1. INTRODUCCIÓN Novela, narración extensa, por lo
general en prosa, con personajes y situaciones reales o ficticios, que implica
un conflicto y su desarrollo que se resuelve de una manera positiva o negativa.
El término novela (del italiano
novella, ‘noticia’, ‘historia’,
que a su vez procede del latín novellus,
diminutivo de novus, ‘nuevo’)
procede de las narraciones que Giovanni Boccaccio empleó para designar los
relatos y anécdotas en prosa contenidos en su Decamerón. Ahora bien, como género es el resultado de la
evolución que arranca en la epopeya y sigue con el romance.
2.
ORÍGENES DE LA NOVELA
Desde la antigüedad se han escrito narraciones en prosa a las que se ha
aplicado de manera indiscriminada el término novela. Muchos relatos que más tarde se incorporaron a la
tradición literaria europea tienen su origen en Egipto. El primer texto indio
que cabe considerar como precursor de la novela es quizá el Daœakumâracarita (Cuentos de diez
príncipes), un romance en prosa de Dandin, escritor en sánscrito de finales del
siglo VI d.C. La primera novela en opinión de algunos expertos es el relato
japonés Cuento de Genji (siglo
XI), de Murasaki Shikibu. El género gozó de gran popularidad entre los griegos
durante los primeros siglos de la era Cristiana. Dignas de mención son las Etiópicas de Heliodoro de Emesa; las Efesias de Jenofonte de Éfeso y Dafnis y Cloe, el más exquisito de
los relatos pastoriles, generalmente atribuido a Longo. Los principales
ejemplos de novela escritos en latín son las Metamorfosis o El asno
de oro, de Lucio Apuleyo, y el Satiricón,
generalmente atribuida a Petronio.
El relato largo en verso narrativo, la abundante cantidad de romances
en prosa y los fabliaux
franceses florecieron en Europa durante la edad media y su contenido se
alimenta de los recuerdos contados y transmitidos por la tradición sobre los
héroes más o menos históricos o legendarios y sus proezas. Estas obras
contribuyeron al desarrollo de lo que más adelante será la novela pero que en
esta época no tiene nombre como género, y se les conoce tanto como libro —piénsese en la doble
denominación libro o novela de caballerías, por ejemplo—, historia o tratado (Tratado de
amores de Arnalte y Lucenda, 1491, de Diego de San Pedro).
3.
LA NOVELA EN EL SIGLO
XVI
El interés por el ser humano que caracterizó al renacimiento tuvo una
repercusión importante en el desarrolló de la novela. En efecto, el punto de
vista del autor se desplaza y deja de observar los héroes antiguos para detener
la mirada en las gentes de su época, ya fueran pastores, mendigos, hidalgos,
clérigos, soldados, zagalas, alcahuetas o monjas. Además se narrara su forma de
vida y los conflictos que tengan, generalmente amorosos aunque también surgen
conflictos de la vida cotidiana: económicos, de aventuras o de supervivencia.
Esto supuso un cambio transcendental que marca el comienzo de la tendencia
realista, con el nacimiento en España de la novela picaresca o autobiografía de
un personaje de baja extracción social, vagabundo y servidor de una sucesión de
amos: el pícaro. Los ejemplos más destacados del género son El lazarillo de Tormes (1554), de
autor anónimo, y el Guzmán de
Alfarache (1559-1604), de Mateo Alemán. Entre 1605 y 1612 el escritor
español Miguel de Cervantes publica la primera gran novela del mundo occidental
y obra cumbre de la literatura universal, Don Quijote de la Mancha. Esta novela narra las aventuras de un
caballero enloquecido por sus innumerables lecturas de novelas de caballería. El Quijote es por tanto la primera gran
novela en la que la finalidad moral se antepone a la forma con el fin de
mostrar a los seres humanos lo que pueden hacer determinados hombres y mujeres
que viven en determinadas sociedades.
Frente a esta tendencia realista se desarrolló otra idealista o de
evasión representada por la novela pastoril, cuya primera gran manifestación es
Los siete libros de Diana
(1559?) de Jorge de Montemayor, o la sentimental, que trata el tema amoroso
desarrollado de una manera poética, como puede verse en Siervo libre de amor (c. 1440) de Juan Rodríguez Padrón.
