LA TREGUA

Lunes, 11 de febrero

Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no es el ocio lo que preciso sino el derecho de trabajar en aquello que quiero. ¿Por ejemplo? El jardín, quiza. Es bueno como descanso activo para los domingos, para contrarrestar la vida sedentaria y también como secreta defensa contra mi futura y garantizada artritis. Pero me temo que no podría aguantarlo diariamente. La guitarra, tal vez. Creo que me gustaría. Pero debe ser algo desolador empezar a estudiar solfeo a los cuarenta y nueve años. ¿Escribir? Quizá no lo hiciera mal, por lo menos la gente suele disfrutar de mis cartas. ¿Y eso qué? Imagino que una notita bibliográfica sobre “los atendibles valores de este novel autor que roza la cincuentena” y la mera posibilidad me causa repugnancia. Que yo me sienta, todaví hoy, ingenuo e inmaduro (es decir, con sólo los defectos de la juventud y casi ninguna de las virtudes) no significa que tenga el derecho de exhibir esa ingenuidad y esa inmadurez. Tuve una prima solterona que cuando hacía un postre lo mostraba a todos, con una sonrisa melancólica y pueril que le había quedado prendida en los labios desde la época en que hacía méritos frente al novio motociclista que después se mató en una de nuestras tantas Curvas de la Muerte. Ella vestía correctamente, en un todo de acuerdo con sus cincuenta y tres; en eso y lo demás era discreta, equilibrada, pero aquella sonrisa reclamaba, en cambio, un acompañamiento de labios frescos, de piel rozagante, de piernas torneadas, de veinte años. Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro hab&iaacute, además, bondad. Cuántas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético.

Viernes, 15 de febrero

Para rendir pasablemente en la oficina, tengo que obligarme a no pensar que el ocio está relativamente cerca. De lo contrario, los dedos se me crispan y la letra redonda con que debo escribir los rubros primarios, me salen quebrada y sin elegancia. La redonda es uno de mis mejores prestigios como funcionario. Además, debo confesarlo, me provoca placer el trazado de algunas letras como la M mayúscula o la b minúscula, en las que me he permitido algunas innovaciones. Lo que menos odio es la marte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar un asiento que ya redacté miles de veces, el efectuar un balance de saldos y encontrar que todo está en orden, que no hay diferencias a buscar. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta (¿por qué no decírmelo a mí mismo?) también soñar. Es como si me dividiera en dos entes dispares, contradictorios, independientes, uno que sabe de memoria su trabajo, que domina al máximo sus variantes y recovecos, que está seguro siempre de dónde pisa, y otro soñador y febril, frustradamente apasionado, un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría, un distraído a quien no le importa por dónde corre la pluma ni qué cosas escribe la tinta azul que a los ocho mese quedará negra.

En mi trabajo, lo insoportable no es la rutina; es el problema nuevo, el pedido sorpresivo de ese Directorio fantasmal que se esconde detrás de actas, disposiciones y aguinaldos, la urgencia con que se reclama un informe o un estado analítico o una previsión de recursos. Entonces, sí, como se trata de algo más que rutina, mis dos mitades deben trabajar para lo mismo, ya no puedo pensar en lo que quiero, y la fatiga se me instala en la espalda y en la nuca, como un parche poroso. ¿Qué me importa la ganancia probable del rubro Pernos de Pistón en el segundo semestre del penúltimo ejercicio? ¿Qué me importa el modo más práctico de conseguir el abatimiento de los Gastos Generales?

Hoy fue un día feliz; sólo rutina.

