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NO SOY UN EXTRATERRESTRE
Hace apenas un rato que me he levantado y los ojos, lejos de despertar, me escuecen tanto como el primer día, aquel en que nací. Ahora, supongo que como entonces, no sirven de nada: tendrían que ver y no ven, sólo duelen, tanto como el resto de mi vida. Esperaré un poco más y, entonces, los volveré a abrir. Me asomaré despacito a la luz, de igual manera que hago con la vida, y así, poco a poco, acostumbrarme a su presencia. Bueno, ya está. Todo va tomando forma y color y, ahora que veo, tampoco me parece tan desagradable. Además estoy acostumbrado a ello, al fin y al cabo, no soy ciego. La luz, como la vida, necesitan preparación y llegar a ellas poco a poco, pues ambas son arrolladoras, impactantes, demoledoras. Los ciegos y los muertos podrían darme lecciones de ello. ¡Qué sensación más desagradable! Al tragar saliva me he hecho un daño horrible. Se trata del cotidiano acartonamiento de la garganta del fumador. Quiero fumar. Ahora que veo y me he dejado de preocupar por ello, me doy cuenta de este deseo tan imperioso. Afortunadamente puedo utilizar la visión para encontrar el tabaco, si no todo sería mucho más difícil. ¿Cómo se las arreglarán para vivir los muertos? ¡Maldición! No hace falta buscarlo: anoche volví a decidir dejar de fumar. Es la mejor forma de apurar, a gusto y sin remordimientos, los últimos cigarrillos del paquete. Ahora, como todos los días, pago el precio de esta pequeña trampa. Bueno, tampoco es para desesperarse: sólo tengo que levantarme y bajar a comprar tabaco. ¡Joder! Lo digo como si fuera tan fácil, como si antes no tuviera que hacer un montón de cosas penosas, difíciles y desagradables. Está bien, venga, ya voy. Procuraré hacerlo deprisa y así terminar antes. ¡Mierda! ¿Qué fría está el agua? No me importa que me moje pero sí que esté tan fría. Cuando compre la bombona pienso darme un baño. Sí, será maravilloso sumergirme en la bañera y notar como el agua me rodea y acaricia por todos lados, envolviéndome en su húmeda tibieza. Pero, ¿cómo lo haré? Sólo pensar en el repartidor me da nauseas, y a los vecinos, todos muertos, ya no puedo recurrir. Si fuera más egoísta le mataría también a él, pero no puedo hacer prescindir a los demás de sus servicios; no puedo, ni quiero, imponerles mis necesidades. Prefiero no disponer de agua caliente que soportar, aunque sólo sea un poquito, una vez más el estruendo de sus bombonas al chocar unas con otras, o el pitido del claxon de su camión, su prepotencia al subir a las casas con dos pesadas bombonas de una vez, sus enormes manazas capaces de romper cualquier cosa y, en definitiva, todo lo que representa, su desagradable y dañina utilidad para la sociedad. ¡Ya sé!. Ha venido nuevo hace poco un matrimonio en el primero: se lo diré a ellos. Seguro que se sienten encantados al ganarse la simpatía de sus nuevos vecinos. Me gustaría tener suerte y no tener que matar también a estos, de hecho, si no me pegan ni me insultan procuraré tener paciencia y, aunque no les entienda, hacer como que les sigo la conversación Bueno, ahora puedo fácilmente con el peso de la bombona, ya veremos luego, cuando suba con ella llena si pienso lo mismo. Es una pena no poder volver al gimnasio porque, desde luego, me sienta muy bien hacer un poco de ejercicio físico. Pero allí es uno de los sitios donde menos tardaron en darse cuenta de lo distinto que soy a ellos. Me entretiene pasar un rato en el gimnasio, hacer algo de deporte y mantenerme un poco en forma, pero para ello no necesito ropas especiales, ni comer no sé qué porquerías e inflarme a pastillas para desarrollar más los músculos. Yo no me reía de ellos cuando me daba cuenta que buscaban sitios desde donde verse en los espejos de las paredes, hacía como si no les viera, y tampoco les criticaba cuando, sin querer, les oía hablar de cosas que no entendía: hormonas, fibras de no sé qué, anabolizantes y toda una serie de cosas raras que no había oído antes y no me