El hombre que recorrió el mundo con un par de Zapatos

 

Blas eligió nacer diferente. Sabía que iba a ser un trabajo muy duro, pero ¡había que hacer tanto en el mundo!

Se quitó sus grandes y esponjosas alas, colgó la túnica blanca y una noche de Marzo llegó con la Luna llena. La alegría con la que parecía se le esperaba se truncó en una insospechada tristeza. Ni tan siquiera su padre quiso mirarle.

Pese a todo, Blas sonreía.

No nació llorando.  A él le dieron el privilegio de carcajearse de todos cuando entró a formar parte de los terrestres. Blas sabía que iba a tener que prescindir del amor de su madre demasiado pronto y que a su padre no podía reprocharle su falta de cariño, porque era un hombre tosco que viviría pensando que Dios le había castigado o que había sido presa de una maldición. Así que, Blas creció y se hizo un muchachote casi por inercia.

Ya desde muy chico, andaba descalzo porque decía que con aquellas cosas que utilizaban los mayores no sentía el frescor de la hierba, ni el polvo del camino, ni la fina arena de la playa.

-          ¡Cualquier día pisas mierda! –le decía su padre.

Pero Blas no comprendía y en su cara se dibujaba una sonrisa bobalicona.

Dejó pronto la escuela. Sus preguntas eran demasiado simples:

-         ¿Para qué sirve el reloj?

-          Para medir el tiempo.

-          ¿Por qué tenemos tiempo?

-           Para estar ocupado haciendo cosas, Blas –le respondía la profesora resignada.

-          ¿Por qué hay que estar ocupado haciendo cosas? –seguía preguntando él.

-          ...

El padre de Blas era pescador, no pasaba mucho tiempo en casa, y a Blas le gustaba esperarlo sentado en una roca con su caña. Cuando a lo lejos divisaba el barco, Blas se ponía loco de contento y subía corriendo al pueblo y a gritos anunciaba:

-          ¡Ya están ahí!, ¡ya están ahí!

Al principio los vecinos le acompañaban, pero la fuerza de la costumbre hizo que al final acabaran burlándose de él.

-          Corre, Blas, corre. No sea que se den la vuelta.

-          Me parece, Blas, que se los ha comido una ballena. Vete a ver, anda.

Blas, entonces, volvía de nuevo a la playa con un susto que le dejaba sin aliento. Y decidió desde aquel día esperar a su padre durmiendo en la playa bajo las estrellas.

Corrían los días y los meses, pero  Blas no se movía de la roca. Miraba el horizonte y se preguntaba si su padre estaría después de aquella raya, y si habría algo más detrás.

Blas pasaba la mayor parte del tiempo entretenido contemplando las caracolas.

-          ¿Qué haces, Blas? –le solían preguntar quienes paseaban por la orilla.

-          Escucho el mar –respondía él.

-          ¿Ah, sí? ¿Y que te dice? –se burlaban los vecinos.

-          Que mi padre está bien  y que detrás de la raya hay más.

-          ¿Más qué?

-         No sé. Más.

-          Estás loco.

Blas sonreía tímidamente.

Su gran afición era jugar a los susurros como él lo llamaba.

-          ¿Juegas a los susurros? –preguntaba a quien encontraba por el camino.

-          Y, a eso ¿Cómo se juega?

-          Te pones debajo de un árbol y esperas a que hable.

-          A que hable, ¿Quién? –le volvían a preguntar sin comprender.

-         Pues el árbol.

-          Blas, los árboles no hablan.

-          A mí sí. ¿A ti no te hablan los árboles?

-          A nadie le hablan, so tonto.

Y se marchaban riéndose.

Blas se quedaba desconcertado, y con la eterna sonrisa de su cara solía pensar:

-          Esta gente no se entera de nada.

Un buen día su padre le regaló unos zapatos.

-          Feliz cumpleaños, Blas –le dijo mientras le entregó el paquete.

-          Gracias, papá. ¿Es un regalo? ¿es para mí?

-          Claro, hombre. ¿Para quién si no

Blas lo abrió alborotado. Era un regalo y por el tamaño del paquete debía de ser algo increíble. Al abrir la caja su eterna sonrisa se heló por un instante .

-          Son unos zapatos, Blas. Ya va siendo hora de que vayas como un hombre y dejes de andar descalzo todo el día como los salvajes.

Blas no salía de su asombro. Eran unos zapatos. Sus primeros zapatos. Los únicos zapatos que había tenido entre sus manos por primera vez en su vida. ¿Y para qué quería él unos zapatos? Sabía que ser hombre no tenía nada que ver con el hecho de tener o no zapatos.

-          ¿Para qué necesito unos zapatos, papá? –preguntó con la sencillez que le caracterizaba.

-          Para recorrer el mundo. Ya va siendo hora de que espabiles.

Blas estuvo toda la noche sentado en su roca contemplando la Luna, que como cuando nació, también estaba llena. Pensaba en las palabras de su padre.

“Los zapatos eran para recorrer el mundo. Entonces había algo más detrás de la raya. Su padre no mentía.”