Viernes, 15 de febrero

Ninguno de mis hijos se parece a mí. En primer lugar, todos tienen más energías que yo, parecen siempre más decididos, no están acostumbrados a dudar. Esteban es el mas huraño. Todavía no sé a quien se dirige su resentimiento, pero lo cierto es que parece un resentido. Creo que me tiene respeto, pero nunca se sabe. Jaime es quizá mi preferido, aunque casi nunca pueda enternderme con él. Me parece sensible, me parece inteligente, pero no parece fundamentalmente honesto. Es evidente que hay una barrera entre él y yo. A veces creo que me odia, a veces que me admira. Blanca tiene por lo menos algo de común conmigo: también es una triste con vocación de alegre. Por lo demás, es demasido celosa de su vida propia, incanjeable, como para compartir conmigo sus más arduos problemas. Es la que está más tiempo en casa, y tal vez se sienta un poco esclava de nuestro desorden, de nuestras dietas, de nuestra ropa sucia. Sus relaciones con los hermanos están a veces al borde de la histeria, pero se sabe dominar y, además, sabe dominarlos a ellos. Quizás en el fondo se quieren bastante, aunque eso del amor entre hermanos lleve consigo la cuota de mutua exasperación que otorga la costumbre. No, no se parecen a mí. Ni siquiera físicamente. Esteban y Blanca tienen los ojos de Isabel. Jaime heredó de ella su frente y su boca. ¿Qué pensaría Isabel si pudiera verlos hoy, preocupados, activos, maduros? Tengo una pregunta mejor: ¿Qué pensaría yo, si pudiera ver hoy a Isabel? La muerte es una tediosa experiencia; para los demás, sobre todo para los demás. Yo tendría que sentirme orgulloso de haber quedado viudo con tres hijos y haber salido adelante. Pero no me siento orgulloso sino cansado. El orgullo es para cuando se tiene veinte o treinta años. Salir adelante con mis hijos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable que reserva a los padres desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz.

Martes, 19 de febrero

A las cuatro de la tarde me sentí de pronto insoportablemente vacío. Tuve que colgar el saco de lustrina y avisar en Personal que debía pasar por el Banco República para arreglar aquel asunto del giro. Mentira. Lo que no soportaba más era la pared frente a mi escritorio, la horrible pared absorbida por ese tremendo almanaque con un febrero consagrado a Goya. ¿Qué hace Goya en esta vieja casa importadora de repuestos de automóviles? No sé qué habría pasado si me hubiera quedado mirando el almanaque como un imbécil. Quizás hubiera gritado o hubiera iniciado una de mis habituales series de estornudos alérgicos o simplemente me hubiera sumergido en las páginas pulcras del Mayor. Porque ya he aprendido que mis estados de pre-estallido, no siempre conducen al estallido. A veces terminan en una lúcida humillación, en una aceptación irremediable de las circunstancias y sus diversas y agraviantes presiones. Me gusta, sin embargo, convencerme de que no debo permitirme estallidos, de que debo frenarlos radicalmente so pena de perder mi equilibrio. Salgo entonces como salí hoy, en una encarnizada búsqueda de aire libre, del horizonte, de quién sabe cuántas cosas más. Bueno, a veces no llego al horizonte y me conformo con acomodarme en la ventana de un café y registrar el pasaje de algunas buenas piernas.

Estoy convencido de que en horas de oficina la ciudad es otra. Yo conozco el Montevideo de los hombres a horario, los que entran a las ocho y media y salen a las doce, los que regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete. Con esos rostros crispados y sudorosos, con esos paso urgentes y tropezados; con ésos somos viejos conocidos. Pero, está la otra ciudad, la de las frescas pitucas que salen a media tarde recién bañaditas, perfumadas, despreciativas, optimistas, chistosas; la de los hijos de mamá que se despiertan a mediodía y a las seis de la tarde llevan aún impecables el blanco cuello de tricolina importada; la de los viejos que toman el ómnibus hasta la Aduana y regresan luego sin bajarse, reduciendo su módica farra a la sola mirada reconfortante con que recorren la Ciudad Vieja de sus nostalgias; la de las madres jóvenes que nunca salen de noche y entran al cine, con cara de culpables, en la vuelta de las 15.30; la de las niñeras que denigran a sus patronas mientras las moscas se comen a los niños; la de los jubilados y pelmas varios, en fin, que creen ganarse el cielo dándoles migas a las palomas de la plaza. Esos son mis desconocidos, por ahora al menos. Están instalados demasiado cómodamente en la vida, en tanto yo me pongo neurasténico frente a un almanaque con su febrero consacrado a Goya.


Jueves, 21 de febrero

Esta tarde cuando venía de la oficina, un borracho me detuvo en la calle. No protestó contra el gobierno, ni dijo que él y yo eramos hermanos, ni tocó ninguno de los innumerables temas de la beodez universal. Era un borracho extraño, con una luz especial en los ojos. Me tomó de un brazo y dijo, casi apoyándose en mí: “¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte.” Otro tipo que pasó en ese instante, me miró con una alegre dosis de comprensión y hasta me consagró un guiño de solidaridad. Pero yo hace cuatro horas que estoy intranquilo, como si realmente no fuera a ninguna parte y sólo ahora me hubiera enterado.

