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A quién, sin saberlo, me sugirió este cuento.
Si lloras porque se ha ido el Sol,
las lágrimas te impedirán ver las estrellas.
Rabindranat
Tagore LA
PLUMA Y EL DIARIO Ambos nacieron juntos, a la
vez y en el mismo lugar. Como todos los seres vivientes tardaron en tomar
conciencia, primero de sí mismos y después el uno del otro. Y a medida que
pasaba el tiempo, cuanto más se conocían, más comprendían que sólo la
existencia del otro justificaba la suya propia.
Uno era blanco satinado, reluciente y virgen papel sin mácula, todo aún
sin escribir.
El otro era ágil y estilizado, lleno de sangre y vida, tinta carnal con
la que escribir, día a día, todas las páginas de su existencia.
Eso eran, al fin y al cabo, un diario y una pluma. El diario que guarda,
archiva y almacena todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, nuestras vivencias,
sueños y pesadillas. Todo lo que en definitiva, nos hace ser como somos y no de
otra manera, constituyendo nuestra memoria y dándonos, con sus recuerdos, lo
que hemos dado en llamar experiencia. Y la pluma que hace y dice, ríe y llora,
ama y odia con nosotros, pues habita en nuestro interior imprimiendo en las páginas
de nuestro diario todo lo que hacemos, sentimos, deseamos o tememos, y es, en
suma, nuestra voluntad.
Pronto empezaron su trabajo. Tras un primer momento de aturdimiento y
sensaciones confusas, la pluma empezó a garabatear sobre el papel sus primeras
experiencias y así transcribía todo lo que sentía: hambre, sed, luz, frío,
calor, etc. Y el diario, según pasaban los días, iba pasando página, aprestándose
a dejarse escribir las siguientes.
Poco a poco, la pluma, con la ayuda del diario que le iba mostrando todo
lo que en él había escrito, fue capaz de ir modificando los estímulos que le
llegaban del exterior en la medida que cambiaba sus reacciones ante estos. Uno
actuaba y el otro guardaba la experiencia y fruto de esta cooperación iban
tomando conciencia de la realidad, escribiendo y recordando después, para
aprender de lo vivido a la vez que aprendían a vivir. De esta manera, y sin
apenas darse cuenta, fueron creando dentro del alma donde habitaban, con quién
nacieron y crecían, la CONCIENCIA, razón más íntima y profunda del
conocimiento de sí misma, destinada a dirigir en adelante todos sus actos.
Tal era la colaboración que se brindaban uno al otro, que pronto el
diario le habló así a su compañera.
“Desde luego no sé que sería de mí sin ti: mis páginas estarían
todas en blanco, dándome igual estar aún en la primera que haber llegado ya a
la última, pues todas tendrían el mismo vacío y carecerían de ningún valor,
como mi propia existencia, que sin contenido en ellas, ningún sentido tendría.”
Inmediatamente le contestó la pluma.
“Yo sí que no sabría qué hacer sin ti, pues de nada me valdría
escribir y escribir sin más. En tus hojas has guardado, y después me has
recordado, todo lo que en ellas yo he escrito. Sin ti yo no podría recordar
nada de lo sucedido y no habría sabido actuar cada vez con más tino,
aprendiendo de ti que pasó cuando en otras ocasiones en ti escribí.”
De esta manera transcurría el tiempo y los dos seguían, con su trabajo
en comandita, cumpliendo con su destino: escribir y guardar, vivir y recordar,
aprendiendo de todo, de lo bonito y de lo feo por igual, pues todas eran
vivencias de las que podían extraer consecuencias. Así, la pluma no paraba ni
un solo instante, minuto a minuto, de resbalar sobre el vacío papel, dejando en
él tanto risas y carcajadas como llanto y pesadumbre, sueños e ilusiones como
pesadillas y fracasos.
