La amistad (I)

         Término curioso. Ambiguo a más no poder. Diferente, extraño... De doble sentido dice el diccionario. ¡Amistad! ¿Sentimiento, estado, engaño o conveniencia...?

         Un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Cuando alguien me dice que somos amigos y sólo para el tiempo que al otro le sobra, tiemblo y dudo. Ser amigo de, es lo más alto que podemos alcanzar y puede ser el engaño más grande que podemos recibir.

¿Qué es un amigo, o mejor dicho, quién es un amigo? Y en el peor de los casos: ¿soy yo amigo de...? A veces pienso: quisiera compartir mi vida con alguien que fuera realmente mi amigo o amiga. Ese alguien que estuviera marcado por el sello del amor, la entrega desinteresada... ¡Curiosa descripción! ¡Entrega desinteresada! ... Estoy seguro que en toda relación de amistad siempre hay un motivo: evitar la soledad, recibir afecto o cariño, caminar con el apoyo del otro, pagar un precio alto a cambio de un engaño... Pero sacrificarse por amor... Incluso el amor oblativo de un cristiano encuentra el favor en la salvación eterna. Algo a cambio de algo.

Vivimos en sociedad. Nos buscamos para convivir. Nos acercamos y nos odiamos, tan sólo para encontrarnos y así poder sobrevivir juntos a otros males mayores. Dice el refrán que “la unión hace la fuerza”, y otro dice que “el roce hace cariño”, por lo tanto podríamos concluir ligeramente que “el encuentro hace cariño”, y la amistad surge desde la empatía, la atracción, y la búsqueda que muere en el encuentro.

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