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A Chatear seguro hay alguien conectado
¿Sabe
quién lo vigila?
Hay
ojos y oídos electrónicos que pueden
espiar todos sus movimientos
Por
Chris Wood, en colaboración con
Brenda Branswell y Amy Cameron
Darryl
y Donna (Los nombres se han cambiado) vivían tranquilos hasta que,
en octubre de 2000, les llegó una computadora nueva a su casa, en Manitoba,
Canadá. Poco después, dice Darryl, su esposa, con quien llevaba
15 años de casado, empezó a “actuar raro”. Se pasaba
horas frente a la pantalla, hasta el grado de olvidar las tareas domésticas.
Darryl no aguantó más la curiosidad y, pagando el equivalente
de 70 dólares estadounidenses, descargó de Internet un programa
y lo instaló en la computadora. Luego se fue a dormir y dejó
a Donna en la máquina.
“Al otro día me levanté a las 5”, cuenta, “encendí
la computadora y descubrí lo que no quería ver”. El programa,
de una firma con sede en Florida, la SpectorSoft, cumplió lo que prometía:
con lujo de detalle, registró cada comentario escrito por Donna en
una ventana de “chateo”, incluido un diálogo erótico
que tuvo con varios hombres.
Bienvenidos a la era de la vigilancia electrónica, que no respeta hora,
lugar ni persona alguna. Los avances tecnológicos concebidos por el
ejército y los órganos de espionaje se han vuelto dispositivos
de seguridad para uso doméstico y comercial, y los programadores civiles
han inventado nuevas versiones de software de fiscalización que aprovechan
los puntos débiles del ciberespacio. Como los precios de las computadoras
han bajado y los programas circulan en la Red sin restricción, cada
vez hay más medios para violar la privacidad en la oficina, los comercios
e incluso en la alcoba. Para protegerse de ellos, quizá en el futuro
cada ciudadano necesite una clave secreta para codificar sus mensajes electrónicos,
e identidades múltiples para ocultar la verdadera.
Las
nuevas tecnologías de vigilancia y ocultamiento son muy populares entre
rufianes y delincuentes sexuales, pero algunas empresas también las
usan para espiar a empleados y clientes. Según la Asociación
Estadounidense de Directores de Empresa, dos de cada tres grandes compañías
de ese país vigilan a su personal en línea, y en otros países
el gobierno se ha arrogado el derecho de inmiscuirse en la vida privada de
los ciudadanos. Aun personas despreocupadas como Norman Inkster, ex comisionado
de la Policía Montada de Canadá y actual director de KPMG Investigation
and Security Inc., reconoce: “Es hora de preguntarnos si un `Hermano
Mayor` nos vigila”.
A
diferencia del siniestro órgano oficial de 1984, la novela de George
Orwell, la vigilancia en este milenio es democrática: todos podemos
espiar, lo que resulta evidente en la creciente oferta y los precios cada
vez más bajos de micrófonos y cámaras. Una videocámara
del tamaño de una caja de cerillos que hace diez años costaba
500 dólares ahora cuesta menos de 100, y una grabadora con un micrófono
oculto en un bolígrafo, menos de 130. Vaya a una tienda de estos aparatos
y quizá encuentre un bonito reloj de repisa tras cuya carátula
se esconde una cámara.
Otros
avances han aumentado la capacidad de las omnipresentes videocámaras
de seguridad, que, según un cálculo, graban a cada habitante
de las grandes urbes hasta 15 veces al día. Con un programa biométrico
pueden compararse las imágenes obtenidas con fotos de identificación
almacenadas en bases de datos. Muchos casinos así lo hacen para identificar
a los tramposos y prohibirles la entrada. En el Super Bowl de enero de 2002,
en Tampa, Florida, las autoridades investigaron las caras de las 100,000 personas
que asistieron al estadio e identificaron a 19 individuos sospechosos de tener
antecedentes penales.
Varias
empresas de telefonía celular compiten para perfeccionar la tecnología
de localización de usuarios. Cuando una persona hace una llamada, la
compañía telefónica registra de que célula, o
zona de transmisión, proviene. Para fines de facturación también
registra el número del usuario y el marcado, y la duración de
la llamada. Una orden judicial podría obligar a la empresa a revelar
estos datos para seguirle los pasos a una persona. Los teléfonos pueden
rastrearse sin gran dificultad, aun mientras no se usan, si están activados.
Por
ahora, la posición de un celular puede determinarse con un margen de
error de tres metros mediante un dispositivo interno conectado al Sistema
de Localización Mundial, o de entre 30 y 60 metros a través
de una triangulación en la red celular. Hace poco, unas firmas de Calgary,
Canadá, probaron equipos de la marca Cell-Loc para localizar a sus
empleados en horas de oficina.