En su corta existencia no apreciaron la brevedad, pero pronto llegó una
explosión de júbilo, una alegría y ganas de vivir imposibles de imaginar con
anterioridad, sensaciones que, aunque anunciadas, no pudieron jamás pensar que
lo fueran a experimentar: así se empezaron a llenar las páginas del diario con
palabras de amor, palabras que trataban de expresar sentimientos nuevos y
perturbadores que la pluma dibujaba con rastro de lágrimas y felicidad. Cuando
llegó, por fin, la palabra AMOR, comprendieron los dos, que a partir de ese día
nada sería igual, la pluma por el daño y gozo, ambos sentimientos a la vez,
que le habían causado escribirla, y el diario, por albergar en su interior algo
tan grande y hermoso.
Con el paso de nuevas páginas se empezaron a posar sobre ellas, al
principio poco a poco para arreciar más tarde, mezquindades y egoísmos,
mentiras y promesas incumplidas, palabras de desamor que la pluma lloraba con
tinta de hiel y amargura, dejando al papel lastimado y doliente, quejumbroso y
abatido de tal manera que pensó se podía romper en cualquier momento.
Fue a partir de entonces cuando se empezó a deteriorar la colaboración
y, por tanto, el trabajo de ambos, pues el diario consideró que tenía ya
suficientes páginas escritas como para determinar qué cosas se debían
escribir y cuales no en sus hojas. La pluma, casi tan llena de vida e ilusión
como el primer día, no podía cesar de escribir, sucediendo que cuando el
diario se negaba a ello y se lo impedía, no podía sino por menos que manchar y
emborronar el papel con su propia vitalidad.
- Déjame escribir, tengo que seguirlo haciendo a pesar de lo que digan
todas tus páginas.- le decía en estas ocasiones.- ¿No ves que si me paro te
emborrono, y aunque no quiero, te hago daño?-
- Lo que ahora quieres escribir ya lo hiciste antes y sería tan sólo
repetir.- Le contestaba enseñándole alguna página del pasado. O – Eso ya lo
vivimos y mira cuánto sufrimos. Mejor quedarnos quietos y no volver a pasar por
nada igual.- mostrándole otra.
La pluma, que tanto llevaba aprendido de las hojas de su compañera, cedía
entonces ante sus argumentos y, con tal de no manchar y emborronar, garabateaba
palabras sin sentido y frases carentes de contenido. Así pues, a pesar de las
discusiones, siguieron colaborando y trabajando, como no podía ser de otra
forma, pues ambos vivían juntos, dentro del mismo ser que les albergaba y
dependía de ellos en tanto que tuviera un hálito de vida en su interior.
Pasaron las fechas y, nuevamente llegaron acontecimientos placenteros que
empezaron a llenar las páginas de ilusiones y esperanzas. Llegaron días en que
la pluma, otra vez, saltaba nerviosa deseando escribir tanta sensación, tanto
sentimiento que necesitaba dejar sobre el papel. Y con ello las reticencias del
diario, que no podía sino recordar aquello tan bonito y gratificante que
guardaba en su interior y, a su vez, tanto le había hecho sufrir.
- Yo, aunque sea a tu pesar, seguiré escribiendo, pues la vida se vive
viviendo y sólo se hace una vez. Con tu actitud no consigues más que
confundirme y estorbarme, y mejor harías en dejar donde está lo que fue y pasó
y dejarme cumplir mi labor, escribiendo lo que hoy es y hemos de hacer.- Le dijo
la pluma en esta ocasión.
