“EL NUEVO ORDEN PETROLERO MULTIPOLAR”

 

 

Dr. Miguel García Reyes

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-UNAM

 

En 1991, al concluir la primera Guerra del Golfo Pérsico, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush proclama el surgimiento de un nuevo Orden Internacional, con carácter unipolar. En él, advierte Bush padre deberán predominar los intereses de su país y de sus principales aliados como la Gran bretaña- Asimismo, las de las poderosas transnacionales, entre ellas las petroleras. Cabe destacar que el Nuevo Orden Internacional se presenta en el marco de la expansión de la globalización y el neoliberalismo. 

 

Ese mismo año, 1991, el triunfo político militar del capitalismo sobre el socialismo, es decir de Estados Unidos sobre la URSS, conduce al surgimiento de una nueva fase de la Geopolítica mundial, a la cual la podemos llamar “neoimperialista”; esta fase, en la que se rompe el equilibrio de poder que se mantuvo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, sustituye a la anterior que se denominó de “Guerra Fría”. A partir de ese momento, las ideas y las estrategias de los geopolíticos estadounidenses, identificados con el ala más ultraconservadora del espectro político de ese país, comenzaron a predominar por encima de la de los europeos y especialmente los ex soviéticos. Es entonces, cuando las tesis de los académicos estadounidense comenzaron a reforzar la geopolítica imperialista de su país, contenida en el Destino Manifiesto.

 

Como era de esperarse, ante la contundencia del triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría, que se combinó con la estratégica retirada de Rusia del escenario mundial para poder transitar al capitalismo, en el ámbito petrolero mundial, se presentó también un reordenamiento de fuerzas, el cual resultó favorable para los países consumidores de crudo –sobre todo los más industrializados-, así como también para las transnacionales petroleras, y muy particularmente para las estadounidenses. Este reordenamiento es el tercero que se presenta a lo largo de la historia de la industria petrolera mundial. El primero de ellos estuvo vigente desde el surgimiento de la misma, hasta los años setenta del siglo pasado, cuando surge la Organización de Países Exportadores e Petróleo (OPEP). En ese periodo, el control del mercado mundial de hidrocarburos lo tuvo el cartel de las 7 Hermanas, es decir las 7 transnacionales petroleras más poderosas del mundo.

 

El segundo orden petrolero mundial arranca en los años setenta del siglo pasado, cuando 13 países petroleros, incluyendo a Venezuela, forman la OPEP: este sistema petrolero mundial  concluye en la primera guerra del Golfo Pérsico;  ya para ese entonces, dos de los miembros de organismo estaban fuera Ecuador y Gabón. Durante ese periodo, la URSS y la OPEP, junto con Estados Unidos y la Agencia Internacional de Energía (AIE), controlaron el mercado mundial de hidrocarburos. En este sentido, queda claro que para las naciones consumidoras de crudo, encabezadas por Estados Unidos, resultaba de vital importancia destruir a la URSS y a la OPEP para retomar el control del mercado petrolero internacional.

 

De esta manera, una vez que se instituye en 1991, el nuevo orden petrolero mundial, comienzan a aparecer los perdedores: Rusia, los países europeos ex socialistas y la OPEP; asimismo, resultan perjudicados las naciones productoras independientes. De igual manera, resultan afectados por el surgimiento del nuevo orden petrolero global unipolar –como también lo fueron por el nacimiento del nuevo orden internacional y de la nueva fase geopolítica mundial- las naciones mas pobres del planeta, en particular las de Africa y América Latina. En ambos casos, tanto el ajuste estructural que les impuso el FMI y el Banco Mundial, como los altos precios que debían de pagar por sus exportaciones petroleras, causaron una mayor pobreza y el debilitamiento del Estado

 

Por la otra parte, la de los beneficiados por la aparición del nuevo orden petrolero global, unipolar, se encuentran no solamente las naciones consumidoras y sus transnacionales sino también la llamada “petrocracia texana”, que tiene como líder principal a George H. Bush, padre del actual presidente de Estados Unidos, George W. Bush. En opinión de algunos analistas, el verdadero artífice de la construcción del nuevo sistema mundial que comprende el aspecto político, geopolítico y energético es Bush padre, quien inició en los años sesenta una meteórica carrera política y al mismo una impecable actividad empresarial en el ámbito petrolero.

