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Alejandro Bull�n Paucar.
La pregunta del joven rico: "�Qu� har� para heredar la vida eterna?", es la pregunta que palpita en el coraz�n de toda la humanidad. El hombre es creado para vivir. Pero �l quiere tener m�s que la vida. Un hombre puede tener la vida m�s miserable del mundo, mas cuando llega la hora de la muerte un hombre se agarra con desesperaci�n a la vida.
La muerte es un instruso de la experiencia humana, es por esto que no lo acepta. El mayor deseo del hombre es vivir. Para tener la vida el hombre es capaz de hacer cualquier cosa, pagar cualquier precio, realizar cualquier sacrificio. �Qu� har� para heredar la vida eterna?, es el grito desesperado de cada coraz�n humano.
"Y est� es la vida eterna: que te conozcan a ti, el �nico Dios verdadero, y a Jesucristo, a qui�n has enviado" (San Juan 17:3).
�Usted ve? Lo sagrado de la vida eterna no consiste apenas en el conocimiento de un poco de doctrinas de una determinada iglesia. Lo sagrado del conocimiento es una persona: Una persona maravillosa que es Jesucristo. El verdadero cristianismo es la relaci�n de dos personas: el ser humano y Cristo. Lo que m�s importa es nuestra experiencia espiritual no es en que creemos, m�s bien en quien creemos.
Un gato, una mesa, o una piedra, una estrella, no pueden pecar no o pueden ser justos. Por esto el pecado, m�s que la violaci�n de la ley, es la interrupci�n de la relaci�n de amor entre Cristo y el ser humano.
Esta es la verdadera tragedia del pecado, Cuando peco, estoy hiriendo a Jes�s, hiriendonos a nosotros mismos y haciendo una separaci�n entre Cristo y yo.
La maldad del pecado del Ed�n, no consisti� propiamente en �l hecho de que Ad�n comiera del fruto prohibido, sino el hecho de que Ad�n se escondiera de Dios. Lo peor del pecado es esto: el ser humano en vez de correr a los brazos de nuestro Padre amante, despu�s de pecar, se esconde en medio de su sufrimiento de culpa.
Nuestra Padre no est� triste porque alguien come de una fruta, �l esta sufriendo a causa de la separaci�n.
Esto nos lleva a la conclusi�n de que la salvaci�n, no es m�s que la reconciliaci�n de una nueva relaci�n personal con el Se�or de la salvaci�n. Somos salvos, cuando creemos en Jes�s, cuando amamos a Jes�s, no apenas su nombre, ni sus doctrinas, ni su iglesia.
No podemos amar a una persona sin conocerla por eso el enemigo har� todo lo posible para distanciarnos m�s y m�s de Dios, con una idea errada del Padre. El enemigo no quiere que conozcamos a Jes�s, �l nos da varias hip�tesis, quiere que lo conozcamos con la imagen de un Dios tirano, dictador, preocupado m�s con sus normas que con sus hijos.
Con esa imagen de Dios que no inspira amor, inspira miedo, no inspira el deseo de servirlo, nos hace servirlo por obligaci�n, el enemigo procura llevarnos a una religi�n triste, un cristianismo formal. El miedo del castigo que nos lleva a obedecer. El enemigo es feliz con esto. Consigue lo que el quiere. No conseguiremos llegar a la vida eterna, con estos motivos equivocados.
Conocer a Jes�s es todo, �sabe porque?. Porque conocerlo como en realidad �l es, es conocer al que muri� por nosotros en la cruz del calvario, es saber cuanto �l nos amo y nos ama a pesar de nuestras actitudes y nuestras rebeld�as, no tenemos otro camino al ver esto si no apasionarnos por �l, amarlo con todas las fuerzas de nuestro ser. Es porque si nosotros le amamos, desearemos ser como �l es, y vivir como �l quiere. Vamos a querer ver siempre una sonrisa de felicidad en su rostro frecuentemente, dejaremos de hacer todo aquello que lo deja triste y haremos todo aquello que lo hace feliz.