interesan. Pero, claro, como siempre, y a pesar de mi discreción, se acabaron dando cuenta y empezaron con sus burlas y recriminaciones. No puedo entender por qué les molesta tanto que piense de distinta forma a ellos y desee otras cosas. A pesar de todo, y por más que me lo digan, jamás me convencerán de que soy un extraterrestre. Preferí, y me alegro por ello, marcharme antes que matarles. Además no habría servido de nada, pues nunca iría donde tuviera que estar rodeado de muertos, no tengo estómago ni necesidad de aguantarlo. ¿Qué les digo? Da igual. En realidad no me conocen y seguro que me hacen el favor encantados. ¿Cómo serán? -Buenos días. Soy Angel, el vecino del tercero izquierda.- -Hola, buenos días.- Ha salido una chica joven, mejor: me suelo entender mejor con ellos. Es atractiva y me sonríe agradablemente.- Soy nueva en la casa mmmmmmmmm con mi marido, él mmmmmmmm pero si yo puedo servirte en algo.- ¡Dios mío! No entiendo casi nada de lo que dice. Fingiré entenderla y le diré lo que quiero. -Mira, me he quedado sin gas y tengo que salir.- Le sonrío mientras hablo, como si lo que me acaba de decir fuera un cumplido o cualquier fórmula de cortesía. Supongo que es así, porque ella sigue sonriendo y yo, además, no le he dado ningún motivo para enfadarla, ¿Te importaría llamar por la ventana al repartidor y comprarme una bombona?- -De ninguna manera, mmmmmmmm- Aunque ríe no sé que me está diciendo.- No me cuesta ningún trabajo. Mmmmmmm encantada. Vaya, por esta vez parece que no hay problema. Ahora le daré el dinero y me voy - Toma, lo que sobra se lo dejas de propina.- -Vete tranquilo, mmmmmmmmmmmmmmmmmm,- parece que va a cerrar la puerta y meterse en su casa- Adiós. -Adiós, y muchas gracias. No sé si tiene prisa o ha entendido que yo me había despedido ya. Siempre he intentado ser educado y agradar a los demás, pero corno no les entiendo me pasan estas cosas. Afortunadamente todo ha salido bien y me va a hacer el favor. Esperemos que luego, cuando recoja la bombona, salga todo tan bien como ahora y, aunque no nos entendamos, tampoco haya ningún problema. Lo primero quiero tomarme un café, pero la verdad es que no sé dónde hacerlo. Mejor voy a andar un poco, dirección a la glorieta, y así voy luego al estanco que hay justo al empezar el Paseo; en el de la esquina ya no puedo entrar: hace tiempo que les maté. Por supuesto que podría ir y me atenderían, y tampoco me harían mella sus insultos y agresiones, pues están muertos, pero haré lo de siempre, no ir dónde no me quieren. El problema es que, a este paso, no podré ir a ningún sitio. No entiendo qué les he hecho, pero, ya estoy acostumbrado a que se enfaden conmigo, sin saber por qué, y es mejor ignorarles, como siempre, e ir a otro sitio. ¡Hombre, mira! Hay un camarero nuevo en esta cafetería, y la verdad es que, cuando me lo puedo tornar, el café de aquí me gusta. Voy a entrar. -Hola, buenos días.- Me tengo que esforzar para serle simpático y que me atienda bien. -Hola, joven.-¡Vaya! Parece simpático el camarero, menos mal. -¿Qué va a ser? -Un café con leche, por favor- Bueno, ya está hecho y no hay problema. -Enseguida, mmmmmmmmmm- Ya empezamos ¿Qué estará diciendo? -¿Cómo? ¿Qué has hecho?- Espero no enfadarle, al fin y al cabo aquí hay mucho ruido y no es tan extraño que no le oiga.- Es que no te he oído, lo siento. -No, nada, mmmmmmmmm- Bueno, debe ser que está hablando con ese tipo de ahí, además le mira a él. ¡Dios mío! He olvidado decírselo. ¿Qué hago? Se lo diré, en realidad a él le da lo mismo, Oye, por favor, ¿me podrías echar la leche fría?- No sé si se habrá enterado. Para no molestarle estaré atento, y cuando me la vaya a poner, si veo que la calienta, se lo vuelvo a decir. Ahí viene, ya está. Coge la lechera sin calentarla, pero, en realidad, no sé el tiempo que llevará ahí; igual lleva media hora y está fría, que acaba de poner un café ardiendo. Se lo tengo que decir. - La leche fría, por favor.- -¡Ya lo sé, pesado! Ya te he oído.- Sonríe maliciosamente, me doy cuenta.