LA MARIPOSA y EL PASTOR

 

 

Hacía calor.  Era un día de verano sofocante, como cualquier otro día en la vida de Sergio, que descansaba bajo un árbol frondoso repleto de manzanas. Las aguas de un arroyo cercano cantaban saltando de guijarro en guijarro. Aquel día, sin embargo, se había dado cuenta que en el Cielo las nubes dibujaban hermosas figuras, incluso le pareció que al fondo había una con forma de mariposa. Y mientras sus ovejas pastaban, él imaginaba  cómo serían los copos de nieve,...  

De repente una mariposa posó su cansado cuerpecito sobre la cabeza de Sergio, que al sentir un cosquilleo se dio tal manotazo que casi la aplasta.

-   ¡Eh, eh! Un poco de cuidado. Lamento haberme posado sobre tu cabeza, pero créeme, estoy agotada y me pareció un lugar muy confortable para reponer fuerzas y continuar mi camino. –se  lamentó la mariposa.

-   ¡Corchos, ¿quién está hablando?! –Exclamó Sergio.

-   Soy yo –dijo la mariposa. Y revoloteando sobre él, se colocó frente a sus ojos y haciendo una elegante reverencia se presentó: Soy Pimpinela, una mariposa Comarca. Y tú uno de esos horribles humanos que chafan seres vivos, por lo que veo.

-   Caramba, perdona. Permíteme presentarte mis disculpas, bella dama.  –respondió Sergio un poco divertido. Soy Sergio, pastor de ovejas.

-    ¿Qué es un pastor? –preguntó la mariposa.

-     Bueno, es la persona que cuida el rebaño –respondió él.

-     Los animales, en este caso las ovejas, se cuidan solas, ¿ o no las ves?. ¿Acaso te necesitan para algo? Y sin embargo tú, aprovechas su piel, su leche, su lana y encima te las comes cuando no te sirven. ¿Has conocido alguna oveja que se haya comido a un pastor? –continuó ella.

-     Hombre, realmente no. Pero, ¿no crees que eres un poco dura conmigo? –se lamentó Sergio.

-     Los humanos a veces hacéis las cosas descontroladamente. No permitís que la Naturaleza siga su curso; siempre andáis con experimentos y no os dais cuenta que todo tiene su razón de ser. Tú, por ejemplo, -siguió increpándole Pimpinela, puedes hacer otras cosas y, sin embargo, eres pastor. ¿Por qué?

-     ¿Por qué? ¡Que sé yo por qué! Supongo que para estar tranquilo y no tener demasiados problemas.

Sergio estaba empezando a sentirse molesto con esa mariposa que le preguntaba todo ese montón de tonterías.

-     Los problemas no andan por ahí sueltos, los crea uno mismo –le  rebatió desafiante ella.

-      Eso no es verdad –respondió un poco indignado Sergio. A veces, te encuentras en circunstancias muy complicadas que no hemos buscado.

-       Ésas son las que sirven para aprender. Nunca llega nada que no seas capaz de superar. Es cierto que la vida te trae tragos amargos, pero ¿te has parado a pensar –añadió ella, si te han servido para algo aquellos problemas que tú mismo provocaste?

-      La verdad es que no –respondió cabizbajo Sergio. Pero, ¿crees realmente que es beneficioso tener  “otra clase de problemas”?

-      Sólo hay dos maneras de VIVIR: No estando contentos con lo que tenemos, ni con lo que hacemos. Entonces surgen problemas: sentimos envidia, rencor,  miedo,...  esta clase de problemas es muy nociva porque va creando capas que hacen duro el corazón y entraña un gran peligro: si toda nuestra vida es así, al final nos convertiremos en piedras y acabaremos siendo personas carentes de sentimientos –se lamentó Pimpinela.

-      Pues esa forma de vivir no me resulta demasiado agradable –dijo Sergio. Supongo que la otra será mejor, ¿no?

-      Sin duda. –Le  contestó Pimpinela. La otra manera es no creando problemas, así no tienes que resolverlos.

-      ¡Ja, ja, menuda respuesta! –exclamó indignado Sergio. A mí me hubiera gustado prosperar más en la vida, y mírame aquí sentado todo el día, sin hacer nada. Todos los días iguales,...

-      A mí el hablar contigo me parece que es hacer mucho, pero claro yo sólo soy una mariposa,...

-      Bueno, es curioso –manifestó Sergio, siempre he venido a regañadientes a sentarme bajo este manzano, pero hoy he mirado al Cielo y he visto que las nubes dibujaban extrañas figuras y has aparecido tú,...

-      Sí a interrumpir. –Rió la mariposa.

-      No, no quise decir eso. Es que hasta hoy no me había dado cuenta de lo hermosas que son las nubes,... –manifestó  Sergio.

-       A menudo están ahí. –Le increpó Pimpinela.

-       Sí, a menudo están ahí,... –repitió Sergio meditabundo.

-       ¡Aaahhh! –bostezó Pimpinela. Es hora de dormir. Discúlpame, pero he de reponer fuerzas.

