LA GEOPOLÍTICA ENERGÉTICA
DEL MEDIO ORIENTE EN EL NUEVO ESCENARIO
DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL

Maestro Alejandro Salgó Valencia
FACPYS-CEGESEN

La región del Golfo Pérsico concentra cerca del 66% de las reservas probadas de petróleo del planeta, lo que significa alrededor de 670 mil millones de barriles de petróleo y tiene más de mil billones de pies cúbicos de gas natural.  Este hecho hace que esta región sea el principal yacimiento de energéticos del planeta y por consiguiente la más importante en términos geopolíticos del planeta.

            El Medio Oriente ha sido, desde mediados del siglo XX, una zona de conflictos sociales, ideológicos y políticos, lo que hace que cualquier aproximación en el estudio de la geopolítica internacional tenga que proyectarse desde varias aristas que convergan en el análisis regional. Esto con el objetivo de evitar caer en falsas generalizaciones que corrompan el estudio de la dinámica histórica, política, económica y cultural del Medio Oriente.  Además, es indispensable considerar la variable que ha ingresado físicamente en la región desde 1990, que es el despliegue militar de las fuerzas armadas estadounidenses en la región, lo que hace que todo el contexto geopolítico se haya alterado para tomar una dinámica de confrontación bélica y la búsqueda del control de yacimientos energéticos en aras de controlar el poder en la política internacional.

ANTECEDENTES

Durante la Guerra Fría, el Medio Oriente se mantuvo libre de bases militares de cualquiera de las dos superpotencias.  Conocedoras de la magnitud del conflicto que se podía desatar si el ajedrez internacional tomaba posiciones francas en el Medio Oriente, tanto Moscú como Washington se conformaron con crear alianzas en la región.  De esta manera, mientras Estados Unidos establecía una alianza estratégica con Israel e Irán, Moscú tendió lazos cercanos con Siria y la República Popular de Yemen después de 1973.  Es indispensable recalcar que la invasión que hizo la Unión Soviética a Afganistán en 1979, provocó la alarma en Estados Unidos que a partir de ese momento incorporó al Medio Oriente dentro del margen de “seguridad nacional”.  La Doctrina Carter fue el reflejo de esta nueva coyuntura geopolítica en la que se definía que “debido a la importancia que representa el Medio Oriente para el crecimiento económico de Estados Unidos, cualquier intento por dominar esta región será combatido por Estados Unidos por todos los medios necesarios”.[1]  La Casa Blanca dejaba en claro que cualquier intento por alterar el flujo constante de energéticos hacia Washington y sus aliados sería considerado como un acto de guerra.

LA INFLUENCIA DEL SISTEMA HEGEMÓNICO UNIPOLAR EN EL MEDIO ORIENTE

Los cambios en la dinámica de la política internacional al final de la Guerra Fría quedaron patentes desde agosto de 1990 en la región del Golfo Pérsico.  Lo que inició siendo un conflicto regional, rápidamente se convirtió en una muestra del poderío militar estadounidense, de la sumisión total de las instituciones internacionales que avalaron esta operación y de la decisión soviética de no intervenir en la política internacional más allá de su área de influencia.

            Washington salió victorioso de la confrontación armada al obtener lo que requería: la expulsión de las tropas iraquís de Kuwait y la instauración de su presencia física en la región a largo plazo.  La permanencia de Saddam Hussein en el poder fue una realidad que el Departamento de Defensa de Estados Unidos supo aprovechar al máximo.  La imagen de un dictador que continuaba siendo una amenaza para la seguridad de las monarquías petroleras del Golfo (el mismo Kuwait, Arabia Saudí, Omán, Bahrein, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos), requería un pacto de seguridad para estos reinos, que obviamente recaía en la construcción de bases militares estadounidenses.

            La década de los noventa fue la época de consolidación de la presencia de las fuerzas armadas estadounidenses en la región, en donde el Emirato de Qatar, península estratégica del Golfo Pérsico, se convirtió en la base militar más importante de Estados Unidos fuera de su suelo nacional.  Sin embargo, en los inicios del siglo XXI, los gobiernos locales comenzaron a cuestionar dicha presencia.  A los ojos de los príncipes árabes (con la salvedad de la familia Sabah de Kuwait), Irak ya no representaba una amenaza latente a la seguridad regional, de hecho ya se cuestionaba el embargo económico que tenía en la desnutrición a gran parte de la población infantil iraquí.  Una etapa de diálogo era lo que se presagiaba entre la Liga Árabe y Bagdad con miras a volver a incluir a Irak dentro del universo de países árabes.  De la misma forma, la República Islámica de Irán había dejado de ser una amenaza para la región y pragmáticamente se había transformado en un vecino confiable para la comunidad del Golfo Pérsico.  Con la salvedad de los Emiratos Árabes Unidos, Teherán estaba siendo incorporado a los planes de seguridad regionales.