En la América española, a lo largo del siglo XVII aparecen ejemplares
de obras en las que se mezcla la novela, el relato pastoril y ciertos elementos
ascéticos y religiosos, reflejo fiel de la ideología dominante. El pastor de Nochebuena, de Juan de
Palafox, obispo mexicano, es la muestra representativa de ese género, en el que
también se inscriben Los sirgueros de
la Virgen, de Francisco Bramón, una de las primeras novelas barrocas en
América (1620), y El desierto
prodigioso, de Pedro de Solís y Valenzuela.
4.
EL SIGLO XVIII: EL AUGE
DE LA NOVELA
A lo largo del siglo XVIII la novela se convierte en un género
enormemente popular y los escritores comienzan a analizar la sociedad con mayor
profundidad y amplitud de miras, pero es la novela sentimental la que triunfa
plenamente en este siglo. Ofrecen un retrato revelador de personas sometidas a
las presiones sociales o en lucha por escapar a ellas, y realizan una crítica
implícita tanto de los personajes que intentan ignorar las convenciones
sociales como de la sociedad incapaz de satisfacer las aspiraciones humanas.
Los profundos cambios sociales experimentados en este periodo como
resultado de la primera Revolución Industrial provocan la aparición de nuevos
conflictos entre dos clases emergentes: la burguesía y el proletariado. Estas
tensiones se reflejan claramente en la novela, que se propone ser un medio de
intervención crítica y un instrumento de difusión de las ideas, al tiempo que
analiza el nacimiento de una conciencia individual enfrentada a la realidad
colectiva. Durante este periodo cabe destacar las novelas de Diderot, Defoe,
Swift, Fielding, Marivaux, Rousseau o Goethe.
4.1. Desarrollo de los géneros
Las diversas categorías de novela aparecidas durante el siglo XVIII no
son independientes ni se excluyen mutuamente. La novela didáctica expone
teorías sobre la educación u opiniones políticas y el ejemplo más famoso del
género es Emilio o De la educación, obra del filósofo
francés Jean-Jacques Rousseau. La novela gótica introduce el elemento del
terror a través de una amplia parafernalia de apariciones, sucesos
sobrenaturales, cadenas, mazmorras, tumbas y una naturaleza que muestra su
rostro más terrorífico. La primera novela gótica fue El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole.
La comedia de costumbres ha sido uno de los géneros más populares en la
novela británica y refleja a través del lenguaje y el comportamiento el
conflicto entre diferentes personajes condicionados por su cultura y su entorno
social. Entre los primeros autores del género cabe citar a Fanny Burney, pero
su principal exponente es sin lugar a dudas Jane Austen, autora de novelas como
Orgullo y prejuicio (1813) y Emma (1816). Sus novelas están
siempre protagonizadas por muchachas que buscan el conocimiento de sí mismas y
que logran o no encontrar marido. El ingenio, la ironía y la percepción
psicológica de Austen se combinan con un estricto sentido del modo adecuado de
conducirse en sociedad.
A lo largo del siglo XVIII se observa en Europa una reinvención o
transformación radical del género novelesco que afecta tanto a los mecanismos
de la producción del texto como a los de su recepción. La novela pasa a
convertirse en vehículo de transmisión de ideas y conocimientos. Sin embargo,
la fortaleza de los modelos ingleses y franceses aconsejó a los novelistas de
otros países optar por la vía de la adaptación o la traducción directamente
antes que emprender un camino propio. El fenómeno de las traducciones y
adaptaciones se generaliza así en el último cuarto de siglo, propiciando el
resurgimiento de la narrativa tras un periodo de relativa mediocridad. En
España, la novela más representativa de este periodo es Fray Gerundio de Campazas (1758) del jesuita español José
Francisco Isla, que aun siendo una novela ilustrada con la clara finalidad
didáctica de censurar a los malos y ampulosos predicadores tiene un desarrollo
entre picaresco y quijotesco, pues al fin y al cabo se siguen los pasos, es
decir, aventuras y desaventuras, del pintoresco predicador.
