Novela

Por Sergio G. Carabini

Novelistas y sus obras


1.         INTRODUCCIÓN   Novela, narración extensa, por lo general en prosa, con personajes y situaciones reales o ficticios, que implica un conflicto y su desarrollo que se resuelve de una manera positiva o negativa. El término novela (del italiano novella, ‘noticia’, ‘historia’, que a su vez procede del latín novellus, diminutivo de novus, ‘nuevo’) procede de las narraciones que Giovanni Boccaccio empleó para designar los relatos y anécdotas en prosa contenidos en su Decamerón. Ahora bien, como género es el resultado de la evolución que arranca en la epopeya y sigue con el romance.

2.          ORÍGENES DE LA NOVELA

Desde la antigüedad se han escrito narraciones en prosa a las que se ha aplicado de manera indiscriminada el término novela. Muchos relatos que más tarde se incorporaron a la tradición literaria europea tienen su origen en Egipto. El primer texto indio que cabe considerar como precursor de la novela es quizá el Daœakumâracarita (Cuentos de diez príncipes), un romance en prosa de Dandin, escritor en sánscrito de finales del siglo VI d.C. La primera novela en opinión de algunos expertos es el relato japonés Cuento de Genji (siglo XI), de Murasaki Shikibu. El género gozó de gran popularidad entre los griegos durante los primeros siglos de la era Cristiana. Dignas de mención son las Etiópicas de Heliodoro de Emesa; las Efesias de Jenofonte de Éfeso y Dafnis y Cloe, el más exquisito de los relatos pastoriles, generalmente atribuido a Longo. Los principales ejemplos de novela escritos en latín son las Metamorfosis o El asno de oro, de Lucio Apuleyo, y el Satiricón, generalmente atribuida a Petronio.

El relato largo en verso narrativo, la abundante cantidad de romances en prosa y los fabliaux franceses florecieron en Europa durante la edad media y su contenido se alimenta de los recuerdos contados y transmitidos por la tradición sobre los héroes más o menos históricos o legendarios y sus proezas. Estas obras contribuyeron al desarrollo de lo que más adelante será la novela pero que en esta época no tiene nombre como género, y se les conoce tanto como libro —piénsese en la doble denominación libro o novela de caballerías, por ejemplo—, historia o tratado (Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, 1491, de Diego de San Pedro).

3.          LA NOVELA EN EL SIGLO XVI

El interés por el ser humano que caracterizó al renacimiento tuvo una repercusión importante en el desarrolló de la novela. En efecto, el punto de vista del autor se desplaza y deja de observar los héroes antiguos para detener la mirada en las gentes de su época, ya fueran pastores, mendigos, hidalgos, clérigos, soldados, zagalas, alcahuetas o monjas. Además se narrara su forma de vida y los conflictos que tengan, generalmente amorosos aunque también surgen conflictos de la vida cotidiana: económicos, de aventuras o de supervivencia. Esto supuso un cambio transcendental que marca el comienzo de la tendencia realista, con el nacimiento en España de la novela picaresca o autobiografía de un personaje de baja extracción social, vagabundo y servidor de una sucesión de amos: el pícaro. Los ejemplos más destacados del género son El lazarillo de Tormes (1554), de autor anónimo, y el Guzmán de Alfarache (1559-1604), de Mateo Alemán. Entre 1605 y 1612 el escritor español Miguel de Cervantes publica la primera gran novela del mundo occidental y obra cumbre de la literatura universal, Don Quijote de la Mancha. Esta novela narra las aventuras de un caballero enloquecido por sus innumerables lecturas de novelas de caballería. El Quijote es por tanto la primera gran novela en la que la finalidad moral se antepone a la forma con el fin de mostrar a los seres humanos lo que pueden hacer determinados hombres y mujeres que viven en determinadas sociedades.

