Diócesis de Alcalá de Henares

SR. OBISPO

FUNERAL DEL RVDO. D. FRANCISCO MARÍN

(Cervera de la Cañada, 7 noviembre 2002)

1. Muy querido hermano en el episcopado, Don Carmelo, obispo de esta diócesis de Tarazona. Estimados sacerdotes concelebrantes de las Diócesis de Tarazona y de Alcalá de Henares. Queridos familiares y amigos de Don Francisco. Nuestro hermano Francisco ha terminado ya su peregrinación terrena. Hace setenta y tres años vio la "luz natural" aquí en este pueblo de Cervera de la Cañada, el pueblo que le vio nacer. Comenzó a gozar de la luz creada por Dios y de la creación, el gran regalo salido bueno de las manos de Dios y que el hombre con su pecado ha desordenado y ha manipulado. Pero la creación es un don que el Señor regala al hombre para que viva y para que lo disfrute. Francisco, por tanto, ha podido gozar de esa luz natural y de la creación, regalo de Dios.

2. También en este mismo pueblo, en la parroquia, recibió las aguas bautismales. El sacramento del bautismo le concedió la "luz de la fe": don, no ya natural, sino don "sobrenatural"; el don de la gracia, el don de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que nos ponen en contacto con Dios y nos hacen vivir la vida de Dios. Como nos ha dicho San Pablo: «Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Ef 5,8). Con la luz sobrenatural de la fe, Francisco ha caminado en su vida "iluminado", recorriendo el camino que el Señor le iba trazando. Con la luz sobrenatural de la fe ha podido participar innumerables veces en los sacramentos de la eucaristía y de la confesión, recibiendo la gracia divina.

3. El Señor le llamó a una vida consagrada a Él y fue ordenado sacerdote en 1954, hace ahora casi 50 años. Fue ordenado sacerdote y desde ese momento él intentó llevar una vida de ofrecimiento y de consagración a Dios, siguiendo la voluntad de Dios en su vida. Como hemos escuchado en la presentación que nos ha hecho uno de sus compañeros sacerdotes y amigo suyo, Francisco ha servido en distintos pueblos, primero como coadjutor en Novallos, después como párroco en Dubel, en Aldehuela de Liestos y en Torralba de los Frailes. Ha servido, por tanto, en los pueblos a los que el Señor le enviaba, en la Diócesis de Tarazona, donde fue ordenado. Después, por razones históricas, sirvió también a la Diócesis de Madrid-Alcalá. Finalmente, después de la división de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá, sirvió a la Diócesis de Alcalá de Henares y estuvo, durante casi veinte años, de párroco en Santorcaz, desempeñando también su ministerio como Vice-Cancilller y Notario de la curia diocesana.

4. Nuestro hermano Francisco ha ido sirviendo a la única Iglesia de Jesucristo en distintas iglesias particulares. Ha ido recorriendo el itinerario que el Señor le ha ido trazando, en fidelidad siempre a su voluntad y en servicio a Dios y a la Iglesia. El sacerdocio, del que él estaba muy agradecido a Dios y vivía con intensidad, y su devoción a la eucaristía, junto con su devoción mariana, fueron los pilares de su espiritualidad sacerdotal. A través del ministerio sacerdotal él ha ido ejerciendo el servicio a Dios y el servicio a los hombres, fundamentalmente en la celebración de la eucaristía y de la penitencia. El ejercicio de este ministerio sacerdotal ha quedado simbolizado con el gesto de la casulla y la estola, que han sido colocados encima de sus restos mortales, al inicio de esta celebración. También el Evangeliario, leccionario bíblico de la Palabra de Dios, que está sobre sus restos significa el ministerio de la Palabra que él ha ido ejerciendo en los distintos lugares, donde el Señor le ha ido llamando. Ahora, al final de su vida, después de un largo recorrido en distintos sitios, vuelve otra vez a su pueblo, que le vio nacer. Y aquí termina su peregrinación terrena.