Con
todo, en Internet la defensa de la privacidad es más difícil.
No importa cómo entremos en la Red, lo hacemos a través de un
proveedor del servicio, el cual, si así lo desea, puede revelar la
dirección de cada persona a la que enviemos un mensaje, el contenido
de éste y de todo archivo que descarguemos, y la dirección de
cada sitio que visitemos.
La
naturaleza digital de la Red y la práctica del anonimato exponen a
los usuarios a un sinnúmero de riesgos, desde el escrutinio legítimo
de los patrones hasta el hostigamiento de los infractores sexuales. “Hay
muchas quejas de acoso cibernético”, advierte Bruce Headridge,
investigador de la Oficina de Lucha contra el Crimen Organizado de la Columbia
Británica, con sede en Vancouver. Las quejas van en aumento constante,
añade, muchas veces después de que un contacto establecido en
un sitio de chateo termina mal. Un truco muy socorrido entre los acosadores
es mandar copias de mensajes indiscretos al trabajo de la víctima a
fin de que la despidan.
Internet
también ha propiciado que proliferen los casos de seducción
de menores en que hombres y a veces mujeres mayores emplean la Red para abordar
niños y convencerlos de salir de casa y verse con ellos. En uno de
estos casos, un hombre de Oregon, de 58 años, engaño a un niño
de 12 de la Columbia Británica haciéndose pasar por un chico
de la misma edad, y lo convenció de comprar un pasaje de autobús
a Seattle, Washington. Por fortuna, el padre del menor intervino antes de
que éste se fuera, y se logró aprehender al engatusador.
En
un caso más, una mujer de 21 años de Saskatchewan convenció
a un muchacho de 14 de la Columbia Británica de que se escapara de
casa y se fuera con ella. Vivieron dentro del auto de la mujer hasta que los
padres del muchacho y los trabajadores sociales pudieron intervenir. En estas
situaciones, los embaucadores abusaron del anonimato propio de Internet para
aprovecharse de sus víctimas en la intimidad artificial creada por
los sitios de chateo en línea.
Noreen
Waters, investigadora de la policía de Vancouver, advierte: “Si
un desconocido llamara a su puerta con una bolsa en la cabeza y le dijera
que el gustaría pasar un rato con su hijo en su dormitorio, a solas
y a puerta cerrada, ¿lo dejaría entrar? Por obvia que parezca
la respuesta, no pasa un día sin que los padres permitan a los desconocidos
introducirse en el cuarto de sus hijos a través de Internet”.
No
es necesario que el mal uso de un mensaje electrónico sea delictivo
para acarrear dificultades. David Marshall, capitán de navío
de la Armada canadiense, perdió su cargo en la Base Militar Esquimalt,
en la isla de Vancouver, luego de que unos mensajes en los que coqueteaba
con una mujer que no era su esposa fueron divulgados por un periódico
local.
Estos
contratiempos revelan tanto el criterio individual como el carácter
de Internet, y ahora los infractores cibernéticos disponen de medios
todavía más especializados. Back Orifice, por ejemplo, es un
programa que los piratas informáticos utilizan para controlar una computadora.
Una vez activado, el programa permite al pirata manejar la computadora a distancia
como si fuera la propia, acceder a los archivos con contraseña e incluso
hacer funcionar los dispositivos periféricos.
Así
como los delincuentes ocultan su identidad en la Red, también pueden
despojarlo a usted de la suya, o al menos de suficiente información
personal para hacerse pasar por usted. Los piratas informáticos tienen
entre sus principales objetivos los bancos de datos que contienen información
sobre tarjetas de crédito, de manera que constantemente los violan.
En enero de 2001, la policía de Halifax, Canadá, se enteró
por tres empresas de computación de la ciudad que alguien estaba haciendo
uso de las cuentas de tarjeta de crédito para realizar compras indebidas.
Resultó que los números de las tarjetas habían sido robados
de bases de datos de Estados Unidos y Gran Bretaña... por piratas de
Europa Oriental.
Sin
embargo, no todo cibernauta es por fuerza un delincuente. El mismo anonimato
que da poder a los infractores en la Red es un arma para atraparlos. George
Kerster, ex legislador de la Columbia Británica, intercambió
mensajes electrónicos con alguien que le ofreció una niña
de 11 años, “curiosa y aún si desarrollar”, para
tener relaciones sexuales. Kerster quiso conocerla, y el 12 de enero de 1999,
tras reunirse en un restaurante de Vancouver con una mujer que dijo ser la
madre de la niña, la acompañó a un hotel para cerrar
el trato. Allí supo que todo había sido una trampa de la policía.