5.
EL SIGLO XIX: DESARROLLO
DE LA NOVELA MODERNA
El siglo XIX ofrece un panorama más variado. Es el momento en el que
surgen ambiciosos proyectos de ciclos novelescos que quieren ser espejo e
interpretación de la realidad social. Los grandes maestros de la novela moderna
son quizá Stendhal y Honoré de Balzac.
5.1. Francia
Stendhal se
perfila como el gran psicólogo del amor, la ambición y el ansia de poder, y es
autor de obras magistrales como Rojo y
Negro o La Cartuja de Parma,
en las que aparece un nuevo tipo de héroe, el “inadaptado” social. Balzac, por
su parte, se convierte en el principal historiador de la Francia de su tiempo
con su vasta obra en 47 volúmenes, La
comedia humana, un retrato de la sociedad francesa marcado por la
ambición material y el desarrollo tecnológico.
La siguiente generación de novelistas franceses manifiesta un profundo
interés por la novela como obra de arte y medio para el análisis casi
científico de la sociedad. Gustave Flaubert se propone con Madame Bovary y La educación sentimental escribir
sobre la vida cotidiana sin abandonar el sentido clásico de la forma y la
precisión propia de las epopeyas medievales. Flaubert opinaba que el novelista
debe abordar sus temas con la objetividad de un científico. Otro gran novelista
francés, Émile Zola, compartía con Flaubert la pasión por la ciencia y concebía
la novela como una suerte de laboratorio donde el autor experimenta con seres
reales. Fruto de esta concepción es su serie de veinte novelas Los Rougon-Macquart, donde analiza
los efectos de la herencia y el entorno sobre los miembros de una familia
francesa.
5.2. Gran Bretaña
La característica más destacada de la novela moderna, así como del
espíritu moderno, es su hondo sentido de la historia. A lo largo del siglo XIX,
dominado en Gran Bretaña por la figura de Walter Scott, la novela histórica se
convierte en el género más popular. Entre los principales novelistas europeos
influidos por Scott cabe citar al italiano Alessandro Manzoni, con Los novios, y a Alexandre Dumas padre
y Victor Hugo en Francia.
Otra gran preocupación de los novelistas británicos fue la crítica
social, reflejada en sus novelas a través del diálogo, la caracterización y la
descripción, desarrolladas por los maestros del siglo XVIII. Dickens realiza una
crítica despiadada de la sociedad victoriana, no tanto por su realismo como por
su capacidad para inventar personajes y situaciones cómicas que se presentan a
veces con simpatía a veces con profundo desdén, pero siempre con la más
absoluta intensidad. Su vida y su literatura se sustentan sobre metáforas tan
ilustrativas como el entierro, la cárcel o el renacimiento. Las novelas de
Dickens, el más grande autor inglés desde Shakespeare, alcanzan la intensidad
propia del drama poético. Otros autores dignos de mención son Thackeray (La feria de las vanidades), Eliot (Middlemarch) y Trollope (Las torres de Barchester), que
ofrecen un análisis detallado y lúcido de la vida británica en los momentos
decisivos del siglo.
Algunos escritores victorianos optaron por alejarse de los males
urbanos y buscar refugio en la vida rural. Tal es el caso de Emily Brontë,
autora de Cumbres borrascosas,
una apasionada novela dramática en la que expone el conflicto entre dos seres
tan opuestos como las brumas del invierno y el sol estival, y que destaca por
su intensidad lírica y su lograda estructura. Su hermana, Chalotte Brontë, es
autora de una gran novela, Jane Eyre,
en la que revela la psicología de una joven dotada de un gran ardor intelectual
y espiritual, que sabe muy bien lo que vale y exige igualdad del hombre al que
ama.