Conocer a Jes�s es todo porque la salvaci�n no proviene del esfuerzo humano, esta es un presente de Dios y esta presente en la persona de Jesucristo. La salvaci�n no viene de Jes�s. La salvaci�n es Jes�s. Aceptar la salvaci�n es aceptar a Jesucristo. Conocer a Jes�s es tener la salvaci�n, es por tanto, tener la vida eterna.
Cuando San Juan habla de "Conocer a Jes�s" no esta hablando apenas del conocimiento te�rico. Juan viv�a en una �poca donde predominaba un pensamiento helen�stico. Los griegos ense�aban un conocimiento te�rico. Para un griego decir que quer�a conocer una flor, �l iba a la biblioteca, estudiaba todo lo que las enciclopedias y libros hablasen de las flores y �l dec�a "conozco la flor". Juan no. Para el decir que conoc�a la flor, �l dejaba los libros e iba al campo, tocaba la flor, sent�a la flor, ol�a su aroma de la flor, la acariciaba y entonces �l dec�a. "Conozco la flor".
La mayor�a de los disc�pulos se limitaban a o�r las palabras de Jes�s. Juan iba m�s all�: Recostaba su cabeza en el coraz�n de Jes�s. La diferencia revela una crisis. Cuando los jud�os prendieron a Jes�s y lo llevaron al Calvario, todo mundo lo abandon�. El �nico que estaba ah� fue aquel que no se contentaba con o�r a Jes�s, o apenas saber de �l, sino que �l procuraba un conocimiento experimental.
"Y est� es la vida eterna: que te conozcan a ti, el �nico Dios verdadero, y a Jesucristo, a qui�n has enviado" (San Juan 17:3).
Simple como una flor, como un ni�o, como una sonrisa, como todas las cosas de Dios. Nosotros, los seres humanos a veces nos complicamos las cosas, como tornamos dif�ciles las bellezas naturales.
Personalmente, me complicaba para entender algo tan simple. Una experiencia m�a cristiana cuando era joven fue una experiencia asfixiante, m�s Dios me ayud� a descubrir a Jes�s como una persona y no simplemente como una teor�a.
Corr�a el a�o de 1972. Era un misionero entre los indios de la tribu Campa, que moran a las orillas de los m�rgenes del r�o Perene�, en la parte Amaz�nica del pa�s. Aquella ma�ana, sal� de la casa con el objetivo de visitar una aldea localizada a unas horas del camino a trav�s del bosque. No supe precisar en que momento perd� el camino. Me esforc� para encontrarla m�s toda tentativa me desorientaba m�s. Los minutos y horas iban pasando y las nubes en los cielos obscuras anunciaban una tormenta.
Una lluvia terrible junto con una noche, implacable. Me sent� en el piso, debajo de un �rbol, e iba a pasar el tiempo, rogando a Dios que me ay�dese a salir de aquella situaci�n dif�cil. No s� cuanto tiempo estuve haciendo esto, m�s cuando note que la lluvia iba disminuyendo, re inicie la caminata con miedo y un barro escurridizo en el piso. Estaba completamente mojado, cansado, hambriento a esta altura, desesperado "No puedo parar, voy a tener que continuar" Repet�a. "Tengo que continuar. De aqu� a un poco, la aldea est� all�, no puedo quedar aqu� parado".
Mas algo me dec�a que todo era in�til, que lo mejor ser�a esperar la luz del nuevo d�a. �Quedarme all�? �Mojado como estaba? �Lloviendo? �Y si alguna fiera apareciera? Era la primera vez que me aconteci� una cosa como est�. No conoc�a la selva. Me hab�a cambiado de la capital hac�a pocos mese. Sent� que el miedo estaba apoder�ndose de m� y corr�. Corr� como un loco, como si alguien estuviese persigui�ndome. La lluvia mojaba mi rostro, dificult�ndome la visi�n.
Fue as� que resbal� y ca� abajo, como cinco o seis metros tal vez, a un barranco. Estaba completamente cubierto de lama. No exist�a m�s camino. As� como estaba, escudri�e mi vida, en aquel momento parec�a infernal, una lluvia que pod�a entrar en contacto con las hojas y caer.