Frente a esta tendencia realista se desarrolló otra idealista o de evasión representada por la novela pastoril, cuya primera gran manifestación es Los siete libros de Diana (1559?) de Jorge de Montemayor, o la sentimental, que trata el tema amoroso desarrollado de una manera poética, como puede verse en Siervo libre de amor (c. 1440) de Juan Rodríguez Padrón.

En la América española, a lo largo del siglo XVII aparecen ejemplares de obras en las que se mezcla la novela, el relato pastoril y ciertos elementos ascéticos y religiosos, reflejo fiel de la ideología dominante. El pastor de Nochebuena, de Juan de Palafox, obispo mexicano, es la muestra representativa de ese género, en el que también se inscriben Los sirgueros de la Virgen, de Francisco Bramón, una de las primeras novelas barrocas en América (1620), y El desierto prodigioso, de Pedro de Solís y Valenzuela.

4.          EL SIGLO XVIII: EL AUGE DE LA NOVELA

A lo largo del siglo XVIII la novela se convierte en un género enormemente popular y los escritores comienzan a analizar la sociedad con mayor profundidad y amplitud de miras, pero es la novela sentimental la que triunfa plenamente en este siglo. Ofrecen un retrato revelador de personas sometidas a las presiones sociales o en lucha por escapar a ellas, y realizan una crítica implícita tanto de los personajes que intentan ignorar las convenciones sociales como de la sociedad incapaz de satisfacer las aspiraciones humanas.

Los profundos cambios sociales experimentados en este periodo como resultado de la primera Revolución Industrial provocan la aparición de nuevos conflictos entre dos clases emergentes: la burguesía y el proletariado. Estas tensiones se reflejan claramente en la novela, que se propone ser un medio de intervención crítica y un instrumento de difusión de las ideas, al tiempo que analiza el nacimiento de una conciencia individual enfrentada a la realidad colectiva. Durante este periodo cabe destacar las novelas de Diderot, Defoe, Swift, Fielding, Marivaux, Rousseau o Goethe.

4.1.  Desarrollo de los géneros

Las diversas categorías de novela aparecidas durante el siglo XVIII no son independientes ni se excluyen mutuamente. La novela didáctica expone teorías sobre la educación u opiniones políticas y el ejemplo más famoso del género es Emilio o De la educación, obra del filósofo francés Jean-Jacques Rousseau. La novela gótica introduce el elemento del terror a través de una amplia parafernalia de apariciones, sucesos sobrenaturales, cadenas, mazmorras, tumbas y una naturaleza que muestra su rostro más terrorífico. La primera novela gótica fue El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole.

La comedia de costumbres ha sido uno de los géneros más populares en la novela británica y refleja a través del lenguaje y el comportamiento el conflicto entre diferentes personajes condicionados por su cultura y su entorno social. Entre los primeros autores del género cabe citar a Fanny Burney, pero su principal exponente es sin lugar a dudas Jane Austen, autora de novelas como Orgullo y prejuicio (1813) y Emma (1816). Sus novelas están siempre protagonizadas por muchachas que buscan el conocimiento de sí mismas y que logran o no encontrar marido. El ingenio, la ironía y la percepción psicológica de Austen se combinan con un estricto sentido del modo adecuado de conducirse en sociedad.

A lo largo del siglo XVIII se observa en Europa una reinvención o transformación radical del género novelesco que afecta tanto a los mecanismos de la producción del texto como a los de su recepción. La novela pasa a convertirse en vehículo de transmisión de ideas y conocimientos. Sin embargo, la fortaleza de los modelos ingleses y franceses aconsejó a los novelistas de otros países optar por la vía de la adaptación o la traducción directamente antes que emprender un camino propio. El fenómeno de las traducciones y adaptaciones se generaliza así en el último cuarto de siglo, propiciando el resurgimiento de la narrativa tras un periodo de relativa mediocridad. En España, la novela más representativa de este periodo es Fray Gerundio de Campazas (1758) del jesuita español José Francisco Isla, que aun siendo una novela ilustrada con la clara finalidad didáctica de censurar a los malos y ampulosos predicadores tiene un desarrollo entre picaresco y quijotesco, pues al fin y al cabo se siguen los pasos, es decir, aventuras y desaventuras, del pintoresco predicador.