- ¿ Qué quieres? ¿Volver a escribir páginas tan bonitas como
aquellas?- Buscó en su interior y le mostró a la pluma unas, aquellas que con
más cariño guardaba.- Mira, recuerda cómo temblábamos cuando escribiste
esto, y aquello otro.- enseñándole más - mira que bonito fue.-
- Es verdad, - contestó la pluma mientras veía lo que le mostraba - es
precioso, pero observa que trazos más débiles y torcidos hice aquí, no supe
escribir bien sentimientos tan grandes y profundos.- Siguió mirando las hojas
que el diario tendía ante sí, y volvió a reflexionar. – Mira esta otra,
escribí con tal fuerza sobre ti que, sin querer, agujereé con mis letras tu
papel
- Claro, nos embargaba la emoción. Y aunque por tus movimientos torpes o
inexpertos, rompieras mi papel, tampoco me importó, pues todo era bonito y me
gustaba sentir todo lo que ponías sobre mí. Además, por más que busqué, no
encontré en mi interior algo parecido, porque nunca habías escrito nada
igual.- Buscó nuevamente y le mostró nuevas páginas del pasado.- Mira, éstas
son noches y días en que el tiempo se paró, no nos importaba nada y todo se
desvanecía a nuestro alrededor; y tú sólo sabías escribir “te quiero, te
quiero, te quiero”.-
- ¡Cuánto me gustó hacerlo! Quiero que el tiempo se vuelva a parar y
sentir algo parecido otra vez. – Dijo la pluma embargada la voz por la emoción.
- Nunca será igual; no puedes volver a escribir con la misma ilusión de
entonces, es imposible sentir lo mismo.- Nuevamente se puso a buscar páginas
pasadas.
- Déjame escribir. Siento dentro de mí los más nobles deseos envueltos
en ternura e ilusión, proyectos que ya soñé una vez, pero ahora sabré
realizar.-
- No quiero que vuelvas a escribir lo que vino después; no quiero volver
a guardar nada igual. Mira, mira cuánto daño y cuánto dolor.
- Claro que no será igual, ahora lo haré mejor porque he aprendido, sé
mejor lo que quiero y lo sabré decir mejor.- Cada vez era más vehemente en su
discurso.-
Con estas discusiones iban dejando páginas incompletas o emborronadas. Páginas
desperdiciadas en la vida de las personas, que más valdría haber arrancado del
diario de sus vidas, porque nada aportan, de nada valen sino para hacerlas vivir
en la duda y la confusión.
Llegaron fechas señaladas, conmemoraciones, días que, de alguna manera,
marcan un hito en la vida de las personas. Y con ellas se recrudeció la actitud
retrospectiva del diario, revisando páginas felices del pasado que, por el
contrario, no les producían más que dolor por su recuerdo.
- Todas ellas son hermosas, y cuanto más me las enseñes más las deseo:
quiero escribir más.- Dijo decidida la pluma.
- Por eso que son hermosas no quiero poner otras sobre ellas: enturbiarían
su recuerdo.- Decía mientras rebuscaba en su interior.
- No quiero revivir el pasado, sino hacer el presente. Necesito
escribir.- Y se aprestó a ello al terminar de hablar.
- No es verdad, tú no lo necesitas, solo lo deseas.- Le contestó a la
vez que se lo impedía.
- No. Ya equivoqué en el pasado deseo con necesidad, pero ahora, gracias
a todos tus recuerdos, ya sé distinguirlo: sólo deseo lo que necesito.- E
intentó nuevamente ponerse a escribir.
- Quieta.- Dijo el diario.- Puedes volver a confundirte y creer necesitar
lo que deseas, y me llenarías otra vez de ilusiones imposibles y proyectos
irrealizables. Refrena tus deseos y estate quieta.-
- No son deseos, sino necesidad, y prefiero volverme a equivocar que
pararme y hacerte daño sin querer.- Le dijo la pluma nerviosa, no podía
parar.- Mira, si me paro, que manchas te hago. Déjame seguir.
- Es inútil que lo intentes.- Le dijo entonces el diario.- ¿No ves que
en mi interior ya hay demasiadas páginas así y no cabrían más? Además, mira
que bonitas son, míralas otra vez.-
- Prefiero escribir otras nuevas, intentando sean más bonitas que
aquellas, y que todas juntas, las pasadas y las presentes, nos ayuden a ser
felices en las futuras. Quieta, no escribo sino manchas de pena y nostalgia por
su recuerdo.-
Empezaba a enseñarle nuevas hojas del pasado, más fechas, más
nostalgia, cuando la pluma, movida por su propia vitalidad y la irrefrenable
fuerza de sus pensamientos presentes, empujó éstas con fuerza hasta dejarlas
de nuevo en su sitio. El diario no salía de su asombro, era la primera vez que
veía tal comportamiento en su inseparable compañera.
