Un puro amargo

 El encuentro entre amigos es el regalo más grande que podemos recibir. Se crea una grata compañía, un ambiente agradable, una paz que desborda tranquilidad y serenidad.

En este bestial y atrayente marco, el cigarro es medio de coloquio y conversación entre los mismos. Sin ánimo de ofensa, quiero aconsejar a todos aquellos que no quieran disfrutar de este ambiente expresado y mascado en humo, que no acudan a dicho encuentro porque no entenderán ni disfrutarán de ese momento.

Aunque cada uno fuma su propio cigarro, todos degustamos de un mismo placer. Esta planta que tan sabiamente torcida o elaborada se nos presenta, se transforma en nexo de unión entre los seres humanos (no quiero hacer diferencias entre sexos, porque este placer no discrimina a nadie). ¿No se finalizaban las luchas tribales de los indios americanos, fumando juntos la pipa de la paz?

Pero, si el ambiente está envenenado por envidias, falta de respeto, ofensas personales, inferioridades..., el puro que se fumará será amargo.

La Gloria Cubana Medaille d’oro nº 4, representa un cigarro habano de difícil fumada, y por desgracia de un clima enrarecido.

Cuando no se da la circunstancia de la existencia de ese “buen ambiente” del que me hacía referencia al principio de este escrito, todo cigarro acaba teniendo un desenlace fatal.

No es solo culpa de esta situación la posible diferencia de opinión, sino el insulto repetitivo y descarado que a través de la supuesta ingenuidad se declara en medio de dos personas. Debemos pues, de levantarnos y caminar por sendas diferentes.

El insulto desvergonzado, reiterado y violento del “amigo”, se transforma en esa desagradable brea que aparece (en los cigarros de baja regalía) cuando nuestros labios y nuestra saliva se mezclan con la boca del cigarro. Entonces debemos de abandonar el encuentro.

El puro amargo es el fruto de la separación y del adiós.

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