5.          EL SIGLO XIX: DESARROLLO DE LA NOVELA MODERNA

El siglo XIX ofrece un panorama más variado. Es el momento en el que surgen ambiciosos proyectos de ciclos novelescos que quieren ser espejo e interpretación de la realidad social. Los grandes maestros de la novela moderna son quizá Stendhal y Honoré de Balzac.

         5.1.         Francia  
Stendhal se perfila como el gran psicólogo del amor, la ambición y el ansia de poder, y es autor de obras magistrales como Rojo y Negro o La Cartuja de Parma, en las que aparece un nuevo tipo de héroe, el “inadaptado” social. Balzac, por su parte, se convierte en el principal historiador de la Francia de su tiempo con su vasta obra en 47 volúmenes, La comedia humana, un retrato de la sociedad francesa marcado por la ambición material y el desarrollo tecnológico.

La siguiente generación de novelistas franceses manifiesta un profundo interés por la novela como obra de arte y medio para el análisis casi científico de la sociedad. Gustave Flaubert se propone con Madame Bovary y La educación sentimental escribir sobre la vida cotidiana sin abandonar el sentido clásico de la forma y la precisión propia de las epopeyas medievales. Flaubert opinaba que el novelista debe abordar sus temas con la objetividad de un científico. Otro gran novelista francés, Émile Zola, compartía con Flaubert la pasión por la ciencia y concebía la novela como una suerte de laboratorio donde el autor experimenta con seres reales. Fruto de esta concepción es su serie de veinte novelas Los Rougon-Macquart, donde analiza los efectos de la herencia y el entorno sobre los miembros de una familia francesa.

5.2.  Gran Bretaña

La característica más destacada de la novela moderna, así como del espíritu moderno, es su hondo sentido de la historia. A lo largo del siglo XIX, dominado en Gran Bretaña por la figura de Walter Scott, la novela histórica se convierte en el género más popular. Entre los principales novelistas europeos influidos por Scott cabe citar al italiano Alessandro Manzoni, con Los novios, y a Alexandre Dumas padre y Victor Hugo en Francia.

Otra gran preocupación de los novelistas británicos fue la crítica social, reflejada en sus novelas a través del diálogo, la caracterización y la descripción, desarrolladas por los maestros del siglo XVIII. Dickens realiza una crítica despiadada de la sociedad victoriana, no tanto por su realismo como por su capacidad para inventar personajes y situaciones cómicas que se presentan a veces con simpatía a veces con profundo desdén, pero siempre con la más absoluta intensidad. Su vida y su literatura se sustentan sobre metáforas tan ilustrativas como el entierro, la cárcel o el renacimiento. Las novelas de Dickens, el más grande autor inglés desde Shakespeare, alcanzan la intensidad propia del drama poético. Otros autores dignos de mención son Thackeray (La feria de las vanidades), Eliot (Middlemarch) y Trollope (Las torres de Barchester), que ofrecen un análisis detallado y lúcido de la vida británica en los momentos decisivos del siglo.

Algunos escritores victorianos optaron por alejarse de los males urbanos y buscar refugio en la vida rural. Tal es el caso de Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas, una apasionada novela dramática en la que expone el conflicto entre dos seres tan opuestos como las brumas del invierno y el sol estival, y que destaca por su intensidad lírica y su lograda estructura. Su hermana, Chalotte Brontë, es autora de una gran novela, Jane Eyre, en la que revela la psicología de una joven dotada de un gran ardor intelectual y espiritual, que sabe muy bien lo que vale y exige igualdad del hombre al que ama.

