promotoras de Salud, Entidades Adaptadas y Administradoras
del Régimen Subsidiado, como se establece en la Resolución 412 de 2000 (basada
en el Acuerdo 117 de 1998). En dichas guías se establecen los criterios de atención
y los síntomas y signos físicos y psicológicos que se producen en mujeres, niñas y
niños por la violencia conyugal e intrafamiliar.
En la familia y la sociedad la consecuencia más grave se da en la repetición
del ciclo de la violencia, ya que niñas, niños y jóvenes, como víctimas directas o
como observadores de los hechos violentos entre sus progenitores, van
interiorizando la agresión física, psicológica y sexual como una forma válida de
resolver los conflictos familiares y de pareja, la cual probablemente se reproduzca en
los futuros hogares que conformen. El impacto del maltrato conyugal sobre el
desarrollo emocional e intelectual de los hijos e hijas es significativo. El 25.9% de
las mujeres golpeadas en Colombia dice que sus hijos e hijas han presenciado
episodios de violencia. Casi la totalidad, el 98%, cree que la violencia afecta a los
hijos e hijas de manera negativa, ya sea porque les produce trastornos
psicológicos (72.6%), porque genera una actitud agresiva (36.8%), les ocasiona
problemas de aprendizaje (13.8%), les produce problemas de pasividad (10.3%) o
los hace huir (5.6%). El 10.5% de las mujeres golpeadas por su compañero admite
haber golpeado a sus hijas e hijos
46
.
Otra consecuencia de índole social es el aumento de las separaciones a causa
de la violencia conyugal, puesto que muchas mujeres (y no se sabe cuántos
hombres) prefieren asumir los costos afectivos, económicos y sociales a
consecuencia de una ruptura amorosa, que tolerar una situación que va en
detrimento de su dignidad personal.
Una investigación realizada por el BID
47
durante 1997, con el fin de establecer
los costos económicos y sociales de la violencia doméstica, estableció que en
Santiago (Chile) las mujeres víctimas de la violencia tienen menos probabilidades
de trabajar en el mundo público, mientras que en Managua (Nicaragua) las mujeres
agredidas en sus hogares no presentan diferencias significativas en las tasas
femeninas de participación laboral con las que no sufren maltrato. En cuanto al
salario, se encontró para las dos ciudades que “Las mujeres que sufren violencia
doméstica obtienen ingresos considerablemente menores que aquellas que no la
sufren”. En Santiago las mujeres que son blanco de la violencia sexual y psicológica
ganan un 50% menos que las que no lo son. En Managua se estableció que las
44
Op. Cit. Profamilia 2000.
(p. 177).
45
Op. Cit. Defensoría del
Pueblo. (p. 9).
46
Op. Cit. Profamilia 1995.
(p. 163).
47
Banco Interamericano
de Desarrollo, BID. “El
impacto Socio-Económico
de la Violencia Doméstica
contra la Mujer en Chile y
Nicaragua”. (pp. 8-15). La
investigación se realizó
con 378 mujeres de
Managua y 310 de
Santiago, con edades
entre los 15 y 49 años, que
viven con su pareja en la
actualidad o durante los
últimos 12 meses.