Decidió averiguarlo.  Y esa misma noche preparó en un hatillo lo poco que tenía, se despidió de su padre y de su roca y partió descalzo con los zapatos al hombro a descubrir nuevos mundos: ellos le indicarían el camino.

Al salir del pueblo sintió un escalofrío: No sabía cuando volvería. Por un momento casi le pudo el deseo de estar cerca de su padre, pero sentía ahora la libertad bajo sus pies y lo que más había deseado en el mundo por fin lo tenía: Un par de zapatos para buscar lo que había detrás de la raya.

Blas caminó y caminó.

Encontró lugares maravillosos donde las personas eran de color oscuro y le recibían como si fuera alguien importante. ¡Él, que era el tonto del pueblo! Aquellas personas tan extrañas también iban descalzas ¿Serían éstos los salvajes de los que hablaba su padre? También querían sus zapatos. Pero para Blas una cosa era bien cierta: Los zapatos eran un regalo de su padre y los necesitaba para recorrer el mundo. ¿Cómo volvería entonces a su casa? Así que aunque le ofrecieron los más exquisitos regalos y tesoros no se desprendió de sus zapatos.

Visitó tierras muy frías y también muy cálidas. Se adentró en el desierto y en la selva. Y siempre con la sonrisa bobalicona en el rostro hacía amigos allí por donde iba. A Blas le llamó la atención que en un país enorme y lleno de gente, todo el mundo caminara en bicicleta.

“¡Vaya, aquí además de los zapatos necesitan vehículo para caminar!, ¡Qué lugar tan extraño y con aquel color que no era ni blanco ni oscuro como aquellas gentes que conoció hacía tiempo!. Y tenían una curiosa forma de hablar. Para todo agachaban la cabeza y lo mejor: ¡utilizaban unos palitos para comer!” Cuando contara todo aquello en el pueblo no le creerían.

Allí también intentaban cambiarle los zapatos por unos delicados tejidos: Sedas de Oriente –decían que se llamaban. Pero a Blas sus zapatos le estaban acompañando en aquellos años, y si hasta entonces no se había desprendido de ellos no iba a hacerlo ahora. A menudo se sentaba a la sombra o bajo la Luna llena y los miraba con devoción. Entonces con un fino paño les echaba un poco de vaho y les sacaba brillo. Tanto que al final se podía reflejar en ellos. Su padre estaría orgulloso de él: Estaba recorriendo el mundo con los zapatos. Quería aprovechar bien el regalo y no dejar nada sin visitar.

Y pasaron los años y después de convivir en países con gentes, costumbres, músicas, animales y plantas muy diferentes a lo que él había conocido, decidió que debía volver. Y llegó a su pueblo una noche de Marzo en que brillaba la Luna llena.

El padre de Blas no salía de su asombro. Aquel hombre que tenía frente a sí:  ¿Era su hijo?

-          ¡Hola, papá! –le saludó Blas.

Sí. Era él. La vista aunque mermada no le fallaba.

Se fundieron en un largo abrazo. Llamaron a los vecinos y fueron llegando a casa de Blas. Todos querían escuchar sus historias.

-          Estuve en lugares donde la gente no habla como nosotros, no viste como nosotros, no piensa como nosotros, no vive como nosotros –relataba él.

-          ¿Y cómo podías entenderte con ellos? –le preguntaban incrédulos.

-          Hablando el lenguaje de la mirada y del amor –respondía Blas.

-          ¿Y qué más lugares has visto, Blas?

-         He visto lugares que pertenecen a muchos países. Pero cuando estás en la cima de una montaña no ves las fronteras. En medio del mar no ves las fronteras. Bajo la Luna y las estrellas no hay fronteras. A veces, sólo hay fronteras en el corazón de los hombres.

-         Y ¿cómo esquivaste los peligros?

-          ¿Qué peligros? –preguntaba ingenuo.

Si no tienes miedo, no hay peligros. Si tú no haces daño siempre estás a salvo.

-          Y, dinos, Blas ¿con qué pagabas?

-          ¿Pagar? No hay que pagar. Para vivir no es necesario el dinero. La Tierra y el Cielo te dan todo aquello que necesitas.

-          Y ¿por qué no has utilizado los zapatos?

-         Los zapatos eran para recorrer el mundo. Si los hubiera usado se habrían estropeado y no habría podido terminar el viaje. Y, vosotros, ¿cómo es que teniendo zapatos, incluso alguno más de dos pares, no ha salido nunca de aquí.

Nadie supo que responder. Poco a poco se fueron marchando cada uno a su casa con la cabeza baja y avergonzados porque Blas, el muchacho más simple que habían conocido, les había enseñado el valor de la Vida y del Hombre.

Cuando al fin se quedaron solos, Blas le preguntó a su padre.

-          ¿Crees que he espabilado lo suficiente, papá?

-          Claro que sí, hijo. Y te doy las gracias por volver a nacer.

Y se fundieron en un abrazo ante la atenta mirada de la Luna llena que brillaba, como cuando nació, aquella noche de Marzo.

26 de Agosto de 2001

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