5.3.  Estados Unidos

Los novelistas estadounidenses William Gilmore Simms y Nathaniel Hawthorne afirmaban que sus obras de ficción literaria no eran novelas sino romances. En opinión de Hawthorne las condiciones de vida en Estados Unidos hacían imposible escribir novelas. En cierto sentido la novela estadounidense aún conserva algo de los viejos romances y a menudo manifiesta un carácter alegórico y mítico. La letra Escarlata (1859) de Hawthorne explora con sutileza la naturaleza del pecado y la conciencia puritana. Otro destacado novelista que se sirvió del método simbólico, Herman Melville, escribió un gran drama poético sobre la conquista de lo absoluto, simbolizada en la persecución de una ballena: Moby Dick (1851).

El novelista Mark Twain censura con grandes dosis de ironía y humor en Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) los vicios de una sociedad autocomplaciente. Este libro contribuyó asimismo al nacimiento de un estilo literario típicamente estadounidense, al demostrar las enormes posibilidades expresivas de la lengua coloquial.

Pese a que su conocimiento de la dinámica social no era tan sólido como el de los novelistas victorianos, los escritores estadounidenses no ignoraron los grandes cambios sociales de la edad dorada. Uno de los autores más destacados de comienzos de siglo, Henry James, se estableció en Europa con la intención de convertirse en el sucesor de Flaubert. Sus novelas, centradas en el tema de la explotación de la inocencia en manos de la experiencia, y que en cierto modo reflejan la explotación de América por parte de Europa, casi podrían definirse como artefactos, habida cuenta de su preocupación formal y estética. James se proponía dotarlas de la intensidad propia de la mejor poesía o la pintura.

5.4.  La novela rusa

Durante el siglo XIX, marcado en Rusia por el fervor intelectual y el compromiso político, la novela se convierte en un arma contra el despotismo y la censura y en un vehículo para la expresión de ideas éticas y filosóficas. En este marco se produce el nacimiento del realismo narrativo que domina la segunda mitad del siglo. Destacan en este periodo tres grandes maestros: Nikolái Gógol, Fiódor Dostoievski y Liev Tolstói. Gógol supo conquistar un lugar completamente autónomo dentro de la literatura rusa y su influencia es determinante en toda la generación de narradores de la segunda mitad del siglo. Dostoievski es el padre de la moderna novela psicológica y de ideas. Convencido de que la naturaleza humana se define por sus extremos, realizó un profundo análisis de la desesperación y la marginación. Sus novelas Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamázov (1879-80) figuran entre las obras de mayor repercusión en la literatura y el pensamiento universal. Tolstói logra representar de manera global la compleja realidad de su país. Sus novelas Guerra y paz (1865-1869) y Ana Karénina (1875-1877) no han sido superadas por ningún escritor posterior en su representación del instinto y los afectos en el ámbito de lo cotidiano, si bien su literatura pretende dar un sentido a la vida mucho más profundo.

5.5.  España

Hacia mediados de siglo XIX arranca el desarrollo del género realista en España, que en sus primeras manifestaciones no tendrá la hondura ni el análisis crítico de las novelas que se están escribiendo en Europa pero que a finales de siglo alcanzará un gran esplendor narrativo. Entre los más destacados representantes del género cabe mencionar a Juan Valera (Pepita Jiménez, 1874), Alarcón (El sombrero de tres picos, 1874) y José María de Pereda (Sotileza, 1885), educados en el romanticismo, y Emilia Pardo Bazán (Los pazos de Ulloa, 1886), Leopoldo Alas (La regenta, 1884-1885) y Blasco Ibáñez (Cañas y barro, 1902), que abordan cuestiones como las trabas sociales a la libertad individual, la virtud y la condena del vicio e introducen temas de carácter regionalista. Hacia finales de la centuria esta fértil corriente confluye en la obra de Benito Pérez Galdós. Autor de casi un centenar de novelas, Galdós se convierte en testigo excepcional de la historia de España y logra calar profundamente en el espíritu de la época. Entre su cuantiosa obra cabe destacar los Episodios nacionales (1873-1879), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Tristana (1892) o Misericordia (1897).

