EL MADERO

 

 

Cansado un padre de reprender continuamente a su hijo de corta edad, le llamó un día y dijo. -Hijo, por más que te digo y regaño por tu actitud, no paras de comportarte mal. Ya no sé qué hacer contigo-. El niño, sorprendido, respondió- ¿ Sí, papá? ¿De verdad me porto tan mal? ¿No soy bueno?-. - Sí, sí, claro que eres bueno, tan bueno como lo son todos los niños, pero no paras de hacer cosas que no debes, y tanto tu madre como yo siempre hemos de reprenderte-. El niño se puso triste, pues realmente él no se daba cuenta de su mal comportamiento; comprendiéndolo así el padre, le cogió de una mano y llevó al jardín trasero de su casa.

-Mira,- le dijo al niño- aquí hay un madero y unos clavos; Cada vez que tu madre o yo te regañemos vendrás aquí y con este martillo que dejo al lado, clavarás un clavo en el madero.- Al niño le pareció un juego, por lo que aceptó encantado.

Al llegar la noche, el padre llamó al niño preguntándole: "¿Qué tal te has comportado hoy?" A lo que el niño respondió con el habitual "Muy bien, papá". Entonces le pidió que fuera al madero del jardín y contará los clavos que había puesto en él.- Quince, papá, he clavado quince clavos.- El padre puso un gesto severo y le dijo que cada clavo representaba una vez que él se había portado mal. El niño entristeció pues realmente no era consciente de su comportamiento. -No, hijo, no te apenes. Ahora ya te das cuenta de lo mal que te portas, y cada noche te pediré cuentes los clavos, procurando que cada día sean menos.-

De esta manera, todas las noches el niño salía al jardín a contar los clavos, y luego se lo decía al padre, comentando luego ambos lo bien o mal que se había portado aquel día. Poco a poco iba comprendiendo el niño qué estaba bien y cuando se comportaba mal, por lo que gradualmente iba descendiendo el número de clavos que debía contar por las noches.

Una noche entró el niño riendo y saltando de alegría en casa. -Papá, papá, hoy no he clavado ningún clavo, ni uno sólo. ¡¡ Ya soy bueno, papá!! - El padre se alegró y le dijo - Muy bien, estoy orgulloso de ti, y debes estarlo tú también de ti mismo, pues ya comprendes cuando obras mal, y poco a poco has conseguido dejar de hacerlo-. El niño, muy contento pensó que era merecedor de un premio y así se lo dijo a su padre. -No, no- respondió éste- aún no te mereces ningún premio, pues sólo has conseguido no portarte mal.- El niño no comprendió estas palabras, por lo que muy triste dijo -Papá ¿No soy bueno aún? ¿Qué tengo qué hacer para serlo?- Hablaron de las cosas buenas que un niño de su edad podía hacer: jugar con su hermano más pequeño, hacer compañía al abuelo, ayudar en las tareas domésticas, etc. Nuevamente el niño se enfrentaba al problema de no distinguir cuando era una buena acción y cuando no, por el padre, nuevamente, le acompañó al jardín y llevó junto al madero. -Mira, aquí están los clavos con los que aprendiste a distinguir tus malas acciones. Ahora me llevo martillo y te dejo estos alicates, con los que cada vez que tu madre o yo te lo indiquemos, vendrás y quitarás un clavo.- Nuevamente al niño le pareció un juego muy divertido y aceptó contento.

Cada noche el padre llamaba al niño y le pedía saliera a contar los clavos que había quitado durante el día, siendo gradualmente mayor el número de estos según transcurrían las fechas.

Finalmente, una noche el niño volvió a entrar lleno de júbilo en casa gritando y saltando de alegría. - Papá, papá, hoy cuando fui bueno y fui a quitar un clavo ya no había más en el madero, pues todos los quité ya.- El padre, muy contento también él, se abrazó al niño y le felicitó. - Muy bien, estoy muy contento contigo y debes estar orgulloso de ti mismo. Ya sabes cuando te portas bien.- El niño pensó que ahora sí era merecedor de un buen regalo.- Papá, primero aprendí a distinguir cuando era malo, y después cuando era bueno. Ahora ya lo sé y gracias a ti soy cada día mejor. Yo creo que me merezco un premio.- El padre volvió a abrazar y besar al niño, y cogiéndole en brazos, le llevó hasta el conocido madero del jardín trasero de la casa. -Éste es tu premio, cójelo.- El niño sorprendido miraba en todas direcciones no logrando acertar en dónde se encontraba su ansiado premio a la bondad. -¿Dónde, papá? ¿Cuál es el regalo? - El padre cogió el madero y se lo entregó al niño. -Toma, cójelo, pues este es tu premio.- El niño, atónito, se resistía a coger el viejo madero.- ¿Papá, este es el premio? ¿El viejo madero? Está lleno de agujeros y con la madera abierta y estropeada por todos lados.- Lo tenía en sus manos comprobando el lamentable estado en que se encontraba.-

Sí, éste es. Piensa que este madero es como el corazón de los humanos. Les hacemos daño y clavamos en él puñales de intolerancia, egoísmo, maldad, etc. Luego, nosotros mismos u otras manos intentan reparar el mal y los desclavan con cariño y amor, pero al igual que en el madero, los agujeros permanecen ya y a veces, como ahora, tan cerca los unos de los otros, que ya es imposible clavar mas. Si con el martillo reconociste el mal y con los alicates el bien, quédate ahora con el fruto de tus obras para que no olvides jamas que el daño y el dolor que infrinjas a un corazón será imposible remediar por mucho bien y amor que le des.

Palma de Mallorca, Febrero del 2.000

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