 

Incluso, existen versiones, generadas sobre todo en Rusia, de que el “derrumbe” de la industria petrolera soviética, no fue por causas técnicas sino más bien deliberada, para que así Estados Unidos pudiera invertir en la “modernización” de la misma. De esta manera, se piensa que en la caída de la URSS, influyó de manera determinante la actividad que en esa línea desarrolló Bush padre, aprovechando para ello la amistad que tenía  con algunos de los líderes de la entonces Unión Soviética, incluyendo aquí a Yuri Andropov, a quien conoció cuando ambos eran dirigentes de las agencias de espionaje de sus respectivos países: Bush en la CIA y Andropov en la KGB.

 

En este sentido hay que señalar que en la actualidad, son aún muchos los especialistas que no aceptan la versión oficial de Mijail Gorbachov de que la industria petrolera soviética pasó de una producción de 13 millones de barriles diarios de petróleo en 1988, a 8 millones de barriles en 1989 y a menos de 5 millones de barriles en 1990. Esto resulta inverosímil si consideramos que la soviética fue una de las industrias más poderosas del mundo. Como se recordará, en los años setenta, la URSS superó a Arabia Saudita en los rubros de la producción y exportación de crudo. Sin embargo, tenemos que con la llegada de la famosa Perestroyka a la URSS, la poderosa infraestructura petrolera de la metrópoli socialista comenzó a menguar, al grado de que tuvo que dividirse para poder sobrevivir.

 

La desaparición de la URSS y su complejo petrolero, dejó en el abandono energético a las naciones socialistas europeas y también a las subdesarrolladas; entre estas últimas se puede mencionar a Cuba, Angola, Vietnam, Mongolia y Corea del norte, entre otras. De igual manera, sin el apoyo de Rusia, la OPEP se debilitó de manera considerable. Hay que señalar que ya en ese entonces, este organismo se encontraba dividido en dos grupos: las “palomas” y los “halcones”; las primeras apoyaban a los países consumidores y los segundas a los productores.

 

Y es en esa coyuntura cuando el gobierno de Estados Unidos y sus transnacionales petroleras deciden retomar las riendas del mercado petrolero mundial para poderlo manejar en su propio beneficio, tal y como lo hicieron en los últimos años del siglo XIX y hasta principios de los años setenta del siglo pasado a través del cartel de las 7 Hermanas. En 1969 surge la OPEP con la intención de ayudar a los países productores para que  reivindiquen su derechos a explotar en su propio beneficio sus recursos naturales.

 

En el caso de la OPEP, la debilidad del organismo quedó de manifiesto en 1998, cuando las “palomas”, incluyendo en ese entonces a Venezuela, que en ese entonces tenía como Presidente a Rafael Caldera, decidieron aumentar la producción de crudo. Esto a pesar de que en ese tiempo, la demanda había disminuido, sobre todo por la crisis financiera que golpeaba a las naciones del sudeste asiático. La decisión de la OPEP hundió al mercado petrolero internacional en una profunda crisis que arrastró a la mayoría de las naciones productoras de crudo. En el caso de México, en plena crisis, su barril de petrolero llegó a cotizarse hasta en 7 y 8 dólares; algo que no se había presentado desde 1986 cuando la mezcla mexicana se cotizó en 6 dólares el barril.

 

Estados Unidos y sus aliados ricos, incluyendo ahora a Rusia, aprovechando la crisis petrolera, propusieron la desaparición de la OPEP y su sustitución por una “Troyka” petrolera (troyka significa tres en idioma ruso), la cual debía servir de núcleo para la formación de una nueva OPEP. Las naciones que formaron el nuevo miniorganismo fueron Venezuela, México y Arabia Saudita. El común denominador de las tres naciones era que en ese entonces eran gobernadas por políticos que se inclinaban por el neoliberalismo: Ernesto Zedillo Ponce de León en México, Rafael Caldera en Venezuela y el Rey de la Casa saudí en Arabia Saudita.