         5.6.         Latinoamérica  
La novela hispanoamericana en el siglo XIX se planteó desde sus inicios como expresión de una conciencia nacional, cargada de elementos sociales y morales, que pretendía asumir el carácter de documento histórico. Después de dos siglos de literatura esta línea sigue viva en las obras actuales, cuyos temas siguen siendo el nacionalismo, la intensificación de lo autóctono, la lucha por la libertad frente a los dictadores y tiranos, y una permanente denuncia social y moral.

El romanticismo duró mucho en América e intensificó los temas políticos y sociales, de carácter histórico o problemática inmediata. Los argentinos Esteban Echeverría, con El matadero (1871), un relato sentimental y José Mármol con Amalia (1851-55), inician el romanticismo social en obras que son al mismo tiempo crónica de una época. Guatimozín (1846), de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, relato de la conquista de México, y Enriquillo (1877), del dominicano Manuel de Jesús Galván, que cuenta las experiencias de los conquistadores, son también mezcla de historia y romanticismo.

Simultáneamente, se desarrolló una línea de novelas, en clave lírico-sentimental, cuyo máximo exponente puede ser María (1876) del colombiano Jorge Isaacs, la mejor novela romántica hispanoamericana de todos los tiempos.

El movimiento de Reforma en México influyó en el desarrollo de la novela histórica y de contenido moralizante, en un periodo de transición al realismo costumbrista. Juan Díaz Covarrubias había publicado Gil Gómez el insurgente (1858), pero poco más tarde las obras más conocidas fueron Los bandidos de Río Frío (1889), folletín costumbrista, y El Zarco (1886), de Ignacio Manuel Altamirano, de intención reformadora y enseñanza moral.

El colombiano Eugenio Díaz Castro escribió Manuela (1878), novela criolla y costumbrista, que tuvo amplia aceptación. Al filo de ambos siglos, el mexicano Rafael Delgado escribió muchas obras de inclinación naturalista, entre las que destacan La Calandria (1890), Angelina (1893) y Los parientes ricos (1903).

En la misma línea están el argentino Eduardo Gutiérrez, con Juan Moreira (1880), en la que resuena el Martín Fierro y la interesante novela indigenista Aves sin nido (1889) de la peruana Clorinda Matto de Turner, que plantea los problemas de los indios y su proyección social.

El realismo europeo influyó enormemente en los escritores hispanoamericanos, que vieron las huellas de Zola y Balzac. A caballo entre dos siglos, el realismo latinoamericano continúa el costumbrismo y el naturalismo para dar paso, con los nuevos autores, a un modernismo múltiple que derivará hacia distintas expresiones inicialmente regionalistas, pero que se propondría en seguida temáticas específicas, hasta llegar a la década de 1960 con el boom de la Literatura latinoamericana.

6.          EL SIGLO XX: BÚSQUEDA Y EXPERIMENTACIÓN

En el curso del presente siglo la novela ha sufrido importantes transformaciones temáticas y estilísticas. Los temas psicológicos y filosóficos cultivados por los novelistas de finales del siglo XIX alcanzan la cima de su desarrollo con las tres principales figuras literarias del primer tercio del siglo XX: Marcel Proust, Thomas Mann y James Joyce. En busca del tiempo perdido, uno de los proyectos literarios más ambiciosos de todos los tiempos, supone por parte de Proust un análisis minucioso de la memoria y el amor obsesivo, en un complejo contexto de cambio social. Este grandioso fresco de la sociedad francesa de comienzos de siglo introduce un modo de narrar y escribir profundamente nuevo y provocará una auténtica revolución expresiva en toda la literatura posterior. La obra de Mann, de la que cabe destacar Los Buddenbrook y La montaña mágica, analiza con inigualable lucidez y virtuosismo literario los grandes problemas de nuestro tiempo, fundamentalmente la guerra y la crisis espiritual en Europa. Ulises de Joyce es uno de los libros fundamentales de la literatura moderna y su repercusión ha sido tal que se habla de literatura pre y post-joyciana. Inspirada en la epopeya homérica, la novela narra un sólo día en la vida de Leopold Bloom. La obra de Joyce se propone compendiar todos los aspectos del hombre moderno y su relación con la sociedad. Para ello se sirve del monólogo interior, técnica que permite al lector introducirse en la mente de los personajes y habitar en su inconsciente. La complejidad de esta novela, que revela una vasta erudición y ha llevado el realismo hasta extremos desconocidos, se refleja en el lenguaje a través de la invención de nuevas palabras y sintagmas.

