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| Las lágrimas del puro Menudo calificativo para esta carta que te dirijo, amigo mío. Dan grima estás palabras últimas: “..., amigo mío.” La amistad es el don más grande que podemos recibir, viene de la misma raíz que el amor, que es aquello que nos diferencia de los animales, y que nos define. La amistad no es algo que se hace por instinto. La amistad es saber recibir y esperar a dar. Nunca habría creído que los puros lloraran. Y ciertamente el fruto de una planta como es la del tabaco no lo hace. Por ósmosis quiero calificar a esta obra de arte, como es el cigarro, con algo propio de los seres humanos. Por eso las lágrimas de quien fuma sí que son más receptibles al resto de los mortales, que las de nuestros cigarros. En uno de mis anteriores escritos (Un puro amargo), el autor habla de cómo una situación desagradable se transmite también al cigarro. Aquí las lágrimas son las de aquel que queriendo disfrutar del placer de fumar, se encuentra con la extraña sorpresa de conocer el desenlace final. Me cuesta tragar saliva y mantener constante la respiración, pero si un niño grita cuando sin querer le podemos pisar el pie, por qué nosotros no podemos gritar que así no se hacen las cosas... ¡Cuidado, pues el puro... llorará! El valor de la amistad no se mide en cuánto tiempo paso con..., sino en cuánto es la calidad de mi relación, en cuánto soy capaz de hacer acto de presencia cuando alguien, que es mi amigo, me necesita, y en cuánto yo me comprometo y cumplo lo que digo. No dejes amigo mío, que otros decidan por ti lo que debes de hacer. Ten en cuenta que si la amistad es algo que un día se te entregó, puede llegar otro día que se te usurpe sin tú no poder ofrecer resistencia. Entonces, seguro..., el puro llorará. |