5.3. Estados Unidos
Los novelistas estadounidenses William Gilmore Simms y Nathaniel
Hawthorne afirmaban que sus obras de ficción literaria no eran novelas sino
romances. En opinión de Hawthorne las condiciones de vida en Estados Unidos
hacían imposible escribir novelas. En cierto sentido la novela estadounidense
aún conserva algo de los viejos romances y a menudo manifiesta un carácter
alegórico y mítico. La letra Escarlata
(1859) de Hawthorne explora con sutileza la naturaleza del pecado y la
conciencia puritana. Otro destacado novelista que se sirvió del método
simbólico, Herman Melville, escribió un gran drama poético sobre la conquista
de lo absoluto, simbolizada en la persecución de una ballena: Moby Dick (1851).
El novelista Mark Twain censura con grandes dosis de ironía y humor en Las aventuras de Huckleberry Finn
(1884) los vicios de una sociedad autocomplaciente. Este libro contribuyó asimismo
al nacimiento de un estilo literario típicamente estadounidense, al demostrar
las enormes posibilidades expresivas de la lengua coloquial.
Pese a que su conocimiento de la dinámica social no era tan sólido como
el de los novelistas victorianos, los escritores estadounidenses no ignoraron
los grandes cambios sociales de la edad dorada. Uno de los autores más
destacados de comienzos de siglo, Henry James, se estableció en Europa con la
intención de convertirse en el sucesor de Flaubert. Sus novelas, centradas en
el tema de la explotación de la inocencia en manos de la experiencia, y que en
cierto modo reflejan la explotación de América por parte de Europa, casi
podrían definirse como artefactos, habida cuenta de su preocupación formal y
estética. James se proponía dotarlas de la intensidad propia de la mejor poesía
o la pintura.
5.4. La novela rusa
Durante el siglo XIX, marcado en Rusia por el fervor intelectual y el
compromiso político, la novela se convierte en un arma contra el despotismo y
la censura y en un vehículo para la expresión de ideas éticas y filosóficas. En
este marco se produce el nacimiento del realismo narrativo que domina la
segunda mitad del siglo. Destacan en este periodo tres grandes maestros:
Nikolái Gógol, Fiódor Dostoievski y Liev Tolstói. Gógol supo conquistar un
lugar completamente autónomo dentro de la literatura rusa y su influencia es
determinante en toda la generación de narradores de la segunda mitad del siglo.
Dostoievski es el padre de la moderna novela psicológica y de ideas. Convencido
de que la naturaleza humana se define por sus extremos, realizó un profundo
análisis de la desesperación y la marginación. Sus novelas Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamázov (1879-80)
figuran entre las obras de mayor repercusión en la literatura y el pensamiento
universal. Tolstói logra representar de manera global la compleja realidad de
su país. Sus novelas Guerra y paz
(1865-1869) y Ana Karénina
(1875-1877) no han sido superadas por ningún escritor posterior en su
representación del instinto y los afectos en el ámbito de lo cotidiano, si bien
su literatura pretende dar un sentido a la vida mucho más profundo.
5.5. España
Hacia mediados de siglo XIX arranca el desarrollo del género realista
en España, que en sus primeras manifestaciones no tendrá la hondura ni el
análisis crítico de las novelas que se están escribiendo en Europa pero que a
finales de siglo alcanzará un gran esplendor narrativo. Entre los más
destacados representantes del género cabe mencionar a Juan Valera (Pepita Jiménez, 1874), Alarcón (El sombrero de tres picos, 1874) y
José María de Pereda (Sotileza,
1885), educados en el romanticismo, y Emilia Pardo Bazán (Los pazos de Ulloa, 1886), Leopoldo
Alas (La regenta, 1884-1885) y
Blasco Ibáñez (Cañas y barro,
1902), que abordan cuestiones como las trabas sociales a la libertad
individual, la virtud y la condena del vicio e introducen temas de carácter
regionalista. Hacia finales de la centuria esta fértil corriente confluye en la
obra de Benito Pérez Galdós. Autor de casi un centenar de novelas, Galdós se
convierte en testigo excepcional de la historia de España y logra calar
profundamente en el espíritu de la época. Entre su cuantiosa obra cabe destacar
los Episodios nacionales
(1873-1879), Fortunata y Jacinta
(1886-1887), Tristana (1892) o Misericordia (1897).