Otros grandes novelistas europeos del siglo XX comparten con Mann la preocupación por transmitir sus ideas filosóficas a través de sus personajes. Los más destacados son el alemán Hermann Hesse (El lobo estepario, 1927), cuyo interés por los componentes irracionales del pensamiento y ciertas formas del misticismo oriental anticipó en cierto sentido las posturas de las vanguardias europeas; los españoles Pío Baroja (El árbol de la ciencia, 1911) y Miguel de Unamuno (Niebla, 1914; Abel Sánchez, 1917); los escritores y filósofos franceses Albert Camus (La peste, 1947) y Jean-Paul Sartre (La náusea, 1938) —principales exponentes de la corriente existencialista—, que abordan en sus obras temas como el absurdo, el dolor y la soledad de la existencia; el novelista checo Franz Kakfa (El proceso, 1925; El castillo, 1926), creador de una singular obra de carácter alegórico y difícil interpretación que gira en torno al tema fundamental de la culpa y la condena; el irlandés Samuel Beckett (Molloy, 1951), muy próximo a Kafka en sus parábolas de la futilidad humana y a Joyce en su afición a los juegos de palabras; o el estadounidense William Faulkner, heredero de Joyce y Proust y autor de novelas sumamente complejas sobre la derrota y el desmoronamiento existencial.

La influencia de Tolstói en escritores posteriores se ve reforzada en Rusia por la estética marxista. Máximo Gorki (La madre, 1907) y Borís Pasternak (Doctor Zhivago, 1956) siguen abordando la relación entre los problemas personales y los acontecimientos políticos. El exiliado Vladimir Nabokov (Lolita, 1955; Pálido fuego, 1962), que escribió en alemán y en inglés, desprecia las preocupaciones morales y filosóficas de Tolstói y opta por el esteticismo de Proust.

Tras la II Guerra Mundial se produce una auténtica explosión literaria en el ámbito hispánico: el ‘boom latinoamericano’. Entre los principales representantes de esta corriente destacan el argentino Julio Cortázar (Rayuela, 1963), el colombiano Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1967), el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa.

6.1.  Gran Bretaña

El escritor polaco en lengua inglesa Joseph Conrad fue el novelista de las situaciones límite, del hombre que lucha por ser fiel a una concepción ideal de sí mismo. Conrad fue marino por espacio de veinte años y su experiencia en el mar le proporcionó el material de sus principales novelas. En ellas celebra la vida en el mar y el exotismo oriental con una elocuencia insuperable. Uno de los grandes estilistas de nuestro tiempo, entre las principales novelas de Conrad cabe citar Lord Jim (1900) y Nostromo (1904).

Alrededor de 1914 la fe en las ciencias sociales pasa a ocupar temporalmente un lugar secundario entre los pensadores progresistas y el psicoanális se sitúa en el centro de todas las preocupaciones. La teoría del complejo de Edipo (al parecer la clave de las relaciones sexuales) ofreció a D. H. Lawrence la inspiración para su novela Hijos y amantes (1913). En novelas posteriores, como El amante de Lady Chatterley (1928), Lawrence analiza la naturaleza de la sexualidad femenina.

La técnica del monólogo interior fue desarrollada con mayor delicadeza que Joyce y de un modo más cerebral por Virginia Woolf. En obras como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) y Las olas (1931), Woolf refleja los sentimientos más íntimos del ser humano con una profundidad y una sutileza rara vez igualadas por otros novelistas.