-       Claro, Pimpinela. Sólo una cosa: ¿Mañana seguirás por aquí?

-       Si tú quieres, sí –le contestó la mariposa mientras salía volando.

Sergio se quedó pensando al mismo tiempo que miraba al Cielo. ¡¿Había estado hablando con una mariposa?! No sabía que pensar. El sol estaba poniéndose y el Cielo poco a poco fue cambiando de color. Fascinado admiraba las franjas naranjas, rosas y violetas que tenía frente a sí, y pensó que toda la vida había podido disfrutar de un espectáculo tan bello y sin embargo había necesitado que una mariposa le recordara que todo estaba allí desde siempre, al alcance de su mano. Al alcance de un pastor. Quizás la mariposa estuviera en lo cierto y el único modo de ser feliz fuera aceptando las cosas como vienen e ir resolviendo las dificultades con valentía. Poco a poco entró la noche y Sergio se quedó dormido con sus pensamientos.

Cuando despertó, el Sol había salido, y sorprendido se dio cuenta de que el rebaño había subido solo a pastar. Se frotó los ojos y bostezando se acordó de las palabras que el día anterior había escuchado de los labios de Pimpinela: “Los animales se cuidan solos,...”

-       Buenos días, “madrugador”, tenía entendido que los pastores os levantabais al alba. –Rió  Pimpinela, que revoloteaba por allí.

-       Sí. Eso es cierto, pero no sé que ha ocurrido hoy. Oye, a propósito, ¿No dijiste que no sabías lo que era un pastor?

-       Yo no dije que no supiera, sólo pregunté “¿qué es un pastor?”, quizás lo único que pretendía era averiguar si tú sabías lo que era.

-       ¿Yo? ¿No voy a saberlo yo, que llevo toda la vida haciendo lo mismo? –Sergio estaba furioso.

-       No te enfades. Eso no quiere decir que lo sepas o que no lo sepas. Puedes saber lo que es, pero no serlo, a pesar de “llevar toda la vida haciendo lo mismo”. –Le  contestó Pimpinela.

-       ¿Qué trabalenguas es ése?

-       Cuando actuamos día a día –respondió Pimpinela, nos adentramos en la rueda de la rutina y hasta se nos puede olvidar la ilusión en la vida misma.

Sergio estaba asombrado.

-       ¿Qué quieres decir, qué he estado perdiendo el tiempo toda la vida?

-       No. Que has estado perdiendo la vida todo este tiempo. Hasta luego, Sergio, piensa sobre ello.

-       ¡Eh, un momento, no te vayas! –gritó  Sergio. En menudo lío me ha metido este “bicho”.

-       “Lepidóptero”, Sergio, “lepidóptero”.

-       Era broma, Pimpinela. Lo siento, ¿dónde estás? –Le llamó Sergio.

-       Ah, ja, ja. Yo también bromeaba, so tonto. Piensa, Sergio, piensa.

Sergio se quedó tan sorprendido con la respuesta que tardó en reaccionar.

-       Lo que es, no es. Por tanto, si no soy lo que creo ser, ¿qué soy en realidad?

Entonces se acordó como siendo todavía un niño, su sueño era ser pastor y tener las estrellas para él solo y cuando creciera ver la nieve y el mar. Pero esas estúpidas ovejas siempre hacían lo mismo y no podía moverse de allí; así día tras día; año, tras año. Hasta que perdió la esperanza. Sergio estuvo llorando toda la tarde, pensando en lo absurdo de su existencia. Había olvidado el rumbo de su vida y encima no era un buen pastor.

-      Hola, ¿cómo va todo? –Le preguntó Pimpinela, que sin que él lo supiera había estado observando la escena un poco escondida entre las flores.

-      ¡Qué oportunamente llegas, querida mariposa!. Estoy hecho un verdadero lío. Creo que tienes razón. No soy un buen pastor. Los pastores no sólo cuidan  de las ovejas, también conocen las plantas, identifican las estrellas y saben por el color de las nubes el tiempo que hará mañana. Saben distinguir el canto de las aves,...

-      Sí y comprenden el lenguaje de las mariposas –le interrumpió Pimpinela.

-      No había pensado en eso, ¿sabes? se me había olvidado que ser pastor es otras muchas cosas. Y lo peor: culpo a las pobres ovejas de mi cobardía y frustración.

-      Claro, hombre, claro. Has tenido grandes deseos de viajar para conocer el tacto de la nieve, el sabor del mar,... y es una pena porque ya ves todas las cosas maravillosas que puedes hacer siendo lo que eres. No me hagas caso cuando te dije que las ovejas no te necesitan. Por supuesto que te necesitan. Todos nos necesitamos. Pero no sólo somos una cosa. Ya ves, yo primero soy una oruga, luego una crisálida y ahora mariposa, y después volver a empezar. Recorro miles de kilómetros al año y siempre hago el mismo viaje, pero en cada estación me paro y aprendo. Y conozco los lugares donde pasar el invierno, y donde puedo encontrar las hojas más tiernas, donde dejar mis larvas para tener bellas mariposas que viajarán como yo. Y créeme, cada día es diferente. Las nubes jamás son iguales, como tampoco son iguales las flores, ni los copos de nieve, ni...