5.6. Latinoamérica
La novela
hispanoamericana en el siglo XIX se planteó desde sus inicios como expresión de
una conciencia nacional, cargada de elementos sociales y morales, que pretendía
asumir el carácter de documento histórico. Después de dos siglos de literatura
esta línea sigue viva en las obras actuales, cuyos temas siguen siendo el
nacionalismo, la intensificación de lo autóctono, la lucha por la libertad
frente a los dictadores y tiranos, y una permanente denuncia social y moral.
El romanticismo duró mucho en América e intensificó los temas políticos
y sociales, de carácter histórico o problemática inmediata. Los argentinos
Esteban Echeverría, con El matadero
(1871), un relato sentimental y José Mármol con Amalia (1851-55), inician el romanticismo social en obras que
son al mismo tiempo crónica de una época. Guatimozín (1846), de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda,
relato de la conquista de México, y Enriquillo
(1877), del dominicano Manuel de Jesús Galván, que cuenta las experiencias de
los conquistadores, son también mezcla de historia y romanticismo.
Simultáneamente, se desarrolló una línea de novelas, en clave
lírico-sentimental, cuyo máximo exponente puede ser María (1876) del colombiano Jorge Isaacs, la mejor novela
romántica hispanoamericana de todos los tiempos.
El movimiento de Reforma en México influyó en el desarrollo de la
novela histórica y de contenido moralizante, en un periodo de transición al
realismo costumbrista. Juan Díaz Covarrubias había publicado Gil Gómez el insurgente (1858), pero
poco más tarde las obras más conocidas fueron Los bandidos de Río Frío (1889), folletín costumbrista, y El Zarco (1886), de Ignacio Manuel
Altamirano, de intención reformadora y enseñanza moral.
El colombiano Eugenio Díaz Castro escribió Manuela (1878), novela criolla y costumbrista, que tuvo amplia
aceptación. Al filo de ambos siglos, el mexicano Rafael Delgado escribió muchas
obras de inclinación naturalista, entre las que destacan La Calandria (1890), Angelina (1893) y Los parientes ricos (1903).
En la misma línea están el argentino Eduardo Gutiérrez, con Juan Moreira (1880), en la que
resuena el Martín Fierro y la
interesante novela indigenista Aves
sin nido (1889) de la peruana Clorinda Matto de Turner, que plantea los
problemas de los indios y su proyección social.
El realismo europeo influyó enormemente en los escritores
hispanoamericanos, que vieron las huellas de Zola y Balzac. A caballo entre dos
siglos, el realismo latinoamericano continúa el costumbrismo y el naturalismo
para dar paso, con los nuevos autores, a un modernismo múltiple que derivará
hacia distintas expresiones inicialmente regionalistas, pero que se propondría
en seguida temáticas específicas, hasta llegar a la década de 1960 con el boom
de la Literatura latinoamericana.
6.
EL SIGLO XX: BÚSQUEDA Y
EXPERIMENTACIÓN
En el curso del presente siglo la novela ha sufrido importantes
transformaciones temáticas y estilísticas. Los temas psicológicos y filosóficos
cultivados por los novelistas de finales del siglo XIX alcanzan la cima de su
desarrollo con las tres principales figuras literarias del primer tercio del
siglo XX: Marcel Proust, Thomas Mann y James Joyce. En busca del tiempo perdido, uno de los proyectos literarios más
ambiciosos de todos los tiempos, supone por parte de Proust un análisis
minucioso de la memoria y el amor obsesivo, en un complejo contexto de cambio
social. Este grandioso fresco de la sociedad francesa de comienzos de siglo
introduce un modo de narrar y escribir profundamente nuevo y provocará una
auténtica revolución expresiva en toda la literatura posterior. La obra de
Mann, de la que cabe destacar Los
Buddenbrook y La montaña
mágica, analiza con inigualable lucidez y virtuosismo literario los
grandes problemas de nuestro tiempo, fundamentalmente la guerra y la crisis
espiritual en Europa. Ulises de
Joyce es uno de los libros fundamentales de la literatura moderna y su
repercusión ha sido tal que se habla de literatura pre y post-joyciana.