 

De esta manera, después de la crisis petrolera de 1998, Estados Unidos se convirtió en el nuevo dueño del mercado petrolero mundial. Lo fueron también las transnacionales petroleras de ese país, pero sobre todo la petrocracia texana. Es tanto el poder que llegó a acumular esta última, que en el año dos mil lograron llevar a la presidencia de Estados Unidos a George W. Bush y a la de México a Vicente Fox Quesada. A partir de entonces, ambos personajes acordaron avanzar en la construcción de un mercado petrolero continental, tomando como eje el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA); por su parte, Estados Unidos, siguió trabajando para construir su “aldea Global petrolera”, en la que ya debían existir fronteras, es decir mercados petroleros locales. Lo que identificaba a ambos presidentes era su afinidad ideológica y religiosa con los grupos de la derecha mas recalcitrantes de sus respectivos países.

 

Sin embargo, a finales de los años noventa del sigo pasado, los sueños hegemónicos de Estados Unidos tanto en el terreno de la política como de la energética, sufrieron un fuerte golpe; esto, cuando las sociedades de Rusia y Venezuela llevaron al poder a políticos nacionalistas: Vladimir Putin en el caso de Rusia, país que en ese entonces está plagada de corruptelas y flagelos sociales, y Hugo Chávez Frías en Venezuela, un ex coronel del Ejercito de ese país, y quien años atrás había intentado deponer al entonces presidente Carlos Andrés Pérez, a quien acusaban de corrupción y tráfico de influencias. En  ambos  casos, los nuevos líderes advirtieron que retomarían el pensamiento de sus raíces nacionalistas, pero con un toque integracionista.

 

El arribo de ambos políticos al poder, lo que ocurrió en países que separan miles de kilómetros de distancia, tuvo serias repercusiones en el acontecer político, geopolítico y energético mundial. Esta situación comenzó a alarmar a Estados Unidos y a sus transnacionales, las cuales habían pensado y concluido que el neoliberalismo y la globalización eran insuperables. La preocupación tenía fundamento ya que se trataba de Rusia, una potencia militar y de Venezuela una potencia petrolera

 

A esta preocupación de Estados Unidos por la aparición de líderes políticos nacionalistas en Europa y América Latina, se sumaron otras como son su crisis financiera, los problemas que tiene con su deuda externa y con el déficit publico, los obstáculos que se le estaban presentando para sacar adelante su proyecto de construcción de un nuevo paraguas atómico y la expansión que en ese entonces realizaba la Unión Europea, sobre todo hacia el este, donde se localizan las naciones europeas ex socialistas. Sin embargo, la preocupación más importante para el gobierno de Washington en ese entonces fue el avance, dentro y fuera de sus fronteras, del renovado movimiento antiglobalizador.

 

Sin subestimar la importancia que tiene para la economía de Estados Unidos una futura crisis energética mundial, es indudable que para ese país, a finales de los noventa y principios de la década actual, tenía como prioridad la contención del movimiento globalifóbico que había hecho explosión durante las manifestaciones de Seattle, capital del estado de Washington. En este sentido, mas que preocuparle a Washington la posibilidad del surgimiento de una crisis petrolera, lo que le tenía bastante molesto, eran las manifestaciones, locales y en el exterior, que repudiaban al Grupo de los 7 países más ricos y a  las transnacionales sobre todo las estadounidenses; estas últimas se habían fortalecido en todo el planeta, gracias al ajuste estructural que imponían el FMI y el BM en los países en vías de desarrollo.   

 

 Ante esta situación, es decir, el tener que enfrentar necesariamente en el corto plazo una crisis energética, y por la otra, detener el movimiento antiglobalizador, los miembros del gobierno de Bush hijo, conocidos como “halcones”, decidieron crear una justificación para poder resolver los dos problemas: por una parte eliminar a los globalizadores y por la otra invadir zonas del mundo con un gran potencial petrolero, como era el Asia Central ex soviética y el Medio Oriente.