- ¿Qué haces? ¿Cuándo me has impedido tú consultar mi interior e
impedir los recuerdos, que tan necesarios nos son? ¿Has olvidado ya cuánto
hemos aprendido de ellos?- Dijo el diario indignado.
- Hasta ahora no lo había hecho nunca, pero hoy, y a partir de ahora, lo
haré siempre que el pasado nos impida escribir el presente. También sé,
porque él me lo ha enseñado, lo necesario que es, pues en él no hay ninguna página
inútil, ni las feas ni las bonitas, ni las felices ni las dolorosas, porque
todas, todas por igual, nos han aportado la vida y la experiencia, las llevamos
tras nosotros y nos hacen ser lo que hoy somos. No quiero renunciar a ellas y
olvidarme, sino apoyarme en su firmeza y textura para escribir con trazo más
fuerte y seguro. Ahora mi letra no tiene porqué ser fina o torcida, pues las
tengo a ellas bajo mí, brindándome apoyo y confianza, pudiendo escribir mejor
y más bonito. Tú aún tienes más de mil páginas en blanco satén, tan bellas
y prometedoras como las primeras, y las debes de pasar hacia delante y no hacia
atrás, dejándome a mí contar todo lo que siento y deseo, que no sólo es
mucho y tan precioso como ayer, sino incluso más. Déjame escribir lo que, en
consecuencia seremos en adelante, pero, que si sigues en tu actitud, nunca pasará
ni llegaremos a ser. Y claro que no olvido lo mucho que de ellas hemos
aprendido: todo; desde un principio ha sido así, tú has ido guardándolo y
mostrándomelo cuando era preciso. Y es por eso que quiero seguir, por los
consejos que ellas me dan diciéndome qué hice bien y en qué me equivoqué,
utilizándolas para no cometer los mismos errores y poder apreciar mejor lo que
de bueno nos traiga la vida y, sobretodo, por sus enseñanzas que me ayudarán a
escribir la palabra mejor, la más bonita de todas, la que mejor me hace sentir,
la palabra AMOR, sólo que ahora con mayúsculas y sin olvidar ninguna de sus
letras, pues todas he aprendido a hacer. Déjame de nuevo fluir sobre ti y
escribir, no repitiendo o volviendo a vivir, sino como si fuera la primera vez,
las más bellas páginas de vida y esperanza, las mejores y más bonitas que
juntos podamos escribir. Y ponlas sobre las otras, con las del ayer, para que
juntas sirvan mejor de soporte a las siguientes, las del mañana, que son las únicas
que nos deben preocupar, y por ello, esmerarnos hoy, en lo que hagamos y
sintamos, digamos o pensemos en este momento, lo que, aquí y ahora, nos toca
vivir y, queramos o no, serán nuestros recuerdos y nuestro equipaje para el
futuro.
Y ante tales argumentaciones el diario no lo dudó: pasó las páginas
del pasado a su sitio y se aprestó a recibir el presente, página a página,
minuto a minuto, con la misma ilusión y ganas del primer día, pero, ahora, con
el resguardo y la confianza que le daban las hojas pasadas.
Hoy día, tanto la pluma como el diario, siguen escribiendo y pasando página
dentro del ser donde habitan; allí donde un día nacieron y siguen creciendo
juntos, donde se conocieron a sí mismos y supieron de todo lo demás, desde
donde le dotaron de conciencia y le enseñaron a vivir. Trabajan en estrecha
colaboración y aceptando todas y cada una de sus hojas como parte de lo que un
día fueron, y gracias a ellas ahora son, seguirán haciéndolo mientras quede
una gota de tinta en su interior y una página en blanco aún por escribir. |