Viernes, 22 de febrero

Cuando me jubile, creo que no escribiré más este diario, porque entonces me pasarán sin duda mucho menos cosas que ahora, y me va resultar insoportable sentirme tan vacío y además dejar de ello una constancia escrita. Cuando me jubile, tal vez lo mejor sea abandonarme al ocio, a una especie de modorra compensatoria, a fin de que los nervios, los músculos, la energía, se relajen de a poco y se acostumbren a bien morir. Pero no. Hay momentos en que tengo y mantengo la lujosa esperanza de que el ocio sea algo pleno, rico, la última oportunidad de encontrarme a mí mismo. Y eso sí valdría la pena anotarlo.

Sábado, 23 de febrero

Hoy almorcé solo, en el Centro. Cuando venía por Mercedes, me crucé con un tipo de marrón. Primero esbozo un saludo. Debo haberlo mirado con curiosidad, porque el hombre se detuvo y con alguna vacilación me tendió la mano. No era una cara desconocida. Era algo así como la caricatura de alguien que yo, en otro tiempo, hubiera visto a menudo. Le di la mano, murmurando disculpas, y confesando de algún modo mi perplejidad. “¿Martin Santomé?”, me preguntó, mostrando en la sonrisa una dentadura devastada. Claro que Martin Santomé, pero mi desconcierto era cada vez mayor. “¿No te acordás de la calle Brandzen?” Bueno, no mucho. Hace como treinta años de esto y yo no soy famoso por mi memoria. Naturalmente, de soltero viví en la calle Brandzen, pero aunque me molieron a palos podría decir cómo era el frente de la casa, cuántos balcones tenía, quienes vivían al lado. “¿Y del café de la calle Defensa?” Ahora sí, la niebla se disipó un poco y vi por un instante el vientre, con ancho cinturón, del gallego Alvarez. “Claro, claro”, exclamé iluminado. “Bueno, yo soy Mario Vignale.” ¿Mario Vignale? No me acuerdo, juro que no me acuerdo. Pero no tuve valor para confesárselo. El tipo parecía tan entusiasmado con el encuentro... Le dije que sí, que disculpara, que yo era pésimo fisonomista, que la semana pasada me había encontrado con un primo y no lo había reconocido (mentira). Naturalmente, había que tomar un café, de modo que me arruinó la siesta sabatina. Dos horas y cuarto. Se empecinó en reconstruirme pormenores, en convencerme de que había participado en mi vida. “Me acuerdo hasta de la tortilla de alcahuciles que hacía tu vieja. Sensacional. Yo iba siempre a las once y media, a ver si me invitaba a comer.” Y lanzó una tremenda risotada. “¿Siempre?”, le pregunté, todavía desconfiado. Entonces sufrió un ataque de vergüenza: “Bueno fui unas tres o cuatro veces.” Entonces, ¿cual era la porción de verdad? “Y tu vieja, ¿está bien?” “Murió hace quince años.” “Y tu viejo?” “ Murió hace dos años, en Tacuarembó. Estaba parando en casa de mi tía Leonor.” “Debía estar viejo.” Claro que debía estar viejo. Dios mío, qué aburrimiento. Sólo entonces formuló la pregunta más lógica: “¿Ché, ¿total te casaste con Isabel?” “Sí, y tengo tres hijos”, contesté, acortando camino. Él tiene cinco. Qué suerte. “¿Y cómo está Isabel? ¿Siempre guapa?” “Murió”, dije, poniendo la cara má inescrutable de mi repertorio. La palabra sonó como un disparo y él -menos mal- quedó desconcertado. Se apuró a terminar el tercer café y en seguida miró el reloj. Hay una especie de reflejo automático en eso de hablar de la muerte y mirar en seguida el reloj.



Domingo, 24 de febrero

No hay caso. La entrevista con Vignale me dejó una obsesión: recordar a Isabel. Ya no dr trata de conseguir su imagen a través de las anécdotas familiares, de las fotografías, de algún rasgo de Esteban o de Blanca. Conozco todos sus datos, pero no quiero saberlos de segunda mano, sino recordarlos directamente, verlos con todo detalle frente a mí tal como veo ahora mi cara en el espejo... Y no lo consigo. S&ecaute que tenía ojos verdes, pero no puedo sentirmme frente a su mirada.

Lunes, 25 de febrero

Me veo poco con mis hijos. Nuestros horarios no siempre coinciden y menos aún nuestros planes o nuestros intereses. Son correctos conmigo, pero como son, además tremendamente reservados, su corrección parece siempre el mero cumplimiento de un deber. Esteban, por ejemplo, siempre se está conteniendo para no discutir mis opiniones. ¿Será la simple distancia generacional lo que nos separa, o podría hacer yo algo más para comunicarme con ellos? en general, los veo más incredúlos que desanimados, más reconcentrados de lo que yo era a sus años.