            La sincronía de los ataques a suelo estadounidense el 11 de septiembre de 2001 y la promulgación de la Doctrina Bush en torno a la “guerra contra el terrorismo”, no dejaban lugar a dudas sobre la disyuntiva de aliarse a Washington o ser considerado su enemigo.  Las bases militares en la región del Golfo Pérsico debían quedarse ahí como una muestra del apoyo incondicional a la Casa Blanca en una época de paranoia en torno a la seguridad internacional.

            Desde septiembre de 2001 hasta marzo de 2003, Estados Unidos estuvo reconformando sus posiciones y equipando las bases militares en aras de estar listos para la siguiente operación militar.  La invasión a Irak y el deseo de derrocar al régimen de Saddam Hussein obedecía a la estrategia geopolítica del siglo XXI, cuyo fin es controlar el crecimiento y desarrollo económico de aquellos países o regiones que puden convertirse en competidores de Estados Unidos (peer competitors, como son China, la UE, Rusia y en un futuro la India), para lo cual ha impuesto una doble táctica:

  1. Inversión en el desarrollo de tecnología militar capaz de disuadir a los competidores en caso de que lleguen a disputar la hegemonía de los Estados Unidos.
  2. Control de las fuentes de abastecimiento energético para influir en el desarrollo económico de sus rivales, ya que con el tiempo, los peer competitors duplicarán o hasta triplicarán su consumo de hidrocarburos.  El país que controle los abastecimientos controlará el crecimiento económico del entorno internacional.

La expansión geopolítica estadounidense, que tiene el claro objetivo de controlar los flujos de energéticos hacia el resto del mundo, comenzó con el posicionamiento físico de sus tropas militares a partir de octubre de 2001 en el Asia Central, espacio de alta relevancia estratégica para Moscú.  La necesidad de crear una zona de influencia estadounidense en el Turquestán debía enlazarse con la presencia que ya había generado en el Golfo Pérsico desde 1990.  El siguiente paso táctico era la guerra en contra del ya debilitado Irak.
La invasión a Irak tuvo apoyo de los clásicos aliados como la Gran Bretaña, pero también provocó grandes críticas de parte de la gran mayoría del mundo, encabezado por la dupla que posee el poder dentro de la Unión Europea: Francia y Alemania.  A pesar de que Estados Unidos quería disfrazar su geopolítica imperialista bajo la máscara de la “guerra contra el terrorismo”, pocos fueron los que de manera convencida respondieron al llamado.
La relevancia geoestratégica y geopolítica de la invasión a Irak recae un una serie de puntos:

  1. El régimen de Saddam Hussein representaba el último de los Estados árabes nacionalistas capaces de crear una fuerza bélica que amenazara la seguridad de Israel.
  2. En el subsuelo iraquí hay 110 000 millones de barriles de crudo, lo que lo convierte en la segunda reserva petrolera del planeta.
  3. Al ser un país fronterizo con Irán, la geopolítica estadounidense se posicionaba para intentar derrocar a la teocracia gobernante en el país persa, gobierno que se interpone en sus planes de hegemonía regional y que además representa la tercera reserva petrolera del mundo y la segunda reserva gasera con 89 000 millones de barriles de crudo y 812 billones de pies cúbicos respectivamente.
  4. Estados Unidos tenía el proyecto de evitar que en la región del Pérsico surgieran gobiernos hostiles a Washington y mantener una amenaza (inclusive militar) sobre el corazón de la OPEP.