Inspirada en la epopeya homérica, la novela narra un sólo día en la vida de
Leopold Bloom. La obra de Joyce se propone compendiar todos los aspectos del
hombre moderno y su relación con la sociedad. Para ello se sirve del monólogo
interior, técnica que permite al lector introducirse en la mente de los
personajes y habitar en su inconsciente. La complejidad de esta novela, que
revela una vasta erudición y ha llevado el realismo hasta extremos
desconocidos, se refleja en el lenguaje a través de la invención de nuevas
palabras y sintagmas.
Otros grandes novelistas europeos del siglo XX comparten con Mann la
preocupación por transmitir sus ideas filosóficas a través de sus personajes.
Los más destacados son el alemán Hermann Hesse (El lobo estepario, 1927), cuyo interés por los componentes
irracionales del pensamiento y ciertas formas del misticismo oriental anticipó
en cierto sentido las posturas de las vanguardias europeas; los españoles Pío
Baroja (El árbol de la ciencia,
1911) y Miguel de Unamuno (Niebla,
1914; Abel Sánchez, 1917); los
escritores y filósofos franceses Albert Camus (La peste, 1947) y Jean-Paul Sartre (La náusea, 1938) —principales exponentes de la corriente
existencialista—, que abordan en sus obras temas como el absurdo, el dolor y la
soledad de la existencia; el novelista checo Franz Kakfa (El proceso, 1925; El castillo, 1926), creador de una
singular obra de carácter alegórico y difícil interpretación que gira en torno
al tema fundamental de la culpa y la condena; el irlandés Samuel Beckett (Molloy, 1951), muy próximo a Kafka en
sus parábolas de la futilidad humana y a Joyce en su afición a los juegos de
palabras; o el estadounidense William Faulkner, heredero de Joyce y Proust y
autor de novelas sumamente complejas sobre la derrota y el desmoronamiento
existencial.
La influencia de Tolstói en escritores posteriores se ve reforzada en
Rusia por la estética marxista. Máximo Gorki (La madre, 1907) y Borís Pasternak (Doctor Zhivago, 1956) siguen abordando la relación entre los
problemas personales y los acontecimientos políticos. El exiliado Vladimir
Nabokov (Lolita, 1955; Pálido fuego, 1962), que escribió en
alemán y en inglés, desprecia las preocupaciones morales y filosóficas de
Tolstói y opta por el esteticismo de Proust.
Tras la II Guerra Mundial se produce una auténtica explosión
literaria en el ámbito hispánico: el ‘boom latinoamericano’. Entre los
principales representantes de esta corriente destacan el argentino Julio
Cortázar (Rayuela, 1963), el
colombiano Gabriel García Márquez (Cien
años de soledad, 1967), el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario
Vargas Llosa.
6.1. Gran Bretaña
El escritor polaco en lengua inglesa Joseph Conrad fue el novelista de
las situaciones límite, del hombre que lucha por ser fiel a una concepción
ideal de sí mismo. Conrad fue marino por espacio de veinte años y su
experiencia en el mar le proporcionó el material de sus principales novelas. En
ellas celebra la vida en el mar y el exotismo oriental con una elocuencia
insuperable. Uno de los grandes estilistas de nuestro tiempo, entre las
principales novelas de Conrad cabe citar Lord
Jim (1900) y Nostromo
(1904).
Alrededor de 1914 la fe en las ciencias sociales pasa a ocupar
temporalmente un lugar secundario entre los pensadores progresistas y el
psicoanális se sitúa en el centro de todas las preocupaciones. La teoría del
complejo de Edipo (al parecer la clave de las relaciones sexuales) ofreció a D.
H. Lawrence la inspiración para su novela Hijos y amantes (1913). En novelas posteriores, como El amante de Lady Chatterley (1928),
Lawrence analiza la naturaleza de la sexualidad femenina.
La técnica del monólogo interior fue desarrollada con mayor delicadeza
que Joyce y de un modo más cerebral por Virginia Woolf. En obras como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) y Las olas (1931), Woolf refleja los
sentimientos más íntimos del ser humano con una profundidad y una sutileza rara
vez igualadas por otros novelistas.