-Además, ¿qué te crees? Te la pondré como a mí me dé la gana. Mira.- Lo sabía, ahora toca la jarra con el reverso de la mano y se queda tan contento.- Toco la lechera y finjo no quemarme. Mmmmmmmmmmm- ¿Qué me estará diciendo? A lo mejor es que no me preocupe, que está fría. -¿Ves? Ahora, si te quemas, sólo te podrás echar la culpa a ti mismo. -Gracias, No tengo más remedio que agradecérselo pues, en realidad, no sé cómo está la leche y él no se ha quemado. Además no sé qué habrá dicho, igual que la leche está helada, no sé. -¡Ay! ¡Que daño¡ Está ardiendo. Este cabrón lo sabía y lo ha hecho a propósito. Todos hacen lo mismo. No lo entiendo. ¿tanto trabajo les costaría? Me toca bebérmelo muy despacio y a sorbitos muy pequeños. A mí el café así no me aprovecha, y parecen saberlo. En fin, qué lo voy a hacer. -Mmmmmmmmmmm.- No sé que dice, pero, por sus ademanes, parece como si se estuviera disculpando. -¿Qué? No te entiendo.- A ver si me entero de lo que dice. -Mmmmmmmm- sigo sin enterarme de nada. A ver, sí, ahora parece que sí- que aunque te diga que lo siento, es mentira. ¿No puedes tomar el café como todo el mundo? Mmmmmmmm. Ahora, te aguantas y te lo bebes quemando. Jódete.- Ya decía yo que sería mucha suerte. Este es como todos. - Es igual, se enfriará enseguida. No importa.- Me revienta tomármelo así, pero tampoco le voy a matar por esto. Al fin y al cabo ya estoy acostumbrado. Vaya pesadez. Este café se me está haciendo eterno. Y todo por culpa de este cretino. Se lo debería decir, pero ¿para qué? Aunque me acaba de decir que lo ha hecho a propósito, pondría cara de pena y diría que lo siente. Ellos no saben que ya no me engañan, y que aunque digan esto y lo otro, les miro a los ojos y sé que mienten. Puedo no entender casi nada de lo que hacen o dicen, pero, en lo que a mí respecta, no me pueden engañar más. Ahí viene, ¿qué querrá? -Mmmmmmmm.- Me lo quiere cambiar de taza; ahora que ya casi he terminado. -Mira, ahora te ofrezco esta otra taza para que te quedes contento, pero, en realidad, te da igual porque lo acabo de sacar de¡ lavavajillas y está calentísima. Mmmmmm.- Caray, no me da tiempo a decide nada, me coge la taza quiera o no quiera. -Gracias. Daba igual, Y tanto que da igual: se queda como estaba. Venga, un sorbito y ya está. Estoy deseando irme y no seguir viendo la cara de este imbécil. Ahora al estanco. Preferiría ir al que está al lado de casa, pero, qué le voy a hacer. El caso es que mira que me esforcé en pasar desapercibido y no crearme problemas. Y es que sólo aspiro a eso: vivir tranquilo. Pero, como siempre, fue inútil. Un día una cosa, otro día otra, hasta que, finalmente, me empezaron a agredir de cuantas formas fueron capaces. Ya no sé cuanto hace que renuncié a entenderles, da igual, hace mucho. Lo cierto es que no me pueden reprochar que no lo haya intentando, porque, sería absurdo negarlo, todos tomamos ejemplo de nuestro alrededor, y yo, como todos, así lo hice, pero, ¿tengo yo la culpa de no entusiasmarme con lo que, al parecer, les hace a ellos tan felices? Ya me gustaría, pues todo sería más fácil, pero no puedo. Tengo yo la culpa de no sentir, ya no digo más sino distinto, a como lo hacen ellos? Bastante he tenido con ocultar mis sentimientos ante hechos que me partían el alma y a ellos les dejaban impasibles. Aunque duro fue fácil aceptar que no me entendieran, cómo no hacerlo cuando, desde que tengo recuerdos, no he parado de oír cosas tales como: ¿Por qué haces esto? ¿Por qué dices aquello? ¿Por qué lloras? ¿De qué te ríes? Pronto fue habitual, y por tanto, así lo acepté. Más trabajo me costó no entenderles a ellos. Yo quería participar de su mundo, que, aunque ahora me lo quieran negar, también es el mío. Yo siempre quise compartir con ellos mis alegrías, pues así me sentía aún más feliz, pero, por desgracia, esto ha ocurrido tan poquitas veces que, ciertamente, no tienen motivos para estarme muy agradecidos, no. Y son ellos, no yo, los que no lo quisieron. Yo les daba lo que tenía, no podía darles ni más ni otra cosa, pues de