Hoy cenamos juntos. Problablemente haría unos dos mese que no estábamos todos presentes en una cena familiar. Pregunté, en tono de broma, qué acontecimiento festejábamos, pero no hubo eco. Blanca me miró y sonrió, como para enterarme de que comprendía mis buenas intenciones, y nada más. Me puse a registrar cuáles eran las escasas interrupciones del consagrado silencio. Jaime dijo que la sopa estaba desabrida. “Ahí tenés la sal, a diez centímetros de tu mano derecha”, contestó Blanca, y agregó, hiriente: “¿Querés que te la alcance?” La sopa estaba desabrida. Es cierto, pero ¿Qué necesidad? Esteban informó que, a partir del próximo semestre, nuestro alquiler subirá ochenta pesos. Como todos contribuimos, la cosa no es tan grave. Jaime se puso a leer el diario. Me parece ofensivo que la gente lea cuando como con su familia. Se lo dije. Jaime dejó el diario, pero fue lo mismo que si lo hubiera seguido leyendo, ua que siguió hosco, alunado. Relaté mi encuentro con Vignale, tratando de sumirlo en el ridículo para traer a la cena un poco de animación. Pero Jaime preguntó: “¿Qué Vignale es?” “Mario Vignale”. “¿Un tipo medio pelado, de bigote?” “El mismo”. “Lo conozco. Buena pieza -dijo Jaime-, es compañero de Ferreira. Bruto coimero”. En el fondo me gusta que Vignale sea una porquería, así no tengo escrúpulos en sacármelo de encima. Pero Blanca preguntó: “¿Así que se acordaba de mamá?” Me pareió que Jaime iba a decir algo, creo que movió los labios, pero decidió quedarse callado. “Feliz de él -agregó Blanca-, yo no me acuerdo.” “Yo sí”, dijo Esteban. ¿Cómo se acordará? ¿Como yo, con recuerdos de recuerdos, o directamente, como quien ve la propia cara en el espejo? ¿Será posible que él, que sólo tení cuatro años, posea la imagen, y que a mí, en cambio, que tengo registradas tantas noches, tantas noches, tantas noches, no me quede nada? Hacíamos el amor a oscuras. Será por eso. Seguro que es por eso. Tengo una memoria táctil de esas noches, y ésa sí es directa. Pero ¿y el día? durante el dí no estábamos a oscuras. Llegaba a casa cansado,lleno de problemas, tal vez rabioso con la injusticia de esa semana, de ese mes.

A veces hacíamos cuentas. Nunca alcanzaba. Acaso mirábamos demasiado los números, las sumas, las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros. Donde ella esté, si es que está ¿Qué recuerdo tendrá de mí? En definitiva, ¿Importa algo la memoria? “A veces me siento desdichada, nada más que de no saber qué es lo que estoy echando de menos”, murmuró Blanca, mientras repartí los duraznos en almíbar. Nos tocaron tres y medio a cada uno.



Miércoles, 27 de febrero

Hoy ingresaron e la oficina siete empleados nuevos: cuatro hombres y tres mujeres. Tenían unas espléndidas caras de susto y de vez en cuando dirigían a los veteranos una mirada de respetuosa envidia. A mí adjudicaron dos botijas (uno de 18 y otro de 22) y una muchacha de 24 años. Así ue ahora soy todo un jefe: tengo nada menos que seis empleados a mis ósdenes. Por primera vez, una mujer. Siempre les tuve desconfianza para los números. Además, otro inconveniente: durante los días del periódo menstrual y hasta en sus vísperas, si normalmente son despiertas, se vuelven un poco tontas; si normalmente son un poco tontas, se vuelven imbéciles del todo. Estos “ nuevos” que entraron, no parecen malos. El de 18 años es el que me gusta menos. Tiene un rostro sin fuerza, delicado, y una mirada huidiza, y, a la vez, adulona. El otro es un eterno despeinado, pero tiene un aspecto simpático y (por ahora, al menos) evidentes ganas de trabajar. La chica no parece tener tantas ganas, pero al menos comprende lo que uno le explica; además, tiene la frente ancha y la boca grande, dos rasgos que por lo general me impresionan bien. Se llaman Alfredo Santini, Rodolfo Sierra y Laura Avellaneda. A ellos los pondré con los libros de mercaderías, a ella con el Auxiliar de Resultados.



