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EL CONTADOR DE ESTRELLAS Cada
noche los ojos de Braulio se convertían en minúsculos telescopios que escudriñaban
el infinito Universo. Llevaba sesenta años haciendo el mismo recorrido estelar
desde que aquel veintitrés de junio, cuando cumplió siete años, su abuelo lo
llevó por primera vez al faro y con el dedo índice le fue señalando los pequeñísimos
puntitos brillantes que bailaban en el Cielo. Recordaba con respeto y melancolía
las historias del abuelo. Al principio, la impaciencia de niño le impedía
distinguir una constelación de otra, pero aquel hombre serio, taciturno,
curtido por los años y el viento marino, le descubrió los misterios del
Firmamento y el sentido de la vida. -Mira,
Braulio, mira. Allá arriba están la Osa Mayor y su pequeño. Una, dos, tres,
cuatro y un poco más abajo, cinco, seis, ... -Y su fino dedo dibujaba la
silueta perfecta del Carro. -¿Y
por qué aquella brilla tanto? -le preguntaba Braulio sin apartar la mirada de
aquel dedo que tanto sabía. -Aquella
es la Estrella Polar, indica el Norte al viajero y acompaña a los barcos en sus
travesías. Cuando alguno quiere entrar a puerto, la estrella me guiña el ojo y
espero atento su llegada. Braulio
escuchaba boquiabierto y fue creciendo como el número de estrellas. -Abuelo,
abuelo, mira, Casiopea se ha movido. Hoy todas están cambiadas de sitio. Una,
dos, tres, -arriba, -cuatro, cinco, seis, -abajo, -siete, ocho,...¿qué tal lo
hago, abuelo? -Bien,
Braulio, muy bien. Eso es, cuéntalas siempre. Que no te falte ninguna. Ahora
Centauro. Todos
los personajes mitológicos cobraban vida en el pensamiento de Braulio y el
Cielo cada vez era más grande. Abuelo y nieto compartían las noches de verano
en el faro, que brillaba a lo lejos como una mancha más de la Vía Láctea.
Cuando el
mar, cómplice de sus encuentros, les daba los buenos días, el farero
apagaba el foco y arropaba al pequeño. El abuelo sonreía mientras el niño soñaba. Braulio
se hizo un muchacho. Como su abuelo quiso ser farero y aprendió a contar
estrellas. Un día el anciano le dijo al nieto: -Braulio,
ha llegado el momento. Todo está listo, me esperan arriba entre Sirio y Eta
Lyrae. Es allí, no lo olvides. -Abuelo,
no te vayas. -Le pedía Braulio. –Todavía faltan algunas. -Hijo,
el Universo es infinito. Las que no puedo ver aquí tengo que descubrir allá.
He de partir. Una
luz brillante les envolvió en el abrazo. Braulio despidió al abuelo que guiaría
sus pasos desde el Cielo a partir de entonces. *
* * Las
mareas y los años convirtieron al muchacho en hombre. Al hombre en anciano.
Braulio amaba el faro, el cielo y el mar. Nunca se sentía solo. A veces, cuando
la bruma juguetona le impedía ver estrellas, encendía la pipa y contaba en voz
alta o dibujaba en el suelo las historias de todos aquellos seres que habitaban
entre las nubes. Al amanecer bajaba a la playa y desde allí iba apagando cada
una de las estrellas, como si sólo él fuera capaz de desconectar el invisible
interruptor del Firmamento. Entonces, Braulio dormía allí mismo, en la arena.
Cuando despertaba miraba al Sol
y calculaba cuanto faltaba para que la noche encendiera las bombillas de
su alma. Una
noche de primavera, Braulio miró hacia arriba y sonriendo se sintió sereno y
feliz: había encontrado un hueco, su hueco. A la memoria acudieron los
recuerdos del día en que se fue el abuelo. Por fin él también podría contar
nuevas estrellas. Apagó la pipa, se acicaló el pelo y se sentó en silencio.
La espera no fue muy larga. Llegó de repente con un manto blanco que lo llenó
de luz. Vio que fuera le aguardaba el abuelo para acompañarle en el viaje.
Braulio, otra vez niño, se acercó al anciano y lo abrazó. Volvió a sentir
aquella mano tibia cuando emprendieron el camino. El abuelo señalaba arriba y
él escuchaba con atención. Ahora, el contador de estrellas estaba un poco más
cerca del Universo.
24
de Marzo de 2002 |