 

De esta manera, con los ataques a Washington y Nueva York, planeados seguramente desde las oficinas de la CIA, Estados Unidos comenzó a golpear a los grupos que se siguen oponiendo a la globalización; al mismo tiempo pudo aplicar una geopolítica imperialista en las regiones ricas en hidrocarburos. Para el primer propósito, el gobierno de Bush hijo, instituyó las Leyes Patriotas I y II y para el segundo planeó las guerras en Afganistán e Irak. Así, tenemos que lo que realmente se encuentra detrás de la guerra preventiva, la lucha contra el terrorismo y el enfrentamiento contra el “enemigo islámico, es realmente la intención de la Casa Blanca de mantener vigentes tanto a la globalización como al neoliberalismo. Esto se entiende si se revisan las propuestas que hizo el Think Tank,  denominado “Proyecto para un nuevo siglo estadounidense”, y que fue preparado por los ultra halcones que hoy despachan en Washington.

 

En este sentido, es posible asegurar que hasta el 1 de mayo del 2003, fecha en que Estados Unidos proclamó su triunfo en la segunda guerra del Golfo Pérsico, persistían en el planeta el sistema mundial unipolar encabezado por Estados Unidos y sus aliados europeos. Este sistema lo componen entre otras variables la política que es unilateral, la  geopolítica que es neoimperialista y el energético que es unipolar.

 

Sin embargo, la alegría de los funcionarios de Washington, al poder detentar el poder a nivel planetario, se fue diluyendo poco a poco, en la medida en que dos países, Rusia y Venezuela se fortalecían tanto en el terreno de la política como de la energía. A esto hay que agregar la renuencia de la Unión Europea a seguir siendo el aliado conveniente de Estados Unidos en el territorio euroasiático; y la creciente importancia que adquiría China en el continente asiático. De esta manera, a partir del 2003, se hizo cada vez más evidente el resquebrajamiento de la hegemonía de Estados Unidos. Hoy, para  algunos especialistas, si bien es cierto que ya ese país no es Factotum mundial, si por lo menos sigue teniendo el liderazgo a nivel internacional.

 

Así las cosas, y a pesar de la violencia de sus actos políticos y de su práctica diplomática unilateral, hoy Estados Unidos mira con atención y con temor el surgimiento de un nuevo equilibrio de poder, similar al que existió durante el periodo de la Guerra Fría. En el terreno de la política, la Geopolítica y la Energía, en todo el planeta, están surgiendo actores que se le enfrentan y que como él también usan su poder y su influencia para conseguir que en el mundo exista un nuevo balance de poder. Entre estos nuevos actores destacan Rusia, Venezuela, Alemania, Francia, China, India y Brasil. Sin embargo en el terreno energético, los que realmente pueden considerarse como actores del cambio son Rusia y Venezuela; la primera de ellas a nivel mundial y la segunda en el entorno regional.

 

En el caso de Rusia, la confrontación directa contra Estados Unidos en el terreno petrolero comenzó a gestarse desde el conflicto que enfrentó a los rusos con los chechenos por una supuesta “autonomía política” que exigen estos últimos. Como se sabe, lo que hay en realidad detrás de esta pugna política es la intención de las naciones consumidoras de petróleo de arrancar de la órbita de influencia de Rusia al pueblo checheno. Por esa razón, hoy, tanto Washington como Arabia saudita, Pakistán y la República ex soviética de Georgia, apoyan con dinero y armas a los chechenos. Otra acción rusa dirigida a detener la influencia de Estados Unidos en el terreno energético, fue su negativa de apoyar la segunda guerra en Irak. A esto hay que agregar la negativa de ese país eslavo a aceptar el carácter de extraterritorialidad de la Ley Damatto-Kenedy que prohibe a cualquier país invertir en los complejos petroleros de Libia, Irak e Irán.