Hoy en día, México no se puede mantener aislado de los cambios geopolíticos internacionales en zonas de alta relevancia energética.  Las fluctuaciones en los precios del petróleo impactan directamente en la política interna de nuestro país, pero más allá de las ganancia por materia de exportación de energéticos, la política internacional ha situado al flujo de petróleo y gas como uno de los rubros más importantes en materia de seguridad.  Crisis internacionales, guerras, presupuestos gubernamentales encuentran su origen en la competencia por el control del abastecimiento energético, México se encuentra en este momento inmerso en la disputa geopolítica petrolera, por lo que es indispensable mantener el estudio en materia de política, historia, relaciones internacionales y geopolítica de las distintas regiones estatégicas del planeta.
No obstante, la estrategia militar estadounidense se ha visto derrotada en el campo de batalla ante la pésima planeación de una guerra que partió desde la perspectiva mesiánica, esperando que todo un pueblo recibiera a las fuerzas armadas como auténticos liberadores.

            El fracaso militar de Estados Unidos ha disminuido al máximo la posibilidad de continuidad de un gobierno títere ante las elecciones que habrá el mes de enero de 2005. Washington ha puesto en riesgo la perpetuidad del orden económico impuesto por la administración “provisional” estadounidense de Paul Bremer III, en donde el Estado solamente es un supervisor de la economía y la industria petrolera está en manos de los grandes consorcios multinacionales.  Sin embargo, es importante considerar una serie de escenarios probables para el futuro de la región en el corto y mediano plazo.

IRAK

En un escenario ideal para los Estados Unidos, nacería en Irak un sistema multipartidista, democrático y laico, en el cual Irak se convertiría en la plataforma para controlar la dinámica política regional.  Se buscaría desestabilizar a los regímenes hostiles de la región como Irán y tal vez Arabia Saudí para sustituirlos por gobiernos manipulables que garanticen el flujo de energéticos a Estados Unidos a un precio muy bajo y estableciendo relaciones pacíficas con Israel.  No obstante, el gobierno interino que teóricamente gobierna en Irak desde el 28 de junio de 2004, se ha caracterizado por su ineficacia, su carencia de tacto político y su dependencia de la presencia de tropas estadounidenses para mantener un muy elusivo orden en el país.  Aquí es posible proponer que se establece una relación inversamente proporcional, entre más tiempo continúen las fuerzas armadas de Estados Unidos en suelo iraquí, más ilegítimo es el gobierno que solapa a los “liberadores” que reprimen al pueblo con la misma intensidad que Saddam Hussein.
            Esta situación establece que los únicos que en este momento tienen la legitimidad para llevar un gobierno ante la mayoría de los iraquís (el 60% de la población es shií) son los clérigos del islam shií, quienes fueron perseguidos durante la dictadura de Saddam Hussein y que tienen como proyecto político instaurar una república islámica similar a la iraní.  Ellos se han mostrado como los únicos capaces de controlar la anarquía que se desató después de la caída del régimen y de llevar servicios a la población ante el colapso del Estado.  Además de que este sector está armado y combate tanto al régimen del gobierno interino como a la presencia estadounidense, en donde en más de una ocasión ha provocado el repliegue de los militares de la coalición internacional, lo que ha elevado a las milicias religiosas al status de héroes.

KURDISTÁN IRAQUÍ

            El futuro de Irak solamente se puede entender a partir del proyecto integrista islámico shií y sus vínculos con Irán, esto sin dejar de lado la posibilidad de que estalle una guerra civil con la población kurda del norte que tiene sus propias dinámicas políticas y que podría acabar con un separatismo del Kurdistán iraquí (hay cerca de 2 millones de kurdos viviendo en Irak).  Pero esta situación tendría que tomar en cuenta los intereses geopolíticos regionales de Turquía (en donde viven 3.3 millones de kurdos), Irán y Siria que no ven con buenos ojos la creación de un Estado kurdo independiente que pueda desestabilizar sus propias zonas kurdas.

            Desde el inicio de la campaña de la Casa Blanca para obtener el apoyo mundial para la guerra en Irak, Turquía había manifestado su descontento con un proyecto que tendía a prometer el establecimiento de un Estado kurdo independiente en su frontera sur.  Ankara teme el surgimiento de un proceso de “balcanización”  en el Medio Oriente en caso de que los kurdos de toda la región intentaran unirse al protectorado estadounidense en Irak y formar el “Gran Kurdistán”.

            A final de cuentas, la remoción de Saddam Hussein abrió las posibilidades para que las aspiraciones independentistas de los kurdos se despertaran, pero también abrió la puerta a que pivotes geopolíticos regionales como Irán, Israel o las monarquía petroleras de la Península Arábiga intenten fortalecer sus posiciones e intervengan en el futuro de Irak.  Bajo esta dinámica, la seguridad regional se verá alterada pero esto tendrá un impacto en la concepción de la seguridad internacional ya que las grandes potencias económicas del mundo importan la mayoría de sus energéticos de esta región.