Tras la muerte de Joyce la crítica ha señalado la falta de humor y
originalidad en la narrativa inglesa. Entre los autores más brillantes destaca
Graham Greene, que cosechó un amplio éxito de público con sus novelas de
pecadores perseguidos por un Dios bondadoso.
6.2. Estados Unidos
Los novelistas estadounidenses de la primera mitad del siglo XX
reflejaron la sociedad con voluntad reformista o revolucionaria. Algunos se
preocuparon ante todo por denunciar la injusticia, como John Dos Passos o John
Steinbeck.
Las novelas de F. Scott Fitzgerald (El gran Gatsby, 1925; Suave
es la noche, 1934), Ernest Hemingway (Adiós a las armas, 1929; Por
quién doblan las campanas, 1940) y Nathanael West (El día de la langosta, 1939) se
caracterizan por el uso coloquial del lenguaje. La propensión al mito de los
novelistas estadounidenses se pone de manifiesto en la obra de William
Faulkner, especialmente en Luz de
agosto (1932) y Absalom,
Absalom (1936).
Tras la II Guerra Mundial destaca un importante grupo de autores
judíos que sitúan la ficción estadounidense a la altura de la novela rusa del
siglo XIX: Norman Mailer (Los desnudos
y los muertos, 1948), Saul Bellow (Las aventuras de Augie March, 1953) y Philip Roth (Adiós, Columbus, 1959). Entre los
principales autores contemporáneos cabe mencionar a John Updike, Joyce Carol
Oates y Toni Morrison.
6.3. España
Con la llegada del siglo XX se inicia en España un amplio movimiento de
renovación cultural y artística —perfectamente ejemplificado en las obras de
Unamuno, Azorín, Valle-Inclán y Baroja— que da lugar en el primer tercio del
siglo a una prosa enormemente plural y rica tanto estilística como
temáticamente. La novela de los años veinte rompe con la disposición lineal del
tiempo y asimila la influencia de las vanguardias plásticas, los avances
científicos y técnicos, el cosmopolitismo y el nacimiento del cine, al tiempo
que alerta contra los peligros de deshumanización que acechan tras este
complejo proceso social. En esta línea se inscriben los escritores Ramón Pérez
de Ayala, Gabriel Miró y Gómez de la Serna, que intentan encontrar un
equilibrio entre la conciencia ética y la conciencia estética o artística.
Tras la Guerra Civil y la instauración de la dictadura franquista se
produce un grave empobrecimiento intelectual en la vida española. Los
escritores que no se han exiliado se ven obligados a reducir su universo narrativo
al ámbito de lo cotidiano y la intimidad, mientras que otros se acomodan a la
nueva situación. Entre los principales narradores de posguerra cabe citar a
Camilo José Cela (La familia de
Pascual Duarte, 1942), Torrente Ballester (Javier Mariño, 1943), Miguel Delibes (La sombra del ciprés es alargada, 1947) y Carmen Laforet (Nada, 1945).
Durante la década de 1950 este individualismo de carácter
existencialista da paso a un realismo consciente de la dimensión social, al
tiempo que se amplía y enriquece el horizonte formal de la novela. Sobresalen
en este periodo La colmena
(1951), de Cela; y El Jarama
(1956), de Rafael Sánchez Ferlosio. La década de los sesenta supone para la
novela la clausura del periodo de posguerra, el reencuentro con algunos novelistas
del exilio y el acercamiento hacia el experimentalismo europeo. Este proceso
comienza con la novela Tiempo de
silencio (1962), de Luis Martín Santos, y culmina con una serie de
personales y sólidas realizaciones que aparecen a mediados de la década, entre
las que cabe mencionar las obras de Juan Benet (Volverás a Región, 1968) y Juan Goytisolo (Señas de identidad, 1966).
En vísperas de la muerte de Franco el proceso de experimentación
produce sus frutos en importantes creaciones de Juan Benet (Un viaje de invierno, 1972), Gonzalo
Torrente Ballester (La saga/fuga de
J.B., 1972), Juan García Hortelano (El gran momento de Mary Tribune, 1972) o Juan Marsé (Si te dicen que caí, 1973).