5. La luz sobrenatural de la fe, recibida en el bautismo y significada aquí con la luz del cirio pascual encendido, símbolo de la resurrección del Señor, ha ido acompañándole durante toda su vida y le ha ido iluminando. Naturalmente, nadie es santo hasta que la Iglesia lo proclama como tal, pero estamos convencidos de que Francisco, nuestro hermano sacerdote, está gozando ya de la felicidad eterna en el cielo. De la misma manera que gozó de la "luz natural", como don y regalo de Dios, también vivió durante toda su vida la "luz de la fe", que le iluminó, le hizo ver las cosas con un sentido sobrenatural y le animó a entregar su vida al servicio de Dios y de los demás, sirviendo a la Iglesia de Cristo. Ahora nuestro hermano Francisco está gozando de otra luz, "la eterna", que ya no es ni la natural ni la luz de la fe. Ahora él ya no necesita creer; ahora ve sin velos ni oscuridades, porque está en la presencia de Dios y lo contempla cara a cara. Como dice el Apocalipsis: «Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,5).

6. La contemplación de Dios, después de la muerte, sólo es posible gracias a la "luz eterna", inmarcesible, esplendorosa, infinita; una luz clara y purísima, pues es gozar de la misma presencia de Dios. Para esta contemplación ya no es necesaria la luz natural, ni la luz sobrenatural de la fe, puesto que se trata de una presencia total y plena de Dios. Francisco ha ido viviendo en su peregrinación terrena, como regalo de Dios, distintas "luces". En primer lugar, ha percibido la "luz natural" y ha podido gozar de la creación. En segundo lugar, ha vivido la "luz sobrenatural", la luz de la fe, que ha iluminado espiritualmente su vida y su consagración a Dios. Y en tercer lugar, ahora, entra a gozar de la "luz eterna", una luz que es incomprensible e inexplicable para nosotros, porque es la misma luz de Cristo resucitado.

7. Uniéndose a la muerte de Jesucristo, nuestro hermano participa también de la resurrección de Jesucristo (cf. Rm 6,5). Su vida y su muerte debe ser para nosotros, los que aún permanecemos gozando en este mundo de la luz natural, un estímulo para que sepamos cuidar de la naturaleza. Ha de ser un estímulo para que sepamos ser fieles a Dios desde la luz de la fe, desde la gracia bautismal, en el testimonio cristiano y en el ejercicio de cualquier tipo de profesión. Ha de ser también un estímulo para servir fielmente a Dios, desde la gracia del ministerio sacerdotal o desde la consagración religiosa.

8. Su muerte nos puede ayudar a vivir cada día con mayor esperanza cristiana, pensando que vamos a gozar de la luz inmarcesible, del sol que nunca se pone, del sol de justicia, que es Cristo resucitado, del sol que iluminará nuestra vida de una manera completa y plena. Allí no habrá recovecos oscuros, ni rincones sin luz, ni obstáculos que encubran u oscurezcan nuestra visibilidad. Allí no veremos con los ojos de la naturaleza, ni con los ojos de la fe, sino que contemplaremos a Dios de una manera plena y gozaremos de su presencia sin limitaciones.

9. La alegría era un don del que Francisco gozaba. Me ha impresionado positivamente y me ha admirado el talante alegre que él tenía. A pesar de estar en situaciones de enfermedad, de dificultad y de dolor, no perdió nunca la alegría; tenía siempre una chispa de buen humor, que alegraba a quienes se le acercaban a él, aún estando él enfermo y con sufrimiento. Su vida es para nosotros un ejemplo y un estímulo para vivir la voluntad de Dios en nuestra vida; para aceptar lo que el Señor quiere de nosotros. Le pedimos a Dios que ahora le conceda gozar de la alegría eterna.

10. Le pedimos también al Señor que nuestro hermano Francisco goce de la luz y de la resurrección de Jesucristo. Como todo ser humano, hijo de Adán y Eva, el pecado ha hecho su mella en nosotros y, por tanto, nuestra conducta no es correcta según la voluntad de Dios. Le pedimos al Señor que perdone las faltas que cometió por fragilidad humana; que sea misericordioso con él; que lo acoja; que le perdone benignamente los pecados que pudo cometer en su vida; y que lo acoja para vivir ya en la presencia plena del Señor, en su paz y amor eternos.

11. Nosotros, los que nos quedamos aún en este mundo, le pedimos a Dios que continúe iluminándonos con la luz de la fe y que nos dé la esperanza de poder gozar un día de la resurrección final. Vamos a continuar la eucaristía pidiendo por estas cosas. ¡Que el Señor le conceda a Francisco la paz eterna y a nosotros nos ayude a seguir caminando, para encontrarnos un día cara a cara con el Padre, que tanto nos ama! Amén.

NOTA.- TEXTO SACADO DE INTERNET

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