Jueves, 28 de febrero

Esta noche convers� con una Blanca casi desconocida para m�. Est�bamos solos despu�s de la cena. Yo le�a el diario y ella hac�a un solitario. De pronto se qued� inm�vil, con una carta en alto, y su mirada era a la vez perdida y melanc�lica. La vigil� durante unos instantes; luego, le pregunt� en qu� pensaba. Entonces pareci� despertarse, me dirigi� una mirada desolada y, sin poderse contener, hundi� la cabeza entre las manos, como si no quisiera que nadie profanara su llanto. Cuando una mujer llora frente a m�, me vuelvo indefenso, y, adem�s, torpe. Me desespero, no s� c�mo remerdiarlo. Esta vez segu� un impulso natural, me levant�, me acerqu� a ella y empec� a acariciarle la cabeza, sin pronunciar palabra. De a poco se fue calmando y las llorosas convulsiones se espaciaron. Cuando al fin baj� las manos, con la mitad no usada de mi pa�uelo le sequ� los ojos y le son� la nariz. En ese momento no parec�a una mujer de veintitr�s a�os, sino una chiquilla, moment�neamente infeliz porque se le hubiera roto una mu�eca o porque no la llevaban al zool�gico. Le pregunt� el motivo y dijo que no sab�a. No me estra�� demasiado. Yo mismo me siento a veces infeliz sin un motivo concreto. Contrariando mi propia experiencia, dije: �Oh, algo habr�. No se llora por nada�. Entonces empez� a hablar atropelladamente, impulsada por un deseo repentino de franqueza. �Tengo la horrible sensaci�n de que pasa el tiempo y no hago nada, y nada me acontece, y nada me conmueve hasta la ra�z. Miro a Esteban y miro a Jaime y estoy segura de que ellos tambi�n se sienten desgraciados. A veces (no te enojes, pap�) tambi�n te miro a vos y pienso que no quisiera llegar a los cincuenta a�os y tener tu temple, tu equilibrio, sencillamente porque los encuentro chatos, gastados. Me siento con una gran disponibilidad de energ�a, y no s� en qu� emplearla, no s� qu� hacer con ella. Creo vos te resignaste a ser opaco, y eso me parece horrible, porque yo s� que no sos opaco. Por lo menos, que no lo eras�. Le contest� (�qu� otra cosa pod�a decirle?) que ten�a raz�n, que hiciera lo posible por salir de nosotros, de nuestra �rbita, que me parec�a estar escuchando un grito m�o, de hace muchos a�os. Entonces sonri�, dijo que yo era muy bueno y me ech� los brazos al cuello, como antes. Es una chiquilla todav�a.



Viernes, 1 de marzo

El gerente llam� a los cinco jefes de secci�n. Durante tres cuartos de hora nos habl� del bajo rendimiento del personal. Dijo que el Directorio le hab�a hecho llegar una observaci�n en ese sentido, y que en el futuro no estaba dispuesto a tolerar que, a causa de nuestra desidia (c�mo le gustaba recalcar �desidia�), su posici�n se viera gratuitamente afectada. As� que de ahora en adelante, etc., etc. �A qu� le llamar�n �Bajo rendimiento del personal�? Yo puedo decir, al menos, tambi�n los veteranos. Es cierto que M�ndez lee novelas policiales que acondiciona h�bilmente en el caj�n central de su escritorio, en tanto que su mano derecha empu�a una pluma siempre atenta a la posible entrada de alg�n jerarca. Es cierto que Mu�oz aprovecha sus salidas a Ganancias Elevadas para estafarle a la empresa veinte minutos de ocio frente a una cerveza. Es cierto que Robledo cuando va al cuarto de ba�o (exactamente, a las diez y cuarto) lleva escondido bajo el guardapolvo el suplemento en colores o la p�gina de deportes. Pero tambi�n es cierto que el trabajo est� siempre al d�a, y que en las horas en que el tr�mite aprieta y la bandeja a�rea de Caja viaja sin cesar, repleta de boletas, todos se afanan y trabajan con verdadero sentido de equipo. En su reducida especialidad, cada uno es un experto, y yo puedo confiar plenamente en que las cosas se est�n haciendo bien. En realidad, bien s� hacia d�nde iba dirigido el garrote del gerente. �Expedici�n� trabaja a desgana y adem�s hace mal su tarea. Todos sab�amos hoy que la arenga era para Su�rez, pero entonces �a qu� llamarnos a todos? �qu� derecho tiene Su�rez de que compartamos su culpa exclusiva? �Ser� que el gerente sabe, como todos nosotros, que Su�rez se acuesta con la hija del presidente? No est� mal Lidia Valverde.