En aquel momento lo aceptaba, estaba perdido, completamente perdido. Ten�a que salir del barranco el cual me acechaba. Me agarraba de una planta, m�s esta se desprend�a y volv�a a caer en la lama. Me agarre de una peque�a rama. Est� se rompi� y nuevamente ca� en la lama, pero ahora en una planta de espinos. Todo eso parec�a in�til, la tierra mojada hac�a que siempre acabar� otra vez abajo, al piso a la lama.
Quede ah� meditando alg�n tiempo en silencio y descubr� la tragedia de mi vida. Ojeando mi vida atr�s descubr� que toda mi vida hab�a sido como aquella noche. Toda una vida intentando salir del barranco, la vida toda intentando vivir a la altura de los principios elevados de la iglesia, como todas sus doctrinas que me hab�an ense�ado y se hab�an quedado en mi cabeza. Cumpliendo, de cierto modo, todas las normas, pero estaba perdido. Lo peor de todo: hac�a dos a�os que era un pastor.
Como una pel�cula, toda mi vida comenz� a desfilar en mis ojos. En la peque�a iglesia local donde me congregaba cuando era ni�o, hab�a un lugar especial encima del p�lpito para los Diez Mandamientos un cuadro dorado. Era deber de todos de saber de memoria todos los mandamientos y guardarlos fielmente.
Desde peque�o aprend� las normas de la iglesia. No pude hacer esto, no pude hacer aquello, hacer esto estaba equivocado, hacer aquello estaba equivocado.
- O Dios,- me preguntaba muchas veces, �C�mo es posible vivir as�?.
En mi coraz�n de adolescente sent� un extra�o conflicto. Sab�a que deb�a en que no deb�a hacer esto, m�s no pod�a conseguirla vivir a la altura de esas normas y esto me tornaba infeliz. Sabe Dios cuantas veces me acostaba en mi cama, llorando, y sinti�ndome desesperado.
Me atormentaba la idea de un Dios siempre observando, siempre pronto a castigarme, esperando siempre el cumplimiento de todas sus normas.
Me forme en la facultad de Teolog�a a los 21 a�os. M�s en lugar de ser feliz, me sent�a m�s angustiado y me preguntaba: "�Dios!, �qu� pasa conmigo?. � Porque est� sensaci�n de que siempre estaba equivocado, de que nada era cierto?".
La respuesta no llegaba, el conflicto aumentaba. "Ahora eres un pastor", me repet�a, "tienes que ser un ejemplo para la iglesia. Si alguien tiene que cumplir las normas al pie de la letra eres t�".
Como fueron tristes los primeros a�os de mi ministerio. No es que fuese un gran predicador. Mis pecados podr�an ser llamados de "soportables". Eran "peque�os errores". Mas yo sab�a que para Dios no hab�a clasificaci�n de pecados, y eso me angustiaba. Lo peor de todo era que conoc�a toda la doctrina de Cristo. Sab�a de memoria todas las doctrinas de la iglesia. Sabia los mandamientos de memoria, centenas de vers�culos. Predicaba de Jes�s y volteaba la cara triste Siempre con aquella sensaci�n de que alguna cosa estaba equivocada. Me levantaba de la cama cada d�a con las normas y los principios en mi cabeza. Andaba siempre pensando en lo que no deb�a hacer. La angustia no desaparec�a. Dios fue muy bueno conmigo, porque, a pesar de todo, lleve muchas almas para Cristo en los primeros a�os de mi ministerio.
Aquella noche, en el interior de la barranca, mojado y lleno de lama, entend� por primera vez, lo que acontec�a conmigo. Es que estaba perdido en medio de la amazona de las doctrinas, normas, ideas y teolog�as. Perdido dentro de la iglesia.