IRAN

Dentro de la dinámica de la seguridad internacional, ocupa un escenario prioritario la República Islámica de Irán, tanto por su riqueza energética como por su situación geoestratégica.  Irán es un corredor que une a las dos regiones más importantes del mundo en términos energéticos: el Golfo Pérsico con la cuenca del Mar Caspio, situación demasiado importante para la construcción de oleoductos y gasoductos que puedan extraer la riqueza del Cáucaso y el Asia Central.  Las amenazas vertidas desde Washington en contra del régimen de los Ayatollahs, a consecuencia de la construcción de siete reactores nucleares para uso civil, pone a Teherán en la mira de la máquina bélica estadounidense.
            No obstante, es importante subrayar que las condiciones que privaban en Irak para que la caída del régimen fuera inmediata, no se cumplen en el vecino persa:

  1. En Irán existe una población de 60 millones de habitantes (a diferencia de los 22 millones en Irak), que harían mucho más difícil la invasión por parte de Estados Unidos. 
  2. El régimen goza de más simpatías entre sus ciudadanos que la que gozaba Saddam Hussein, por lo que la defensa del país en términos de una lucha guerrillera con tintes religiosos, harían insostenible la ocupación.
  3. Irán se ha estado armando desde mediados de la década de los noventa, gastando cerca de siete mil millones de dólares en armamento, a diferencia de Irak que ya estaba desarmado cuando la invasión comenzó. 
  4. Teherán se ha preocupado por tender alianzas con países como China, Rusia, India y la UE, que se involucrarían en dinámicas de negociación internacional en aras de salvaguardar la integridad de Irán a pesar de los deseos estadounidenses.  Estos mismos aliados ven en Irán un pivote geopolítico que puede ejercer un control ante una Asia Central que rápidamente puede caer en el caos político por situaciones internas como por la intromisión de Estados Unidos desde su llegada a la región en octubre de 2001.
  5. Las potencias con las cuales ha establecido alianzas intentan detener el proyecto estadounidense de controlar todas las fuentes de abastecimiento energético del mundo para condicionar el desarrollo económico de posibles rivales futuros de Washington.

ARABIA SAUDÍ

El reino de Arabia Saudí es el escenario que demuestra que la variable que ha traído inseguridad para la región es Estados Unidos y su presencia armada, mucho más que la sombra de falaces grupos “terroristas”.  Desde 2004, se ha iniciado un proceso que puede ser identificado como el principio de la descomposición del Estado y el fin de la casa Saud como gobernantes de la península.
            Si la oposición al régimen saudí se puede identificar desde la década de los noventa del siglo pasado, como una serie de movimientos difíciles de cooptar o de reprimir, también es cierto que es posible identificar algunos de factores que han llevado a la situación actual: 

  1. La corrupción de la casa Saud que gobierna el país como su coto personal, que dispone de los recursos petroleros a su gusto descuidando el régimen clientelar que tenía con la población a mediados de la década de los setenta.
  2. El entreguismo en la política exterior, que hace de la monarquía un lacayo de los designios de Washington en materia petrolera y de política regional.
  3. La no participación en la solución al conflicto palestino-israelí, que revela con más ahinco su sometimiento en cuanto a la política exterior a las líneas vertidas desde la Casa Blanca.
  4. Una clase media que no goza de los beneficios del Estado benefactor como fue hace una generación.  Los privilegios de tener seguridad social, trabajo y vivienda asegurados han disminuido desde finales de la década de los noventa.
  5. Una oposición religiosa que cuestiona el proceso de “occidentalización” que sufre el reino, mientras éste se abre al flujo de bienes, ideas y economías globalizadas que buscan transformar la esencia de la vida árabe y musulmana.

Aunque los medios masivos de comunicación intentan generar un entorno internacional en donde el “terrorismo global” es el principal enemigo, la verdad de Arabia Saudí es que ha despertado una insurrección armada dentro del Estado, que busca deponer a la casa gobernante, pero que no tiene vínculos ideológicos o económicos con el fantasma de una “organización terrorista mundial”.  El absolutismo de la Península Arábiga ha entrado en una fase de crisis en donde los mecanismos clásicos de control (cooptación y la represión) se han agotado y las causas de la decadencia del gobierno dejan paso para que el poder les sea arrebatado.