S�bado, 2 de marzo

Anoche, despu�s de teinta a�os, volv� a so�ar con mis encapuchados. Cuando yo ten�a cuatro a�os, o quiz� menos, comer era una pesadilla. Entonces mi abuela invent� un m�todo realmente original para que yo tragase sin mayores problemas la papa deshecha. Se pon� un enorme impermeable de mi t�o, se colocaba la capucha y unos anteojos negros. Con ese aspecto, para m� terror�fico, ven� a golpear en mi ventana. La sirvienta, mi madre, alguna t�a, coreaban entonces: ��Ah� est� don Policarpo!� Don Policarpo era una especie de monstruo que castigaba a los ni�os que no com�an. Clavado en mi propio terror, el resto de mis fuerzas alcanzaba para mover mis mand�bulas a una velocidad incre�ble y acabar de ese modo con el desabrido, abundante pur�. Era c�modo para todos. Amenazarme con don Policarpo equival�a a apretar un bot�n casi m�gico. Al final se hab�a convertido en una famosa diversi�n. Cuando llegaba una visita, tra�an a mi cuarto para que asistiera a los graciosos pormenores de mi p�nico. Es curioso c�mo a veces se puede llegar a ser tan tan inocentemente cruel. Porque, adem�s del susto, estaban mis noches, mis noches llenas de encapuchados silenciosos, rara especie de Policarpos que siempre estaban de espaldas, rodeados de una espesa bruma. Siempre aparec�an en fila, como esperado turno para ingresar a mi miedo. Nunca pronunciaban palabra, pero se mov�an pesadamente en una especie de intermitente balanceo, arrastrando sus oscuras t�nicas, todas iguales, ya que en eso hab� venido a parar el impermeable de mi t�o. Era curioso: en mi sue�o sent�a menos horror que en la realidad. Y, a medida que pasaban los a�os el miedo se iban convirtiendo en fascinaci�n. Con esa mirada absorta que uno suele tener por debajo de los p�rpados del sue�o, yo asist�a como hipnotizado a la c�clica escena. A veces, so�ando otro sue�o cualquiera, yo ten�a una oscura conciencia de que hubiera preferido so�ar mis Policarpos. Y una noche vinieron por �ltima vez. Formaron en su fila, se balancearon, guardando silencio, y, como de costumbre, se esfumaron. Durante muchos a�os dorm� con una inevitable desaz�n, con una casi enfermiza sensaci�n de espera. A veces me dorm�a decidido a encontrarlos, pero, s�lo consegu�a crear la bruma y, en raras ocasiones, sentir las plapitaciones de mi antiguo miedo. S�lo eso. Despu�s fui perdiendo aun esa esperanza y llegu� insensiblemente a la �poca en que empec� a contar a los extra�os el f�cil argumento de mi sue�o. Tambi�n llegu� a olvidarlo. Hsta anoche. Anoche, cuando estaba en el centro mismo de un sue�o m�s vulgar que pecaminoso, todas las im�genes se borraron, apareci� la bruma, y en medio de la bruma, todos mis Policarpos. S� que me sent� indeciblemente feliz y horrorizado. Todav�a ahora, si me esfuerzo un poco, puedo recontruir algo de aquella emoci�n. Los Policarpos, los indeformables, eternor, inocuos Policarpos de mi infancia, se balancearon, se balancearon y, de pronto, hicieron algo totalmente imprevisto. Por primera vez se dieron vuelta, s�lo por un momento, y todos ellos ten�an el rostro de mi abuela.



Martes, 12 de marzo

Es bueno tener una empleada que sea inteligente. Hoy, para probar a Avellaneda, le expliqué de un tirón todo lo referente a Contralor. Mientras yo hablaba, ella fue haciendo anotaciones. Cuando concluí, dijo: "Mire, Se�or entend� bastante, pero tengo dudas sobre algunos puntos... M�ndez, que se ocupaba de eso antes que ella, necesit� nada menos que cuatro a�os para disiparlas... Después la puse a trabajar en la mesa que está a mi derecha. De vez en cuando le echaba un vistazo. Tiene lindas piernas. Todavía no trabaja automáticamente, así que se fatiga. Además es inquieta, nerviosa. Creo que mi jerarquía (pobre inexperta) la cohíbe un poco. Cuando dice: “Señor Santomé”, siempre pestañea. No es una preciosura. Bueno, sonríe pasablamente. Algo es algo.