sólo eso disponía y siempre era, en ese momento, lo mejor, lo más bonito. ¿Soy culpable si ellos no lo querían? Pronto desistí en intentar que me ayudaran con mis penas: iCuanto me habría ayudado! El peso lo podría haber repartido con ellos, y no habérmelo, como he hecho, soportado yo solito. Y no les culpo: no tengo derecho a hacerles participar de mis problemas si no aceptan, ellos por su parte, disfrutar con mis alegrías. Bueno, ya está aquí el estanco. Compro el tabaco y me voy. Tengo ganas de llegar a casa y estar tranquilo. Vaya, cuanta gente hay. Y claro, no podía ser de otra forma, ya me miran varios de mala manera. -¡ Qué les he hecho para que me odien así! A ver si me atienden pronto y me puedo ir. -Buenos días. Quiero un cartón de cigarrillos como estos.- Qué bien que me he acordado de traer el paquete vació y, así, evitar las mil y una preguntas de si largos o cortos, paquete duro o blando, light o ultralight y demás complicaciones. No pueden decir que no les doy facilidades. -No veo ningún paquete, así que hable más claro.- ¿Será posible? No me creo que no vea el paquete vacío sobre el mostrador. -Perdone, pero, mire, es este paquete, éste que acabo de poner aquí encima.- -¡Idiota! ¿No ves que es ciego?- Ya me lo podía decir sin insultar. El cliente este, el anterior, le acaba de enseñar un billete, y el dependiente pareció verlo sin problemas. ¿Por qué a él le ha visto el billete y no me ve ahora mi paquete? Ya estoy harto de estas situaciones. -Bueno, disculpe, no me había dado cuenta.- Es mejor hacerme el tonto.- Quiero un cartón de tabaco. Me da igual la marca, el que usted prefiera.- Quiero irme, terminar cuanto antes y marcharme de aquí.- -¿Qué? No le Oigo.- No entiendo como no me oye si, hasta ahora, nadie le ha chillado y se ha enterado de todo.- iChille!- De acuerdo, lo intentaré. -¡Quiero tabaco! ¡El que usted quiera!- Me tiene que oír; no tengo mala voz y estoy chillando con todas mis fuerzas. -¡¿Será sinvergüenza?! Chillarle así a un pobre inválido. ¿No ve que, por más que quiera, no puede?- ¿Y ésta, quién es? Acabará de entrar. Parece como si me fuera a pegar.- ¡Asqueroso!- -No le mire, señora, es un extraterrestre.- ¿Y éste? Cada vez hay más gente aquí. Y lo peor es que, por supuesto, aunque no se conozcan, enseguida se unen para atacarme.- Vivo en su misma calle y ya le conozco, ya.- -Yo no soy ningún extraterrestre y sólo quería un poco de tabaco. ¿ Tan difícil es de entender?- Me estoy enfadando, y no quiero. De seguir así, me van a obligar a matarles. Sólo quiero que me den mi tabaco e irme de aquí. -¡Mal educado! Hablarme así, a mí, que puedo ser su madre.- Ella sí me ha insultado, pero yo no. ¿Lo habré hecho sin darme cuenta? Si de verdad me conocieran sabrían que rehuyo el enfrentamiento, y sólo lo hago cuando no tengo más remedio. -Disculpe, señora. Perdóneme, por favor. Sólo quería comprar tabaco, pero como este hombre no me entiende, aunque a m¡ pesar, a lo mejor me he comportado incorrectamente.- Ya está. Si ahora no me entienden y se enfadan les tendré que matar. - Mire, mejor lo cojo yo. ¿ De acuerdo? Le dejo el dinero aquí, encima del mostrador.- Ya no me pueden poner pegas pues, más facilidades no puedo dar. -No tiene sentimientos. Quiere robar a este pobre hombre. -¡Almas huecas! No sabéis lo que son sentimientos. -Si pasa detrás del mostrador, llamaremos a la policía.- Ya no me asustan vuestras coacciones, no hago caso de ellas. -¿Ven ustedes como es un extraterrestre?- Eso sí que no, no os lo consiento más. .-¡Sólo quiero tabaco, coño! -0 me lo dan, o les mato ahora mismo. Lo intentaré por última vez- Perdón, sólo quería un paquete de tabaco. En realidad, cualquier cosa para fumar, ¿Me lo darán y dejarán marchar? Hablan entre ellos, pero no tengo ni idea que estarán diciendo. -Mmmmmmmm.- No sé qué dicen. -Mmmmmmmmm. ¿Qué dirán? Mejor me voy. -En realidad es igual, puedo comprar el tabaco en otro sitio. Por favor, ¿me dejan salir?