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mujeres víctimas de violencia física obtienen el 57% del salario de las que no
sufren este tipo de violencia; y las sometidas a violencia sexual ganan solamente
el 46% del salario que devengan las mujeres que no la padecen.
Otras cifras alarmantes que arrojó la citada investigación son las relacionadas
con el Producto Interno Bruto, PIB. En Chile las mujeres maltratadas dejaron de
ganar 1.560 millones de dólares, lo cual representó un 2% del PIB correspondiente
a 1996; y en Nicaragua las mujeres trabajadoras maltratadas dejaron de ganar
29.5 millones de dólares, el equivalente al 1.6% del PIB en 1996.
Pero, ¿por qué las mujeres ganan menos cuando son maltratadas? Varios
estudios realizados en Estados Unidos citados en la investigación del BID muestran
que “La violencia doméstica puede afectar de muchas maneras la productividad
de una mujer, ocasionando: aumento del ausentismo debido a las lesiones físicas
o mentales, acoso por parte de su compañero en el lugar de trabajo, pérdida de
autoestima, falta de concentración, depresión, tensión nerviosa y consiguiente
incapacidad de trabajar eficazmente”
48
.
Aunque en nuestro país no se cuenta con cifras que muestren los costos
económicos y sociales de la violencia ejercida contra las mujeres en el hogar, a
manera de hipótesis se puede plantear que los resultados no serán muy distantes
de los encontrados en los dos países estudiados. Se sugiere realizar estudios
serios y confiables que muestren cuánto le está costando a Colombia la violencia
ejercida contra sus mujeres en el ámbito privado.
Como se ha demostrado a lo largo de este capítulo, la violencia conyugal es
una problemática compleja en la cual intervienen múltiples factores y frente a la
cual todas las personas poseen una responsabilidad para contribuir a su
prevención, atención y eliminación, ya que mujeres y hombres tienen derecho a
una vida libre de violencia, como fundamento de los derechos humanos; a disfrutar de
unas relaciones familiares y sociales solidarias, equitativas, respetuosas,
afectivas y democráticas que garanticen el desarrollo pleno de todas las
potencialidades humanas sin limitación alguna.
De otro lado, este módulo quisiera dejar, por lo menos esbozado, un tema que
en nuestro medio todavía despierta mucho rechazo de tipo moral, y es el concerniente
a las parejas homosexuales y su relación con la violencia conyugal. Aunque la
Constitución Política define como pareja la unión entre un hombre y una mujer, no se
puede desconocer la existencia de muchas uniones de dos mujeres o de dos
hombres. Cabría preguntarse: ¿Cómo se manifiesta la violencia conyugal en este
tipo de parejas? ¿Existen diferencias en la dinámica y manifestaciones de la violencia
conyugal entre las parejas conformadas por dos mujeres o las establecidas por dos
hombres? ¿Distará mucho de la violencia que encontramos en las parejas
heterosexuales? ¿A cuáles instituciones acuden para solucionar esta problemática?
Teniendo en cuenta los siguientes planteamientos: “Las cualidades y defectos de
un vínculo homosexual establecido son los mismos que caracterizan una relación
heterosexual estable”... “Los homosexuales pueden mostrar cualesquiera de los
problemas emocionales que se observan en la población heterosexual”
49
, se puede
inferir que se presentarán altos índices de violencia conyugal en esta
población, pero en realidad se ha investigado poco sobre ello.
48
Ibìd. BID. (p. 8).
49
Op. Cit. Rojas. (pp. 100,
101).

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Autorreflexión
(para trabajar individualmente)
SOBRE EL CONFLICTO
¿Cuáles son los conflictos más frecuentes con mi pareja?
¿De qué forma los resuelvo?
¿Creo que la forma de resolverlos contribuye a generar más conflictos o los
disminuye? ¿Por qué?
¿Algunos conflictos solamente los puedo resolver por medio de la violencia?
¿La manera como resuelvo los conflictos con mi pareja es una forma de crecimiento
de la relación o, por el contrario, deterioran la unión?
¿Cómo podría resolver mis conflictos de una manera más adecuada?
SOBRE LAS RELACIONES DE PAREJA
¿En la relación con mi pareja he ejercido alguna forma de violencia, sea esta
física, psicológica o sexual? Trate de hacer un recuento histórico de estos aspectos
en su relación.
¿He sido víctima de alguna de las manifestaciones de la violencia conyugal?
¿De cuáles?
¿Considero que tengo el “derecho” para maltratar a mi pareja de cualquier
forma? ¿Por qué?
¿Creo que debo aceptar que mi pareja me maltrate porque hice alguna cosa mal?
¿Por qué legitimo este comportamiento?
¿Creo que puedo ser dueño o dueña del cuerpo y sexualidad de mi pareja?
¿Por qué?
¿Ejerzo algún tipo de control sobre las amistades, salidas o trabajo de mi pareja?
Analice estos comportamientos.
¿Impongo mi criterio a la hora de tomar decisiones y no tengo en cuenta
la opinión de la otra persona? ¿Si lo hago, cuál es la explicación de este
comportamiento?
SOBRE MI PAPEL COMO FUNCIONARIA O FUNCIONARIO
¿Considero que la violencia conyugal es un problema que le atañe más a la
pareja misma o que debe ser intervenida desde el Estado? ¿Por qué?
¿Considero que la preservación de la unidad familiar está por encima del bienestar
físico, psíquico y sexual de las personas agredidas o de los agresores?

