| uando
las innovaciones de laboratorio entusiasman a las revistas ilustradas,
estas comienzan a publicar reproducciones de los trucos. Lang hace
entonces una reflexión que es inevitable contrastar con nuestro actual
culto de la información : «¿Para qué dejar que todo el mundo vea
la otra cara del decorado ? ¿Por qué suprimir la alegría ingenua
con que la gente acoge el universo fantástico del cine, mostrarles que lo
maravilloso, a menudo inexplicable para la masa, tiene generalmente un
origen profano?»... El tema mismo de «Metrópolis», debido a Thea Von Harbou, esposa de Lang y luego militante nazi, merece párrafo aparte : al pie de los rascacielos de una ciudad futurista, un pueblo de esclavos trabaja en fábricas subterráneas para provecho de una casta de ricos ociosos, quienes llevan a la luz del sol una vida paradisíaca. Una bella joven esclava predica entre sus hermanos de infortunio el espíritu de reconciliación y resignación en lugar de la sublevación. El endeble relato, que concluye con un candoroso abrazo reconciliador entre el capital y el trabajo, tampoco fue apreciado luego por el propio Lang : «Personalmente no me gusta “Metrópolis” porque me parece que la película trata de resolver un problema social de una manera pueril. Por otra parte, debo aceptar la responsabilidad de eso, aunque quizá no sea sólo mía» [6]. |
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