Mi�rcoles, 13 de marzo

Esta tarde, cuando llegu� del Centro, Jaime y Esteban estaban gritando en la cocina. Alcanc� a o�r que Esteban dec�a algo sobre �los podridos de tus amigos�. En cuanto sintieron mis pasos, se callaron y trataron de hablarse con naturalidad. Pero Jaime ten�a los labios apretados y a Esteban le brillaban los ojos. ��Qu� pasa?�, pregunt�. Jaime se encogi� de hombros, y el otro dijo: �Nada que te importe�. Qu� ganas de encajarle una trompada en la boca. Eso es mi hijo, ese rostro duro, que nada ni nadie ablandar� jam�s. Nada que me importe. Fui hasta la heladera y saqu� la botella de leche, la manteca. Me sent�a indigno, abochornado. No era posible que �l me dijera: �Nada que te importe� y yo me quedara tan tranquilo, sin hacerle nada, sin decirle nada. Me serv� un vaso grande. No era posible que �l me gritara con el mismo tono que yo deb�a emplear con �l y que, sin embago, no empleaba. Nada que me importe. Cada trago de leche me dol�a en las sienes. De pronto me di vuelta y le tom� un brazo. �M�s respeto con tu padre �entend�s?, m�s respeto�. Era una idiotez decirlo ahora, cuando ya hab�a pasado el momento. El brazo estaba tenso, duro, como si repentinamente se hubiera convertido en acero. O en plomo. Me dol�a la nuca cuando levant� la cabeza para mirarlo en los ojos. Era lo menos que pod�a hacer. No, �l no estaba asustado.simplemente, sacudi� el brazo hasta soltarse, se le movieron las aletas de la nariz, dijo: ��Cu�ndo crecer�s?� y se fue dando un portazo. Yo no deb�a tener una cara muy tranquila cuando me di vuelta para enfrentar a Jaime. Segu�a recostado en la pared. Sonri� con espontaneidad y s�lo coment�: ��Qu� mala sangre, viejo, qu� mala sangre!� Es incre�ble, pero en ese preciso instante sent� que se me helaba la rabia. �Es que tambi�n tu hermano...� dije, sin convicci�n. �D�jalo -contest� �l-, a estas alturas ninguno de nosotros tiene remedio�.



Viernes, 15 de marzo

Mario Vignale estuvo a verme en la oficina. Quiere que vaya a su casa la semana que viene. Dice que encontr� antiguas fotos de todos nosotros. No las trajo el muy cretino. Desde luego, constituyen el precio de mi aceptaci�n. Acept�, claro. �A qui�n le atrae el propio pasado?



S�bado, 16 de marzo

Esta ma�ana, el nuevo -Santini- intent� confesarse conmigo. No s� qu� tendr� mi cara que siempre invita a la confidencia. Me miran, me sonr�en, algunos llegan hasta hacer la mueca que precede al sollozo; despu�s se dedican a abrir su coraz�n. Y, francamente, hay corazones que no me atraen. Es incre�ble la c�moda impudicia, el tono de misterio con que algunos tipos secretan acerca de s� mismos. �Porque yo, �sabe, se�or? , yo soy hu�rfano�, dijo de entrada para atornillarma en la piedad. �Tanto gusto, y yo viudo�, le contest� con un gesto ritual, destinado a destruir aquel empaque. Pero mi viudez le conmueve mucho menos que su propia orfandad.

�Tengo una hermanita, �sabe?� Mientras hablaba, de pie junto a mi escritorio, hac�a repiquetear los dedos, fr�giles y delgados, sobre la tapa de mi libro Diario. ��No pod�s dejar quieta esa mano?�, le grit�, pero �l sonri� dulcemente antes de obedecer. En la mu�eca lleva una cadena de oro, con una medallita. �mi hermanita tiene diecisiete a�os �sabe?� El ��sabe?� es una especie de tic. ��No me digas? �Y est� buena?� Era mi desesperada defensa antes de que se rompieran los diques de su �ltimo remedo de escr�pulos y yo me viera definitivamente inundado por su vida �ntima. �usted no me toma en serio�, dijo apretando los labios, y se fue muy ofendido a su mesa. No trabaja demasiado r�pido. Tard� dos horas en hacerme el resumen.



