Despedida a un puro.

Cuando se consume un cigarro, desaparece una vida.

Con qué esmero se tuerce... Con cariño y mecánicamente... Con paciencia e ilusión... Parece que el torcedor es tan solo un autómata. Esos movimientos tan repetitivos nos hacen creer que el arte como tal no encuentra su presencia. 

Con qué esmero se tuerce... y con más pasión se funde en el hombre que lo saborea en sus labios, que lo inhala a través de su agudo olfato, que lo analiza en sus papilas gustativas. 

Cuando lo escoges de en medio de la caja donde se hallan, y lo acercas a tu cara como si quisieras besar a quien amas, entonces surge esa duda. Cómo algo tan elegantemente elaborado será capado y desaparecerá tras culminar ese encuentro tan placentero.

Que el torcedor siga poniendo ese énfasis a la hora de elaborarlo. Que lo haga de modo tan sublime, para que después...  desaparezca en la suave tarde de un día, fin de verano, acompañado de buena música (para cada uno la mejor), y del coloquio y canturreo de los gorriones de nuestra ciudad. 

Habano, canario, dominicano..., qué más da. Al fin y al cabo es una obra de arte que como rezamos al final de la degustación, merece la pena dormir en el sueño eterno con toda su dignidad, con toda la dignidad con la que fue creado.

Y se consume... sin más. 

Ángel.

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