6.4. Latinoamérica
En el naturalismo están el argentino Eugenio Cambaceres con En la sangre (1887), sobre la vida de
los emigrantes, y el mexicano Federico Gamboa, con Santa (1908), su obra más leída, en la que apunta la decadencia
moral de la sociedad mexicana de principios de siglo.
El modernismo supone una multiplicación temática que va desde el
cosmopolitismo, con matices históricos y psicológicos, como La gloria de Don Ramiro (1908) del
argentino Enrique Larreta, hasta las obras de carácter regionalista, como Don Segundo Sombra (1926), la mejor
novela de Ricaldo Güiraldes, de tema gaucho, o Raza de bronce (1919), del boliviano Alcides Arguedas, una
visión realista y objetiva del problema indígena.
La revolución mexicana, en el primer tercio del siglo, favoreció una
espléndida floración de novelistas, entre ellos Mariano Azuela, con Los de abajo (1916), premio Nacional
de Literatura, y Martín Luis Guzmán, con El
águila y la serpiente (1928).
La novela regionalista, que había producido obras de inspiración
criolla y denuncia social, dejó paso a las llamadas ‘novelas de la tierra’, verdadero
canto a la naturaleza americana, que presentaban el enfrentamiento entre los
hombres y el medio, sus luchas y trabajos por transformar la realidad. Abrió el
ciclo La vorágine (1924), del
colombiano José Eustasio Rivera, impresionante cuadro de costumbres, que narra
la destrucción del individuo por la naturaleza y alcanzó su momento culminante
con Doña Bárbara (1929), del
venezolano Rómulo Gallegos, pedagogo, periodista, presidente de la República y
excelente paisajista. Una de las obras más representativas de esta tendencia
fue La marquesa de Yolombó
(1928), del colombiano Tomás Carrasquilla, que describe la fascinante historia
de un personaje femenino en lucha contra el medio, en pleno ambiente minero de
Antioquía.
A partir de 1940 se produjo una clara ruptura con el realismo anterior,
el realismo social, para dar paso, a través de un largo proceso de maduración,
al llamado realismo mágico, que algunos autores han llamado “lo real
maravilloso americano”. Mientras el regionalismo seguía las pautas renovadoras
del modernismo, las nueva novela era más un vehículo del conocimiento del
hombre y de la realidad en la que éste se inserta.
Aparecen obras de gran interés: El
señor Presidente (1946) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, premio
Nobel en 1967, que describe magistralmente la deformación del poder político; Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962) del
cubano Alejo Carpentier, el renovador de la novela del momento; Al filo del agua (1947), del mexicano
Agustín Yáñez, auténtico fresco histórico narrativo.
Pero el compromiso político de los escritores latinoamericanos iba a
encontrar muy pronto, en las luchas revolucionarias frente a la dictadura,
nuevos motivos y exigencias expresivas. Al filo de la década de 1960 la multiplicidad
de autores, la renovación estilística y la internacionalización de sus obras se
vieron favorecidas por una coyuntura irrepetible: el triunfo de la Revolución
Cubana, que provocó una explosión de simpatía y optimismo; la aparición de
numerosas revistas que apoyaban y promovían esa circunstancia histórica y,
sobre todo, la fuerza de producción y la capacidad expansiva de la industria
editorial catalana, que pretendía dominar y recuperar los mercados lectores de
América Latina.
La institución de los premios Biblioteca
Breve y Nadal, fue una oportunidad bien aprovechada. Gracias a esas
circunstancias se consolidó el llamado ‘boom de la novela latinoamericana’,
cuyos rasgos definitorios son: preocupación por la estructura narrativa,
experimentación lingüística, invención de una realidad ficcional propia,
intimismo y rechazo de la moral burguesa. El boom tuvo sus teóricos, como el uruguayo Carlos Rama; sus
promotores, como el argentino Julio Cortázar, el colombiano Gabriel García
Márquez o el mexicano Carlos Fuentes, e incluso sus detractores, como le
ocurrió al cubano Guillermo Cabrera Infante, en una etapa inicial.