 

Otras señales que dirigió Rusia a Washington para que este pudiera reconsiderar su actitud hegemónica energética fueron: su participación junto con China, Tadjikistán, Uzbequistán y Kasajastán en el Grupo Shangai, que entre otros puntos aborda el tema energético regional; 

la construcción de oleoductos y gasoductos rusos para abastecer de hidrocarburos a China, Japón y Corea del sur; la negativa de vender la empresa rusa Yukos a una transnacional petrolera estadounidense; y finalmente la reciente petición a Ucrania de pagar más por el gas ruso que compra; esto último fue lo que realmente demostró que Rusia está decidida a retornar al escenario político y energético mundiales. En este sentido, se puede asegurar que con la dependencia actual energética de Europa, Rusia puede tener en este continente un aliado geopolítico muy importante en su lucha contra la hegemonía estadounidense.

 

En lo que respecta a Venezuela, a pesar de que se trata de una nación más pequeña que Rusia, tanto en población como en territorio y capacidad militar, en los últimos años ha demostrado que su carta energética, y en este caso la petrolera, es un arma igual de mortal que una bomba atómica. Los recientes proyectos energéticos regionales de Venezuela han logrado no solo preocupar sino también enojar a la Casa Blanca, la cual pensaba que América Latina, su traspatio, se encontraba bajo el control de sus transnacionales petroleras.

 

Sin embargo, la visión geopolítica del mandatario venezolano –hay que recordar que ante todo es un militar- consiguió vulnerar la influencia de Estados Unidos en América latina. Hechos como la derrota de Washington en la reciente Cumbre de las Américas en Argentina, el ingreso de Venezuela al MERCOSUR y la frustrada iniciativa mexicana para realizar el  Proyecto Energético Mesoamericano, demuestran que Estados Unidos ha perdido el control de su traspatio energético.

 

A estos acontecimientos que están cambiando los equilibrios políticos, geopolíticos y energéticos a nivel regional e incluso mundial, hay que agregar otros como son el fortalecimiento de la OPEP, lo que se logró gracias al esfuerzo que ha venido desarrollando desde el año 200 el presidente Hugo Chávez, la creación de un eje de gobiernos de izquierda moderada, y que está formado por Cuba, Argentina, Venezuela, Chile, Brasil, Uruguay y Bolivia; así como también la creación de tres proyectos energéticos regionales, PETROCARIBE, PETROANDINA y PETROSUR, y próximamente PETROAMÈRICA . En este sentido, no está por demás mencionar el canal regional TELESUR que tiene capital venezolano y de otros países latinoamericanos.  

 

Finalmente hay que señalar que debido a la trascendencia del proyecto bolivariano de Venezuela, este año, otras naciones latinoamericanas, que hoy son gobernadas por la derecha retrógrada, podrían adoptar gobiernos liberales. Es el caso de Perú, Ecuador, México y probablemente también Paraguay y Colombia. De ocurrir esto, entonces sería mas evidente el derrumbe del proyecto geopolítico y energético, ambos hegemónicos, de Estados Unidos, en el continente americano y la región del Caribe. Esto en beneficio de las naciones de la región que piden se les reconozca su derecho a vivir en paz y en armonía con sus vecinos y con el resto del mundo.

 

De esta manera, podemos asegurar que en la actualidad dos países, Rusia  Venezuela, que se identifican por la profundidad de su historia y por la existencia de personajes de corte nacionalista, están en sintonía y se encuentran elaborando estrategias que permitan al mundo contener a Estados Unidos. Si ambos lideres, Vladimir Putin y Hugo Chávez permanecen en los próximos años en el poder, entonces es muy probable que estemos ante el surgimiento de un nuevo sistema internacional que abarca, insistimos, las áreas de la política, la  geopolítica y la energía, De esta manera si el sistema mundial actual que emerge de la primera guerra del Golfo Pérsico, en 991, ya está en su fase terminal, el siguiente orden, con el apoyo de Rusia y Venezuela, será más justo y respetuoso de las soberanías y de la amistad entre los pueblos.

 

 

 

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