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¿Como funcionario o funcionaria ante una mujer maltratada digo frases
como: Mi señora, qué hizo usted para que él le pegara; o Tranquila que es
que todos los hombres son iguales; o No se preocupe que él va a cambiar,
lo que pasa es que a veces es malgeniado...?
Diccionario
V
IOLENCIA
INTRAFAMILIAR
:
es una forma de interacción establecida en la familia, en la
cual uno o varios miembros de ella ejercen agresiones físicas, psicológicas y sexuales
sobre otro u otros de sus integrantes. Dentro de la violencia intrafamiliar también está
la violencia económica, que incluye la omisión grave de los deberes de crianza, cuidado
y manutención de los miembros dependientes de la familia como menores, ancianas y ancia-
nos, personas enfermas y discapacitadas. La violencia intrafamiliar tiene el fin de dominar,
controlar, someter, agredir, educar y corregir a los miembros del grupo familiar y es una
violación de los Derechos Humanos.
V
IOLENCIA
CONYUGAL
: patrón de interacción que lesiona la integridad física,
emocional y sexual de las personas que componen la pareja, utilizado con el
propósito de someter al otro o a la otra, establecer y reproducir relaciones de
poder o resolver conflictos.
V
IOLENCIA
CONTRA
LA
MUJER
:
es cualquier acto, conducta o amenaza, basado en la
pertenencia al sexo femenino, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual
o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado.
V
IOLENCIA
FÍSICA
:
es una forma de violencia producida por la utilización de la fuerza
física sobre el cuerpo de la otra persona que ocasiona lesiones con diferentes
niveles de gravedad, desde cachetadas y empujones hasta fracturas, pérdida de
órganos; inclusive puede ocasionar hasta la muerte.
V
IOLENCIA
PSICOLÓGICA
:
es cualquier tipo de agresión que afecta la vida emocional
de las personas, generando temor, baja autoestima, lesiones en la dignidad e
incapacidad para tomar decisiones. Así mismo, comprende la privación de la
libertad de locomoción, del derecho al trabajo, estudio o capacitación, y el
aislamiento familiar y social. Se expresa por medio de agresiones verbales, a
través del lenguaje no verbal o corporal y por medio del chantaje afectivo.
V
IOLENCIA
SEXUAL
:
es obligar a una persona a tener contacto físico o verbal, de
tipo sexual, o a participar en otras interacciones sexuales mediante la fuerza, la
amenaza, el chantaje, el soborno, la intimidación o cualquier otro medio que anule
o limite la voluntad del otro.
Bibliografía recomendada
Defensoría del Pueblo. Mecanismos de protección de la mujer víctima de la violencia
intrafamiliar y sexual. Santa Fe de Bogotá. 1995.
Profamilia. Encuesta nacional de demografía y salud 2000. Printex Impresores
Ltda. Santa Fe de Bogotá. 2000.

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24 • Violencia Intrafamiliar
Maldonado, María Cristina. Conflicto, poder y violencia en la familia. Editorial
Facultad de Humanidades, Escuela de Trabajo Social y Desarrollo Humano,
Universidad del Valle. Santiago de Cali, 1995.
Cifras actualizadas del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses,
producidas por el Centro de Referencia Nacional sobre Violencia. 1999.
Hosted by www.Geocities.ws

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