-      La nieve,...   –le interrumpió Sergio con nostalgia.

-      Sergio, VIVE tu vida serenamente y disfruta de cada instante, porque ese ya no vuelve. 

-      Sí, comprendo –dijo Sergio. Es como las estrellas fugaces. Has de estar atento en el Cielo y no dormirte. Si lo haces pierdes la oportunidad de presenciar un bellísimo espectáculo.

-      Y de pedir un deseo –añadió Pimpinela. Buenas noches. –Y posándose en su nariz, Sergio sintió algo parecido a un beso.

-      Buenas noches, Pimpinela,...

Sergio decidió no acostarse todavía. Quería sentir el frescor de la noche y ver la escarcha cubriendo, como si de un finísimo y transparente manto se tratara, el campo. Llamó a sus ovejas que se fueron recogiendo, y también pensó en que quizás ellas no eran tan estúpidas como siempre había creído, a fin de cuentas estaban haciendo su labor en la Rueda de la Vida. Una vez hecho el trabajo, sacó de su zurrón un esponjoso y tierno pan, cortó una rebanada de queso y por primera vez en su vida, dio gracias por lo que estaba comiendo. El campo y las ovejas le proporcionaban los alimentos que aquella noche le parecieron un gran manjar.

Aunque él no se daba cuenta, Pimpinela le observaba tiernamente y sonreía satisfecha porque Sergio estaba despertando de su letargo.

Mientras saboreaba aquellos humildes alimentos cayó la noche. Una noche limpia que dejó asomar poco a poco miles de estrellas. A Sergio le embargaba la emoción. ¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaba del firmamento! Como si interrumpieran sus pensamientos vio cruzar velozmente una estrella fugaz que recorría de un lado a otro la inmensidad del Universo. Se acordó de las palabras de Pimpinela: “Pedir un deseo”. En un sólo segundo pasó por su mente el transcurso de su vida, no quería desperdiciar ni ésta, ni ninguna oportunidad que se le presentara y pidió con lágrimas en los ojos lo que más deseaba en el mundo: VER LA NIEVE. Cerró los ojos. ¡Había recuperado la esperanza!. Sabía que su deseo había sido escuchado. Y feliz se arrebujó en la manta y se quedó dormido. Sólo pasaron unos instantes y escuchó una vocecita, una vocecita que le era familiar y que le susurraba al oído que se levantara. Sergio frotándose los ojos vio a Pimpinela que le sonreía. 

-      ¿Eres tú?, ¿qué ocurre, ya está amaneciendo? -Preguntó Sergio extrañado por lo poco que le parecía haber dormido.

-       Sí, Sergio. Soy yo. Vengo a buscarte. Acabas de pedir un deseo, ¿no? –le preguntó impaciente Pimpinela.

-       Sí, ¿cómo puedes saberlo?

-       Te he oído el pensamiento. –Le respondió Pimpinela.

-       ¡Caramba, ¿me has “oído” el pensamiento?! –Sergio estaba cada vez más sorprendido.

-       Sí, ahora vayámonos.

De repente una nube multicolor de mariposas envolvió a Sergio y lo elevó por los aires. Sergio admiraba desde el Cielo la belleza de los campos y comprendía la suerte que tenía de formar parte de ellos. Siguieron subiendo y pudo tocar la punta de una estrella y vio algo extraordinario y bellísimo: No era una estrella corriente, sino un  copo de nieve. Sacándole de su asombro apareció otro y luego otro, y otro. Todos aquellos copos eran diferentes, tal y como le había dicho Pimpinela. Cada cual era tan hermoso que no admitía comparación. Sergio estaba fascinado. Reía y reía de felicidad.

Poco a poco las mariposas le volvieron a llevar a su árbol  y le dejaron durmiendo plácidamente.

Cuando a la mañana siguiente se despertó, supo por qué era pastor, un pastor que olía el rocío, que sabía cuando llegaría el otoño, que distinguía el perfume de las flores, que hablaba con las mariposas... Que había visto la nieve,... Nunca se había sentido tan dichoso. ÉL, como los copos de nieve era uno y auténtico.

-       ¿Ha sido todo un sueño? –preguntó al aire recordando su deseo.

Y en ese momento escuchó la delicada vocecita de Pimpinela que respondía al eco de sus palabras:

-       Recuerda, Sergio. LOS PROBLEMAS NO EXISTEN. ESCUCHA TUS  PENSAMIENTOS Y TU CORAZÓN,  Y NO OLVIDES JAMÁS HACER REALIDAD TUS ILUSIONES.

Las nubes, entonces,  dibujaron una enorme y deslumbrante mariposa en el Cielo y comprendió que no, que no había sido un sueño.

24 de Setiembre de 2001

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