            El gran problema con la desestabilización del reino saudí es que en su subsuelo se concentra la mayor reserva petrolera del mundo (250 mil millones de barriles de petróleo) y que lo hace el botín de presa más codiciado del mundo.  La seguridad internacional puede alterarse definitivamente dependiendo de quién ejerza el control efectivo de este país, por las dinámicas internacionales que apuntan hacia una mayor demanda petrolera en los siguientes 15 años.[2]

LOS DEMÁS REINOS PETROLEROS DE LA PENÍNSULA ARÁBIGA

La situación política del resto de las “petrocracias” no es tan apremiante como la de la gran monarquía saudí, sin embargo, es necesario establecer que para la subsistencia de estos pequeños Estados depende del referente político y de seguridad regional que ha establecido Ryad para toda la región.  Lo más preocupante para los gobiernos de los emiratos de la Península Arábiga es el colapso de la casa Saud, lo cual significaría la gran posibilidad de que estallen movimientos similares en cada uno de los regímenes petroleros.  El ejemplo más claro es el de Qatar, la pequeña península que se ha convertido en la base militar estadounidense más grande del mundo fuera del suelo de Estados Unidos.  Las críticas vertidas sobre el gobierno qatarí han puesto al país al borde de una guerra civil, lo que alerta sobre la posibilidad de que se extienda la insurrección en toda la Península Arábiga.

CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ

El punto más débil dentro de la posibilidad de establecer un marco de seguridad internacional para el Medio Oriente es el conflicto palestino-israelí.  El punto de discusión más importante que ha obstaculizado el entendimiento entre el Medio Oriente y Washington es la clara parcialidad que Estados Unidos ha demostrado con referencia al conflicto palestino-israelí.
            Durante la campaña para promocionar la invasión de Irak, la administración Bush se comprometió a jugar un papel mucho más importante en la negociación de ese conflicto en aras de lograr la fundación de un Estado palestino en 2005.  Sin embargo, la situación ha sido muy distinta al escenario esperado por los estadounidenses, el empantanamiento en el escenario iraquí les ha hecho olvidar cualquier otro foco de inestabilidad.  La dinámica actual en Palestina es la misma que se ha mantenido desde 1967:  darle “manos libres” al régimen en turno, en este caso se trata de militarismo exacerbado de Sharon y su proyecto de someter al pueblo palestino hasta que no quede otra opción salvo aceptar la humillante paz propuesta por Tel Aviv.
            La construcción del muro de seguridad propuesto por Tel Aviv y las protestas que éste ha generado alrededor del globo aíslan cada vez más a Israel, además que la ofensiva lanzada por Hamas el 31 de agosto demuestra lo ineficiente que es dicha pared ante una realidad inobjetable: los atentados en suelo israelí son imposibles de detener.  Queda la conclusión de que solamente la creación de un Estado palestino, tal cual demanda la justicia internacional en los territorios ocupados, son la llave para la pacificación de ese conflicto.
            Entre el desastre iraquí y las promesas incumplidas, además de la ofensiva militar israelí, el Medio Oriente se perfila como un foco de inseguridad internacional cuyas ramificaciones se pueden extender a los más importantes centros de poder global.  El proyecto de hacer de Irak un “faro de democracia para toda la región” ha sido archivado y Estados Unidos se encuentra frente a un escenario en donde pierde todo lo que había acumulado al final de la Guerra Fría.  Estados Unidos ha roto alianzas estratégicas con los países importantes de la UE, con sus aliados en el mundo árabe y solamente se queda con el apoyo incondicional de Israel y del Reino Unido.  Apoyo que le acarrea más desconfianza en la escena de la política internacional.

La administración Bush es la variable que más inseguridad ha traído a la región a partir de su geopolítica energética expansiva, inseguridad que trae conflictos exacerbados y que paradójicamente entorpece la misma política exterior de la Casa Blanca.


[1] La Doctrina Carter se emitió en el último informe a la nación que realizó este presidente el 21 de enero de 1980.

[2] Se calcula que el planeta duplicará su consumo de energéticos fósiles para el año 2020, creciendo en unas regiones en forma proporcional hasta el 200%.

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