Volte� para un lado y para el otro. �D�nde estaba el Jes�s que predicaba? Estaba all�, distante, atr�s de las nubes. En m� cabeza hab�a teor�as, normas y doctrinas, no una persona, yo amaba a la iglesia y no el maravilloso Se�or de esa iglesia, ten�a conmigo de normas y reglamentos, m�s no ten�a a Jes�s en aquella hora no precisaba de normas, no precisaba de doctrinas, no de una iglesia, precisaba de una persona.
Llore aquella noche de la tragedia de haber vivido siempre as�, intentando a salir del pozo y hacer algo correcto, m�s siempre acababa en la misma desgracia, en la lama en la desgracia.
La lluvia estaba pasando "Un milagro" - me dije en mi coraz�n - "precis� de un milagro. Si un milagro podr� sacarme de aqu�". Y comenz� a gritar con todas las fuerzas de mi ser. En la selva, cuando alguien se pierde tiene que gritar. Si alguien oye el grito, gritar� a su vez as� ambos se aproximan para poderse ayudar.
De repente, me pareci� o�r un grito a la distancia. Grite. Mi voz se perd�a en la densidad del bosque y el viento me imped�a una respuesta. Alguien estaba gritando a lo lejos. Alguien estaba all�. Contin�e gritando y el grito se fue aproximando. Cada vez m�s y m�s. Pude percibir los pasos y la silueta de alguien que estaba arriba. Y comenz� a bajar donde estaba, mire su rostro. Era un indio. Me extendi� su mano, me sent� seguro cuando �l puso la mano en la m�a, era una mano fuerte, llena de calor. Me la puso con firmeza hasta llegar a la cima.
- �Qui�n es usted? - pregunt�.
No respondi�.
- �C�mo se llama?
Silencio
- �De donde vino?
La misma respuesta.
Seguro en su brazo comenz� a caminar. Sus pasos eran firmes. En ning�n momento respondi� ninguna de mis preguntas.
Anduvimos en silencio alg�n tiempo hasta llegar a cierto punto. Hab�a luz. Era el lugar que estaba buscando. Estaba a salvo.
En la ma�ana siguiente decid� irme a lavar. Escuche la m�sica de agua al caer y el canto de los p�jaros. Por primera vez sent� que no estaba solo. Entonces or�: "Se�or Jes�s, ahora se que no eres una doctrina, t� eres una persona maravillosa. Como fui capaz de andar solo toda la vida? �Oh! Se�or ahora entiendo porque no era feliz. Estabas faltando t�. Quiero amarte se�or. Quiero estar seguro en tu brazo poderoso. Sin ti yo estoy perdido. Quiero de aqu� para adelante estar preocupado en que t� seas mi amigo, quiero sentirte a mi lado. Saber que no est�s solamente en los cielos, m�s est�s aqu� conmigo, Ahora entiendo lo que estaba faltando eras t�, Jes�s querido".
Desde aqu�l d�a comenz� a encarar la vida cristiana no como una pesada carga de normas, prohibiciones y reglamentos, m�s como una maravillosa experiencia de caminar lado a lado con Jes�s. Las doctrinas comenzaron a tener sentido para m�. Todo lo que antes eran opacas y sin valor comenz� a adquirir un maravilloso brillo de felicidad. Aqu�l indio me ense�o una lecci�n que precisaba aprender. Tal vez, la mayor lecci�n de mi vida. Solo estaba perdido, siempre angustiando, siempre infeliz. Precisaba de ayuda de un amigo que conociese el camino mejor para m�. Y ese amigo es Jes�s.
�Podr�a abrir el coraz�n a Jes�s en este momento?. Usted no
est� m�s solo. Tal vez a lo largo de dos a�os de esa sensaci�n de cargar un
vac�o interior me acompa�aron, usted mismo lo est� sintiendo en la iglesia donde
est�. �Por qu�? Simplemente porque Jes�s nunca pasa de ser un nombre o una
doctrina bonita. M�s en este momento �l puede ser una persona real en su vida.
�l lo invita a vivir una experiencia de amor. �Est� usted dispuesto aceptarlo?
Tome su decisi�n en este instante. Conv�nzase:
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