Domingo, 17 de marzo

Si alguna vez me suicido, ser� en domingo. Es el d�a m�s desalentador, el m�s insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o las diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qu� har� cuando toda mi vida sea domingo. Qui�n sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez. Fui a almorzar al Centro, porque los muchachos se fueron por el fin de semana, cada uno por su lado. Com� solo. Ni siquiera me sent� con fuerzas para entablar con el mozo el facilongo y ritual intercambio de opiniones sobre el calor y los turistas. Dos mesas m�s all�, hab�a otro solitario. Ten�a el ce�o fruncido, part�a los pancitos a pu�etazos. Dos o tres veces los mir�, y en una oportunidad me cruc� con sus ojos. Me pareci� que all� hab�a odio. �Qu� habr�a para �l en mis ojos? Debe ser una regla general que los solitarios no simpaticemos. �O ser� que, sencillamente, somos antip�ticos?

Volv� a casa, dorm� la siesta y me levant� pesado, de mal humor. Tom� unos mates y me fastidi� que estuviera amargo. Entonces me vest� y me fui otra vez al Centro. Esta vez me met� en un caf�; consegu� una mesa junto a la ventana. En el lapso de una hora y cuarto, pasaron exactamente treinta y cinco mujeres de inter�s. Para entretenerme hice una estad�stica sobre qu� gustaba m�s en cada una de ellas. Lo apunt� en la servilletita de papel. Este es el resultado. De dos, me gust� la cara; de cuatro, el pelo; de seis, el busto; de ocho, las piernas; de quince, el trasero. Amplia victoria de los traseros.



Lunes, 18 de marzo

Anoche Esteban volvi� a las doce, Jaime a las doce y media, Blanca a la una. Los sent� a todos, recog� minuciosamente cada ruido, cada paso, cada palabrota murmurada. Creo que Jaime vino un poco borraco. Por lo menos, se tropezaba con los muebles y tuvo abierta como media hora la canilla del lavabo. Sin embargo, las puteadas eran de Esteban, que nunca toma. Cuando lleg� Blanca, Esteban le dijo algo desde su cuarto, y ella contest� que se metiera en sus cosas. Despu�s, el silencio. Tres horas de silencio. El insomnio es la peste de mis fines de semana. Cuando me jubile, �no dormir� nunca?

Esta ma�ana s�lo habl� con Blanca. Le dije que no me gustaba que llegara a esas horas. Ella no es insolente, de modo que no merec�a que yo la rezongara. Pero adem�s est� el deber de padre y madre. Tendr�a que ser ambos a la vez y creo que no soy nada. Sent� que me extralimitaba cuando me o� preguntarle con ton tono admonitorio: ��Qu� estuviste haciendo? �Ad�nde fuiste?� Entonces, ella, mientras embadurnaba la tostada con manteca, me constest�: ��Por qu� te sent�s obligado a hacerte el malo? Hay dos cosas de las cuales estamos seguros: que nos tenemos cari�o y que yo no estoy haciendo nada incorrecto�. Estaba derrotado. Sin embargo, agregu�, nada m�s que para salvar las apariencias: �Todo depende de qu� entend�s por incorrecto�.



Martes, 19 de Marzo

Trabaj� toda la tarde con Avellaneda. B�squeda de diferencias. Lo m�s aburrido que existe. Siete cent�simos. Pero en realidad se compon�a de dos diferencias contrarias: una de dieciocho cent�simos y otra de veinticinco. La pobre todav�a no agarr� bien la onda. En un trabajo de estricto automatismo, como �ste, ella se cansa igual que en cualquier otro que la fuerce a pesar a buscar soluciones propias. Yo estoy tan hecho a este tipo de b�squedas, que a veces las prefiero a otra clase de trabajo. Hoy, por ejemplo, mientras ella me cantaba los n�meros y yo tildaba la cinta de sumar, me ejercit� en irle contando los lunares que tiene en su antebrazo izquierdo. Se dividen en dos categor�as: cinco lunares chicos y tres lunares grandes, de los cuales uno abultadito. Cuando termin� de cantarme noviembre, le dije, s�lo para ver c�mo reaccionaba: �H�gase quemar ese lunar. Generalmente no pasa nada, pero en un caso cada cien, puede ser peligroso�. Se puso colorada y no sab�a d�nde poner el brazo. Me dijo: �Gracias, se�or�, pero sigui� dict�ndome terriblemente inc�moda. Cuando llegamos a enero, empec� a dictar yo, y ella pon�a las tildes. En un determinado instante, tuve conciencia de que algo raro estaba pasando y levant� la vista en mitad de una cifra. Ella estaba mir�ndome la mano. �En busca de lunares? Quiz�. Sonre� y otra vez se muri� de verg�enza. Pobre Avellaneda. No sabe que soy la correci�n en persona y que jam�s de los jamases me tirar�a un lance con una de mis empleadas.


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