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Otro día es posible... Tener el privilegio de observar el día a día de las personas de mi barrio es algo impresionante. No por el paso continuo de gente sino por ser capaz de captar cada momento. Son fotografías progresivas que reflejan alegría, tristeza, simpatía, desengaño..., esperanza. Imaginar... que cada uno tiene su propia historia. Diferentes todas ellas, e iguales al mismo tiempo. Españoles, moros, rumanos... hasta mi amigo el músico danés. Todos ellos pasan delante de mi rostro como si ficharan a la entrada de una fábrica. Inmersos en sus problemas, idos en sus sueños, y despiertos en momentos tan mágicos como el saludo y el encuentro del ahora mismo. La rutina del día a día se convierte así en una fiesta. El quehacer diario no es más que otro regalo que nos sorprende hoy, mañana y pasado. Vivir es la mayor ofrenda que podemos recibir. Y dejarnos atrapar por el trabajo sin ser capaces de soltar lágrimas de alegría, o semillas de felicidad es esclavizar nuestras vidas a una muerte sin alma y arropada por la pena de la obligatoriedad. ¿Trabajar? Claro que sí. Pero sabiendo que lo hemos de hacer con esa alegría que irradia desde dentro todo lo bueno que somos. Contagiar sonrisas y no enfados eternos que provocan no solo nuestro malestar, sino el de todos los que nos rodean. En definitiva, ser felices de corazón, y ser capaces de poner rumbo a nuestras vidas desde ya. Es difícil, pero nunca imposible. Allá desde donde estemos, seremos capaces de cambiar en nuestro entorno el mundo que nos toca conducir. Allá desde donde estemos, seremos capaces de cambiar nosotros y ser para lo que fuimos creados... para ser felices. Siento amigos lectores, que las tormentas siempre tienen su final, y que el arco iris vuelve a surgir en la sonrisa de una nueva amistad. El guiño al amor siempre nos depara un nuevo día cargado de sorpresas. Que la imaginación y el “ser nuevo cada día” brote por momentos y para siempre. Que el regalo de la amistad sea eterno. |