- Si no puedo hacerlo, no fumaré, pero ya no aguanto más aquí. Me quiero ir. -Vete. Estaríamos mejor sin ti, Ya lo sé, siempre me lo habéis dado a entender. -Estaríamos mejor sin ti. Ojalá no hubieras venido nunca.- No soy idiota, y no hace falta que me lo repitáis continuamente. -Ojalá no hubieras venido nunca. No te queremos.- Esa fue mi última batalla, por supuesto, también perdida. -No te queremos. Vete.- Yo os quise querer pero me ha resultado imposible. -Por favor, ¿me dejan salir'>- ¿Por qué me dirán que me vaya y, sin embargo, no me dejan?- Por favor, déjenme salir- -¡Cuidado! Es un extraterrestre.- Tú, vosotros lo habéis querido. No he tenido alternativa. Me hubiera gustado poder evitarlo, pero no me han dejado otro remedio. Estoy acostumbrado pero no me gusta matarles. A partir de este momento todos estos han muerto para mí. Es fácil que me encuentre de nuevo con alguno de ellos y, seguro, que no me acuerdo. Da igual, si es preciso les mataré otra vez. ¿Me habrá recogido la vecina la bombona de gas? Si realmente me importara tanto podría haberla comprado yo, pero, lo cierto, es que no sé hasta que punto me merece la pena soportar ciertas cosas a cambio de algún servicio. Ojalá me la haya recogido, y no es egoísmo: si lo necesitan yo les ayudaré en todo lo que pueda. Pero si me obligan a matarles, lo haré. Entonces ni les podré ayudar ni les pediré nada a cambio, simplemente habrán muerto. -Hola, soy Angel, el vecino del tercero izquierda.- ¡Qué mala suerte! Debe ser su marido. Ahora tendré que empezar otra vez con explicaciones. -Tu esposa me iba a recoger la bombona de gas esta mañana ¿Está ya?- A ver si hay suerte. -Sí, claro, aquí está.- Qué bien. Además parece tan simpático como su mujer. -Por cierto, le he dicho a mi mujer que yo saldría a entregarte la bombona cuando vinieras: quería saludarte y decirte algo.- No me gusta. Me trata con demasiada confianza y compañerismo para ser un desconocido. Algo malo trae escondido. -Muy bien. Yo también estoy encantado de conocerte.- Venga, a ver si cierra y me voy. No me gusta la complicidad con que me mira. -En realidad mi mujer está muerta, ¿sabes?- ¿Qué dice? Este tipo está loco.- Pero bueno, eso supongo que tú ya te habrás dado cuenta. No te preocupes, a mí no me importa, la quiero tanto como antes de matarla.- No aguanto a este tío, me voy. -Estupendo. Me alegra que no te importe, así es mejor para todos.- Le voy a dar la mano para despedirme y me subo.- Bueno, no te molesto más. Me voy, -Espera, hombre, aguarda un momento. ¿No te has dado cuenta lo bien que nos entendemos tú y yo.- ¿A dónde querrá ir a parar? Le voy a cortar y marcharme.- He observado que entiendo todo lo que dices y tú, por tu parte, tampoco pones cara de asombro o incomprensión cuando te hablo. ¿ No te das cuenta? -Es verdad. No me había dado cuenta pero es cierto que le entiendo todo lo que dice. Eso pasa tan pocas veces que no sé como me ha podido pasar desapercibido. -Es cierto. Pero, bueno, tampoco es tan extraño. A veces pasa, Prefiero no darle importancia y dejarle. No quiero que ocurra como otras veces, que primero pienso que me entienden y, luego, la desilusión es mayor. Prefiero dejarlo así. -Y es que yo, Angel, también soy un extraterrestre.- i Dios mío! ¡Qué dice!- Así que tú tranquilo, ya sabes que no eres el único.- Afortunadamente no se me olvidó coger la bombona de gas en mi huida. Ahora no podría estar así: maravillosamente sumergido en el agua. Compenso el peso de todas las emociones durante el día con la ingravidez casi absoluta de la que goza ahora mi cuerpo. Lo peor de esta gente es que ni les puedo recriminar que me insulten, ni les puedo matar con facilidad. Cómo pretende ser un extraterrestre y vivir con una muerta: es peor que los otros, porque encima se cree distinto. Y, aunque me duela, tampoco me puedo ofender por compararme con él, pues no me lo dice para insultarme; incluso, estoy seguro, piensa que me halaga. Allá él lo que piense de sí mismo, pero yo no soy un extraterrestre. ¿De acuerdo?
La Adrada, Marzo de 1.997
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