LAS ESPIGAS

Muere la noche. Se despereza el día junto con las gentes maldecidas por el anatema divino. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

“¿Y no podría ser con la frente del vecino? “

Día sí, día también, Cosme se acordaba de Dios y farfullaba una retahíla que sólo él y Dios eran capaces de entender.

Cosme no comprendía lo mal repartido que estaba el mundo. Mientras que a él le tocaba levantarse con el alba, había gentes que se acostaban con ella. Pero ¿es que su vida no iba a cambiar jamás? ¿Es que estaba “condenado” a vivir así para los restos?

-     Sólo si tú quieres –contestó  una voz.

-     ¡Rediez! ¿Quién ha dicho eso? Cosme estaba perplejo.

-     La Voz de tu conciencia –dijo  la voz.

-     ¿Mi “qué”? Cosme no salía de su asombro.

-     Haces bien en preguntar. Estoy tan indignada contigo que no sé ni como te hablo –añadió la voz.

-     Un momento, un momento. Vamos a ver. ¿He oído bien? ¿Estoy  soñando, o es que el madrugar tanto me está empezando a trastornar?

-     ¡Ja, ja! No, Cosme, no. Ni sueñas, ni estás volviéndote loco. Oyes y muy bien, además.

-     Bueno, ¿y se puede saber para qué vienes a perturbar mi paz? ¿No tengo bastante con tener que ir a deslomarme al campo? Cosme estaba indignado con el descaro de esa voz.

-     ¿” Tu paz”, dices? Precisamente me he dejado oír con mayor claridad porque justo lo que te falta es paz. Llevo toda la vida hablándote y no me oyes. Dios está empezando a preocuparse contigo. Cuando te acuerdas de Él sólo es para recordar algo que Él jamás dijo.

-     ¡Premio! Ahora resulta que es una bendición madrugar, trabajar como un mulo, y total ¿para qué? Si a final todo se lo llevan los impuestos.

-     Sí, en eso tienes razón. Pero no es culpa de Dios que organicéis el mundo así. Él te deja a ti y al resto de la Humanidad vivir como quieras. Podrías pensar que tu trabajo es muy positivo, es un don de Dios.

-     Te ruego que me expliques eso, porque sigo sin comprender.

-     Trabajar en el campo es una de las tareas más duras, es cierto, pero tienes el privilegio de ver amanecer todos los días. Si fueras consciente de su belleza el trabajo te resultaría más grato. Haz la prueba. Sólo es una sugerencia, claro.

Cosme se acercó a la ventana. Abrió de par en par las hojas y vio un increíble juego de colores que se difuminaba en el cielo. Percibió además el olor de la hierba, todavía fresca por el rocío y como él, los pájaros madrugadores saludaban al sol.   

-     ¿Lo ves,  Cosme? Ellos están alegres.

-     ¿Por eso cantan?

-     No, porque están contentos de ser pájaros. Vamos se hace tarde, todavía no has visto lo mejor.

-     ¿Va a ser hoy un día de sorpresas? –preguntó Cosme mientras cogía los aperos de labranza.

-     Me temo que sí. Le respondió la Voz.

Fueron paseando hasta la era y Cosme esbozaba una sonrisa admirando los mil tonos malva que se dibujaban frente a sí. Entendía lo que  “La Voz”  quería decirle y ella a su vez también sonreía satisfecha. Llegaron al campo donde Cosme lamentaba sus penurias diarias. Dejó las herramientas en el suelo y exclamó:

-     A pesar de la dura jornada que me espera, me has regalado este maravilloso juego de luces para que me acompañe durante el día. Yo te regalaré mi trabajo diario: la hermosura de las espigas.

-     Tú,  como Dios, cuidas y vigilas cada grano. Con el tiempo se harán espigas y las espigas darán nuevos granos.  Eres un creador. Gracias a tu trabajo comerán pan millones de personas.

-     ¿Un creador de espigas?

-     Exactamente,  como Dios: un Creador de Vida. 

-     Entonces tengo que aprender a ser una buena espiga y dar un buen grano.

-     Eso es.  Sigue creando. Sigue llenando de amor tus espigas y tu corazón.

-     ¿Tú me ayudarás?

-     Siempre estoy ahí. Respondió la Voz.

-     ¿En el corazón?

-     No ahí está el Amor, yo estoy en tu Alma. Por eso somos inseparables.

-     Gracias por descubrirme la belleza de la vida. –manifestó Cosme emocionado.

-     Gracias a ti  por aprender a apreciarla.

Los días de Cosme cambiaron. Seguía levantándose con el alba pero ahora la plegaria diaria era para agradecer a Dios que pudiera ser feliz con tan poco.

23 de Diciembre de 2001

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