Un juez de la Suprema Corte provincial lo declaró culpable de intento
de abuso sexual de una menor.
Muchas
policías del mundo han presionado para que se les concedan más
poderes a fin de interceptar lo que circula por la Red. En 1999, Australia
otorgó a las autoridades el derecho de intervenir las computadoras
de los sospechosos, y después las policías de Gran Bretaña
y Estados Unidos obtuvieron permiso oficial para colocar en las instalaciones
de los proveedores de Internet dispositivos muy parecidos a aquellos con que
se intervienen los teléfonos, lo que permite interceptar mensajes electrónicos
dirigidos a determinada dirección de la Red o provenientes de ella.
En Canadá, un informe desclasificado en el año 2000 por la Oficina
Federal de Seguridad de las Comunicaciones sostenía que dicha oficina
“podría exigir” la intervención del correo electrónico
para proteger las redes informáticas oficiales contra los virus.
También
las empresas han sabido aprovechar la vigilancia cibernética. Algunas
mediadas aún se discuten, pero casi todas están permitidas por
la ley. Muchos sitios de la Red colocan fragmentos de texto llamados cookies,
o anzuelos, en las computadoras de los cibernautas que los visitan. El texto
contiene datos que identifican la computadora para que el sitio pueda reconocerla
como cliente en caso de un nuevo ingreso, pero algunas compañías
pueden valerse de los anzuelos para rastrear las visitas de una computadora
a otros sitios y registrar los hábitos de navegación del usuario.
Sea
cual sea la información que guarde usted en su computadora de trabajo,
el derecho de su jefe a espiarlo es casi incontestable por la ley. “No
dedicar la jornada laboral al trabajo ha sido siempre motivo de despido”,
explica el abogado de Vancouver Paul Kent-Snowsell. En el verano de 2000,
la Dow Chemical Co. Despidió a 61 empleados en Texas y Michigan por
usar sus computadoras para intercambiar pornografía. Ahora forma parte
del 27 por ciento de las empresas que han despedido empleados por abusar del
correo electrónico o de Internet.
Quizá
no haya manera fácil de sustraerse al espionaje, pero empiezan a aparecer
medios para reducir la vulnerabilidad del correo electrónico privado
y ayudar a resolver el problema de la seducción de menores, al permitir
demostrar en línea que se es quien se dice ser. Varios distribuidores
venden programas que codifican los archivos digitales y, si usted lo desea,
los firman con una clave casi inviolable que lo identifica como remitente.
Entre tanto, el gobierno de Ottawa piensa iniciar en breve un proyecto piloto
que permitirá a los ciudadanos acceder a ciertos servicios federales
en línea mediante “firmas digitales” que demuestren su
identidad y hagan más segura la comunicación.
Para
quienes desean evitar los anzuelos comerciales, hay un programa “anonimizador”
que permite a los usuarios navegar de incógnito en la Red mediante
seudónimos digitales. Alex Fowler, director de políticas de
información de la Zero-Knowledge Systems Inc., de Canadá, pronostica
que cada ciudadano tendrá varias identidades para entrar en la Red:
una para comprar, otra para asuntos oficiales y quizá varias más
para los sitios de chateo.
Hay
también versiones para particulares de los firewalls (“cortafuegos”)
usados por las empresas para impedir intrusiones. Entre los programas protectores
de computadoras domésticas contra software como el Back Orifice están
el BlackICE de Internet Security Systems, el Norton Personal Firewall, el
McAfee.com Personal Firewall y el Freedom de Zero-Knowledge. Muchos de ellos
también permiten al usuario inhabilitar los anzuelos comerciales.
Alex
Powler y Norman Inkster temen que la tecnología de vigilancia esté
creciendo con más rapidez de lo que creemos, y que pronto lo invada
todo. Según Inkster, la lucha contra la delincuencia en la Red exige
aceptar nuevos medios de vigilancia, pero con controles y contrapesos que
protejan la privacidad. “Antes, sentíamos que nuestra intimidad
estaba relativamente segura”, explica, “porque sabíamos
que no había medios técnicos para violarla, pero ahora los hay.
Entonces la pregunta es: ¿Alguna vez la ley se pondrá al día
para evitar los abusos?”
Para
Wilson Markle, de Toronto, hombre de negocios jubilado que instaló
en las computadoras de sus dos hijos programas para supervisar su acceso a
Internet, no hay vuelta de hoja: la carrera ha terminado, y la tecnología
gano. “Quien no tenga nada que ocultar puede estar tranquilo”,
dice. “Quien sí lo tenga se meterá en dificultades. Al
menos eso me consuela”.
Julio
2002