Tras la muerte de Joyce la crítica ha señalado la falta de humor y originalidad en la narrativa inglesa. Entre los autores más brillantes destaca Graham Greene, que cosechó un amplio éxito de público con sus novelas de pecadores perseguidos por un Dios bondadoso.

         6.2.         Estados Unidos

Los novelistas estadounidenses de la primera mitad del siglo XX reflejaron la sociedad con voluntad reformista o revolucionaria. Algunos se preocuparon ante todo por denunciar la injusticia, como John Dos Passos o John Steinbeck.

Las novelas de F. Scott Fitzgerald (El gran Gatsby, 1925; Suave es la noche, 1934), Ernest Hemingway (Adiós a las armas, 1929; Por quién doblan las campanas, 1940) y Nathanael West (El día de la langosta, 1939) se caracterizan por el uso coloquial del lenguaje. La propensión al mito de los novelistas estadounidenses se pone de manifiesto en la obra de William Faulkner, especialmente en Luz de agosto (1932) y Absalom, Absalom (1936).

Tras la II Guerra Mundial destaca un importante grupo de autores judíos que sitúan la ficción estadounidense a la altura de la novela rusa del siglo XIX: Norman Mailer (Los desnudos y los muertos, 1948), Saul Bellow (Las aventuras de Augie March, 1953) y Philip Roth (Adiós, Columbus, 1959). Entre los principales autores contemporáneos cabe mencionar a John Updike, Joyce Carol Oates y Toni Morrison.

         6.3.         España

Con la llegada del siglo XX se inicia en España un amplio movimiento de renovación cultural y artística —perfectamente ejemplificado en las obras de Unamuno, Azorín, Valle-Inclán y Baroja— que da lugar en el primer tercio del siglo a una prosa enormemente plural y rica tanto estilística como temáticamente. La novela de los años veinte rompe con la disposición lineal del tiempo y asimila la influencia de las vanguardias plásticas, los avances científicos y técnicos, el cosmopolitismo y el nacimiento del cine, al tiempo que alerta contra los peligros de deshumanización que acechan tras este complejo proceso social. En esta línea se inscriben los escritores Ramón Pérez de Ayala, Gabriel Miró y Gómez de la Serna, que intentan encontrar un equilibrio entre la conciencia ética y la conciencia estética o artística.

Tras la Guerra Civil y la instauración de la dictadura franquista se produce un grave empobrecimiento intelectual en la vida española. Los escritores que no se han exiliado se ven obligados a reducir su universo narrativo al ámbito de lo cotidiano y la intimidad, mientras que otros se acomodan a la nueva situación. Entre los principales narradores de posguerra cabe citar a Camilo José Cela (La familia de Pascual Duarte, 1942), Torrente Ballester (Javier Mariño, 1943), Miguel Delibes (La sombra del ciprés es alargada, 1947) y Carmen Laforet (Nada, 1945).

Durante la década de 1950 este individualismo de carácter existencialista da paso a un realismo consciente de la dimensión social, al tiempo que se amplía y enriquece el horizonte formal de la novela. Sobresalen en este periodo La colmena (1951), de Cela; y El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio. La década de los sesenta supone para la novela la clausura del periodo de posguerra, el reencuentro con algunos novelistas del exilio y el acercamiento hacia el experimentalismo europeo. Este proceso comienza con la novela Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín Santos, y culmina con una serie de personales y sólidas realizaciones que aparecen a mediados de la década, entre las que cabe mencionar las obras de Juan Benet (Volverás a Región, 1968) y Juan Goytisolo (Señas de identidad, 1966).

En vísperas de la muerte de Franco el proceso de experimentación produce sus frutos en importantes creaciones de Juan Benet (Un viaje de invierno, 1972), Gonzalo Torrente Ballester (La saga/fuga de J.B., 1972), Juan García Hortelano (El gran momento de Mary Tribune, 1972) o Juan Marsé (Si te dicen que caí, 1973).

6.4.  Latinoamérica

En el naturalismo están el argentino Eugenio Cambaceres con En la sangre (1887), sobre la vida de los emigrantes, y el mexicano Federico Gamboa, con Santa (1908), su obra más leída, en la que apunta la decadencia moral de la sociedad mexicana de principios de siglo.

El modernismo supone una multiplicación temática que va desde el cosmopolitismo, con matices históricos y psicológicos, como La gloria de Don Ramiro (1908) del argentino Enrique Larreta, hasta las obras de carácter regionalista, como Don Segundo Sombra (1926), la mejor novela de Ricaldo Güiraldes, de tema gaucho, o Raza de bronce (1919), del boliviano Alcides Arguedas, una visión realista y objetiva del problema indígena.

La revolución mexicana, en el primer tercio del siglo, favoreció una espléndida floración de novelistas, entre ellos Mariano Azuela, con Los de abajo (1916), premio Nacional de Literatura, y Martín Luis Guzmán, con El águila y la serpiente (1928).

La novela regionalista, que había producido obras de inspiración criolla y denuncia social, dejó paso a las llamadas ‘novelas de la tierra’, verdadero canto a la naturaleza americana, que presentaban el enfrentamiento entre los hombres y el medio, sus luchas y trabajos por transformar la realidad. Abrió el ciclo La vorágine (1924), del colombiano José Eustasio Rivera, impresionante cuadro de costumbres, que narra la destrucción del individuo por la naturaleza y alcanzó su momento culminante con Doña Bárbara (1929), del venezolano Rómulo Gallegos, pedagogo, periodista, presidente de la República y excelente paisajista. Una de las obras más representativas de esta tendencia fue La marquesa de Yolombó (1928), del colombiano Tomás Carrasquilla, que describe la fascinante historia de un personaje femenino en lucha contra el medio, en pleno ambiente minero de Antioquía.

A partir de 1940 se produjo una clara ruptura con el realismo anterior, el realismo social, para dar paso, a través de un largo proceso de maduración, al llamado realismo mágico, que algunos autores han llamado “lo real maravilloso americano”. Mientras el regionalismo seguía las pautas renovadoras del modernismo, las nueva novela era más un vehículo del conocimiento del hombre y de la realidad en la que éste se inserta.

Aparecen obras de gran interés: El señor Presidente (1946) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, premio Nobel en 1967, que describe magistralmente la deformación del poder político; Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962) del cubano Alejo Carpentier, el renovador de la novela del momento; Al filo del agua (1947), del mexicano Agustín Yáñez, auténtico fresco histórico narrativo.

Pero el compromiso político de los escritores latinoamericanos iba a encontrar muy pronto, en las luchas revolucionarias frente a la dictadura, nuevos motivos y exigencias expresivas. Al filo de la década de 1960 la multiplicidad de autores, la renovación estilística y la internacionalización de sus obras se vieron favorecidas por una coyuntura irrepetible: el triunfo de la Revolución Cubana, que provocó una explosión de simpatía y optimismo; la aparición de numerosas revistas que apoyaban y promovían esa circunstancia histórica y, sobre todo, la fuerza de producción y la capacidad expansiva de la industria editorial catalana, que pretendía dominar y recuperar los mercados lectores de América Latina.

La institución de los premios Biblioteca Breve y Nadal, fue una oportunidad bien aprovechada. Gracias a esas circunstancias se consolidó el llamado ‘boom de la novela latinoamericana’, cuyos rasgos definitorios son: preocupación por la estructura narrativa, experimentación lingüística, invención de una realidad ficcional propia, intimismo y rechazo de la moral burguesa. El boom tuvo sus teóricos, como el uruguayo Carlos Rama; sus promotores, como el argentino Julio Cortázar, el colombiano Gabriel García Márquez o el mexicano Carlos Fuentes, e incluso sus detractores, como le ocurrió al cubano Guillermo Cabrera Infante, en una etapa inicial.

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